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Revista Comunicar 15: Medios de comunicación y educación para la solidaridad (Vol. 8 - 2000)

La solidaridad, la educación y los medios desde la antropología

https://doi.org/10.3916/C15-2000-09

Alida Carloni

Abstract

Las actuales formas de colonización que favorecen las nuevas tecnologías contribuyen al mantenimiento de la visión occidental mecanicista y racionalista del mundo. Esta situación genera en los países del Tercer Mundo una doble realidad: por un lado, la que se asemeja al estilo de vida occidental y, por otra, la realidad de pobreza y exclusión que muestra el fracaso del desarrollo. La autora propone que es necesario reajustar los valores dominantes a partir de una visión holística del mundo y del ser humano que lo habita. La antropología puede contribuir a educar en una visión integral y profunda de las culturas a las que se pretende beneficiar.

Keywords

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1. La Antropología, una disciplina que propicia vivir (Made in dignity)

«Trabajan como esclavos: No tienen vacaciones ni días libres. Puesto que no pueden ir al lavabo durante el trabajo, los niños tienen problemas de riñón. ¿Quiere usted vestirse con ropa confeccionada en estas condiciones?». Así es como inicia su introducción el documento de «Intermón» sobre el «comercio justo y consumo responsable», de Santiago Martínez. Pero en realidad, ¿qué significa comercio justo y consumo responsable» que, en el fondo, es sinónimo de intercambio equitativo y de seguridad de comprar productos que nos garantizan que tienen el «label» de «made in dignity?».

Una prenda con una etiqueta «made in dignity» llevaría la composición siguiente: 0% de esclavitud, 100% de libertad sindical. Éste es el lema que defienden, en Bruselas, los jóvenes garantes del «derecho internacional del trabajo respetuoso» bajo el cual deberían ampararse todos los trabajadores del Tercer Mundo.

Ya conocemos la fundamental regla del intercambio comercial y humano enunciada a principios de siglo por el etnólogo francés Marcel Mauss: «la obligación de dar, la obligación de recibir y la obligación de devolver», formando así una espiral indefinida de intercambios de todo tipo.

No cabe duda de que el ejemplo que nos proporcionan los «Magasins du Monde-Oxfam» en Bélgica y que han elegido vender prendas «made in dignity», alienta el trabajo en condiciones de honestidad, que fomenta un comercio equitativo, que responde a las exigencias sociales de las poblaciones tanto del Norte como del Sur, permitiendo una justicia social, una eficacia económica, una democracia política, el respeto del planeta y la diversidad cultural.

Nuestra sociedad, tipificada (porque lo es) como «sociedad de consumo», nos ha educado para adquirir productos sin buscar otro interés que su precio y calidad. Pero, ¿qué precio?, ¿qué calidad? y ¿a costa de quién?

2. La Antropología y la trama de la vida: una solidaridad holística

En efecto, la Antropología tiene, entre otros asuntos, la misión de buscar un orden ético y mantener el compromiso humanitario de, por lo menos, plantearse la cuestión del valor sociocultural y del factor humano en todas las relaciones humanas y culturales, siendo el valor fundamental el respeto a lo diferente dentro de la unidad, entendiendo el sentido de la unidad humana en la diferencia cultural. Dicho en palabras de Edgar Morin «una gran familia humana en una tierra patria».

En Antropología, aplicada del desarrollo, o lo que preferimos llamar «etnodesarrollo», es imprescindible estudiar y tener en cuenta el valor humano y social añadido al puramente comercial. Tomar como único criterio el engañoso factor económico, aunque sea a favor de las culturas, sería explotar a los trabajadores del textil de Bangladesh, o a los cafetaleros de Guatemala, a los recolectores de té de Sri Lanka, a los curtidores del cuero de la India y a millones de ellos trabajando por unos sueldos de hambre, en condiciones denigrantes y siempre a la merced de intermediarios o usureros.

No cabe duda de que muchos antropólogos mantienen el compromiso de declarar las improcedencias de las multinacionales que utilizan unas políticas comerciales que cometen injusticias sociales abusivas. Los contratos comerciales que añaden unas «cláusulas sociales» pueden mejorar las condiciones de los productos y son el único camino para la solidaridad internacional para el Tercer Mundo, pero lo cierto es que los «códigos de conducta» son documentos de buenas intenciones que firman las multinacionales para, a menudo, mantener su imagen de «marca solidaria» al presentarse a los medios de comunicación evitando así enfrentarse a las plataformas que defienden un programa de justicia social.

El hecho es que la raíz del problema se encuentra en la cosmovisión de Occidente que nos resitúa en el centro mismo del pensamiento paradigmático del mundo cartesiano, materialista, newtoniano y mecanicista occidental que condujo a nuestra civilización tecnológica y científica, bien llamada cibercultural. Bien es cierto que hablar de «ciberculturas» nos lleva a concebir el mundo como sociedades sin fronteras donde las comunidades virtuales, resultado de las sociedades de la era de la computadora, nos hacen hablar de sociedades informatizadas. No entraré en el debate sostenido por el filósofo e informático Javier Bustamante sobre «sociedad informatizada, ¿sociedad deshumanizada? », ni tampoco a la «macdonalización de la sociedad» de George Ritzer como análisis de la racionalización a ultranza de nuestras vidas, aunque sí quiero recordar que todo ello, fomentado por la visión cientificista del mundo y sus consiguientes actitudes competitivas, de los mercados internacionales y sus prácticas de consumo, verdaderos fabricantes de miseria, contribuye al falso discurso de una pretendida «solidaridad con los humildes». El término de «humildes» mantiene connotaciones clasistas y decimonónicas. Remito a la excelente obra conjunta de Mendosa, Montaner y Vargas Llosa, Fabricantes de miseria. Las verdaderas causas de la pobreza en el Tercer Mundo. ¡Cuán lejos estamos del «homo videns» y la sociedad dirigida! Lo cierto es que, aunque nos encontremos inmersos de pleno en la revolución multimedia, donde la imagen destrona la palabra y donde canjeamos la guía telefónica de los usuarios por las «@» de las pantallas informáticas, el mundo cibercultural y virtual nos propone una visión hologramática del ser humano y su mundo. En palabras de Felipe Sahagún, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, de «Gutenberg a Internet» vemos comunicación de espacios virtuales y flanqueados por Edgar Morin y Pablo Navarro nos convertimos en un «holograma social».

La labor constructiva de la Antropología pasa por su faceta aplicada con la presentación de nuevos modelos culturales, en realidad, una prospectiva y la propuesta de diseños culturales patrimoniales nuevos y actualizados. En efecto hablamos de cibercultura, de multimedia, de comunidades virtuales, pero nos mantenemos en la visión occidental mecanicista y racionalista del mundo. Edgar Morin asegura en su obra El método, que se trata de un «neomecanicismo » aunque cibernético. En los países del Tercer Mundo existen dos niveles –planetas– diferentes en un mismo territorio. Los antropólogos estamos acostumbrados a ver el contraste. Lo cierto es que de un aeropuerto a otro, de un hotel Sheraton a otro, se puede recorrer el mundo de Oeste a Este, de Norte a Sur, sin sentirse un extraño en ninguno de ellos. Los edificios modernos de las grandes capitales mantienen la misma concepción de cemento y cristal, los televisores funcionan sin cesar, las latas de Coca-Cola o Pepsi son omnipresentes y hasta las farmacias ostentan la misma cruz verde. Sin embargo, detrás de estos modernos edificios, existe otro mundo, el de la pobreza, el de la gente que vive en la indigencia. Recuerdo que en Lima, donde los barrios populares albergan tantas familias pobres que viven miserias, penurias impensables para nosotros, el Hotel Sheraton ostentaba el lujo occidental para sus afortunados huéspedes. Sucede algo parecido en Bombay, donde el recorrido desde el aeropuerto internacional al doméstico está señalado por los cobertizos de tela adosados al muro de la carretera que los «sin techo» han instalado para abrigarse de las lluvias y el sol, mientras gozan de todo tipo de lujos los invitados del «Leela Hotel». Pero si entramos en el corazón de los países, entramos en las profundidades de la realidad cotidiana del Tercer Mundo o del también llamado «Cuarto Mundo», en algo parecido a un planeta de los excluidos mundiales en una misma dimensión espacial, pero diferente mundo cotidiano y existencial. La modernidad que se ostenta en las ciudades y la riqueza que algunos poseen es sólo una fachada que esconde el fracaso del desarrollo y la insolidaridad más cruel.

Dibujar el paisaje de la mundialización resulta una misión imposible, aunque unas premisas fundamentales vienen a marcar las líneas orientativas para comprender la complejidad de la realidad social. Todo el sistema se fundamenta en una red de interdependencias culturales, de creencias, de técnicas, de comercio... siempre en proceso y en busca de un equilibrio para mantener su coherencia interna.

El sistema cultural mundial actual sufre el mismo desequilibrio que el de la hegemónica sociedad occidental, que ha conquistado el mundo, que le ha dictado su modelo de vida y que mantiene importantes valores que lo definen. Estos valores son patentes y visibles en la construcción de la alta civilización actual, post-industrial y cibercultural, pero estos elementos y valores no se han desarrollado siempre en su óptima dirección y precisan actualmente de un reajuste.

Este reajuste pasa por la visión holística del mundo y del ser humano que lo habita. No es nuevo que la Antropología, como disciplina científica, propugne una visión holística e integral del entendimiento del fenómeno humano. Ya desde Edward Tylor que definía la cultura como «Ese todo complejo...», sabemos que esta definición, que en su esencia es holística e integradora del ser humano con su entorno cultural, social y ecológico, tiene que ser actualizada a la luz de los últimos descubrimientos científicos y sus consecuencias en la Antropología. En efecto, hoy día, «Ese todo complejo... » incluye la «hipercomplejidad» según el diseño paradigmático del pensador francés Edgar Morin y su definición antropológica; desde una epistemología de la complejidad y teniendo en cuenta que «el ser humano es un ser cultural», deberíamos pensar el fenómeno de la «vida» que es la naturaleza y el reino de lo humano con todas sus interrelaciones modificándose mutuamente, retroalimentándose en un fenómeno «bio-físico- antropo-socio-psico-menatlo- noológico»; en otras palabras: el fenómeno de la vida.

Afirmar, pues, que el ser humano es un animal social es limitarlo a unos aspectos restrictivos de su existencia. Si bien comparte muchos de los aspectos de sus compañeros del reino animal, el ser humano es el único constructor de cultura de forma integral. Otros autores contemporáneos y de nuestro país, nos sitúan, desde una ontología de la socialidad humana, en una perspectiva del holograma social: otra visión holística del ser humano con la vida.

Es fácil, pues, comprender desde una perspectiva de las solidaridades vividas en términos de complementariedad más que de antagonismos. Dicen los indios americanos que lo que se le hace a la madre tierra es lo que se le hace al hombre y podemos añadir sin miedo a equivocarnos que lo que se hace a otro ser humano es lo que nos hacemos a nosotros mismos.

Uno de los grandes valores de nuestra civilización occidental es la conciencia de la necesidad de los derechos humanos que respetan a los individuos y colectivos. A pesar del análisis de la crisis de Occidente o incluso de la derrota del pensamiento racionalista, de la carrera al consumismo, subyacen adormilados unos valores que conviene rescatar de su letargo.

Los hermanamientos, los convenios, los pactos sociales son de gran actualidad al igual que los actos solidarios. Hoy día, «solidaridad» es sólo un término más, de cuyo uso se ha hecho abuso, y con las consiguientes actuaciones que se llenan de connotaciones negativamente percibidas por todo el mundo. Confundiendo sensibilidad solidaria con sensiblería y caridad con justicia social.

En este fin de siglo conviene recordar que todo término tiene un sentido cultural, que su simbología o sentido social es el resultado de unos momentos sociales y de una específica y momentánea visión del mundo. Hoy, una nueva generación de pensadores reconoce la fuerza de unos nuevos paradigmas que empujan hacia un nuevo modelo paradigmático. Un verdadero cambio colectivo de paradigma se impone y acoge una nueva cosmovisión.

3. Una solidaridad holística y la educación para la solidaridad, verdaderos tesoros

Una nueva manera de educar en la solidaridad es una nueva manera de ver el mundo: una nueva observación para una nueva realidad. Se trata, pues, de educar en valores, una educación de la ciudadanía mundial. Pensar globalmente es la gran asignatura pendiente de la Humanidad: educación, cooperación y solidaridad representan una trilogía fundamental para vivir en común: la cultura es el arte de vivir juntos. La Unesco, preocupada por la educación en un mundo en mutación, refleja su interés por una nueva enseñanza. El informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, titulado «Nuestra diversidad creativa» y prologado por el entonces presidente Pérez de Cuéllar, subrayaba que en las iniciativas de desarrollo habían fracasado porque en muchas de ellas se había subestimado el factor humano.

Hoy día pocas personas mantienen la tradicional relación de caridad hacia los desfavorecidos si no se hace necesario de forma explícita, aunque a veces sin determinarlo con claridad, es necesaria una redefinición de solidaridad. Vivimos en una «confusión de los valores» que procede reordenar. Estamos hablando de un ‘reexamen’ a la luz de la visión holística y compleja del fenómeno humano que surge y se nutre de un paradigma social. Por primera vez en la historia de nuestra civilización nos encontramos con un desplazamiento de las motivaciones para el cambio: los individuos requieren actuaciones concretas para permitir incrementar la justicia social. No se trata de plantear una teoría general sino de proporcionar actuaciones reales que aseguren verdaderas acciones humanitarias en el desorden internacional.

Si bien es cierto que la Unesco propone educar para la paz, conviene tener en cuenta que la educación para la comprensión de los desafíos internacionales obliga al compromiso interno que conduce al éxito de la idea de la solidaridad. Convertirse en un patriota de la comunidad planetaria, cambiar el pensamiento de la acción y convencerse de la necesidad de la profesionalización de la ayuda humanitaria son las premisas que nos conducen al éxito de toda acción solidaria.

Para lograr tal mundo solidario consideramos que hay que pasar obligatoriamente por el conocimiento antropológico profundo y holístico de las culturas que se pretenden beneficiar. El «etnodesarrollo» al que hacía alusión al principio del texto marca las pautas a seguir para asegurar el éxito de cualquier acción humanitaria. La propuesta de cualquier proyecto de etnodesarrollo tiene que surgir desde la demanda y las necesidades reales de los pueblos, desde el conocimiento profundo de las culturas implicadas, para y con los nativos y con la garantía de una retirada estratégica del grupo occidental impulsor de la ayuda.

Al igual que la enseñanza informa, forma y libera por el conocimiento, los proyectos de desarrollo deben sustentarse por el conocimiento holístico del problema, formar a los beneficiados y liberarlos de la tutela colonizadora, aunque sea virtual

Me dejaré guiar por la mano de Vicente Ferrer, cuya sabiduría y experiencia de 40 años de servicio a los más desfavorecidos de la India avalan esta máxima que florece en sus labios para todo aquél que quiera oírla: «La pobreza no está para que la estudiemos, sino para que la resolvamos».

Referencias

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