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Revista Comunicar 4: Leer los medios en el aula (Vol. 2 - 1995)

La influencia de la televisión en nuestros alumnos

https://doi.org/10.3916/C04-1995-21

María-de-la-Cinta Aguaded-Gómez

Abstract

La televisión se ha convertido en uno de los medios de comunicación más utilizado en nuestros días. Su estancia obligada en todos los hogares españoles le confiere un indiscutible poder, que ha hecho que los educadores analicemos a fondo las consecuencias que su uso/abuso puede ocasionar en nuestros alumnos.

Keywords

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El año de 1887 puede considerarse un momento clave, el punto de partida para el logro de la televisión. El químico sueco Jacob Berzelius descubre el selenio, metaloide capaz de sufrir alteraciones bajo la influencia de rayos solares, que habría de ser la base del mosaico del iconoscopio, fundamento de la televisión. En 1928 aparece la televisión en color con Baird en Inglaterra. A partir de 1950 cobra impulso para convertirse en uno de los medios más utilizados.

Pero, ¿dónde radica el secreto del éxito de la televisión? Algunos autores lo definen como la expresividad; esa expresividad que entraña de por sí la imagen fiel, el espejo en pequeña dimensión de lo que está ocurriendo o de lo que está diciendo una figura, una personalidad determinada. La forzosa convivencia en el cuarto de estar-comedor, pieza obligada en la vivienda moderna, impone una servidumbre por añadidura.

Sobre la televisión se ha hablado y escrito mucho, se ha vuelto polémica, provocando un verdadero terremoto de reacciones sin precedentes; a veces odiada, otras amada, ha dejado a pocos indiferentes.

Por su gran poder ha sido utilizada como principal mecanismo de transmisión de principios políticos e ideológicos conservando su aspecto ingenuo. Ha desatado verdaderas luchas por controlarla desde el poder.

Han proliferado cadenas que anuncian programas, que se proclaman la guerra entre ellas. La multiplicidad de ofertas aumenta el número de espectadores, y por tanto de niños, que ven diariamente la tele y el tiempo que dedican a ello. Partimos de un consumo altísimo, más de la mitad del tiempo libre lo acapara un rectángulo que se mide en pulgadas. La televisión se presenta a los ojos de hoy bajo el signo de la distracción, entretenimiento y espectáculo. En 1993 pasamos tres horas y veinte minutos al día delante de la pantalla; en 1994, cuatro horas y quince minutos. Uno de los grandes males de la televisión es el abuso que de ella se hace. Se habla de teleadicción y ésta es habitual en los niños. La televisión conlleva abuso porque es cómoda, fácil, barata. Exige un mínimo esfuerzo; con ella, se combate el aburrimiento, la falta de atención de los padres, la soledad... Por ello a veces, es el marco familiar y otras el escolar, el que les lleva a la tele. La televisión se convierte así en un sustituto, un mecanismo de escape a toda esta falta de motivación; por tanto, no es que les enganche la tele, sino que no se les ofrecen otras alternativas más motivantes y alentadoras.

La tele ha venido a satisfacer una necesidad de esparcimiento casero, a facilitar ese entretenimiento que nos falta. Por eso se ha situado en el punto y en el momento exacto como elemento indispensable, como medio adecuado para servir a las necesidades de información, entretenimiento, cultura y formación que el mundo actual requiere. Por ello, aparece cuando el cultivo del ocio surge como fruto de la evolución constante de nuestro mundo. La vida activa cede y abre espacio a un mejor disfrute del tiempo, pero a la vez sirve como un comodín para echarle la culpa. Nos encontramos cargados de obligaciones, corremos sin parar, valoramos aspectos superficiales (la ropa, la limpieza excesiva...) y no encontramos tiempo para controlar el uso de la tele por parte de los pequeños.

El abuso convierte al niño en pasivo, receptor, inhibe su creatividad y participación. Las imágenes se transmiten, los mensajes se reciben sin darle la oportunidad de intervenir en ellos. Encierra al niño en un mundo aparte donde el diálogo no tiene lugar. Este abuso casi generalizado, unido a la programación basura que se nos ofrece, hace de la televisión un artefacto peligroso en nuestras manos.

Los programadores la convierten en un producto de consumo inmediato, casi de usar y tirar, en el que importa más el rating (audiencia media) que el interés o necesidad del espectador.

La aparición de teles privadas ha despertado sentimientos de competitividad. La preocupación por el buen gusto, por el prestigio intelectual y por el enriquecimiento del ocio y de la cultura no es, desde luego, la inquietud prioritaria de los programadores de la televisión.

Es difícil luchar ante la telebasura que antepone las ganancias a la calidad, si no nos encontramos ante un respaldo legal. Parece ser que, ya se va sensibilizando la clase política de los peligros que encierra y se aboga por la posibilidad de que los fiscales vean ciertos programas antes de su emisión y el Senado dedique una comisión para analizar los contenidos de la tele y que se adopte un código ético de autorregulación para las cadenas de televisión. Este código no se ha llevado a la práctica, pues las competencias entre televisiones han impedido su aplicación; también se ha establecido un horario infantil desde las 6 a las 10 de la noche, pero aún no se han notado los resultados.

La publicidad juega con la sensibilidad del espectador -sobre todo con niños y adolescentes- y les convence de que sus productos son los mejores y hace que sintamos la necesidad de poseerlos, mediante músicas persuasivas, imágenes sugestivas y colores atrayentes.

Nos sumimos en un mundo de valores tan distintos a los que intentamos transmitir y defender en la escuela: el culto al cuerpo, al aspecto físico, la obligatoriedad a una delgadez excesiva al precio más alto, el consumismo, la discriminación de sexo, el hedonismo (la búsqueda del placer)... que los niños se bloquean, no saben a qué atenerse, sometidos a una contradicción que no les deja definirse adecuadamente.

Muchos de los docentes manifiestan la preocupación por la agresividad y competividad en los niños. No podemos culpar de todo a la tele, pero sí achacarle algo de culpa. En los dibujos animados la agresividad, la violencia y la lucha son las manifestaciones más valoradas. El héroe es el que más pelea, el de atuendo más horrible.

Ante la tele, el niño/a no permanece inmune, sino que cada escena, visión, acontecimiento es vivenciada, percibida, elaborada, interpretada, y en definitiva asumida, pudiendo en cualquier momento manifestar sus consecuencias. Diariamente, varias horas, sobre el público más numeroso, y en el lugar más adecuado (en el seno del propio hogar), la tele actúa.

Los niños se aficionan pronto a ella. El color, el movimiento les sedan. Al enchufar al niño a la caja tonta (así ha sido denominada la tele por algunos psicólogos), no sólo nos estamos librando de él, sino que le permitimos sumergirse en un mundo con unos determinados valores y mensajes encubiertos que él con su fácil aprendizaje por imitación asumirá e incorporará a su repertorio conductual. Por tanto, la tele no puede convertirse en una niñera cómoda y barata. El abuso de la tele puede llevar a disminuir la comunicación entre los miembros de una familia. Se convierte en el eje sobre el cual giran todos; así se establecen turnos para utilizarla y cuando se usa en colectividad, se mantiene un mutismo extremo, una adoración absoluta hacia ella. Es una pantalla absorbente de toda la actividad hogareña; desestructura a veces la vida comunitaria,vida familiar, centrada en la visión de programas, provocando amenazas contra la afición a la lectura, conversación, hobbys... Para evitar estos turnos que se convierten en verdaderas batallas (yo veo la novela, yo el fútbol, yo los dibujos...) existe en la casa más de una, conllevando esto que los niños la manejen a su antojo sin el control pertinente por parte de los padres. Este abuso repercute en varios aspectos:

1. La relación entre padres e hijos se deterioran; no existe comunicación, intercambio de opiniones, afectos...

2. El niño puede vivenciar programas no adecuados para su edad y desencadenar problemas físicos, de personalidad o de conducta (miedos, tensión nerviosa, trastornos de sueños, obesidad, sedentarismo, problemas oculares...).

3. Los estudios se ven afectados, abandonados por su dependencia de la tele.

4. El tiempo de ocio es dedicado a ésta, sin establecer una estructuración del tiempo libre.

5. El niño pierde en sociabilidad, aumenta su introversión.

6. No se establece un control en los hábitos del niño, horario de sueño, estudios...

Debemos reaccionar ante esto, contemplar aquellos espacios que luego van a ver los niños y comprobar cuáles revisten interés y cuáles no se adaptan a su nivel evolutivo. Tanto los padres como los maestros reclamemos la intervención del Estado en la limitación y reforma de los contenidos de los horarios de emisión y de la publicidad. Hagamos de la escuela un lugar de formación de telespectadores informados y responsables.

La televisión con su fuerte valor motivacional puede ser un medio ideal para aprender y un complemento a nuestra tarea educativa. Las imágenes, el color, el movimiento aumentan la capacidad de retener; recojamos de ella los aspectos positivos porque la selección y el uso responsable se convierten en elemento favorecedor del aprendizaje.