Índice de volúmenes - Índice de revistas - Índice de artículos - Mapa ---- Atrás


Revista Comunicar 10: La familia y los medios de comunicación (Vol. 5 - 1998)

Lo que me contó la «tele»

https://doi.org/10.3916/C10-1998-31

José-María Aguilera-Carrasco

Abstract

Que sepamos ésta es la primera entrevista que concede la tele, el más popular de los medios de comunicación. Todo el mundo tiene opiniones controvertidas sobre ella, pero en realidad ¿cuáles son sus pensamientos? En esta colaboración se nos ofrece a continuación algunas de sus imaginarias respuestas.

Keywords

Archivo PDF español

• Usted siempre se coloca en el mejor sitio del salón. Desde ahí nada se le escapa. ¿Qué tal se lleva con sus anfitriones?

Sí, así es. Tengo que agradecer la buena acogida que me suelen dispensar. En cuanto al trato que recibo varía mucho. Depende de la familia, de cuántos sean, y también depende del día y de la hora. Los niños, pongamos por caso, me ven con distintos ojos que sus padres como es lógico. Y esta diferencia aumenta si cuando me miran es en el colegio. Allí me ven con otros ojos. Aunque para ser sincera tengo que decir que aún son pocos los centros escolares que me utilizan.

• Comencemos entonces por los niños. ¿Cuál es su relación con ellos?

Muy buena. Me suelen dedicar un tercio de su tiempo. Es decir, soy, después del sueño y el cole, la tercera actividad a la que dedican más horas durante el día. Cuando los padres me desconectan, quejándose de la sobredosis televisiva de sus queridos pequeños, bien harían en fijarse mejor en su propio consumo, ya que por término medio los adultos me miran mucho más que sus hijos. Cuando los niños ya están acostados los padres suelen pasarse toda la velada mirándome. Aunque para mi desgracia la atención que me prestan es más bien escasa. Con ellos me siento verdaderamente sola contemplando cómo se quedan plácidamente dormidos hundidos en el sofá.

• ¿Usted se considera un factor de unión o de discordia en el seno de la familia?

Ambos. Pero, más que nada, soy un elemento indispensable, casi un miembro más de la familia. Con frecuencia soy motivo de discusión para los padres. Cuando tienen necesidad de que los niños les dejen en paz, hago de guardería; cuando están muy cansados para leer o hacer otras cosas, les gusta relajarse mirándome ¡y bien que me lo agradecen! Esto sin contar los días de descanso en los que apiñados unos contra otros ven en familia un vídeo o un programa que les interesa a todos. Algo que cada día es más difícil, pero que todavía sucede. En todos estos momentos que he señalado sirvo, sin duda, de lazo familiar. Sin embargo cuando hay tareas que hacer o es preciso acostarse para madrugar e ir al cole o al trabajo y sobre todo a la hora de elegir un programa para ver, entonces soy claramente un elemento de discordia.

• ¿Y qué hace para remediarlo?

Yo no puedo hacer mucho, pero la familia en seguida me procura compañeras para ayudarme. A menudo me dicen que esto es barrer para casa, que continuamente estoy intentando invadir y regentar todo, hay quien incluso piensa que pronto seré yo quien mande en la familia, pero ¿qué quiere que le diga? Una segunda tele en casa tiene para mí más ventajas que inconvenientes. ¿Cómo quiere usted que unos dibujos animados para niños de 6 años interesen a los adultos o que una película en versión original atraiga a los niños? ¿Se imagina usted tener un solo libro para toda la familia en la casa? ¡Con dos teles la paz familiar está asegurada! Debo señalar que ya hay un 41% de los hogares en países desarrollados que disponen al menos de dos teles. El único problema está en el tiempo que dedican a mirarme. Insisto, ya le he dicho que me miran a menudo, por término medio lo hacen unas 3 horas diarias. No es demasiado ¿no? En España esto supone algo así como una hora al mediodía, los que comen en casa, y dos horas por las tardes/noches. Un consumo bastante normal ¿no le parece? El problema de los teleadictos quizás esté en aquéllos que me miran más de 4 horas diarias, pero no en el resto. No lo olvide, tanto niños como adultos están enganchados por igual. Hay casi una relación directa entre el consumo diario de unos y otros.

• Hablemos un poco más de ello. Sus críticos se centran más en el tiempo que se dedica a mirarla que en la discutible calidad de los programas. ¿Qué opinión le merece esto?

Pues sí, así es. Ello se debe a que la oferta de programas es tan diversa que siempre hay algo de interés para ver. Y no digamos si se está abonado a una tele de pago o se dispone de un vídeo. A estas alturas ya no quedan más que un puñado de virulentos irreductibles anti-tele que se dedican a infamarme con el pretexto de la nulidad de los programas. Lo cierto es que hoy ya nadie se culpabiliza, ni se lleva las manos a la cabeza cuando se ve algún programa ligero y de mera evasión. La gente ya ha asimilado y admitido que yo pueda ser un valioso instrumento de diversión. El personal tiene necesidad de luchar contra la fatiga de la vida corriente y yo soy una formidable válvula de escape para ellos, ¿no le parece? Por otra parte admito que hay críticos que me reprochan todos los males de este mundo, ¡es el colmo! Me imputan el fracaso escolar, la demagogia política y electoral, la vulgaridad reinante, la globalización y homogeneización cultural, el aumento de divorcios, la multiplicación de pederastas, las migrañas crónicas, las depresiones de la época, el fracaso electoral del señor Aznar al conseguir esa mayoría insuficiente, la tan cacareada omnipresencia «yankee», la derrota de las lenguas clásicas y hasta los caprichos del anticiclón de las Azores. Dicen que soy muy orgullosa, que me hago la interesante, que soy demasiado cautivadora, que amedranto a las familias impidiendo toda relación social con el exterior y, para colmo, afirman que tengo los efectos de una droga con poderes hipnóticos. Pero hay más. También se rumorea que aprisiono a la gente, que la monopolizo, que soy una enorme devoradora de su tiempo, que por mi culpa los niños no hacen sus deberes, que no estudian ni aprenden como debieran, que no juegan con sus juguetes, que desde que estoy yo sus juguetes permanecen amontonados cual objetos de coleccionista, y que por mi culpa ya nadie lee. Con todo este bagaje no se puede decir que tenga buena prensa, ¿verdad?

• El tiempo que emplea la gente en mirarla no sólo afecta a los menores: ¿en qué medida afecta también a la vida en pareja?

Pregunte a la gente si no me cree. Yo ya sé lo que muchos le van a responder. Hay madres que piensan que no soy una amenaza para su papel de madre, sino una fiel compañera a la que recurrir y otras, en cambio, os dirán que se sienten desplazadas en su papel materno pues los niños me hacen más caso que a ellas. Son casos extremos y de un consumo televisivo desmesurado. Como dicen algunos expertos, puede que yo aparte de los libros al lector medio, pero nunca impediré leer a aquéllos que nunca leen. Tampoco rompo, ni uno parejas, tan sólo revelo lo que hay. Mira, los que suelen conversar lo siguen haciendo conmigo y los que mascan el silencio, pues calladitos siguen. Lo que verdaderamente hace falta es aprender a mirarme de otra forma. ¿Dejaría usted que su hija le vaciase el frigorífico cuando y como le viniese en gana? Imagino que antes le habrá enseñado a alimentarse, y a equilibrar sus comidas, por ejemplo la niña sabrá que no puede tomar helados a cada instante. Que igual pasa conmigo, si su hija permanece todo el día delante de tal o cual cadena, no soy yo la culpable, es usted que no le enseñó a mirarme responsable y adecuadamente.

• ¿Y qué me dice de la violencia? ¿También piensa que no es culpable?

De la misma forma que un programa idiota no te vuelve idiota y viceversa, un programa violento no fábrica automáticamente delincuentes, como se piensa y se afirma frecuentemente. Lo que sucede en Estados Unidos no es directamente aplicable a la realidad que vivimos aquí. La violencia puede chocar o traumatizar. Muchos niños reconocen estar mucho más marcados por las imágenes de guerra o de hambre de un telediario que por las ráfagas de metralleta de un telefilme. Es cuestión de que los padres acompañen a sus hijos cuando me ven y les «telealfabeticen». Que les comenten y discutan con ellos lo que deben y no deben ver, que les aclaren las situaciones que puedan herir su sensibilidad o que puedan mal interpretar por la manipulación televisiva o lo que fuere. Ellos saben que yo no soy tan monstruo como me pintan. Puedo ser un buen cimiento de la familia si me saben utilizar.

• Es cierto, cuando no se os condena, se os ponen todo tipo de calificativos

Veo que va comprendiendo. Pues hay que terminar con ese discurso. La verdad es mucho más compleja. Es algo así cómo el chocolate y el vino: un infierno o un paraíso, según la dosis. Los mismos que ayer declaraban que la mejor tele es una tele apagada tienen ahora tendencia a serme fieles servidores. Véase por ejemplo como se me ha integrado en distintas aplicaciones escolares. ¡Pronto reemplazaré a la enseñanza tradicional! La división no estriba entre cofrades «educativos y lúdicos», sino entre programas interesantes y los que no lo son. De hecho yo soy sólo un utensilio, un medio. Yo no enseño nada, ayudo a aprender, pongo la luz, puede que deslumbre a alguno, pero en general tan sólo soy un estímulo que despierta los sentidos. No se confunda. La mayor parte de los conflictos entre padres e hijos estriban en que los padres siempre quieren orientar a sus hijos hacia programas educativos, enriquecedores, que sean la prolongación del aprendizaje escolar. Son ellos los que insisten en que vean ese documental sobre los dinosaurios, o sobre los volcanes en lugar de tanta telebasura. Aunque luego son ellos los que se atiborran y no salen de la programación bazofia. En este juego uno de los géneros señalados como enemigo más notable de los padres son las telecomedias porque embrutecen, dicen. No se dan cuenta de que los chavales necesitan elementos de juicio para situarse, afirmarse, comprobar que son como los otros, aprender a ligar, a desarrollarse en pandilla, etc. Y que todo esto se lo ofrezco yo con mucha más riqueza de matices que lo que ellos son capaces de contarles.

• ¿Y no es muy difícil vivir sola?

Cada día somos menos las que lo estamos. Pronto será una rareza la tele única en la familia.

• Pero si cada uno ve la tele en su rincón, adiós a la vida en familia ¿no?

¡Madre mía, no ha comprendido nada…!