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Revista Comunicar 14: La comunicación humana (Vol. 7 - 2000)

Hermeneutas todos: el círculo del investigador

https://doi.org/10.3916/C14-2000-16

Héctor Borrat-Mattos

Abstract

Los periodistas comparten con sus lectores un repertorio de capacidades y prácticas de comunicación humana necesarias para conocer la realidad y convivir libre, racional y responsablemente en ella. Escogiendo a la interacción como categoría clave, este artículo presenta, en dos partes, a la comunicación personal y grupal como dimensión constitutiva –y por tanto insoslayable– de la comunicación de masas mediante la exploración de los itinerarios abiertos por el círculo del investigador y el cuadrado de la comprensión interpretativa y la explicación causal.

Keywords

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Si entendemos por comunicación toda interacción social mediante el intercambio de mensajes, la comunicación humana (CH) considerada en su sentido amplio como cualquier proceso de comunicación entre personas es dimensión constitutiva, y por lo tanto insoslayable, necesaria, de la comunicación de masas (CM).

En el presente artículo haré algunas propuestas a partir de esta afirmación primera dirigidas a la educación en medios de comunicación de masas (EMCM). Interacción didáctica que despliega una red de CH entre sus profesores y sus alumnos, la EMCM tiene que ocuparse de una vastísima red de CH entre productores, emisores y receptores de mensajes mediáticos para entrar y avanzar, precisamente, en el conocimiento y el análisis crítico de la CM. La producción y la emisión de mensajes mediáticos exige un proceso siempre abierto de CH personal y grupal entre quienes tienen la propiedad y/o ejercen el control de los medios y entre los autores de los mensajes emitidos, los actores que pasan a ser personajes de las tramas narradas y argumentadas, las fuentes de los datos y los significados generadores de esas tramas y los lectores que reciben y reinterpretan los textos publicados en la prensa o emitidos por la radio o la televisión. La recepción de mensajes mediáticos destaca la frecuencia y la intensidad de la CH que provocan entre los lectores. Y los mensajes mismos se concentran casi siempre en la narración y la argumentación de interacciones de CH entre los personajes de las tramas narradas y argumentadas, necesitando la CH autoreslectores para que la comunicación se realice.

Sí podemos hablar, así, de una influencia de la CH sobre la CM tan importante como la influencia que ésta ejerce sobre aquélla, tendremos que buscar una categoría que, impulsando al análisis conjunto de ambos tipos de comunicación, refuerce los itinerarios ya abiertos por la EMCM.

1. Para un lector reflexivo, crítico, interactivo

Para alcanzar sus importantes objetivos, la EMCM tiende a agrupar sus propuestas en función de dos modelos ampliamente divulgados: el de la producción-emisión y el de la recepción-efectos de mensajes mediáticos.

• El modelo de la producción-emisión se basa en una fecunda simulación: asigna al alumno el rol profesional de autor, haciéndole recorrer los principales eslabones de «la cadena de la noticia» (Schulz, 1995), desde la construcción del comúnmente llamado «hecho noticiable» hasta su comunicación pública como relato informativo, pasando por la búsqueda de datos en las fuentes, la selección y la jerarquización de los datos logrados, la planificación y redacción del texto de acuerdo con las pautas marcadas por el correspondiente género periodístico. Cada alumno ha de realizar estas tareas como si fuese un profesional de los medios.

• El modelo de la recepción-efectos apunta a una situación accesible a todos: atribuye al alumno el rol de lector interactivo, crítico, responsable, de textos públicamente comunicados por los medios. Le confiere destrezas para hacer entonces en otra clave, de manera reflexiva, analítica, crítica, las lecturas que venía haciendo espontáneamente día a día de los mensajes mediáticos recibidos.

El foco sobre la CH cambia según el modelo elegido. Recae, en el primero, en las interacciones que ligan a los autores entre sí, y con las fuentes, y con los actores sociales que pasan a ser personajes de la actualidad narrada y comentada. Destaca, en el segundo, las interacciones lectores-autores, lectores-lectores, lectores-terceros (que no son ni autores ni otros lectores). Encontramos así, en el primer modelo, un conjunto de interacciones comunicativas en gran parte exigidas, organizadas y controladas por la correspondiente organización periodística, y en el segundo, un conjunto de relaciones espontáneas, libres, que alcanzarán mayor o menor frecuencia e intensidad según cada caso.

Lejos de entrar en contradicción, estos dos modelos son no sólo compatibles sino incluso complementarios porque:

• Entre periodistas y lectores se va tejiendo, de manera continua, una trama muy compleja y cambiante de interacciones.

• Al rol de periodista se acumula, siempre, el rol de lector de textos producidos por sus colegas, interesado en conocer, comparar y evaluar su propia producción con la de ellos y en usar a los textos de sus colegas como fuentes de datos, de ideas, de significados, de interpretaciones.

• El rol de lector, cuando se ejerce de manera reflexiva y crítica, exige «ponerse en la piel» del autor de los textos que se está leyendo para comprender las asignaciones de significados y sentidos, las motivaciones, los objetivos, las estrategias, las razones o las sinrazones de los autores respectivos y evaluar sus resultados.

La articulación, o no, de los dos modelos esquematizados dependerá, creo, de la composición del grupo al que se dirija la EMCM. Si se trata de alumnos con vocación de periodistas, la aplicación de los dos modelos parece en todo caso necesaria. Si, en cambio, los alumnos tienen otra vocación, habría que decidir en cada caso si nos conviene mantener la aplicación conjunta o si, más bien, habría que aplicar sólo el segundo modelo. El primer modelo exige, en efecto, ciertas capacidades para ejercitar la «imaginación periodística» y para redactar textos que encajen en los géneros correspondientes que no hay que dar por supuestas en alumnos vocacionalmente inclinados hacia otras opciones profesionales. El segundo modelo, en cambio, reclama capacidades exigibles a todos los alumnos imaginables, fuere cual fuere su edad, su vocación y su nivel educativo: todos ellos, más todavía, todos no-do en una sociedad donde la CM ocupa un lugar clave para nuestro conocimiento de datos y de significados acerca de la realidad y por tanto para movernos racional y libremente por la red amplísima de nuestras interacciones de CH.

Sin duda, algunos de esos datos y significados pueden llegarnos de otras fuentes. En primer lugar, nosotros mismos: cuando surgen de una experiencia personal, de nuestra participación en una interacción social o de nuestra observación directa de ella. En segundo lugar, ciertas fuentes institucionales (educativas, gubernamentales, partidistas, religiosas) que con mayor o menor frecuencia optan por comunicarse directamente con nosotros. Pero más allá de estas dos situaciones, en su mayor parte y con la mayor frecuencia los datos y significados nos son proporcionados por la CM. Tanto cuando proceden inicialmente de ciertas instituciones (como las nombradas) que se valen de los medios para hacérnoslos llegar como cuando proceden autónomamente de los medios mismos.

En el presente artículo me limitaré a formular algunas propuestas para avanzar en las aplicaciones del segundo modelo a uno de los campos primordiales de la CM: la comunicación periodística. Es decir, ese tipo de CM que, mediante textos publicados o emitidos, nos comunica datos y significados acerca de algo nuevo que acaba de ocurrir, está ocurriendo o está a punto de ocurrir en la realidad social, política, económica, cultural (McNair, 1998). Pero aunque prescindamos aquí del primer modelo, no por ello vamos a dar la espalda a las prácticas y los saberes de los autores de mensajes mediáticos. Al contrario: necesitamos percibirlos pero desde el otro ángulo, el más amplio: el de los lectores críticos. Para descubrir entonces hasta qué extremos esas prácticas y esos saberes profesionales, reinterpretados desde la teoría social, nos permiten afirmar que los autores de textos para la CM comparten con sus lectores –y más ampliamente todavía, con todos los actores sociales– un repertorio de capacidades y prácticas de CH necesarias para cualquier actor social que –fuere cual fuere su vocación y su profesión– necesite conocer la realidad para vivir y convivir libre y responsablemente en ella.

2. Observar, inferir, imaginar, sospechar

Propongo la interacción como la categoría clave para mostrar y demostrar la existencia de estas capacidades y prácticas de CH compartidas por todos. Compartidas –aclaro– tengamos o no conciencia de ellas:

• En nuestras actitudes espontáneas frente a nosotros mismos y a los otros actores con quienes estamos en interacción.

• En nuestras actitudes reflexivas como lectores críticos de textos mediáticos (y de muchos otros).

• En las actitudes reflexivas de los autores de estos textos.

Centrándonos en la interacción, ponemos pues en primer plano actitudes compartidas por todos los actores del sistema social, fuere cual fuere su nivel educativo y su campo de actuación: actitudes que tenemos que tomar todos a lo largo de nuestras vidas.

La interacción social aparece con el segundo de los dos tipos de comportamientos humanos discernibles en cualquier sistema social, que muy esquemáticamente caracterizaré de la siguiente manera:

• Comportamientos no intencionales de uno, dos o más actores sociales que podemos conocer y narrar sobre la base única de los datos empíricos que logramos por nuestra observación directa o por mediación de otros –como los medios de comunicación– que actúan respecto de nosotros como fuentes. Se trata de comportamientos no intencionales, como nacer, sufrir un accidente, morir. No llegan a ser acciones ni por lo tanto interacciones.

• Comportamientos intencionales: acciones de uno, dos o más actores que podemos conocer y narrar sobre la base doble de los datos empíricos y los conocimientos inferidos. La observación empírica de los comportamientos sigue siendo necesaria pero ya no nos es suficiente: tenemos que ligarla con nuestra indagación de la subjetividad de los actores.

Puesto que es subjetivamente que los actores confieren a estos comportamientos intencionales que llamamos interacción una orientación consciente, un propósito, una intención, un objetivo, pasa a ser decisivo entonces averiguar cómo interpreta cada actor la interacción social en la que está involucrado, qué objetivos se propone y qué medios utiliza para alcanzarlos. Y para ello, tenemos que interpretar las interpretaciones que cada actor hace de la interacción. Tenemos que inferir, imaginar, proponer hipótesis no verificables empíricamente.

Ni siquiera podemos basarnos en lo que el actor dice de sí mismo, ni siquiera podemos dar por seguro que su verdadera interpretación de la interacción coincide con la interpretación que nos comunica o que comunica a otros. Porque la declaración puede ser ocultación o engaño, y no revelación. Y porque muchas veces la interpretación que un actor nos comunica, o comunica a otros, incluso si es sincera y verdadera, entra en contradicción con las interpretaciones que hacen otros actores de la misma interacción.

La hermenéutica –como llamaban los griegos al «arte de interpretar»– nos exige inferir, imaginar, sospechar. Necesitamos interpretar los comportamientos, las declaraciones y los silencios de los actores en función de los significados que –imaginamos, sospechamos– quisieron en verdad conferirles. Articulamos así lo empíricamente observable con lo razonablemente inferido, lo verificable y verificado con lo tan sólo imaginado o sospechado.

Estrictamente, para conocer y narrar la interacción, tendríamos que interpretar a cada uno de los actores que participan de la interacción, y más todavía, interpretar sus respectivas interpretaciones: los significados y el sentido que cada actor atribuye tanto a sus propios comportamientos como a los de los otros y a la interacción misma. Irrumpe la «doble hermenéutica» (Giddens, 1976; Hollis, 1994): interpretar una interpretación. Cada uno interpreta a las interpretaciones de los otros con quienes está en interacción, al mismo tiempo que es interpretado por ellos.

La investigación social e histórica en todos sus tipos –nos recuerda Giddens– pide la comunicación, de algún modo, con las personas o colectividades que son objeto de la investigación. Y de ahí viene un problema añadido que –afirmo por mi parte– el periodista y el lector crítico comparten con el sociólogo: los conceptos sociológicos que se refieren a una con ducta significativa, es decir, a una conducta en la que los conceptos utilizados por los propios actores son un medio por el cual se realiza la interacción, tienen que recoger las diferenciaciones de significado que resultan relevantes para esa interacción pero no están obligados de modo alguno a incluir las mismas diferenciaciones en su propia formulación. Tal es el significado de la doble hermenéutica en la construcción de metalenguajes teóricos en sociología y –añado– de metalenguajes periodísticos en CM. El hermeneuta tiene que conocer los conceptos que los actores de la interacción noticiable utilizan en sus propias interpretaciones pero no está obligado a reproducirlos en su propia narración o argumentación.

3. Comprender interpretativamente, explicar causalmente

Si –como afirmábamos, tratándose de la interacción– la observación empírica de los comportamientos está necesariamente ligada a la indagación de la subjetividad de los actores que les asigna un propósito, una intención, un objetivo, ¿cómo podemos, cómo puede un actor social –sea el autor o el lector, el profesor o el alumno, o cualquier otro– conocer la naturaleza y los contenidos (pensamientos, imágenes, sensaciones, emociones) de lo que está fluyendo en las mentes de los otros? (Smelser, 1997). ¿Sobre qué base (observación, imputación, empatía, proyección) hemos de inferirlos y atribuirles determinados contenidos y no otros?, ¿cómo puede confiar en conocimientos tan frágiles, fundados tan sólo en sus inferencias, su imaginación y sus sospechas?, ¿qué influencia ejerce su propia mente sobre las de los otros, y a la inversa, qué influencia recibe su mente de las de los otros?, ¿sobre qué bases cada uno de los interactuantes conoce y toma en cuenta las mentes de los demás interactuantes?

Recordando las propuestas pioneras de Wilhelm Dilthey, los hermeneutas cultivados encuentran una de las respuestas posibles en una acepción del verbo comprender que ha ido ganando cada vez más adeptos en la teoría social. Comprender cómo, precisamente, revivir los estados mentales de los otros, inferidos por analogía con nuestras propias experiencias. Pero el mismo Dilthey también dio, más tarde, una segunda acepción del mismo verbo: comprender como «objetivaciones de la vida», en un marco objetivo de significados humanos, en el cual hay que contextualizar, tomando muy en cuenta el lenguaje y el clima cultural en el que viven los actores. Convendrá tener muy presente también esta segunda acepción como manera de encauzar y controlar nuestra exploración de la subjetividad de los otros. Nuestra hermenéutica será, sin duda, mucho más plausible si, en lugar de quedar anclada en la exploración de subjetividades, rumbea hacia su contextualización.

Max Weber privilegió tanto al comprender en el sentido de «ponerse en la piel» de los otros que lo incluyó en su propia definición de otros que lo incluyó en su propia definición de la sociología como una ciencia que quiere comprender interpretativamente la acción social para, a partir de ahí, explicar causalmente su curso y sus efectos. Lejos de aparecer en solitario, la exploración de subjetividades queda ensamblada así con la explicación de lo perceptible. La sociología interpreta y comprende significados y explica acontecimientos que se desarrollan en el tiempo. Más aún, interpreta para poder explicar. Prepara, por la interpretación, la explicación causal. Lógicamente, pues, la comprensión precede a la explicación.

Nuestros ejercicios de hermenéutica, ¿realizan efectivamente esta –rigurosa, esclarecedora– articulación con lo empírico y verificable o se quedan tan sólo en la –más «fácil» y «divertida»– exploración de subjetividades?

4. Narrar, argumentar

La interacción se nos presenta, entonces, como:

• Comportamientos perceptibles en su exterioridad, pero caracterizados por una intencionalidad –propósitos, objetivos, significados, sentido– que no es perceptible por situarse en la s ubjetividad de cada actor y que, por lo tanto, reclama a todos los interactuantes una atribución de propósitos, objetivos, significados y sentido al comportamiento intencional de cada actor, algo que cada uno puede hacer respecto de sí mismo por introspección, autoanálisis, autorreflexión, pero que solamente puede hacer respecto de los otros de manera tentativa, hipotética, por comprensión, como si uno mismo, «poniéndose en la piel de los otros», se convirtiera en explorador de subjetividades ajenas (que en parte uno se representa, se imagina o sospecha a partir de lo que le revela su introspección), de todo lo cual resulta una necesidad, compartida con todos los interactuantes, de ir diciéndose a sí mismo una narración hipotética de las tramas posibles, imaginadas o sospechadas de la interacción, realizando así, él y cada uno de los interactuantes, una interpretación de la interacción, que puede diferir de uno a otro actor y que en cualquier caso resulta tentativa, falible, no verificable empíricamente pero, al mismo tiempo, necesaria para vivir en sociedad: y puesto que todos vivimos en sociedad. Todos somos hermeneutas –silvestres o cultivados– en interacción, es decir, en una doble hermenéutica que nos hace intérpretes de otros intérpretes de una misma interacción..

Destacamos así, a la vez, la precariedad y la necesidad de la hermenéutica. Nunca podremos saber, entre varias interpretaciones posibles de una misma interacción que se nos ocurren o que nos comunican otros, cuál será la exacta, porque tratándose de subjetividades sólo nos cabe imaginar, sospechar, señalar hipotéticamente a una interpretación como la más plausible, pero sin poderlo demostrar ni convalidar empíricamente. Ello, no obstante, por más frágiles e hipotéticas que inevitablemente sean esas interpretaciones, todos necesitamos de ellas, tanto para entender a los otros como para entendernos a nosotros mismos y actuar en consecuencia.

Destacamos asimismo la narratividad como manera de realizar la hermenéutica: la narración hipotética de las tramas posibles, imaginadas o sospechadas. Si nos analizamos introspectivamente podemos comprobarlo: imaginamos a la interacción en el tiempo con un comienzo, un desarrollo y uno, dos o más desenlaces posibles. Hacemos espontáneamente, muchas veces, en el nivel microsocial de nuestra vida cotidiana, un ejercicio de la imaginación y la sospecha similar al que en el nivel macrosocial practican los estados mayores, los gobiernos o las cúpulas empresariales cuando imaginan o simulan diferentes guiones alternativos para los mismos actores conflictivamente enfrentados. Y nos narramos esas tramas posibles a nosotros mismos para, comparándolas, optar por la que nos parece más favorable.

Ya en nuestras propias maneras de imaginarnos subjetividades interconectadas hay, pues, una sucesión temporal y una estructura de comienzo-desarrollo-desenlace, una trama que puede contarse de infinitas maneras, desde diferentes puntos de vista. Como dice Prince: congruente con su etimología (en latín: gnarus: conocedor, experto, derivada del indoeuropeo gna, conocer), la narrativa es en la interacción –como será en el texto periodístico y en su lectura– un modo de conocer. No es mero reflejo de la realidad sino construcción a partir de los datos que poseemos sobre ella y que seleccionamos y jerarquizamos al conferirles significados: al intentar comprender a las acciones y a los actores. Al mostrar cómo ciertos hechos aislados pueden combinarse como una estructura significativa y al dar su propia forma de orden y coherencia a una realidad posible, la narración proporciona modelos para transformar la realidad, media entre lo que es y los que podría ser. Al instituir diferentes momentos y conectarlos entre sí, al descubrir pautas en secuencias temporales, la narración hace su lectura del tiempo y nos enseña cómo leerlo. La narración es, en definitiva, «la estructura y la práctica que ilumina a la temporalidad y a los seres humanos como seres temporales».

La hermenéutica –como llamaban los griegos al «arte de interpretar»– nos exige inferir, imaginar, sospechar. Necesitamos interpretar los comportamientos, las declaraciones y los silencios de los actores en función de los significados que –imaginamos, sospechamos– quisieron en verdad conferirles. Argumentar sobre esa trama narrada vendrá simultáneamente, como parte de esa narración, o posteriormente, a partir de ella pero en continua referencia a ella.

Pero es la narración la que ocupa un estatuto impar en la vida nuestra en sociedad: construye tramas y temas, abre el camino a la argumentación y a nuevas narraciones y argumentaciones sobre esa trama, interpreta, asigna significados y sentido. Muchas veces, narración y argumentación terminan en nuestra propia subjetividad: CH intrapersonal. Otras veces, las proyectamos hacia otros: CH interpersonal. Pero muchas veces son los medios los que las proyectan hacia sus audiencias: CM.

Los saberes profesionales no se refieren a la interacción, ni a los desarrollos que acabo de exponer en función de ella. Prefieren hablar, lisa y llanamente, de hechos noticiables. Los muestran seleccionados, documentados, narrados y en muchos casos también comentados en función de los géneros y de las normas y las prácticas de la profesión periodística.

Pero, ¿qué tipos de hechos noticiables generan esos temas de la actualidad si los consideramos en función de la categoría escogida?

Los dos tipos ya descritos: los comportamientos no intencionales y esos comportamientos intencionales que llamamos acciones, interacciones. Ambos tipos nos han permitido distinguir, desde la teoría social, lo que los saberes profesionales dejan en la sombra. El orden en que los he expuesto coincide con el orden de frecuencia creciente con que aparecen en los medios. También en la CM, pues, la interacción noticiable ocupa el lugar central. Es el «hecho noticiable» más frecuente, más tratado, más destacado. Y también en CM comprobamos, una vez más, la necesidad y la precariedad de la hermenéutica y esa forma de conocimiento que es la narratividad.

Entre los autores de textos periodísticos, los hermeneutas silvestres constituyen, sin duda, la inmensa mayoría. Como tales, sus maneras de observar, inferir, imaginar, sospechar coinciden con las del así llamado «lector común», es decir, no ilustrado, no cultivado. Los hermeneutas ilustrados componen una minoría con escasas ocasiones de crecer mientras las Facultades de Ciencias de la Comunicación sigan privilegiando a los saberes profesionales y los beneplácitos empresariales a expensas de las ciencias sociales y la lucidez crítica.

La EMCM podría incrementar la demanda de autores ilustrados si forma a los alumnos como lectores tan ilustrados como valientes.

En función de este objetivo, me interesa presentar a continuación ciertos itinerarios que, precisamente por estar abiertos a cualquier actor social, nos servirán tanto para describir los trabajos del autor de los textos periodísticos como para analizar como lector estos textos y evaluar esos trabajos.

A partir de ahora, pues, pongo el foco en el autor de textos periodísticos. Seguiré identificando con el nosotros a quienes intentamos hacer de manera responsable, reflexiva y crítica ese análisis y esa evaluación. Para nosotros, reconstruir los itinerarios que –estratégica o rutinariamente– ha recorrido el autor será una manera de seguir con nuestro análisis y nuestra evaluación.

Los hermeneutas ilustrados componen una minoría con escasas ocasiones de crecer mientras las Facultades de Ciencias de la Comunicación sigan privilegiando a los saberes profesionales y los beneplácitos empresariales a expensas de las ciencias sociales y la lucidez crítica.

5. El círculo realidad: datos, ideas, ideología y teoría

El autor construye el tema y la correspondiente trama de su narración y argumentación recorriendo un círculo que señala, debajo, los datos acerca de la realidad, y arriba, ideas sueltas e ideas ligadas entre sí como componentes de una ideología o, en el nivel del hermeneuta ilustrado, una teoría. Circula inductivamente desde los datos de la realidad hacia las ideas, la ideología o la teoría, y deductivamente desde éstas hacia aquéllas; hace comparaciones; alterna los itinerarios inductivos con los itinerarios deductivos; construye su propia interpretación de la realidad narrándosela a sí mismo y narrándola a nosotros en una interacción comunicativa.

La extensión de los itinerarios recorridos nos proporciona ya un criterio para distinguir entre dos tipos de autor en tanto que investigador de la actualidad:

• El investigador silvestre recorrerá sólo en parte los itinerarios, quedándose en los datos inmediatos, sin contextualizarlos en la realidad, en las ideas sueltas, sin alcanzar a la teoría, o en las ideas combinadas tan sólo como ideología.

• El investigador cultivado hará los itinerarios completos, enmarcando los datos en la realidad sincrónica y diacrónicamente considerada y ligando las ideas a la teoría coherente que guarde la debida correspondencia con la realidad.

La coherencia interna y la correspondencia con la realidad que puede lograr para su propio texto el cultivado faltarán en el texto del silvestre, afectado por exceso o por sobreabundancia de datos o de ideas como consecuencia de la carencia de una teoría que organice el conjunto, aunque el silvestre muchas veces lo disimule por el despliegue de sus capacidades expresivas, por incluir algún dato sorprendente, una idea brillante, o por aplicar una ideología cautivadora.

De todas maneras, fuere cultivado o fuere silvestre, el investigador periodístico tiene marcada una exigencia que le acompañará durante todos sus recorridos: concentrar sus trabajos en la narración y/o la argumentación sobre una interacción de conflicto. La narratividad se lo exige desde siempre:

• Toda narración necesita de un protagonista,

• Todo protagonista, para serlo, necesita a su vez de un antagonista con quien dirimir,

• Un agon, una lucha: una interacción de conflicto.

Los saberes profesionales también se lo exigen, al privilegiar al conflicto como el supremo valor de un «hecho noticiable», una noticia, un ciclo informativo, un bloque o una secuencia de relatos y comentarios.

Típicamente, la noticia tiene la estructura de un conflicto: es noticia del conflicto de A contra B. Las noticias de «importancia» e «interés» –hard news– y muchas que careciendo de «importancia» son de «interés» –soft news– se refieren a un conflicto. Incluso cuando la interacción noticiable es de convergencia, de consenso o de alianza, esa relación existe en función del conflicto que la provoca y sobre el cual se proyecta. Toda narración y toda argumentación que se escriba a partir de la noticia de una interacción de conflicto necesita focalizarse en un protagonista y un antagonista y perfilar en función de ellos a los restantes personajes. El conflicto es básico en todo proceso de cambio social: hay conflictos positivos, controlables, no violentos, necesarios para que esta dinámica social avance en la dirección debida, y conflictos negativos, que escapan al control de los actores sociales.

En tanto que exploradores de interacciones de conflicto noticiables y narradores y comentaristas colectivos de aquellos conflictos que deciden incorporar a sus temarios, los propios MCM necesitan del conflicto para construir la actualidad y comunicarla a sus lectores. Exploran, narran y comentan conflictos negativos y conflictos positivos. Y realizan estas funciones –que influirán decisivamente sobre los trabajos y los textos de los autores– según como se vean situados ellos mismos ante la interacción de conflicto:

• Como observadores o investigadores externos, ajenos al conflicto.

• Como terceros involucrados, sea para incrementar sus beneficios a costa de los antagonistas (tertius gaudens), sea para incrementar su influencia ahondando la oposición entre los antagonistas (divide et impera).

• Como partes participantes (protagonistas o secundarias) en conflictos iniciados por ellos mismos o por otros actores.

Cuando son observadores o investigadores externos, los MCM pueden resolver rutinaria o estratégicamente la exclusión o la inclusión y jerarquización de un determinado conflicto en sus temarios. Cuando son terceros involucrados o partes participantes necesitan, en cada caso, decidir una estrategia concreta dentro de los márgenes que les dejan sus dos objetivos estratégicos permanentes: lucrar e influir. El autor ha de encarar entonces la producción y comunicación de su texto como parte de esa estrategia que otros han decidido desde la cúpula correspondiente. Si es que conoce realmente cuál es esa estrategia...

La existencia de un conflicto y la identificación del protagonista y el antagonista correspondientes, proporcionan criterios importantes para evaluar cómo ha recorrido el itinerario circular.

En nombre del Equilibrio en la Información, el autor de un texto de información y el MCM en el conjunto de los relatos informativos publicados o emitidos debería:

• Recibir o buscar sus datos en fuentes alineadas con el protagonista, fuentes alineadas con el antagonista y fuentes no alineadas.

• Incluir entre esos datos las argumentaciones con las que cada parte del conflicto legitima su posición e impugna a la parte contraria.

• Dar un trato indiscriminado a las partes del conflicto al convertirlas en personajes del relato informativo.

El autor de relatos informativos –que es a quien se aplica este criterio del Equilibro en la Información– busca los datos en las fuentes y, una vez reunidos, los selecciona, excluyendo a unos, incluyendo a otros; jerarquiza a los incluidos en función de los rangos que asigna a los actores sociales identificados por esos datos al convertirlos en personajes de su texto narrativo o argumentativo. El tratamiento que da, en su texto, a las fuentes y a los personajes nos permitirá saber si realiza o no el equilibrio informativo exigido en todo relato informativo.

Pero la pauta de las fuentes sólo podemos aplicarla cuando el texto las incluye de manera identificada o velada, y eso sólo sucede normalmente en la prensa, no en los audiovisuales. Y en los propios relatos informativos publicados no podemos saber nunca con certeza si las fuentes son sólo las que aparecen presentadas en el texto o son más, permaneciendo otras ocultas, o son menos, al multiplicarse a una misma fuente por tantas fuentes inexistentes como fuentes veladas con distintos velos induzcan a este engaño (fenómeno muy corriente en las filtraciones). En cambio, la pauta de los personajes podemos aplicarla sin riesgos de error o engaño a todos los medios, puesto que sólo son personajes aquellos actores que efectivamente han sido incluidos en el texto.

Con respecto a las fuentes de los datos, nos convendrá distinguir entre las siguientes: primarias o secundarias, según conozcan los datos por observación o participación directa en la interacción noticiable o por mediación de otras fuentes; profesionales o no profesionales, según sean o no profesionales de la información –como aquéllos que trabajan en agencias, en gabinetes de prensa y en los medios–; buscadas o recibidas, según comuniquen datos a petición del autor o se los hagan llegar espontáneamente, por iniciativa de ellas mismas; identificadas o veladas, según podamos conocerlas o no mediante las señales que nos proporciona o nos niega el autor; exclusivas o compartidas, según sirvan solamente a ese autor y su correspondiente medio o a varios autores de diversos medios; permanentes o frecuentes o ocasionales, según el uso que haga de ellas el autor a lo largo de sus trabajos; alineadas o no alineadas, según se identifiquen o no con uno u otro de los personajes que el autor presenta como antagónicos.

Con respecto a los personajes del texto, nos convendrá distinguir las maneras como los presenta, perfila, sigue y contextualiza el autor, a partir de los datos reunidos. Su decisión básica es la elección de protagonista, antagonista y secundarios, según las posiciones y los roles que les atribuya en la trama (que, tratándose del protagonista elegido, no tiene por qué coincidir con el actor más importante o más poderoso en la interacción noticiable: cada autor es dueño de asignar libremente ese rol a quien más le interese destacar). Pero, ¿hasta dónde llega la identificación de cada uno?, ¿sólo por sus rasgos físicos y otros datos perceptibles o también imaginados en su subjetividad?, ¿incluyendo citas o glosas de sus mensajes?, ¿contextualizados sincrónica y/o diacrónicamente?

Nuestra determinación de si, en el texto que estamos analizando, existe o no el equilibrio informativo equivale a averiguar si el autor ha dado un trato indiscriminado, parejo, imparcial a aquellos actores que presenta como personajes antagónicos en su relato. Da por supuesto, por lo tanto, nuestra previa identificación del protagonista y el antagonista.

En nombre del pluralismo en la opinión, cambian las reglas del juego. El autor puede coincidir o no con la opinión del MCM: la pluralidad y diversidad que constituye tal pluralismo tenemos que evaluarla no en cada texto o autor, sino en el conjunto de textos y autores. El MCM debería incluir las argumentaciones de autores alineados o afines a cada parte del conflicto previa o simultáneamente narrado y, de ser posible, contrastarlas mediante un debate entre esos autores, sin perjuicio de dar su propia opinión editorial, toma de posición colectiva que todavía echamos de menos en los audiovisuales.

Llegar o no a la teoría pasa a ser una cuestión primordial para distinguir entre investigadores cultivados e investigadores silvestres. Pero para comprobar esa llegada que acredita al cultivado no hemos de exigirle al autor que cite sus fuentes teóricas: alcanza con que podamos dar por supuesta su existencia a partir del rigor de su narración y/o su argumentación y de los rastros que descubramos de la teoría, sea en la estructura general del texto, sea en la estrategia narrativa o argumentativa, sea en el detalle de ciertos recursos expresivos.

Pasar por la ideología parece un recorrido inevitable tanto al cultivado como al silvestre (la así llamada «muerte de las ideologías» es una ideología). Con la diferencia de que, una vez llegado a la teoría, el cultivado puede hacer críticas a su propia ideología que el silvestre no haría.

Tendremos que considerar, en este campo de las ideologías, otra diferencia importante, la que contrapone al autor informador con el autor opinante. Los medios exigen una única línea ideológica al informador, la que le impone la jerarquía redaccional en nombre de la empresa mediática correspondiente. Y simultáneamente los medios admiten e incluso estimulan la libertad del opinante para afirmar una ideología diferente e incluso opuesta a la de la jerarquía mediática, dentro de los límites marcados por ésta. Este trato diferencial se refleja en los dos clásicos lemas del periodismo: el «pluralismo», entendido como pluralidad heterogénea en el conjunto de textos producidos por los opinantes, y el «equilibrio informativo», reclamado en cada texto y en el conjunto de textos producidos por los informadores.

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