Índice de volúmenes - Índice de revistas - Índice de artículos - Mapa ---- Atrás


Revista Comunicar 12: Estereotipos en los medios: educar para el sentido crítico (Vol. 6 - 1998)

La doble mirada sobre Andalucía

https://doi.org/10.3916/C12-1999-16

Juan-José Fernández-Trevijano

Abstract

Si bien «lo andaluz», allende de nuestras fronteras, define superficialmente el carácter de «lo español», en cambio, en nuestro país, el auténtico proceso de formación cultural de Andalucía y las marcas definitorias de este pueblo siguen siendo una incógnita por descubrir. Bien es verdad que los medios de comunicación han hecho hasta ahora flaco favor por descubrir y dar a conocer la imagen de la Andalucía real. El autor de este trabajo ofrece una visión certera sobre la formación de Andalucía, haciendo hincapié en los estrechos estereotipos que falsamente nos han encasillado.

Keywords

Archivo PDF español

La indiferencia con las críticas ajenas es una de las peculiaridades andaluzas. Quizá debería interrumpirse para contestar las repetitivas. He ahí las que recaen sobre la afición a «echarse a la calle», aunque grandes voces extranjeras las replican y razonan las respuestas. Opiniones que contradicen la de la gallega anónima que nos pone de vuelta y media en el programa radiofónico de Fernando G. Delgado. No es, ni mucho menos, un caso aislado. Tampoco el de Jack Lang cuando dice que Andalucía es el modelo de futuro para la Humanidad. Aquí están algunas de esas voces, interesantes por constructivas.

El hispanista Bartolomé Bennassar, en el L´homme espagnol, dibuja el carácter de los españoles contraponiendo los perfiles biográficos de dos andaluces, Ignacio Sánchez Mejías y Francisco de los Cobos. Un idealista, el torero, que fue mecenas de la Generación del 27, casi toda ella andaluza, y el «arquitecto» de Úbeda, el influyente secretario de Carlos V. La indiscutible cualificación del autor francés confirma una característica, interna y generalizada, que surge del grave e insistente error de identificar lo andaluz como lo global español, salvo en la adjudicación a Andalucía de los supuestos aspectos negativos. Así, Federico García Lorca será español y El Fari andaluz, aunque sea madrileño.

Los españoles son definidos en Europa por lo andaluz y, sin embargo, el proceso de formación cultural de Andalucía continúa siendo diferente al de los restantes territorios peninsulares. Los hechos históricos, cuando son autónomos, no pueden trasladarse de un escenario a otro. La fantasía y la improvisación, tan esenciales al arte y la poesía, también forman parte del legado histórico andaluz. Gertrudis Stein asegura que éste está en Picasso; antes estuvo en Velázquez y pervive en la cultura contemporánea.

Quizá en las calles andaluzas falte el nombre de Marguerite Yourcenar, porque impresionan sus descripciones andaluzas. «La Virgen de los Viernes Santo, la Macarena reluciente de pedrerías, tiene por hermana en el principio de los tiempos a la Dama de Elche con su tocado fenicio. Una plástica griega, heredada de los griegos, ha contribuido de una y otra parte a la elaboración de estos dos puros ídolos, los rasgos duros y firmes son los de la belleza ibérica, pero el ardor, la fijeza y las pesadas joyas proceden de Oriente».

La cultura andaluza la configuran elementos tartésicos, fenicios, romanos, griegos, judíos, árabes y cristianos. Esa facilidad para asumir lo extraño y reconvertirlo en propio, sin pérdida de personalidad, constituye un patrimonio singular y enriquecedor exclusivo de Andalucía. Anselmo Carretero lo expresa en pocas palabras: «Si el grado de personalidad de un pueblo se mide por cuanto tiene de original su civilización, su propia cultura, su filosofía genuina, su sabiduría popular y sus manifestaciones artísticas, Andalucía sobresale no sólo entre los pueblos hispánicos sino entre las nacionalidades del mundo entero».

La presencia castellana también resulta innovadora, aunque ésta sucede a Al-Andalus y éste «es el primer renacimiento», representa la culminación de una línea cultural progresiva que se remonta al Neolítico, según Ignacio Olangüe. El Islam opera sobre la cultura bética como Roma lo hizo con la tartésica, formando una cadena que fusiona Oriente y Occidente. En Andalucía, a un legado se sobrepone otro sin eliminar los antecedentes sociológicos. Esa originalidad define lo andaluz y al andaluz de hoy, pero sólo lo hace en las restantes comunidades ibéricas en la medida en que éste influye sobre ellas y éstas, por tradición, tienden a consagrarse en esa imagen tópica y estereotipada de Andalucía que la industria mediática descubre para su confirmación y captación de audiencia desinformada.

Una parte de esa audiencia asume la desfiguración de Andalucía y la consume hasta exportarla como prototipo de lo español, sin serlo, y otra rechaza la autenticidad histórica sin contrastarla. Ambas ignoran la propuesta de Rafael Cansinos Assens: «la impresión de descubrir Andalucía por primera vez, con súbito olvido de cuanto de ella sabíamos ». Llegan a Andalucía marcados por prejuicios, tópicos y estereotipos y salen de ella con parecida decepción. No intentan captar los «ritmos orientales» que Stein advierte en Picasso y, desde luego, perfuman la poesía de Juan Ramón, Lorca y la vida andaluza en general. He ahí la diferencia con Gabriel García Márquez. El colombiano no exagera ni trafica con sus orígenes. «En la región donde nací hay formas culturales de raíces africanas muy distintas a las de la zona del altiplano, donde se manifiestan culturas indígenas. En El Caribe al que pertenezco se mezcla la imaginación desbordada de los esclavos negros africanos con la de los nativos precolombinos y luego con la fantasía de los andaluces y el culto de los gallegos por lo sobrenatural». Precisamente, esas circunstancias facilitan al Nobel de Literatura un alegato genuinamente andaluz: «A los filósofos romanos nos gusta más Córdoba, es la ciudad más bella, pero, para vivir, Sevilla ».

A García Márquez le atrae esa herencia cultural, que en parte es la propia, y está parcialmente definida por la gente deambulando por las calles a cualquier hora del día. Confiesa que con esa alegría descubrió a James Joyce, Virginia Wolf y William Faulkner, y no le ha ido mal. Pero no es el único. Jorge Luis Borges recordó Sevilla en 1984 y confesó que le gustaría conocer «a fondo» Andalucía y Japón. Ya estaba ciego, pero había vivido en la ciudad en 1920. La paseó en coche de caballos y en el Hospital de los Sacerdotes Venerables habló de los escritores geniales que había conocido, citando a Cansinos Assens como su maestro.

Este sevillano de ascendencia judía, Cansinos Assens, nunca se apartó de las leyendas andaluzas. «La mímica aparatosa que emplean los cantores y que ha sido ridiculizada tantas veces, no hace sino recalcar con énfasis un tanto histriónico el misterio sagrado de la copla andaluza. Ninguna otra copla regional aguantaría esa mímica, y es porque ninguna tiene tal calidad sagrada de vaticinio, porque ninguna es hasta tal punto artística y reveladora».

El flamenco, incomprendido por Pío Baroja, «ofrece la versión más auténtica del alma de las gentes (andaluzas) y la obra más legítima de su genio apasionado», escribe Cansinos Assens. «Así, pues, toda obra de arte culto inspirada en el misterio del alma andaluza deberá contrastarse con la copla, que es su canto litúrgico, para ver hasta que punto afirma o contradice su sentido profundo, se le somete o se redime de ella. Porque la copla andaluza es de esencia total y representa la concreción lírica del destino de Andalucía según lo sienten sus hijos, fijado para siempre por la naturaleza y por la historia. El alma andaluza, el misterio andaluz, están tan definitivamente expresados en la copla, que se les imponen a los artistas más sutiles de ese pueblo de artistas».

Sin embargo, casi toda la Generación del 98, tan centralista, recargó las tintas con Andalucía e impuso criterios adversos en asuntos como la expresión andaluza que, aún, perduran: «hablan mal». O sea, que Juan Ramón, Lorca o Alberti, con su acentuada y venturosa habla gaditana, «hablan mal», aunque sean, con su pronunciación y mentalidad andaluza, ilustres herederos de los andaluces que impulsaron la expansión planetaria de la lengua castellana. Ningún andaluz de valor, ni en los peores momentos del querido pueblo vasco, ha escrito de éste devolviéndole la saña barojiana con los mediterráneos. La idealización andaluza conecta la arqueología con la literatura y así sus matices ganan en profundidad. «Europa se confirma al mismo tiempo que se acaba en Andalucía», insiste Yourcenar y, siendo de esta manera, el andaluz siente cómo Andalucía se extiende por África y América. «Andalucía tiene un lugar en el mundo que comparte con muy pocas regiones europeas», apostilla la autora de El Tiempo, gran escultor y las Memorias de Adriano.

El andaluz convierte sus emociones en un espectáculo del que él mismo disfruta, con la historia como escenario y la naturaleza como testigo. Rubén Darío encuentra ese reclamo: «Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los antiguos cartagineses, que atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que, sobre todo, fue la delicia de los africanos de ojos y sangre solares; él es, más que todo, el domador de gracia y amor de esta tierra».

Tal vez no se entienda esa naturaleza andaluza que trasciende a los aspectos que despiertan más críticas. Las fiestas andaluzas son un culto a la elegancia y a la belleza. «Los bailes no son como los del norte, expresión de atletas o de virtuosos, que hablan de fuerza, de esparcimiento, de habilidad. Las danzas andaluzas afirman la sexualidad, cuentan las aventuras del deseo, sus esperanzas, sus decepciones », explica Bennassar. Están en la trayectoria vital de la admiración de David Hume cuando afirma que dos emperadores andaluces, que en Roma se sucedieron el uno al otro, dieron al mundo uno de los pocos siglos hermosos que ha tenido la humanidad. El de paz de Trajano y Adriano.

Sin embargo, Karl Vossler favorece la contradicción sobre la aportación española a la cultura europea, situándose en la idea que la considera de «poca forma y mucho contenido ». Otra vez la doble confusión enlazada con la ignorancia más o menos intencionada. Porque al decir española, están ignorándose las diferencias andaluzas y, de éstas, se excluyen ejemplos como el de la Escuela Retórica de Córdoba, que tradujo del árabe al latín la vieja enciclopedia griega actualizada y comentada por pensadores como Averroes y Maimónedes. Pero a uno se le considera islámico y al otro judío, sin entender que, siendo de una y otra cultura, son andaluces. Averroes representa la anticipación del esfuerzo científico de la Europa de la Modernidad. Alberto Magno y Tomás de Aquino no habrían llegado al nivel científico que alcanzaron sin el contacto con el pensamiento de estos andaluces de los siglos XII-XIII, que tanto hicieron en favor de la formación del espíritu europeo.

Pero Vossler, aunque no asuma la singularidad de la cultura andaluza respecto a la española y europea, estaría en lo cierto al asegurar que en los tiempos modernos tampoco ha creado un estilo, una manera, una escuela continental. Difícilmente pueden imitarse sus formas artísticas. Carl Justi lo dijo de Los Borrachos de Velázquez: «Si estuviera pintado de otra manera, encontraríamos hoy, seguramente, una copia de ese cuadro en todas las galerías del mundo».

Una evidencia la encontramos en Lorca y su espontánea y encantadora naturalidad. Por muy precisas que sean, que lo son, las formas dramáticas y poéticas de La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre o el Romancero Gitano, fuera de Andalucía influyen más por el pensamiento y los motivos que por su técnica, pues ésta, como aquéllas, están estrechamente ligadas a las maneras andaluzas. Esas mismas circunstancias coinciden en el flamenco, en las formas de hablar y en tantas y tantas manifestaciones autóctonas sobre las que tanto y tan cabalmente insiste Lorca.

Las televisiones determinan en gran parte la formación y opinión de los ciudadanos. De Andalucía suelen dar una imagen «estrecha», fundada en los tópicos y estereotipos, cargada de prejuicios y, en cualquier caso, superficial. Salvo excepciones, olvidan y marginan la realidad histórica y la apuesta de la intelectualidad internacional. La alternativa, probablemente obligatoria, sería reforzar la enseñanza de la cultura andaluza en su significado autónomo y, por singular, universal. Sin perjuicio, claro está, de una necesidad pedagógica igualmente urgente: enseñar a ver televisión, leer periódicos y escuchar la radio.