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Revista Comunicar 10: La familia y los medios de comunicación (Vol. 5 - 1998)

Sobre las nuevas formas de violencia juvenil

https://doi.org/10.3916/C10-1998-13

Jaume Funes-Artiaga

Abstract

La llamada nueva violencia juvenil no siempre es nueva ni especialmente juvenil. En cualquier caso se trata de un fenómeno claramente mediático que difícilmente tendría sentido y entidad sin su difusión y amplificación en los medios. Estética, expresión, lenguaje, difundidos y amplificados, conforman una visión del problema en el mundo adulto que no facilita la búsqueda de las respuestas adecuadas. En cualquier caso, nos encontramos ante conductas adolescentes y jóvenes difícilmente modificables por la vía del Código Penal.

Keywords

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Antes de poder provocar en ningún lector la sensación de que los jóvenes son los únicos violentos o que sólo es preocupante su violencia, hay que recordar –por si acaso– que los adolescentes y jóvenes no dejan de ser un aguafuerte con trazos gruesos de la sociedad adulta. Ellos y ellas a menudo no harán otra cosa que reproducir nuestra conducta sin ningún miramiento ni control. No es posible hablar de su violencia dejando de lado la nuestra. Y no me refiero especialmente a la de los cañones o los tanques, últimamente muy activos. Pienso en las algaradas callejeras de los conflictos laborales, en la «divertida» destrucción urbana de algunos grupos políticos, en la contundencia policial cuando la protesta incomoda o desluce la representación del poder, en las riñas tumultuarias que provocan los guardias de seguridad de numerosos lugares de diversión. Al adolescente que destroza un banco para salir del aburrimiento, hemos de poder interpelarle con la conciencia tranquila de quien defiende que ni una sola idea justifica el uso de la violencia, de quien cree que no es una manera válida de resolver los conflictos.

1. Un fenómeno que crece con la mirada. Un problema que puede crearse con la respuesta

Detrás de todos los fenómenos de crispación social siempre hay un fenómeno de construcción social, una realidad que se construye colectivamente mucho más allá de la propia realidad material. Así, cuando hablamos de drogas, sabemos que es mucho más importante y peligroso todo lo que va con ellas (desde la imagen marginal del toxicómano hasta los mitos sobre sus efectos) que las propias substancias.

Aparece una «realidad» sentida, imaginada, vivenciada, construida... que nada tiene que ver con la realidad objetiva, pero que poco a poco se convierte en real para los grupos y las personas. No está nada claro, por ejemplo, que los jóvenes de hoy en día sean más violentos que los de antes, ni siquiera que hagan más delitos; pero podemos llegar a estar socialmente convencidos de que vivimos una oleada de violencia juvenil. La lectura que hacemos de las dificultades sociales, la lectura que hagamos de la violencia, construye parte del problema, lo difunde de una determinada manera y crea el problema final.

De la misma manera, conocemos que todos los conflictos sociales, especialmente entre los adolescentes y jóvenes, incorporan a la dificultad inicial la respuesta, la reacción que reciben. Se trata de conductas generadoras de reacción social y de respuestas (adultas, de los vigilantes, de la policía, penales etc.) por lo que fácilmente reincorporan a la propia conducta las reacciones. La respuesta puede consolidar lo que sólo eran dificultades transitorias y crear y estabilizar el conflicto, facilitando identidades negativas a los sujetos y etiquetas de rechazo a la sociedad. La violencia es con frecuencia un fenómeno reactivo –recordemos la expresión «espiral de violencia»– que se incrementa y consolida a partir de las respuestas que recibe. Además, cuando se trata de adolescentes y jóvenes suele tener que ver con las relaciones de mutua tensión que establecen con los adultos.

Cualquier persona que ande entre gente joven sabe que en muchos momentos su conducta es pura provocación y que las respuestas adultas han de ir precedidas del ejercicio de contar hasta tres, para no entrar en una espiral reactiva que amplíe y consolide el conflicto. Nuestros niveles de tolerancia y de flexibilidad son hoy probablemente mucho más bajos. Tendemos a ver en todo joven a un enemigo. Cuando van en grupo nos sentimos amenazados. Casi todo lo que hacen nos parece mal. Sus expresiones nos molestan, sus estéticas nos provocan. Vemos en cualquier pelado al cero un violento. Tenemos la mirada demasiado problematizada. Es cierto que nos enfrentamos a conductas nuevas, molestas, a veces masivas, que con frecuencia no tienen por qué ser aceptadas. Pero hay que descubrir la provocación, hay que saber evitar el encontronazo, descubrir las maneras y los lugares para actuar, con el único fin importante: evitar que esas conductas provisionales se consoliden, y los destruyan. Con el único fin justificable: facilitar y estimular su proceso de conversión en ciudadanos y ciudadanas responsables.

2. Reduccionismo «skin»

Podríamos acabar las prevenciones iniciales llamando la atención contra las sucesivas pretensiones de reduccionismo, contra la tendencia a hablar de «la violencia» juvenil como si de un comportamiento uniforme se tratase. Ya entraremos en posteriores matizaciones, pero ahora considero importante advertir en especial contra uno de esos reduccionismos: la exacerbada tendencia a leer todo el fenómeno de la violencia juvenil en clave «skin head». El fenómeno de los cabezas rapadas tiene una evidente importancia, especialmente por sus connotaciones políticas y más todavía por lo que supone de fracaso (nuestro) para transmitir a muchos jóvenes las ideologías justificadoras de nuestra convivencia. Pero no debemos magnificarlo ni convertirlo en el elemento central de las conductas destructoras de los adolescentes y jóvenes. En número y en volumen de impacto sobre las vivencias cotidianas de los ciudadanos son otros los actos y los personajes que tienen importancia.

Si lo que nos preocupa realmente es cómo dar respuestas educativas, socializadoras a esas conductas que llamamos violentas, no podemos poner en el mismo saco a los hinchas vandálicos de un equipo de fútbol, a los adolescentes que destrozan un parque en pleno aburrimiento, a los que fuera de control matan a una persona o a los que llenos de odio hacia el otro destruyen en nombre de una idea, de una nación o de un dios. Detrás de un adolescente no hay siempre un maleducado, detrás de un joven «bronca» no siempre hay un sujeto agresivo, detrás de un «heavy» o un «maquinero» no siempre hay una persona violenta, detrás de un «skin» no siempre hay un psicópata. Son absurdos el reduccionismo y la unificación, ambos nacidos de nuestra mirada simplificadora y problematizante, de nuestra tendencia a la generalización. Hay que evitar reduccionismos y etiquetas que tienden a convertir en «enfermedades sociales» lo que con frecuencia no son otra cosa que impotencia y dificultad para organizar la convivencia comunitaria cotidiana.

3. Conjuntos de la expresión violenta

Justamente porque lo que se pretende es disponer finalmente de criterios para prestar atención al fenómeno y a los chicos y chicas implicados, propongo subdividir el complejo entramado de la etiquetada como violencia juvenil en un conjunto de categorías, en parte solapadas pero no siempre concéntricas, que forman –hipotéticamente y como punto de partida– realidades diferenciales para pensar en el qué hacer.

Estas categorías, con frecuencia mezcladas en los media y en la opinión pública son:

• Las conductas duras de los adolescentes y jóvenes. Entre las que habrá que matizar y distinguir subconjuntos describibles a partir de: relaciones tensas y disonantes, con lenguajes agresivos vistos por los adultos como expresión de violencia, estilos de vida definibles como de ir de duros por la vida, en los que fácilmente se incorporan conductas agresivas, en los que no se hace ascos al uso de la violencia, conflictos de diversión a horas intempestivas, agresividad relacional, líos de grupos, vandalismo urbano de diverso grado.

Forman el volumen, cuantitativa y cualitativamente, más importante y significativo de la violencia juvenil. Son en una parte fenómenos nuevos en los que están implicados adolescentes y jóvenes de muy diversa condición social, que a su vez tienen que ver con grados diversos de tolerancia social adulta.

• Las agrupaciones juveniles estructuradas centralmente en torno a ideologías que justifican el uso de la violencia.

Con la presencia de diversos elementos de los subconjuntos anteriores, se trata de colectivos estructurados como grupos con fuerte componente ideológico, con presencia de culturas radicalizadas y aceptación explícita de la violencia como forma de conducta para responder al contrario o para cambiar la sociedad.

• Los casos problemáticos, el conjunto de los adolescentes y jóvenes que por patología personal o por historia grave de inadaptación, pierden el control, agreden y destruyen de maneras aparentemente inexplicables.

Hablar de violencia supone tener presente que nos referimos a una realidad que puede tener que ver con: la construcción de la personalidad, los mecanismos de generación y aplicación de la agresividad y la provocación de frustraciones y su descarga, los procesos de aprendizaje, imitación y reproducción de conductas, la construcción de las identidades sociales (el quién soy yo en un mundo como éste).

Por último, debemos analizar también el fenómeno desde la perspectiva de los contextos en los que se produce, con los tiempos, los espacios, las culturas y las circunstancias que los envuelven. Casi siempre las respuestas posibles tendrán que ver con descubrir qué puede hacerse en cada uno de esos contextos. Los actos violentos no se producen en cualquier circunstancia o lugar, tienen que ver con cómo viven, cómo se organiza su tiempo, cómo se construye su personalidad, cómo encuentran su espacio en la sociedad. A la vez, también tienen que ver con las culturas que crean, con las modas que crean o les imponen, con los estilos de vida que pasan a ser más atractivos. Para poder matizar más el sentido y la funcionalidad de sus actos y atribuirles el peso y el valor que tienen en su vida, es conveniente separar algunos de sus contextos vitales – espacios, tiempos y circunstancias– en los que se suele producir. (En otros textos he propuesto analizar algunos como: los tiempos vacíos en espacios no formales, las prácticas generadoras de identidad, las reacciones de desesperanza, los tiempos y las practicas de diversión, los usos de substancias descontroladoras y marchosas...).

4. Hablemos de las respuestas

Si pensamos en el qué hacer, el nudo de la cuestión está situado en cómo construimos mecanismos para resolver esos conflictos de nuestra vida cotidiana. Mecanismos que supongan respuestas rápidas, ciertas, adecuadas a las características de los que infringen las normas y de las situaciones en las que lo hacen.

De todas las maneras, antes de confeccionar un listado de acciones, convendrá que recordemos que la violencia está enormemente presente en nuestra sociedad adulta y que los adolescentes y jóvenes pueden atraparnos en medio de una gran hipocresía. Por eso no estará de más que recordemos que para abordar la violencia hemos de tener respuestas como mínimo a las siguientes tres grandes cuestiones:

¿Es el hombre, la mujer, un personaje violento por naturaleza?, ¿hay ocasiones en las que puede justificarse su uso?, ¿podemos aceptar como personas maneras violentas de relacionarnos?

4.1. Las políticas integrales y la educación en valores

Pensando directamente ya en el qué hacer no estará de más recordar que no suele ser posible abordar ninguna dificultad de las que afectan a los jóvenes si no se dispone de instrumentos de política global. Cuando no existen acciones de política juvenil sobre un territorio, mínimamente integradas y globalizadas, no resulta fácil pretender actuar sobre un factor problemático aislado. Los conflictos en torno a la violencia podrían ser una buena excusa para replantearse las políticas integrales de juventud –que han ido desapareciendo del mapa– en un panorama social que es diferente.

Entre las respuestas más generales no puede dejarse de lado la educación «en». Éste puede ser uno de esos ejes transversales de tan difícil concreción cuando no se contemplan dentro de los proyectos educativos, pero hace falta una voluntad educativa expresa en contra de la violencia; por el contrario, la moda contraria se difunde a gran velocidad entre el alumnado. Junto a las grandes preguntas que antes nos hacíamos ha de trabajarse con los alumnos los estilos de vida no violentos, las vivencias que asocian a los sentimientos llamados débiles, los mecanismos de resolución de conflictos dentro del grupo, las razones para aceptar y respetar al otro, etc.

4.2. Hacer algo creativo en relación con el ocio

Aunque resulta de difícil aplicación y requiere creatividad y ganas, algo ha de hacerse en el terreno del ocio y la diversión. El punto de partida y la razón para actuar no puede ser la violencia, pero de la misma manera que tiene efectos positivos, la forma de ocio que se impone también tiene negativos y han de ser trabajables. Aquí hay que pensar desde políticas de impuestos y ubicación de locales que no sean dejar este ámbito a la simple iniciativa del mercado, hasta la estimulación de modas menos destructoras, o la evitación de concentraciones explosivas.

Algunas acciones, además tendrán que ver con la reducción del ligamen entre diversión y determinadas conductas violentas, haciéndolas más difíciles o improbables. Un tipo de respuestas que requiere creatividad y habilidad, que supone utilizar adecuadamente las respuestas policiales y especialmente las de los guardias de seguridad (provocadoras con frecuencia de reacciones y conflictos más violentos). Además, especialmente con los adolescentes, requerirá trabajar en otros ámbitos y en otros momentos la diversión del fin de semana.

4.3. Mediación responsabilizadora

Pero el gran paquete de acciones tiene que ver con las respuestas que damos directamente sobre el adolescente y el joven cuando está implicado en acciones violentas y podemos reaccionar aplicando una respuesta que ha de pretender de manera prioritaria conseguir que se haga responsable de su conducta, descubra que detrás de sus actos hay otras personas afectadas por su actuación.

Ya sabemos que el sistema penal, especialmente centrado en las penas privativas de libertad, resulta bastante inútil y contraproducente para resolver muchos de estos conflictos, para actuar cuando se trata de jóvenes. En la mayoría de las conductas vandálicas y de gran parte de las agresiones en las que se ven implicados debe darse una respuesta responsabilizadora –no ejemplarizante ni retributiva para la sociedad– que resulta posible con programas de los que se suelen llamar mediación o servicios en beneficio de la comunidad.

No podemos resumir aquí en qué consisten y cómo funcionan los programas de mediación, pero son acciones que, en primer lugar, tienden a evitar la judicalización de los conflictos –se resuelven previamente y evitan la imposición de una sanción penal–. Se trata de actuaciones de conciliación, reparación, compensación o ayuda a otros que permiten evitar que el adolescente y el joven banalicen sus conductas, actúen como si todo fuera igual y nada ni nadie quedara afectado por sus conductas. Cuando la respuesta es rápida, no judicializada, en su propio medio se consigue reducir la tendencia a considerar la conducta violenta como normal y a su difusión y justificación. A la vez se evita la vivencia por parte del joven de que nuestra reacción es un simple castigo injusto porque no nos gusta cómo es y cómo actúa.

De cualquier manera, mediación y servicios en beneficio de la comunidad requieren la sensibilidad y los recursos en el propio municipio, en la comunidad donde viven los jóvenes. La historia de los recursos sociales y educativos demuestra que cuando se crean ese tipo de recursos resultan válidos y útiles aunque la ley no lo prevea. En lugar de cruzarnos de brazos y lamentarnos de la violencia juvenil, hay que sensibilizar a nuestra propia comunidad para poner en marcha otras maneras de dar respuestas a sus conductas.