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Revista Comunicar 12: Estereotipos en los medios: educar para el sentido crítico (Vol. 6 - 1998)

El papel de los arquetipos en los actuales estereotipos sobre la mujer

https://doi.org/10.3916/C12-1999-14

Ana Guil-Bozal

Abstract

En el inconsciente colectivo de los individuos de una determinada cultura perviven una serie de arquetipos y estereotipos que condicionan su manera de ver y vivir el mundo. Los arquetipos de género han estado especialmente presentes en la cultura occidental condicionando de forma importante el papel de los hombres y las mujeres. La autora de este trabajo propone la toma de conciencia reflexiva sobre estos mitos para recorrer el «difícil camino de salida de sus dominios».

Keywords

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Los arquetipos pueden ser considerados los ancestros de los actuales estereotipos. De alguna manera constituyen su arqueología, al ser los vestigios que quedan de los modelos prototípicos que estuvieron vigentes en culturas primitivas y que han llegado hasta nuestros días a través de la mitología.

Al igual que sucede con los personajes mitológicos, los modelos arquetípicos conjugan hechos históricos con fantasías, realidades con deseos, tragedias con miedos y temores; aglutinado todo ello con creencias religiosas, valores éticos y prescripciones o proscripciones morales sobre lo que se debe pensar, sentir y hacer. Son, por lo tanto, la base sobre la que se construyen nuestros valores.

Al formar parte de nuestra herencia cultural, los modelos arquetípicos perviven también en la actualidad en el inconsciente colectivo que todos introyectamos simplemente por el hecho de nacer en el seno de determinado grupo social. Son elementos básicos de lo que consideramos más profundo, más enraizado en el interior de nuestro propio ser, algo que permanece allí mientras no haya un contraste con la realidad exterior que nos obligue a replanteárnoslo. Y aun así, es difícil deshacerse de este enorme peso arcaico.

Eso es precisamente lo que sucede con las creencias estereotipadas sobre las características de los hombres y las mujeres en la actualidad. Cualquier persona piensa que las mujeres son de tal o cual manera y que eso es un hecho, que esas peculiaridades son atributos constitutivos de la esencia femenina que no admiten posibilidad alguna de debate.

No es de extrañar, pues, que pensadores ilustres de la talla, por ejemplo, de Miguel de Unamuno, hayan realizado alegremente las siguientes afirmaciones:

«Hay un hecho, señores, que distingue grandemente a los salvajes y los pueblos primitivos de los amasados en la cultura y que llevan la civilización en las venas. La diferencia de la capacidad relativa del cráneo de la mujer al del hombre es mayor en los pueblos civilizados que en los que no lo están; entre los salvajes, la mujer es tan inteligente como el hombre; entre los cultos, la diferenciación se ha operado, y mientras el hombre llega a la edad adulta, la mujer apenas pasa de la infancia ». Espíritu de la raza vasca, pág. 159 (tomado de Juaristi, J. (1997): El bucle melancólico. Espasa Calpe, Madrid, pág. 168).

Ante este tipo de creencias huelgan razonamientos, porque además aquí se está manejando una de las estrategias que –como más adelante abordaremos– con más fuerza se ha esgrimido contra las mujeres: el reducirlas a la naturaleza, mientras que el hombre, el varón, se hacía depositario de la cultura. No obstante, la evidencia poco a poco va desmontando estos ancestrales argumentos. También la Psicología Social analiza cómo la mejor manera de cambiar un estereotipo –que es el componente cognoscitivo de una actitud– es aportar conocimientos más acordes con la realidad que tiren por tierra, que hagan caer por su propio peso, las anteriores creencias estereotipadas.

1. ¿Qué son los arquetipos?

Uno de los autores que con más rigor ha profundizado en el estudio de los arquetipos es sin duda Carl Gustav Jung. Él llama imágenes arquetípicas a aquellos contenidos del inconsciente del hombre moderno, que se asemejan a los productos de la mente del hombre antiguo. Al igual que el ser humano ha evolucionado físicamente, conservando sin embargo vestigios del hombre primitivo, también en la evolución psíquica siguen coexistiendo restos primitivos, pese a la innegable evolución de la Humanidad.

Ya Freud había observado y comentado cómo, con frecuencia, en el sueño surgen aspectos que no son individuales y que no pueden derivarse de la experiencia personal del soñante. A esos elementos les llama «remanentes arcaicos, formas mentales cuya presencia no puede explicarse con nada de la propia vida del individuo y que parecen ser formas aborígenes, innatas y heredadas por la mente humana » (Jung, 1995: 67).

Continúa Jung argumentando que las imágenes arquetípicas del inconsciente humano, son tan instintivas como la capacidad de las aves para emigrar y hacerlo en formación, como la de las hormigas para formar sociedades organizadas, o como la danza de las abejas para comunicar al enjambre la situación exacta de una fuente de alimento.

2. Los arquetipos de género en la cultura occidental

Los pocos vestigios que conocemos de antiguas culturas prehistóricas matriarcales a través de la mitología, si bien les reconocen importantes avances que contribuyeron a que el género humano saliera de su condición primitiva; por ejemplo la creación de un calendario lunar, una perfecta organización social comunitaria, la religión y el culto a los muertos y a la diosa madre tierra (Gea), origen de la agricultura, etc. (Bachofen, 1988), las hicieron, pese a ello, responsables de la mayoría de los males de la Humanidad. De las amazonas se cuenta, por ejemplo, que eran temibles guerreras que devoraban a sus amantes y a sus enemigos. Las primitivas diosas matriarcales: Perséfone, diosa de las tinieblas y el submundo, Cibeles, de la superficie de la tierra y la agricultura y Tetis, diosa del mar, fueron en el inicio de los tiempos reemplazadas (perdiendo todo su poder efectivo y pasando a un segundo plano), por dioses patriarcales, Apolo y Dionisos fundamentalmente. Cambio mucho más profundo que el que efectuaron los romanos al simplemente sustituir el nombre a los dioses griegos por nombres latinos, cuando alcanzaron el poder.

La transición del sistema matriarcal al patriarcal es simbolizada en la cultura griega por el «mito de Teseo» –patrón de Atenas– que vence al minotauro, que representaba para los griegos al anterior régimen matriarcal. El hecho de que el minotauro viviera en un laberinto es muy significativo de cómo los griegos concebían la mente femenina como algo fuera de la lógica, un auténtico laberinto. Teseo además, es ayudado por otra mujer, Ariadna, con lo que de paso insinuaban que las mujeres por amor, son capaces de llegar a la mayor de las traiciones.

Parece que el descubrimiento del papel del varón en la fecundación de la mujer fue una de las claves para su necesidad de control sobre ellas, aprovechando su preponderancia física. No sin gran trabajo, consiguieron sustituir las antiguas culturas matriarcales y, una vez que hubieron tomado las riendas de la historia, guardaron a buen recaudo en la «caja de Pandora» todo lo femenino, como un maravilloso regalo inútil, imposible de utilizar, puesto que no podía ser abierto sin exponerse a que reinara nuevamente el caos al resurgir el dominio de la mujer.

Los múltiples arquetipos sobre lo femenino y lo masculino, por su enorme trascendencia en la formación de la identidad de género, no sólo han propiciado la distancia entre los sexos, sino que además han contribuido a catalogar determinados valores o determinadas características como positivas o negativas:

Lo masculino fue considerado luz, sol, tiempo, impulso, orden, exterioridad, frialdad, objetividad, razón, agresividad, combate, violencia, trascendencia, claridad, etc.

Lo femenino representaba profundidad, intuición, noche, sombra, interioridad, naturaleza, tierra, calor, sentimiento, pasión, caos, vitalidad, receptividad, suavidad, reposo, conservación, defensa, etc.

Lo masculino era lo apolíneo, luminoso y dominador de las fuerzas del cosmos. Lo femenino, lo dionisíaco, irracional e instintivo y pese a ello –porque esto no podía ser negado ya que las mujeres dan a luz–, la afirmación de la vida.

En la mayoría de las mitologías encontramos ejemplos de mujeres que, como Eva, Ginebra y Medea, con sus «artimañas femeninas», celos, envidias, lujurias, vanidades, etc., fueron la causa de la ruina de grandes hombres y grandes imperios. Como contraste, el modelo de virgen y madre, de esposa fiel que como Penélope aguarda tejiendo inútilmente el regreso de su marido, ofrecen visiones de la mujer como un ser temido que necesita ser acallado y redimido por la fuerza y el amor de un varón.

Ciertamente desde Eva y aún antes, a excepción de las escasas culturas matriarcales, lo femenino siempre ha sido asociado al lado oscuro, misterioso de la vida; algo comprensible puesto que son creencias forjadas en culturas patriarcales, que como tales aportan la perspectiva exclusiva del varón. La historia la escriben siempre los vencedores borrando toda huella que pueda poner en duda su credibilidad. Esto es una realidad que subyace a las críticas del movimiento feminista a la razón patriarcal ya que, al haber estado durante siglos lo humano totalmente identificado con lo masculino, su sello se plasmó en todas las manifestaciones culturales, el lenguaje que masculiniza la mente, los valores, las leyes, las costumbres, etc.

Lógicamente la perspectiva de las mujeres es algo distinta. Cuando «las mujeres irrumpen en la historia» (Ander-Egg, 1980), comienzan a contrastar sus vivencias con lo que teóricamente tendrían que pensar, sentir y hacer, de acuerdo con las creencias y expectativas sociales, incluso con lo que la ciencia oficial había dicho de ellas a lo largo de siglos.

Mediante «ejercicios de lectura no androcéntrica» (Moreno Sardá, 1987) se constata fácilmente como cuando durante milenios se había considerado a la Humanidad, en realidad se trataba exclusivamente de la mitad del género humano, de los varones. A partir de aquí poco a poco, muy lentamente, se han comenzado a desvelar los prejuicios y las discriminaciones que los estereotipos sobre la mujer estaban encubriendo.

Al iniciar la mujer su incorporación al mundo público, desempeñando roles fuera de los arquetípicamente atribuidos a su condición femenina, se ha tenido de alguna manera que masculinizar, viviendo terribles luchas internas contra su socialización tradicional si quería trabajar al mismo nivel que los hombres en un mundo competitivo hecho a medida del varón.

3. Patriarcado y legitimación «científica» de las discriminaciones

La cultura occidental es heredera directa del mundo clásico. Nuestra forma de construcción del conocimiento proviene de la filosofía griega, que es el tronco común de todas las ciencias. Allí surgió y se inició el proceso de legitimación de desigualdades y posteriores discriminaciones entre géneros, mediante la ciencia oficial. Si analizamos «la otra política de Aristóteles» (Moreno, 1988) fácilmente entendemos que el ciudadano griego era varón. A su imagen y semejanza se construyeron las bases de su cultura, lógicamente androcéntrica. Si alguna mujer tenía la osadía de filosofar, podía sucederle como a Hipatía de Alejandría, que terminó apedreada hasta la muerte por el pueblo, previamente incitado por unos monjes que no podían aceptar tan sólo la idea de una mujer con pretensiones de científica.

Las mujeres que ejercían la medicina, escapando al control oficial, eran consideradas brujas y quemadas en la hoguera, mientras que a los varones que tenían dedicaciones parecidas se les veneraba como sabios u hombres de Dios (Bhrenrech y Enqlish, 1986).

En la actualidad, las mujeres científicas para poder acceder a su trabajo, han tenido que hacer suyos los esquemas viriles con que desde sus inicios se estructuró toda la vida académica, pese a que se hayan ocupado inicialmente, en su mayoría, en especialidades asistenciales que reproducen a escala pública las ocupaciones privadas: educación, salud y administración.

La peligrosa dicotomización entre naturaleza y cultura, es considerada en gran medida una importante clave para la comprensión del control de un género sobre otro, así como también para la legitimación del uso y abuso del hombre sobre los recursos de la naturaleza.

La cultura, en su más amplio sentido, es la transformación que el ser humano realiza sobre la naturaleza. Con la ciencia y la cultura, el hombre –en sentido restringido, es decir, el varón, el macho de la especie humana– ha controlado y dominado durante siglos a las fuerzas naturales y también a la mujer como un elemento más de las mismas.

4. De los arquetipos a los mitos y estereotipos

Sobre amplias bases arquetípicas, a lo largo de la historia se han ido desarrollando teorías explicativas de las consecuencias de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, cuya principal función no ha sido otra que la justificación de las discriminaciones existentes.

Los primitivos arquetipos han sido continua e históricamente recreados a través de los múltiples mitos transmitidos en los antiguos relatos, en la literatura y hasta en los cuentos infantiles, haciéndonos a todos conocedores y copartícipes de sus modelos y sus valores. En todas las culturas occidentales aparece una «cenicienta» o una «bella durmiente», esperando al «príncipe» que llegará para redimirla de todos sus pesares. Son precisamente estos conocimientos arquetípicos los que sustentan la base de los actuales estereotipos de género con que nos manejamos en la actualidad.

Los arquetipos y los mitos, han cumplido, en definitiva, la misión de hacernos llegar a todos, hombres y mujeres, modelos androcéntricos y patriarcales sobre las características de uno y otro sexo, sobre lo que deben hacer y lo proscrito para cada uno de ellos. Mientras las mujeres estuvieron a la sombra, fuera de la historia que escribían los varones, nadie puso en duda que estos modelos eran sólo construcciones sociales con una determinada intencionalidad: mantener el control. A los varones lógicamente nunca les molestaron estos estereotipos, puesto que ellos eran el primer sexo.

5. El camino hacia el cambio

Hoy día el feminismo no sólo denuncia el control al que hemos estado sometidos en la cultura patriarcal dominante, sino que reivindica muchos de los valores del matriarcado que siempre han estado allí. Porque, siguiendo a Newmann (1994), el matriarcado no es algo exclusivo de la mujer, ni una fase histórica o un modo de organización sociopolítica en la que el poder fuera detentado por ellas. Es una etapa arquetípica –no simplemente histórica– en el desarrollo de la conciencia, en la que el yo se encuentra bajo el influjo del inconsciente y no es autónomo. El patriarcado sería un estadio posterior en el que el yo se ha emancipado del inconsciente y lo ha dominado.

Como señala Panikkar (1994), en ciertos momentos históricos como el presente, los mitos dominantes se derrumban. Y si la razón fue el mito de la Ilustración y de la Modernidad, ahora se habla de Postmodernidad. Se pasa del logos al mito y viceversa. Se trata de buscar otra posibilidad de acceso a lo real que no sea aquélla a la que estamos acostumbrados y precisamente la conciencia simbólica nos abre a la realidad sin excluirnos de ella. Porque el mito extrae su fuerza de la participación: En cuanto se deja de creer en él se convierte en fábula, en leyenda, en una simple cosmovisión.

La conciencia de la razón patriarcal y matriarcal, creadora de arquetipos y mitos –con su consiguiente peso sobre los estereotipos–, es un paso decisivo en el análisis del inconsciente colectivo de la Humanidad. Sólo reconociendo estas imágenes ancestrales iniciaremos el camino de salida de sus dominios.

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