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Revista Comunicar 9: Educación en valores y medios de comunicación (Vol. 5 - 1997)

La tolerancia de la intolerancia: los temas transversales en la prensa

https://doi.org/10.3916/C09-1997-12

Luis Miravalles

Celia Miravalles-Calleja

Abstract

En una sociedad consumista los mensajes de los medios de comunicación orientan hacia un aparente disfrute inmediato de placeres materiales. Los autores de este artículo, a partir de sus experiencias de aula utilizando la prensa, presentan una serie de datos a raíz de una investigación sobre la intolerancia, que permiten reflexionar sobre las causas que la generan y pensar en las posibilidades de intervención didáctica para evitarla.

Keywords

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1. Una experiencia didáctica

Durante los dos primeros trimestres de un curso escolar (más de veinte semanas), hemos llevado a cabo una experiencia didáctica a través de la prensa, con la finalidad de comprobar el índice de atracción que ejercían las noticias sobre nuestros alumnos y alumnas y, asimismo, analizar cómo reaccionaban ante los hechos que les causaban una mayor impresión.

De este modo hemos podido realizar, posteriormente, una serie muy variada de actividades que encajaban perfectamente con el estudio de todos los llamados «temas transversales ».

Semanalmente propusimos en tres grupos de Bachillerato (segundo y tercero) el ir recortando de la prensa local o nacional, con entera y total libertad, una noticia seleccionada solamente en función del mayor «impacto» que les hubiera causado. La noticia, una vez recortada, la irían pegando en un cuaderno exclusivamente dedicado a la experiencia. Se solicitó también un brevísimo comentario personal, escrito al pie o al margen de la noticia.

La propuesta fue muy bien acogida, hasta el punto de que muchos de los alumnos y de las alumnas, en algunas ocasiones, seleccionaron más de una noticia semanal.

Transcurridas varias semanas de habituación, comenzamos a desarrollar una serie de actividades encaminadas a potenciar no sólo la percepción de los problemas más acuciantes que se plasmaban en las noticias seleccionadas, sino también a debatir ampliamente sobre las causas y consecuencias de los mismos.

La búsqueda de textos literarios que presentaban situaciones similares a las reflejadas en la prensa, como la violación de las hijas del Cid, la marginación y la pobreza en El Lazarillo de Tormes o el efecto de la droga en el personaje Segismundo, fue otra de las actividades que se siguieron con cierto interés. Se elaboró una estadística con el número de noticias seleccionadas, clasificándolas por temas, generando a su vez una puesta en común, por grupos, de reflexiones y conclusiones.

Finalmente la realización de periódicos murales semanales, que se exponían en los lugares más estratégicos del centro, de obligado paso hacia las aulas, y las redacciones personales sirvieron como puntuación para las evaluaciones.

Hemos de confesar que los objetivos planteados inicialmente se cumplieron con bastante satisfacción. La participación fue entusiasta y sobre todo se logró despertar la conciencia de la necesidad de una lectura reflexiva y crítica de la prensa.

Sin embargo, la estadística sólo puso de relieve, una vez más, que frente a los avances científicos y técnicos tan espectaculares, el desarrollo mental y espiritual es bastante deficiente, así como la carencia de unos criterios profundos a la hora de redactar las opiniones personales. Más bien denotaban una cierta indiferencia o «tolerancia» frente a los hechos, que en principio parecía que les habían impresionado mucho, cuando en realidad la selección había sido realizada no por la seria gravedad de los problemas, sino meramente por su carácter escandaloso y sensacionalista.

Ciertamente, hoy, nuestros alumnos y alumnas, inmersos en una sociedad hedonista y de consumo, se educan mucho más por el entorno de los centros docentes, es decir, por todo lo que supone «la calle», estimulados por los mensajes tan deleznables que reciben a través de todos los medios de comunicación y que les orientan hacia un disfrute inmediato de placeres materiales. Una frase de una alumna, por otra parte bastante aventajada en sus estudios, nos resumía todo un programa de vida vacía e intranscendente: «Sólo tengo este mundo y tengo que aprovecharlo a tope».

Se impone pues un cambio radical de actitudes, una nueva mentalidad que recupere la utopía, es decir, el sueño renovado de hacer posible la vida, teniendo en cuenta que la tolerancia sin más no es una actitud de simple indiferencia o neutralidad, sino una actitud de lucha y compromiso contra todo lo que sobrepase los límites de lo intolerable, es decir, cuando no se respeta la dignidad humana.

2. Reflexiones sobre la tolerancia de la intolerancia

«Es preciso que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia. Sin la tolerancia el fanatismo desolaría la tierra o al menos la entristecería para siempre» (Voltaire).

Los resultados de la experiencia nos han suscitado estas reflexiones en voz alta sobre el tema de la tolerancia. La tolerancia es una de las cuestiones de mayor trascendencia para la Humanidad, porque supone, nada menos, que posibilitar la total convivencia en el mundo en el que vivimos, y es por lo que reclama una atención prioritaria.

Si vivir es, en definitiva, optar por unos valores u otros, no tenemos más remedio, desgraciadamente, que admitir que la historia del ser humano ha sido prácticamente un auténtico rosario de intolerancias de todo tipo, porque se han elegido la agresividad, la fuerza, el poder y el fanatismo como valores de suma eficacia para el sometimiento de aquel prójimo, individuo o nación, que fueran distintos o no pensaran igual que el pueblo o persona dominante.

Recordemos muy someramente la esclavitud aún entre aquellos pueblos considerados como los más cultos en la remota Antigüedad (Egipto, Grecia, Roma) y que perduró incluso hasta el mismo siglo XIX en algunos países (EEUU).

El sometimiento de unos pueblos por otros, la conquista, llamada con eufemismo «colonización», fue objeto hasta de controversias teológicas, como las celebradas en Valladolid, y aunque se paralizó durante años, a la postre, se continuó en virtud del argumento aristotélico por el que se consideraba legítimo el sometimiento de todo pueblo que fuera «inferior».

De la intolerancia social, étnica, religiosa y también científica o intelectual y sexista existen multitud de ejemplos, desde el feudalismo medieval, cuando se discutía si la mujer tenía alma, pasando por la expulsión de los judíos en la España de los Reyes Católicos, la muerte en la hoguera de los herejes y brujas, la persecución y condena de Galileo Galilei en Italia, por afirmar que la tierra giraba alrededor del sol, hasta la persecución y condena de escritores y periodistas actuales, llegando a las atrocidades más salvajes e inhumanas que se cometen en nuestros propios días (Bosnia, Burundi, Argelia, El Líbano...) que se consideran por sus respectivos países como «medidas justas» en razón de condicionamientos socio-económicos, políticos o religiosos, como son los casos ocurridos en Argelia, donde, alegando la ley islámica, degüellan a una alumna de 15 años ante sus compañeros de colegio (Mohamed Lazhar de su pueblo Gued Djer, a 40 kilómetros de Argel) o el ocurrido en el mismo centro de París, durante la manifestación de la extrema derecha, en favor de Jean-Marie Le Pen, donde apalearon y arrojaron al río Sena a un joven marroquí, ante la indiferencia absoluta de la policía, y mientras gritaban histéricamente: «¡Francia para los franceses!» (1-5-95), y tantos y tantos otros casos más recientes aún.

En suma, «la intolerancia –como decía Voltaire– ha convertido la tierra en una carnicería». Después de tantos siglos, continuamos sumidos en un montón de paradojas. Por un lado, hemos conquistado la «libertad» del individuo, pero el progreso de la técnica y la civilización del bienestar nos han llevado al total sometimiento de los intereses dominantes: el éxito, la eficacia, el disfrute inmediato, y al máximo posible, de los bienes y de toda clase de placeres, lo que nos obliga, para conseguirlo, a utilizar la fuerza más brutal, fraudes, embrollos y robos, y a los pactos más viles contra todo lo que se oponga a nuestros egoísmos, ya sean individuales o nacionales. Ésta es la descripción de la sociedad actual analizada por Gilles Lipovetsky: «Estamos en una sociedad posmoralista, que no glorifica los deberes, la abnegación, el sacrificio y el consagrarse a algo que no sea uno mismo» (...) «El hedonismo se ha convertido en el principio axial de la cultura moderna» (La era del vacío, pág. 84).

Inmersos en la civilización del «tener» frente a la del «ser», todo lo envenenan las relaciones antihumanas y es lo que conduce a los antagonismos, las opresiones, las discriminaciones y las guerras, porque se han desterrado toda clase de valores éticos y de este modo vale todo. Aranguren lo ha señalado con precisión: «El primer problema moral contemporáneo es el vacío moral, el sentimiento de la pérdida de los valores».

Se impone, por consiguiente, otra nueva educación, que responda a otra concepción del ser humano, una educación que restaure los valores éticos esenciales, donde prime la adquisición de hábitos de convivencia, de solidaridad, de justicia y de respeto para nuestros semejantes.

El quid de la cuestión radica, sin duda alguna, en el «cómo» inculcar el espíritu de la tolerancia y de lo tolerable, el cambio radical de una mentalidad egoísta a otro espíritu que haga un mundo más humano, donde se conviva en armonía y no nos limitemos simplemente a coexistir.

Ciertamente pensar en una sociedad ideal, donde triunfe por completo la comprensión, donde no existan problemas, es una verdadera utopía. Pero pensar en una sociedad mejor, más humana, es posible si logramos un cambio de actitudes. Esta tarea ineludible recae sobre todos, pero es una grave responsabilidad que concierne principalmente a todos aquéllos que tienen un mayor contacto con la sociedad, directo y público, es decir a los gobernantes, a los educadores y a todos los medios de comunicación, como lo es la televisión, «el más siniestro medio inventado para formar y deformar conciencias », como afirma, tan acertadamente, Ernesto Sábato. La televisión, añade Muñoz Molina «no destruye el idioma, sino los cerebros».

Solamente provistos con este nuevo espíritu, cesaremos de pensar, de una santa vez, en todo lo que podamos obtener y podremos disminuir el abismo existente entre países pobres y ricos, causa principal de la mayoría de los racismos actuales.

Ningún sistema político, económico y social y ninguna doctrina religiosa, han conseguido desterrar la intolerancia por el momento. Tampoco todas las revoluciones que se han sucedido con las consiguientes guerras, ya sean internacionales o fratricidas, han logrado disminuir la pobreza ni las discriminaciones.

Tendríamos que concluir por lo tanto, que en toda la Historia –las excepciones pasajeras y fugaces no cuentan demasiado– ha habido una insuficiencia de unión universal, una falta de programa ecológico espiritual, contra todas las actitudes egoístas en cualesquiera de sus manifestaciones.

El problema, digámoslo con toda franqueza, no es puramente tecnológico, sino político, social, religioso, educativo y aún psicológico.

«El derecho humano –ha dicho Voltaire– no puede fundarse en ningún caso más que en el derecho de la naturaleza y el gran principio universal: No hagas lo que no quieras que te hagan».

Cabe preguntarse finalmente: ¿Qué puede hacerse? Pese a un pasado tan sombrío, lo cierto es que la especie humana se ha mantenido viva y ha subsistido. Pero no es menos cierto que nos encontramos ante una gran encrucijada, donde las situaciones conflictivas y violentas han experimentado un aumento realmente alarmante y ante la que no cabe esconder la cabeza bajo el ala como el avestruz.

Y menos aún cabe, bajo ningún pretexto, promulgar cientos de leyes que no se hagan cumplir, pronunciar miles de discursos con falsas promesas, mientras se permite comerciar con todo tipo de armamentos y drogas a nivel mundial, se esquilman bosques enteros y se toleran, e incluso se fomentan, por meros intereses económicos, las discriminaciones raciales o las exterminaciones sistemáticas. Tampoco sirven de mucho los arrepentimientos posteriores.

El espíritu de tolerancia no podrá jamás ser impuesto con hipocresías, cinismos o legislaciones inoperantes. La tolerancia se inculca con el ejemplo, no se impone. La unión de los seres humanos no consiste sólo en unir a los hombres a nivel económico, sino principalmente en unirlos a nivel del amor y de la inteligencia.

Referencias

ARANGUREN, J.L. (1985):Ética y política. Madrid, Orbis.

CAMPS, V. (1988): Ética, retórica y política. Madrid, Alianza.

CAMPS, V. (1990): Los valores de la educación. Madrid, Anaya.

CAMPS, V. (1990): Virtudes públicas. Madrid, Espasa Calpe.

CUADERNOS DE PEDAGOGÍA (1988): «Los valores en la Escuela», nº 165.

CUADERNOS DE PEDAGOGÍA (1990): «Educación ética y cívica». nº 186.

GONZÁLEZ LUCINI, F. (1994): Temas transversales y áreas curriculares. Madrid, Anaya.

LIPOVETSKY, G. (1987): La era del vacío. Madrid, Anagrama.

LOCKE, J. (1994): Carta sobre la tolerancia. Barcelona, Tecnos.

MEC (1993): Educación moral y cívica. Madrid, Ministerio de Educación.

MEC (1993): Temas transversales y desarrollo curricular. Madrid, Ministerio de Educación.

SÁBATO, E. (1985): Apologías y rechazos. Barcelona, Seix Barral.

VOLTAIRE (1984): Tratado de la tolerancia. Madrid, Crítica-Grijalbo.