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Revista Comunicar 14: La comunicación humana (Vol. 7 - 2000)

Los planos esenciales de la comunicación

https://doi.org/10.3916/C14-2000-15

Óscar Sáenz-Barrio

Abstract

Desde hace unos años el Grupo Comunicar, a través de su Comisión Provincial de Granada, tiene instituido la entrega de unos premios a las personas que en el panorama andaluz destacan por su trayectoria en favor de la Educación en Medios de Comunicación. El pasado año este galardón correspondió al insigne catedrático de la Universidad de Granada, Óscar Sáenz. Sus palabras, en el acto de entrega de la distinción –y que ahora reproducimos–, fueron una muestra palpable del valor de la comunicación humana.

Keywords

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Preguntándome por las razones por las que me habéis concedido este premio, recordé las palabras de Miguel de Unamuno, cuando al serle concedida una condecoración por el rey Alfonso XIII, dijo que, cuando la mayoría de los condecorados afirman no merecer tal distinción, tienen razón, porque no se la merecen, al contrario que él, que sí se la merecía. Yo no soy tan petulante como Don Miguel. No terminaba de encontrar ningún motivo suficientemente poderoso para que recayese en mi persona, hasta que recordé aquel principio de la teoría de la comunicación de Watzlavick, según el cual «no es posible no comunicar». Tate, si eso es cierto, yo comunico como el resto de los 6000 millones de individuos del género humano, y por tanto me puede caer a mí como a cualquier otro.

El citado principio de «no es posible no comunicar» significa algo más que el puro hecho fenoménico de que todo lo real, seres inanimados y vivientes son portadores de datos o información susceptible de ser captada por un observador. Significa nada más y nada menos que la forzosidad del ser orgánico de abrirse al medio ambiente no sólo para su conservación, sino para la realización y despliegue de las potencialidades constitutivas de lo que Von Uesküll llamaba plan de construcción del ser vivo, es decir, aquel conjunto de fuerzas formativas en cuyo despliegue se consuma su desarrollo. De esta suerte, entre ser viviente y mundo circundante existe una relación de comunicación imprescindible para la realización de su forma ideal, y sin la cual hombres, animales y plantas tendrían un desarrollo precario o peligraría su existencia. Este proceso de comunicación es fácilmente visible en el terrero metabó-lico: el ser vivo necesita para su subsistencia y desarrollo la incorporación de elementos procedentes de su medio. En este sentido, todo lo viviente participa de una primera dimensión de la vida, la de estar instalado como ser individual en un mundo interactivo del que no puede prescindir para realizarse como tal individuo.

La diferencia entre el hombre y el resto de los vivientes es que mientras éstos reducen su individualidad a ser criaturas, centro de su propia existencia, cuidado y despliegue de sí mismo, el hombre, además, no sólo puede trascender, ir más allá de su propia condición de individuo, sino que precisamente la superación del yo individual, la transitividad, la comunicación, es la verdadera esencia de su condición humana.

En tanto que la vivencia del yo individual proporciona al hombre la conciencia de privacidad, de un cierto aislamiento y confrontación u oposición al mundo exterior, las tendencias supraindividuales le conducen a algo que está más allá del sí mismo. Son las tendencias a incorporarse al mundo, no para dominarlo, metabolizarlo o poseerlo, como primera dimensión de la vitalidad, sino para participar en él, para ser corresponsable de su realización. En esa proyección hacia el exterior de sí mismo, el hombre se encuentra con el mundo privilegiado de sus semejantes, con el mundo social. Se trataría pues, de una segunda dimensión de la ley de la comunicación. La primera es biológica; ésta es social. Y lo es porque el primer horizonte de participación en el mundo es experimentar la existencia como orientada significativamente hacia el mundo del prójimo, del «próximo».

Y éste es, precisamente, el contenido de mi intervención. Tratándose de un acto, en el que los educadores en medios de comunicación, y los propios medios, son los protagonistas, he evitado el camino fácil de contar mi experiencia de muchos años en tal ámbito. Por el contrario, he elegido el más complicado y arriesgado de reflexionar sobre la condición comunicante del hombre, condición que se me antoja entitativa, y sustancial, sin la cual quedaría reducido al nivel de los vivientes inferiores, cuyo intercambio con el mundo está biológicamente determinado por la condición del estímulo. Entremos, pues, en los significados profundos de la comunicación.

1. La experiencia de convivir

La convivencia con nuestros semejantes, el vivir con ellos, se puede experimentar de tres maneras: a) estar con otro; b) ser con otro y c) ser para otro.

En la vivencia de «estar con otro» el hombre rompe las barreras de su aislamiento para compartir con los demás su existencia en el mundo. La convivencia sería realmente la tendencia del hombre a no estar solo, a buscar en los otros el eco, la imagen, el referente polar de sí mismo. Dice Lersch que «la tendencia a la convivencia se manifiesta en la busca de contacto, en los esfuerzos para establecer la comunicación psíquica con otros, activa y pasivamente». La importancia que para el desarrollo individual tiene la tendencia a estar con otro se deduce del hecho de que la apropiación de los nutrientes de la vida psíquica –saberes, creencias, ideales, lengua, conductas, tradiciones– los obtiene el hombre principalmente, aunque no exclusivamente, por inmersión, por impregnación en esa papilla afectivo-cognitiva que es el glacis social. La sociedad se constituye mediante la comunicación. Un montón de gente no es una sociedad, sino un conjunto de seres aislados; lo que a éstos los configura como sociedad son los lazos recíprocos que se establecen entre ellos, la búsqueda de contacto, la imagen que de sí mismos reciben reflejada en los otros. Mediante la comunicación cada ser convierte al otro en polo de su propia existencia. Un hombre no puede existir sin otro hombre, sin «estar con otro hombre».

Un nivel más profundo de la tendencia que trasciende el yo individual es la vivencia de ser con otro. La manifestación más genuina del ser con otro es el amor. El individuo encuentra su verdadero sentido rompiendo las barreras de su aislamiento para encontrar su auténtica realización personal en la comunicación con otro. El otro es el referente de mi propia perfección como persona. En la frase orteguiana «yo soy yo y mi circunstancia», mi «circunstancia» es el otro, sin cuya presencia y concurso soy un yo fallido, incompleto, que encuentra en el ser amado la complexión de mi propia carencia, mi otra mitad. El mito del «andrógino» que Platón expone en el parlamento de Aristófanes en El Banquete, explica de forma original y excitante la búsqueda y unión con el otro como fundamento del amor. En la primitiva naturaleza de los hombres, había un género que participaba de lo masculino y femenino: «tenía cuatro brazos, piernas en número igual al de los brazos, dos rostros sobre un cuello circular, semejantes en todo, y sobre éstos dos rostros, que estaban colocados en sentidos opuestos, una sola cabeza; además, cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo el resto era como se puede uno figurar por esta descripción». Seres fieros y arrogantes, atentaron contra los dioses, por lo que fueron castigados por Zeus seccionándolos en dos. «Más una vez que fue separada la naturaleza humana en dos, añorando cada parte a su propia mitad, se reunía con ella. Se rodeaban con sus brazos, se enlazaban entre sí, deseosos de unirse en una sola naturaleza, y morían de hambre y de inanición general, por no querer hacer nada los unos separados de los otros... Desde tan remota época, pues, es el amor de los unos a los otros connatural a los hombres y reunidor de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo ser de dos y curar a la naturaleza humana». La «media naranja» es algo más que una sentencia acuñada por el pueblo de que la pareja no es un encuentro azaroso o circunstancial, que se da a veces y por casualidad; por el contrario, es la expresión afortunada de que el amor es la búsqueda de otra mitad «en» y «con» cuya unión se encuentra a sí mismo uno, completo, pleno, acabado.

Desde esta perspectiva, el hombre adquiere su plenitud, no desde la soledad de su yo individual, sino cuando se contempla frente a un tú, «contigo». Cuando se casó mi hijo Óscar, les decía a él y a su mujer: «Lo más hermoso del matrimonio es que dos personas, fundidas en una sola, siguen siendo una y dos al mismo tiempo. Esto quiere decir que el crecimiento y la felicidad de cada uno de vosotros no son independientes y separables del crecimiento y la felicidad de la pareja como tal que formáis... En cuanto a la realización de los dos como pareja, el matrimonio es ante todo la unión de dos personas, una unión para enriquecerse mutuamente, la una desde la otra, la una con la otra».

La tercera forma de vivir la comunicación del individuo hacia los demás lo marca la dimensión «ser para otro». En una primera aproximación, el yo traspasa los límites de la individualidad para dirigirse a los demás más allá de la tendencia a la asociación impuesta por la necesidad de estar con otro, o al imperativo de ser con otro para crecer con él en comunidad; el ser para otro es la forma de comunicación entendida como ayuda y amor al prójimo, filantropía y altruismo; humanitas, la llamaba Cicerón. El hombre entiende que hay una realidad supraindividual de cuyo crecimiento y progreso es corresponsable, y lo es porque fuera de esta realidad no se identificaría a sí mismo ni siquiera como individuo. Esta realidad colectiva está formada por las comunidades vitales, la familia, el grupo, el pueblo, la patria, la humanidad incluso. La entrega a ellas no es sino el justum tribuere de la ética natural. De la misma forma que el ser viviente desaparecería sin el alimento biológico, la comunidad, el grupo, la sociedad como tal desaparecerían sin esa responsabilidad de cada uno de sus miembros para con ella en forma de: transmisión, conservación y creación de ideales, creencias, modos de vida, que constituyen el volkgeist, el espíritu de cada colectividad vital, que permite al grupo y a sus miembros identificarse a lo largo del tiempo.

Pero incluso, más allá de este amor al prójimo, en cuya entrega el individuo encuentra las claves y el sentido de su existencia, el «ser para otro» es capaz de entregarse a una donación gratuita de sí mismo, virtud inútil de la entrega, ofrenda sin contrapartida, «puro modo de ser que, como el Sol, brilla igualmente para todos los hombres, buenos o malos, y sobre todas las cosas», como dice Aranguren. El ser para otro es el regalo que hacen ciertos hombres a sus congéneres para hacer este mundo más habitable.

Una forma privilegiada de ser para otro se adquiere en la comunicación educativa. Bien es cierto que la enseñanza, en la medida en que ha perdido el carácter de «profesión» para convertirse en una «ocupación», y los maestros y profesores en enseñantes, ha pervertido su profundo significado vocacional y sacerdotal de entrega, regalo, don, para transformarse en una pura transacción comercial: do ut des. Sin embargo, vamos a pensar que todavía quedan maestros, para quienes darse a los demás es una forma de crecer ellos mismos. Docendo discitur decían los clásicos; enseñando se aprende. Kant lo expresa de forma contundente cuando afirma que «nadie puede llamarse verdaderamente hombre que no haya sido solidario en la formación de otro». El hombre no alcanza su plenitud humana mientras no colabora en la humanización de otro; hasta entonces es un ser enclaustrado en sí mismo, recluido en su mismidad, estéril. Sólo en la comunicación, en la transitividad afectiva y cognitiva, el hombre da fruto, es fecundo, y en consecuencia alcanza la plenitud de la hominidad.

No siempre se ha entendido la comunicación como un enriquecimiento mutuo. Antes al contrario, el existencialismo defendía el «ser para sí» y, en consecuencia, la incomunicación, como una forma de conservar la riqueza interior. Si «la mirada del otro me objetiva», me convierte en objeto, como decía Sartre, la única manera de asegurar mi condición de sujeto es el aislamiento del otro. El ser para sí del existencialismo desemboca en la incomunicación como forma de conservar la subjetividad, el sí mismo. El humanismo en general, y el humanismo cristiano, en particular, han significado un mentís rotundo al existencialismo, al entender que el ser para otro es la forma absoluta de enriquecerse como persona. «No se ha hecho la luz para colocarla debajo del celemín, sino para sacarla fuera y que alumbre toda la casa».

No menos hermosa es la frase de Nebrija sobre el maestro: «El maestro es como la vela que alumbrando se consume». No quiere decir que la vela se agote, se acabe, se destruya mientras alumbra, sino que alcanza su plenitud cumpliendo la finalidad para la que fue hecha, alumbrar, iluminar a sus alumnos con su saber, con su ejemplo, con su vida, siendo para otros.

2. Comunicación educativa y comunicación democrática

Hasta aquí hemos visto progresar las tendencias transitivas de la comunicación huma na con su entorno desde las formas elementales de la asociación, hasta las más complejas y elevadas de la relación comunitaria, como son las de amor al prójimo y la entrega a los demás, una de cuyas manifestaciones relevantes es la educación. En relación con la educación, se ha extendido últimamente una idea que me parece necesario comentar a estas alturas de mi intervención. Se trata de que la comunicación educativa requiere una relación horizontal entre los sujetos de la comunicación. Veamos.

La educación es, en primer lugar, una acción que se establece entre dos términos, a los que los escolásticos llamaban: término a quo, desde el que se inicia la acción, y el término ad quem, que es quien la recibe. Por lo tanto, la acción es algo que está principiativamente en el término a quo y terminativamente en el término ad quem. Pero toda acción soporta una relación. En el caso de la educación la relación puede adquirir la forma de igualdad o de subordinación. Las relaciones horizontales maestroalumno no son sino la transposición a la educación no tanto de la igualdad política entre las personas que constituye el soporte de los regímenes democráticos, sino de la igualdad social que promueve el socialismo marxista. De esta suerte, hemos visto desaparecer de las relaciones sociales –familia, trabajo, comunidad, escuela– los valores de respeto, consideración, obediencia, porque representaban una ética opresiva y despótica que había que sustituir por la ética de la igualdad, de la uniformidad, del compañerismo. El tú ha sustituido al usted en el trato del alumno al profesor, del empleado al cliente, del operario al superior. En los departamentos universitarios las decisiones, sean relativas a planes de estudio, contratación de profesores, inversión en medios de investigación, se toman en plano de igualdad por profesores, alumnos y personal de administración y servicios.

La igualdad a ultranza, en materia de educación al menos, ha conducido a una situación altamente preocupante, como es la pérdida del sentido de la medida, al llevar el concepto de homología intelectual y social a campos y actuaciones que son ontológicamente incompatibles. Tanto si concebimos la educación en un sentido muy restrictivo como transmisión de conocimientos, valores y actitudes, cuanto en el sentido más moderno de orientación, conducción y guía para la autodirección del aprendizaje, la relación entre profesor y alumno es necesariamente de desigualdad, desequilibrio, superordinación. «La igualdad republicana no es uniformidad», ha dicho recientemente Claude Allègre, ministro francés de Educación, socialista por más señas. La igualdad del ser humano en dignidad, ante la ley, en derecho a voto, a la educación, al trabajo, etc., no puede extrapolarse a otros campos de la vida y la actividad humana: ni los peones son iguales que los técnicos, ni los hijos que los padres, ni los alumnos que los profesores. Si el maestro tiene que dirigir, guiar, informar al alumno, no puede estar al mismo nivel, tiene que ver más lejos, ir delante, avistar el horizonte desde una posición más elevada. Al fin y al cabo, ese plus de superioridad es el que desde la raíz sánscrita meg, pasó al magister latino y al maestro actual. Superioridad que está presente en todas las descripciones de la personalidad del maestro: superioridad de ciencia, superioridad de vida, superioridad de gobierno. Esa idea de que el maestro tiene que ser amigo de sus alumnos contradice la esencia misma del magisterio. La amistad implica compartir sentimientos, afectos, actividades lúdicas o sociales en términos de igualdad. El magisterio exige dirección, conducción, ejemplo, que no pueden darse metafísicamente desde la igualdad, y mucho menos desde esas relaciones progresistas que contemplan a profesores y alumnos como amigachos, colegas, compadres, camaradas. La comunicación educativa tiene que ser necesariamente vertical, lo que no quiere decir que sea unidireccional. La comunicación educativa, como cualquier otra comunicación es de ida y vuelta, bidireccional, pero cada una desde el tipo de relación que sustenta la acción del término a quo y del término ad quem. Ambos términos pueden ser intercambiables en la amistad, en el amor, pero no en la educación.

3. La comunicación con lo trascendente

No quedaría completa esta intervención, si desde mi posición de creyente no afirmara que existe una última y definitiva forma de tendencia transitiva que es la de ser para Dios. Las tendencias del estar con otro, ser con otro y ser para otro tienen una dimensión, digamos, «terrenal», se mueven en el plano de lo humano, del aquí y ahora, centrados en el plano vital de su existencia. Las razones que han llevado al hombre de todos los tiempos a romper los límites del sí mismo es el desasosiego y la inquietud que experimenta ante la fugacidad y transitoriedad de un tiempo efímero y un espacio bloqueado. Frente a la finitud desea lanzarse a lo infinito; frente a la temporalidad aspira a la eternidad; frente a la estrechez del yo, anhela integrarse en lo inconmensurable. Encerrado en los estrechos límites de un mundo hecho a su medida, el anhelo de saciarse de eternidad, de plenitud, de gloria, le conduce inexorablemente al diálogo con las realidades que están más allá del mundo y del hombre.

Las formas de trascenderse a sí mismo son varias; desde el amor, ya comentado anteriormente, hasta las diversas formas del arte y la creación. Los universitarios cultivamos una parcela especial de este anhelo de trascender nuestra dimensión espacio-temporal, que es la investigación y la producción científica. El investigador que interroga al mundo a la búsqueda de explicaciones, lo que realmente está haciendo es, por una parte, ir más allá de lo circunstancial para adentrarse en lo absoluto, y por otra, persigue el oscuro deseo de dejar un producto que le sobreviva en las páginas de las revistas o en los anaqueles de las bibliotecas. «Los hombres aman sobre todo la inmortalidad», dice Platón en El Banquete.

Sin embargo, ni el amor humano, ni el arte, ni la ciencia, calman la sed de infinitud del hombre, que sólo se detiene ante los interrogantes absolutos: ¿quién soy?, ¿cuál es mi destino?, ¿cuál es el sentido de mi vida? Ninguna de estas preguntas pueden responderse desde la contingencia de lo terrenal y humano, sino desde una experiencia suprarracional. Dice Kant en su Crítica a la razón pura: «Debí renunciar al saber para dejar lugar a la creencia». La confesión de San Agustín «Nos has creado para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti» es, como dice Phillip Lersch, «la expresión de que es en la idea de Dios en donde la tendencia humana de la trascendencia busca su último horizonte».

La comunicación humana, como necesidad del hombre de traspasar los límites de la propia individualidad, va recorriendo en un diálogo ascendente la convivencia con sus congéneres, la comunidad o participación en usos, valores y cultura de su grupo, y la comunión expansiva o entrega a los demás. Pero por muy admirable y prodigiosa que sea esta sociedad de progreso, de tecnología, de logros científicos sin precedentes, no deja de ser una sociedad hecha por el hombre y a la medida del hombre, porque, como dice Heidegger, un hombre que es el centro del mundo no puede tener grandeza, ya que la grandeza apunta más allá del hombre.

Sin embargo, su deseo de trascendencia se ve amenazada –como dice Rof Carballo– por dos logros terribles de la vida moderna: la felicidad egocéntrica y la seguridad; terribles porque le excluyen de la grandeza. Al anunciar la muerte de Dios, Nietzsche pudo hacer esta tremenda profecía: «Vendrá el tiempo en el cual el hombre ya no lanzará la flecha de su aspiración más allá del hombre». ¿En qué medida el hombre de hoy ha renunciado a la eternidad, al amor infinito, a la santidad, a la gloria?, ¿es el amor un simple problema de química?, ¿son las estrellas y el cielo una simple cuestión de meteorología?

Prefiero un sacrificio por amor, un mundo donde soñar, unas estrellas que mirar en lo alto, unos caminos que llevan al «finis terrae». Dentro de unos días, Mª Pilar y yo vamos a reanudar la parte del Camino de Santiago que dejamos pendiente el año pasado. Sus piedras, sus cielos, sus fatigas, sus ansias, son las palabras de nuestro diálogo, de nuestra comunicación con una realidad esencial, fundamental, que de verdad satisface, colma, sacia la aspiración irrenunciable del ser humano de ser más, de trascender lo pequeño, de fundirse en lo absoluto.

Todos los que nos dedicamos de una u otra forma a la comunicación, y sobre todo los educadores en medios de comunicación, más allá de los recursos materiales o instrumentales que utilizamos, tenemos el inexorable deber de desvelar a nuestros corresponsales los diferentes planos de la comunicación. El educador no es un mero «enseñante neutral de lo objetivo», porque como decía Neuman «no hay pedagogía neutra, porque o no es neutra o no es pedagogía». El educador en medios de comunicación es, ante todo, educador, formador, y deberá saber en cada momento, en cada circunstancia, para cada alumno concreto, elegir el plano o nivel de su diálogo. Para ello no hay recetas; será su propia sensibilidad, su agudeza intelectual, su vis paedagogica la que le permitirá actuar en función del bien superior del alumno, que es lo que la sociedad y su propia vocación docente le exigen. Este espíritu lo ha encarnado a lo largo de su dilatada y fructífera vida docente, Francisco Guzmán, el primero en recibir el «Premio Comunicar». Aunque el listón lo ha puesto él demasiado alto, los que le vamos a seguir no tenemos que preguntarnos por la altura, sino por hacer todo lo posible por alcanzarlo. Francisco Guzmán plantea un serio problema para el futuro: de un lado para los que vamos a ocupar los puestos siguientes, que aunque no seremos recordados como él, sí va a ser el punto de referencia, el ejemplo, el maestro a imitar; pero también, se lo ha puesto difícil al propio Grupo Comunicar, porque, dadas sus cualidades, su prestigio, su trayectoria, cualquier otro candidato que le siga significará un paso atrás en su ranking de calidad. Personalmente, a la vez que agradezco al Grupo Comunicar elegirme para este premio, pido perdón a Francisco Guzmán porque mi nombre figure tan próximo al suyo.