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Revista Comunicar 2: Comunicar en el aula (Vol. 1 - 1994)

Medios de comunicación en el área de filosofía

https://doi.org/10.3916/C02-1994-08

María-Teresa Fernández-Martínez

Abstract

Desde siempre se ha acusado a la Filosofía de vivir de espaldas a la realidad más inmediata, manejando conceptos inútiles, buscando en el cielo aquellas cosas que muy bien pudiera encontrar fácilmente en la tierra. La autora de este artículo propone, como medio para acercar la Filosofía a los alumnos de Secundaria, una implicación de esta disciplina en la realidad más inmediata, aquélla que está plena de actualidad y que transcurre entre las páginas del periódico o los anuncios del televisor.

Keywords

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Cuenta la historia que el primer filósofo cuyo nombre conocemos, Tales de Mileto, tenía fama, no sólo de despistado, como muy bien sabía aquella muchacha tracia que lo ridiculizó por caer a un pozo cuando miraba las estrellas increpándole por no ver, abstraído en las cosas del cielo, aquéllas otras más cercanas que pasaban bajo sus pies; sino que también gozaba de la fama, justamente merecida, de ocuparse de cosas enteramente inútiles, cosas que nunca podrían proporcionarle fortuna o comodidades. No obstante, según cuenta Aristóteles, el filósofo se vengó de estas habladurías con facilidad:

«Cuando, por su pobreza, le reprochaban que la filosofía era inútil, tras haber observado por el estudio de los astros, que iba a haber una gran producción de olivas, se procuró un pequeño capital, cuando aún era invierno, y (...) depositó fianzas por todas las presas de aceite de Mileto y Quíos, alquilándolas a bajo precio porque nadie licitó contra él. Cuando llegó el momento oportuno, al ser muchos los que a la vez y de repente las pedían, las iba alquilando al precio que quería y reunió mucho dinero, demostrando así que es fácil a los filósofos enriquecerse, si quieren, pero que no son riquezas lo que les interesan.»1

Pues bien, el vivir completamente ajenos a las cosas que los hombres tenemos más cerca y el estudio de cosas enteramente inútiles siguen siendo las dos grandes acusaciones que aún hoy en día se dirigen contra la Filosofía. Y es evidente que donde ambas cosas se hacen más palpables es en la propia enseñanza de esta disciplina, pues aquí no se trata ya de hombres que han elegido voluntariamente filosofar, con todos sus privilegios y todas sus miserias, sino de adolescentes a los que la Filosofía se les impone a través de unos planes de estudio establecidos de antemano y sin apenas ofrecerles claves del porqué de su inclusión en los mismos. Visto esto, no es de extrañar que el alumno acuse insistentemente a la Filosofía de las dos graves faltas de las que ya sus contemporáneos, con más años y experiencia, culpaban a Tales de Mileto. ¿Seremos capaces los enseñantes de Filosofía de arrostrar estas acusaciones y demostrar su falsedad como lo hizo con tanta eficacia nuestro primer antecesor?

Si somos honestos reconoceremos que tan graves faltas pueden achacársele, no sólo a la Filosofía, sino en grado aún mayor o al menos semejante, a todo el sistema educativo. Nuestros currículos se mueven en el terreno que vive de espaldas a la realidad más evidente, mostrando la geografía de países lejanos, la política de imperios del pasado, la ciencia que ya estaba caduca ayer, los pensamientos que ya no tienen influencia en nuestro mundo. Frente a ello, nada sabe el alumno de la geografía de su entorno, de la política que le gobierna y en la que a menudo participa tan activa como instintivamente, de los nuevos avances científicos, ante los que estamos más o menos desprotegidos, de las ideologías que mueven a nuestros semejantes y a nosotros mismos. No sólo la Filosofía, sino nuestro sistema entero, está abstraído en las cosas del cielo y olvida mirar hacia abajo, hacia lo que pasa a nuestros pies, corriendo el inminente peligro de caer, como Tales, en un pozo; sólo que este pozo es mucho más hondo y tiene un nombre definido, el de ignorancia. Y si seguimos siendo honestos reconoceremos que precisamente en esta carencia radica la tan traída y llevada falta de motivación del alumnado que todos reconocemos como el problema más grave con el que nos enfrentamos en nuestra profesión.

¿Hay alguna manera de salvar a nuestro sistema de semejante caída? La solución a este dilema exigiría un cambio total del sistema y lejos está de nuestra intención plantearlo en toda su complejidad desde aquí, pero sí podemos presentar sugerencias, que si bien no resuelven el problema en su totalidad, sí permitirán a nuestras disciplinas aliviar en la medida de lo posible esta enseñanza de espaldas a la realidad más inmediata. Una propuesta de este tipo ha de partir necesariamente de una estrecha relación entre los contenidos impartidos en el aula y la información que constituye la actualidad de cada día, actualidad que se expresa a diario en los medios de comunicación social. Como enseñantes de Filosofía, y conscientes de que nuestra disciplina es quien más sufre este «despiste» y esta «falta de utilidad», proponemos, pues, el uso de estos medios que nos ofrecen siempre la información más actualizada, aquélla que caduca siempre con el nuevo día, pero que está por fin viva y bajo nuestros pies. Analicemos más detenidamente esta propuesta.

Ya hemos hablado en otro lugar2 de los distintos usos de los medios de comunicación en el aula; entonces nos referíamos exclusivamente a la prensa, pero podemos extenderlo a cualquiera de los medios (radio, televisión...) y también concretarlo en este momento en la asignatura de Filosofía. Hablábamos entonces de los medios como objeto de estudio en sí mismos; como auxiliar didáctico en los contenidos propios de cada asignatura; y como producción de los mismos. Pues bien, analizaremos en el presente escrito y dada la brevedad del mismo, uno sólo de estos tres usos, el que los utiliza como auxiliares didácticos, y referidos al aula de Filosofía.

En el mismo lugar dábamos ya sobradas razones para considerar fundamental el uso pedagógico de los medios. Vivimos casi de ellos, estamos inmersos en ellos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la televisión forma parte indistinguible de nuestra vida familiar, comemos con los telediarios... y en definitiva, según los expertos, a través de la pantalla de televisión nos llega la mayor cantidad de información que recibimos. Si esto es así, nada más lógico que utilizar estos medios a nuestro favor en lugar de luchar contra ellos, pues verdadera lucha es la que emprende el enseñante que quiere competir con la televisión. Para evitar el miedo, verdadero miedo que nos causan estos medios que prácticamente nos gobiernan, usémoslos con todas nuestras fuerzas y toda nuestra imaginación.

Pero además de estas razones existen otras que nos pueden llevar a considerar estos medios como especialmente útiles en el aula de Filosofía. Lo primero a tener en cuenta es que los contenidos impartidos por la Filosofía, como los impartidos por cualquier otra disciplina, no son sólo conceptuales. Nos referimos en igual medida, a contenidos de tipo procedimental; es decir, tan importante o más que la adquisición de contenidos conceptuales es la adquisición de una serie de habilidades o destrezas que en Filosofía adquieren una importancia extrema dada la edad concreta por la que pasan nuestros alumnos. En la adolescencia se ha entrado plenamente en la que Piaget denomina etapa de operaciones formales. Los objetos concretos son sustituidos por proposiciones, con lo que el pensamiento se libera de lo real-presente y penetra en el campo de la reflexión, de las hipótesis, de los «si... entonces»3. Habla ahora el propio Piaget: «Lo que resulta más sorprendente es su facilidad para elaborar teorías abstractas» (...) «Posteriormente el ego-centrismo metafísico de la adolescencia encuentra paulatinamente su corrección en una reconciliación entre el pensamiento formal y la realidad. El equilibrio se alcanza cuando la reflexión comprende que su función característica no es contradecir, sino preceder e interpretar la experiencia»4.

Si Piaget tiene razón, nuestros alumnos están en un momento óptimo para aprender habilidades relacionadas con el pensamiento abstracto: capacidad de un discurso argumentativo, establecido con hipótesis de trabajo que,a falta de poder ser contrastadas a través de hechos, dada la especial índole abstracta de nuestros contenidos y su innegable complejidad, deben ser contrargumentadas a través del establecimiento de otras hipótesis, a través del uso de la generalización y la singularización, a través de la lógica y de cuantas «trampas», permítasenos utilizar esta palabra, nos permita el uso de la razón.

Pues bien, el discurso periodístico: la editorial que refleja la ideología que paga el periódico, el artículo de opinión sobre el tema más candente del momento, las cartas de los lectores, con todo su cúmulo de indignación e intereses propios, las frecuentes controversias y el discurso político por excelencia... todos ellos, son materiales inapreciables para el ejercicio del razonamiento y de los diversos usos de la razón. Nada diremos del discurso televisivo, que permite el uso en el aula de todo tipo de debates en los más variados temas o del continuado decir de la radio que permite la expresión de más opiniones distintas que ningún otro medio. En todos estos casos, el alumno puede ejercitarse con libertad en los buenos y malos usos del discurso racional. El alumno de Historia de la Filosofía puede, además, recrear el mundo de los sofistas y conocer de primera mano en qué consiste esa retórica que pretende, no hallar en comunidad la verdad, sino hacer triunfar la opinión propia por encima de todo, aún de la misma razón.

Junto a esta habilidad general para el discurso racional, cabe hablar también de pequeñas destrezas que el alumno puede igualmente ejercitar con estos medios; pequeñas pero fundamentales conquistas de la persona, como la diferencia entre la opinión y la «verdad» refrendada por el hecho o por la lógica, como la diferencia entre el discurso verdadero y el de aquél que miente creyendo que dice la verdad, como la influencia de las circunstancias personales en la opinión de cada uno... Para todas estas adquisiciones y para muchas más, los medios constituyen un caudal inapreciable de materiales que tiene, por lo demás, la innegable ventaja de estar vivos y ser actuales. De ahí que la motivación para nuestros alumnos sea mayor, al mismo tiempo que logramos que participen activamente en la realidad de su tiempo, que estén informados de ella y puedan opinar y discutir sobre su entorno con pleno conocimiento de causa. El profesor debe procurar, para ello, elegir aquellos artículos que ofrezcan una cercanía mayor con el entorno que vive el alumno: problemas locales, sin olvidar aquéllos más lejanos que le toquen directamente: así, a las pequeñas poblaciones agrícolas o ganaderas les toca más de cerca la entrada de España en la Comunidad Económica Europea, por las profundas transformaciones que ha ocasionado en su entorno, que a los alumnos de nuestras capitales.

Pero el uso de los medios como auxiliar didáctico no acaba aquí. Aún para contenidos de plena abstracción, los medios nos ofrecen la posibilidad de concretarlos y hacerlos vivos a través de lo más actual: la noticia. Pocas cosas nos informan más sobre el quehacer humano como esa pequeña crónica de su vida que constituyen las noticias de cada día. El estudio de los temas de psicología, muy abundantes en el temario de 3º de BUP, pierde su lejanía y su abstracción cuando no trata de sujetos experimentales muertos hace muchos años, sino de seres vivos y con pensamientos más cercanos a los nuestros.

Hagamos uso del ejemplo: la unidad didáctica con la que suele iniciarse el temario de 3º de BUP, «El hombre», no puede ser más abstracta. Habitualmente, explicamos las distintas concepciones del hombre que se han dado a lo largo de la historia, y tratamos de que comprendan la riqueza y complejidad de los seres humanos a través de una cantidad ingente de información procedente de la Psicología, la Sociología, la Antropología... Decirle al alumno que el ser humano es constitutivamente contradictorio, que se mueve entre la dignidad más grande y la miseria más absoluta no parece conmoverle especialmente. Sin embargo, bastaría con enfrentarlo ante un sólo ejemplar del periódico local o un telediario de los que observa habitualmente sin conectarlo con lo que aprende en el Instituto, para que comprendiera de golpe toda esa dignidad y toda esa miseria, toda esa inmensa capacidad de contradicción que reside en el ser humano.

De este modo, la cantidad de actividades que pueden realizarse en este tema de «El hombre» es ingente. Nosotros proponemos, a modo de ejemplo entre otras muchas, la realización de una serie de «collages» hechos con titulares de periódico en los que grupos de alumnos trataran de acumular la mayor cantidad posible de características humanas vistas a través de sus acciones, de modo que sirvieran a modo de definición del hombre, una definición tan válida como otra cualquiera y tan precaria como lo son todas. Eso sí, con la ventaja de ser mucho más real y de estar más cercana al alumno que las reiteradas palabras de Pico de la Mirandola, sin querer restarles por ello todo su valor y belleza.

Hemos utilizado la unidad temática «El hombre», por considerarla de una abstracción casi única, pero pocos son los temas impartidos en esta asignatura de 3º de BUP que no puedan explicarse desde los medios. Por supuesto que el número y forma de actividades a realizar en cada tema dependen sobre todo del esfuerzo y de la imaginación del profesor. De ahí que aquí nos contentemos con ofrecer algún ejemplo y continuemos enumerando las ventajas que poseen los medios como auxiliar didáctico.

Además de las ya comentadas, habría que insistir también en que el uso de estos medios permite al alumno el descubrimiento progresivo y personal de todo tipo de contenidos mediante una labor investigadora y crítica muy alejada de la típica lección magistral que exige tanta atención como estudio memorístico. Adelantamos que difícilmente olvidará el alumno los contenidos aprendidos de esta forma, contenidos que cobrarán un significado, al ser capaz de situarlos en su lugar adecuado dentro de la visión de mundo que ya posee. Las características humanas o los distintos tipos de inteligencia dejarán de ser algo abstracto y fácilmente olvidable cuando el alumno los integre en su propio universo, añadiéndolas a las ideas previas que ya posee. De esta forma, los medios se convierten en un instrumento inapreciable para un proceso de enseñanza- aprendizaje significativo dentro del modelo constructivista que nuestros pedagogos recomiendan hoy con insistencia.

Igualmente, constatamos otra ventaja esencial en el uso de los medios en esta disciplina: los contenidos que el alumno va adquiriendo son totalmente abiertos, de manera que comprende aquello que nunca ha entendido del todo en esta asignatura: que haya tantas versiones sobre cada tema. Ahora, el alumno entenderá fácilmente que sea así, puesto que halla los conceptos en el periódico de cada día, de forma que le es lógico pensar que la cantidad de versiones y opiniones sobre cada tema sea, no sólo grande, sino, de eso se trata precisamente, inacabable. Aún más: el alumno constata que, a pesar de todo, se sigue haciendo Filosofía y que las preguntas filosóficas no se las han sacado de la manga una montón de sabios aburridos para entretenerse y agobiarlos a ellos, sino que están ahí, en el diario de todos los días, en la pantalla cotidiana de televisión, en el rumor diario de lo sucedido.

Finalmente, si Piaget no se equivoca y la gran conquista de la adolescencia consiste en esa necesaria adecuación entre el pensamiento abstracto y la realidad, de manera que el primero no se ocupe en contradecir a la segunda, sino en interpretarla y predecirla, nada como esta confrontación terrible entre las ideas abstractas que el alumno encuentra en el aula de Filosofía y que contrastan tan brutalmente con la realidad; realidad que se muestra mejor que en ningún otro lugar en el periódico diario, en el programa de televisión que forman parte inevitable del mundo que vivimos. Porque si la reconciliación entre ambas es posible, sólo podrá hacerse a través del conocimiento de las dos y no sólo del de una de ellas;aquélla de las ideas abstractas, que se articula pesada y monótonamente dentro de las paredes del aula, sino también de la otra, esa realidad que se escurre y se nos escapa entre la maraña de informaciones que nos llegan a lo largo del día desde los medios.

Sólo cuando hallemos ese equilibrio, esa adecuación entre la abstracción propia de la enseñanza de la Filosofía y la realidad que viven a diario nuestros alumnos, podremos decir que hemos rebatido las viejas acusaciones lanzadas contra el primer filósofo. El enseñante de Filosofía no mirará ya a las cosas lejanas e inútiles, sino a aquéllas que tenemos bajo nuestros pies y delante de nosotros, ocultas y quizá perdidas entre las páginas del periódico o entre las imágenes de un programa de televisión.