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Revista Comunicar 8: La educación en medios de comunicación (Vol. 4 - 1997)

¡Escuela e imagen, hoy!

https://doi.org/10.3916/C08-1997-09

Francisco Trápaga-Mariscal

Abstract

¿Qué función cumple la escuela en la actualidad?, ¿seguirá siendo su labor la de informar y transmitir conocimientos?, ¿pueden ocupar su lugar los medios de comunicación? Con cuestiones como éstas el autor nos invita a reflexionar sobre la influencia educativa ejercida hoy en día por la «escuela paralela» de los medios de comunicación y también a plantearnos la validez de las actuales y tradicionales concepciones formativas y, sobre todo, a analizar las consecuencias educativas derivadas del uso racional de los medios en las aulas.

Keywords

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El hombre no puede vivir separado de las imágenes, cada individuo tiene su propio universo imaginal, algunos más y otros menos poblados, y cada uno tiene aquellas imágenes que pudieran llamarse la clave de su vida.

En esa amalgama de imágenes que es la vida, la Escuela debe cumplir una función de vital importancia; ha de ser un elemento promovedor y configurador de imágenes.

Aunque esto es una evidencia aceptada por todos los que de una u otra forma están relacionados con la educación y los medios de comunicación, lo cierto es que las cosas no siempre resultan en el sentido deseado.

Se habla con insistencia de esta responsabilidad de la Escuela, porque el incremento en el flujo de información audiovisual que actualmente reciben los niños y jóvenes fuera del marco de su enseñanza académica, cuestiona todo el contenido de la actividad escolar, fenómeno impulsado por la creciente masificación de los medios de comunicación, que incluyen desde los periódicos y revistas, la tradicional radio y la novedosa televisión, hasta los vídeos, entre otros.

Hoy, de la misma manera en que se aprende a comprender el lenguaje oral en la voz de la familia, los niños se introducen en el lenguaje audiovisual a través de la televisión; más tarde, la escuela los lleva al mundo de la palabra escrita y, les ofrece información sobre la estructura del lenguaje verbal; sin embargo, con el lenguaje audiovisual, aún hay una cierta tradición de descuido.

En nuestros días se reconoce que el concepto de la alfabetización –en su más amplia acepción– tiene un alcance que va más allá de la capacitación básica para la lectura, la escritura y los cálculos aritméticos sencillos, éste se amplifica a un conjunto de capacidades intelectuales que permitan la obtención y procesamiento de información significativa.

La escritura no se desarrolló solamente por el uso refinado de unos pocos, sino por el uso y el abuso de todos. Aunque parezca contradictorio, la imprenta no terminó con el manuscrito, sino que posibilitó su multiplicación y difusión; así todos pudieron manosear la escritura. El lenguaje audiovisual nació tecnificado por lo que ha exigido un mundo más calificado que el que necesitó la escritura.

1. Educación y comunicación: recuento

Encontramos, pues, conviviendo junto a las nuevas tecnologías, antiguos problemas, no siempre resueltos. Problemas que se tornan más acuciantes en nuestras postergadas sociedades latinoamericanas y tercermundistas.

Al encontrarse inmerso en un mar de mensajes audiovisuales, la vida cotidiana de un individuo, hoy, ha modificado sus relaciones sociales; mientras que por una parte su desarrollo cultural ha sido notablemente enriquecido, por otra parte también puede haber sido seriamente dañado. Para muchos seres humanos, las dosis sistemáticas de imágenes que reciben, equivalen a una droga, de la cual dependen.

El énfasis hecho por los especialistas asistentes al Encuentro Regional de Alto Nivel sobre Políticas Culturales Audiovisuales en América Latina y el Caribe (1991), referido a la necesidad de establecer programas de Educación para los Medios Audiovisuales a través de los cuales pueda aprenderse la «lectura» y «escritura » del lenguaje audiovisual y queden erradicados para siempre los analfabetismos tecnológicos, ha encontrado como contrapartida, la casi total inexistencia de políticas cul-turales que redimensionen al audiovisual como lo que sustancialmente debe ser, instrumento de creación y no sólo transmisor de manifestaciones culturales y educativas.

El problema que principalmente se ha presentado en la práctica pedagógica como consecuencia de esta situación es que una cierta tradición docente, para la cual lo primero debe ser el verbo, ha desestimado el extraordinario poder de atracción que el cine y la televisión ejercen sobre millones de seres humanos, y especialmente sobre los niños. Así, al analfabetismo de la letra, mal que abunda en la mayor parte de nuestros países, vino a sumarse el analfabetismo de la imagen, padecimiento común, aún en aquéllos que pudieron asistir a una escuela.

¿Cuáles son las funciones de la escuela en estos tiempos? La penetración del audiovisual en el aula y más aún, en la vida de la sociedad, cuestiona las tradiciones pedagógicas de la gran mayoría de los educadores. ¿Seguirá siendo la labor informativa la tarea predominante en la escuela hoy cuando los estudiantes existen en un mundo colmado de canales informativos?

Esta «escuela paralela» de los medios ha irrumpido abruptamente en el panorama social, poniendo en crisis no sólo el concepto tradicional de «escuela», sino también muchos de los pilares básicos de la sociedad: la visión de la vida, la cultura, las relaciones familiares, el ocio, el consumo, etc. (Aguaded, 1995).

Este modo visual que invade nuestras vidas, constituye un cuerpo de datos que, como el lenguaje, puede utilizarse para componer y comprender mensajes situados a niveles muy distintos de utilidad, desde lo puramente funcional hasta las elevadas regiones de la expresión artística.

Luego entonces, lo razonable, desde esta perspectiva, es estrechar el vínculo de la escuela y los medios de comunicación en aras de desarrollar un espectador con capacidad crítica, sujeto capaz de reflexionar y discriminar los elementos de manipulación que pueda haber en las propuestas comunicacionales y preparado para respuestas expresivas y originales, nacidas de sus aspiraciones como ser social. La fuerza cultural y planetaria del cine, la fotografía, la televisión, el vídeo y las computadoras en la conformación de la imagen que el hombre tiene de sí mismo, define la urgencia de una alfabetización audiovisual, tanto para los educadores como para los escolares, porque todos estos medios masivos de comunicación, y otros no citados, existen con independencia de nuestro deseo y además el mundo está dispuesto a renunciar a ellos.

2. Comunicación y educación: acercamiento

Ya en nuestros días se ha producido una aproximación entre comunicadores y educadores, y hoy día existe un marcado interés por parte de los maestros, quienes reconocen la eficacia instructiva y educativa del cine, el vídeo y la computación, cuando se los emplea como medios gráficos para la enseñanza objetiva de la Historia, la Geografía y las Ciencias Naturales, entre otras, por la preponderancia de que goza, justamente, la imagen representativa.

En la conducta de los hombres se evidencia una tendencia a la información visual; la búsqueda de un apoyo visual al conocimiento se debe principalmente al carácter directo de la información y a su proximidad a la experiencia real. ¿Cuántos televidentes del mundo han podido presenciar un acontecimiento trascendente, como, por ejemplo, el lanzamiento de una nave espacial? ¿Hubiesen obtenido una información igualmente viva de la acción, momento a momento, mediante un reportaje escrito o hablado por más detallado y elocuente que fuera?

La visión es una experiencia directa y el uso de datos visuales para suministrar información constituye la máxima aproximación que puede conseguirse a la naturaleza auténtica de la realidad.

A las interrogantes tales como: ¿qué ofrecen los medios de comunicación de masas?, ¿cuál es su impacto sobre los niños y adolescentes?, ha venido a sumarse otra cuestión: ¿qué hace la audiencia con los mensajes?, y ahora se ha añadido otra, que puede ser considerada centro de interés de la escuela con la mirada dirigida hacia el siglo XXI: ¿qué puede hacerse para facilitar una comprensión profunda del universo de imágenes puestas a nuestro alcance?

Es una evidencia universal que la televisión, como principal medio de comunicación audiovisual, está sólidamente ligada a la vida moderna; pero también se ha vuelto evidente que su influencia es enorme, que tiene una capacidad de llegada verdaderamente impresionante y muy en especial sobre quienes están todavía en tiempo de formación.

La idea de que la televisión es poderosa, para bien o para mal, no se la cuestionan ni los especialistas, ni el sentir común de las personas sin formación especializada y confirma lo que se aprecia especialmente en la familia, en ese ámbito íntimo en el cual «la pequeña pantalla» penetra con una facilidad asombrosa.

La televisión entra en el hogar sin autorización alguna y, ¿cuál es la dificultad? Que la escuela podría tener problemas si intentara presentar a sus estudiantes cuestiones que el mensaje televisivo muestra sin pudor, ni vacilación.

Los padres, muchas veces, no desean, ni permiten que sus hijos vean películas y programas que aprecian inadecuados para ellos; sin embargo, la mayoría de las veces, los niños están informados de todos los detalles. Lo que los pequeños necesitan son indicaciones sanas y adecuadas para su propio resguardo personal, cosa que los padres, la escuela y la televisión podrán hacer si actúan mancomunadamente.

Por tal motivo, es en este punto donde han de insertarse, de forma organizada y metódica, las mediaciones que instituciones tales como la familia y la escuela deben ejercer, como una de las maneras de formar espectadores con capacidad para la verdadera interpretación de los mensajes audiovisuales que abrumadoramente llegan por doquier; lo que hagan o dejen de hacer la familia y la escuela con respecto a la televisión y los niños, tiene efectos no sólo en su cantidad de exposición ante el medio, sino también sobre el tipo de preferencia programática, gustos y opiniones sobre lo que se le ofrece y sobre la forma de apropiarse de sus contenidos.

Porque hoy el hombre despliega su tiempo y calidad de espectador, sobre todo ante el televisor, que mediatiza cada día más su vida, haciendo de puente no sólo entre el espectador y la obra específicamente televisiva, sino además entre el espectador y el resto del mundo, en función del partido de fútbol o de béisbol, del recital musical u otro espectáculo vinculado ahora, mediante la televisión, a un público muchísimo mayor que el de la expectación en vivo (Rojas, 1994). Esta interacción que se establece con los medios de comunicación es susceptible de ser modificada en la dirección que se considere apropiada, lo que corrobora la importancia de una educación para la recepción, a través de la cual se abra el camino para que el disfrute de estos medios audiovisuales de comunicación llegue a convertirse en una experiencia grata y a la vez de aprendizaje, mucho más intensa y productiva de lo que actualmente es y más acorde con el tipo de relaciones sociales que deben promover los educadores.

Las producciones audiovisuales educativas deben ser la fuente primaria para desarrollar una educación para la recepción; sin embargo, lamentablemente, muchas de las realizaciones cinematográficas o televisivas hechas con intenciones «educativas» se vieron condenadas al bostezo de los alumnos al no considerar, en su justa dimensión, el elemento artístico, consustancial a una obra audiovisual.

El arte educa, en la medida que es arte, y esta sencilla verdad es muchas veces desconocida, confundiéndose el enfoque didáctico con un didactismo plano que no se aparta de una concepción pedagógica escolástica y de un modelo extemporáneo de la comunicación. Esta síntesis de una práctica contenidista en educación y de fórmulas verticales y autoritarias en comunicación ha dado como resultado la reiteración de esquemas retóricos que no logran ni activar intelectualmente y, menos aún, conmover emocionalmente. El cine, la televisión o el vídeo son considerados como «medios auxiliares » (?) de la educación, en tanto soportes de contenidos de diferentes asignaturas, sin embargo el conocimiento de pedagogos y maestros puede hacer que los medios de comunicación como colaboradores del proceso docente no se limiten al empleo de éstos como meras ilustraciones.

Resulta obvio el valor que tienen como instrumentos de trabajo docente, pues además de posibilitar la reducción del tiempo destinado al tratamiento de los temas, incrementan la efectividad de las clases.

Un programa audiovisual es insustituible cuando se trata de mostrar el micromundo, el macromundo, los procesos internos de los fenómenos, tecnologías, industrias, los cambios temporales y espaciales, el mundo cósmico, entre otros. Por otra parte, permiten modificar las escalas de tiempo, distancia, recrear hechos históricos, etc.

Otro elemento que apoya la prioridad que debe concedérsele a la audiovisualidad en la escuela está basado en el papel que éstos tienen, no sólo como fuente de conocimiento científico, sino también como promotores del desarrollo de habilidades y capacidades intelectuales, elementos de motivaciones y formadores de valores éticos y estéticos.

Por esto, entre otras razones, se considera que la escuela puede ofrecer una importante contribución a la formación de individuos plenamente identificados con los medios de comunicación, cuando en las aulas los mensajes audiovisuales aborden además de los temas docentes o educativos, aquellos materiales que en su contexto habitual los medios ofrecen.

Cuando educandos y educadores puedan penetrar en los vericuetos de la gramática y la sintaxis de imágenes y sonidos, no por la incansable repetición de conjugaciones, sino por un proceso creativo que posibilite la utilización de los medios de comunicación como medios de expresión, se estará produciendo una interacción de la escuela con los medios, elemento transformador hacia una educación plena.

Para todos los que estamos preocupados por la imágenes que, cotidianamente, reciben nuestros hijos, la constatación de que en nuestros espectadores, incluidos el público infantil y juvenil, predominan hábitos y preferencias por el consumo de audiovisuales, caracterizados por la búsqueda de un entretenimiento banal, en los que la producción de las grandes transnacionales juega un papel determinante, es una realidad que debemos afrontar.

Éstas son dificultades que podemos resolver, pues la educación audiovisual es un propósito que ha encontrado eco en nuestros países y pese a privaciones económicas e inestabilidades sociales, han surgido iniciativas educativas que propician la participación activa del niño ante el lenguaje audiovisual.

Durante los últimos años se han organizado en Latinoamérica numerosos proyectos de este tipo, muchos son los obstáculos que deben ser vencidos, pero estamos en un momento en que se hace impostergable una respuesta que aúne esfuerzos creadores, especialistas, investigadores y pedagogos; respuesta que no ha de circunscribirse al ámbito de la producción y distribución de materiales cinematográficos o televisivos, sino abierta fundamentalmente a cómo encarar los problemas de la educación audiovisual de niños y jóvenes.

Algunas de las experiencias de los talleres de cine desarrollados en Cuba para educar al niño en el séptimo arte, se han centrado en el trabajo con los grados intermedios de enseñanza primaria. Los avances en las esferas intelectual y afectiva y el caudal de conocimientos que ya tiene un escolar de 3º ó 4º grado, (8-9 años) son armas que posee y de las que quiere hacer uso. Si como espectador desea ver a los buenos combatir y vencer, es capaz de asumir una postura de distanciamiento que le deja disfrutar de lo espectacular de la aventura y percatarse, a su vez, de su carácter inverosímil: la frase «tremendo paquete » acuña el surgimiento de esa incipiente actitud crítica (Ramos, 1994).

Consideraciones finales

La educación no es una finalidad específica de la comunicación audiovisual. La educación es un fenómeno social que corresponde a la escuela, la familia y la comunidad. La comunicación audiovisual es un prodigio de este siglo y entre otras finalidades puede tener la educativa. Puede ser insustituible en la escuela, pero nunca podrá sustituir a ésta. Es un elemento de suma utilidad para el docente, pero jamás será otra escuela.

El proceso educativo será tanto más completo cuanto más opere sobre todas las características surgidas de la pluralidad sensorial, será más pleno cuando atienda y estimule los distintos aspectos de la complejidad humana.

Abrir la educación y a los educandos a la recepción, a los efectos de medios variados, es la única forma de propiciar la formación de individuos maduros, amplios de mente, aptos para recibir sensibilidades, informaciones o conocimientos sin restricción de fuentes.

Si la infancia de tiempos atrás conocía al mundo a través de la cultura circundante, de la experiencia familiar y, más tarde, de la escuela y de los libros, hoy en día, a todo esto se adiciona una invasión de imágenes, sonidos, movimientos que, ya antes que el niño domine el habla y los elementos más rudimentarios del raciocinio lógico, está actuando sobre su emoción e inteligencia.

Corresponde a los profesores y padres estimular la conciencia crítica de los niños, interpretar, paso a paso, para ellos y sobre todo con ellos los procesos de comportamiento y acción que emanan de los estímulos despertados por las producciones audiovisuales, principalmente por el cine y la televisión.

La escuela tiene como uno de sus propósitos, en estos tiempos, educar para la integración en la sociedad. Para avanzar en esta línea de conducta, más temprano que tarde, los medios de comunicación estarán incorporados a los diseños curriculares, como contenidos a enseñar en las aulas y con la mirada puesta en la influencia que la escuela, como centro cultural de la comunidad, puede ejercer sobre ésta.

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