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Revista Comunicar 15: Medios de comunicación y educación para la solidaridad (Vol. 8 - 2000)

Hermeneutas todos: el cuadrado de la explicación-comprensión

https://doi.org/10.3916/C15-2000-20

Héctor Borrat-Mattos

Abstract

Retomando la distinción entre hermeneutas silvestres y cultivados, se aborda en este trabajo el espacio metodológico enmarcado por las disyuntivas explicación-comprensión y micro-macro. Dentro de este cuadrado aparecen las figuras del autor positivista y del hermeneuta. Se acaba argumentando, por un lado que, en definitiva, la posición de hermeneuta es ineludible y, por el otro, que la confrontación reflexiva, crítica y responsable sobre las interpretaciones realizadas por los autores de textos mediáticos es una vía eficaz para hacer avanzar la Educación en Medios de Comunicación.

Keywords

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1. El cuadrado «individuar/globalizar/explicar/ comprender»

El autor dispone y organiza lo ya cosechado en el círculo en función de los nuevos itinerarios que le ofrece un cuadrado dividido por una horizontal en dos zonas, la del individuar en la mitad inferior y la del globalizar en la mitad superior, y por una vertical en dos columnas, la del explicar causalmente en la izquierda y la del comprender en función de los significados en la derecha. Las dos columnas se entrecruzan con las dos zonas:

• La explicación causal se concentra en los comportamientos perceptibles de los actores cuando es individuar, y en el sistema y sus estructuras cuando es globalizar.

• La comprensión por significados se concentra en las atribuciones subjetivas de significados que hace cada actor en individuar y en el sistema de significados colectivos intersubjetivamente construido como cultura, lengua, religión en globalizar.

Si el autor es tan sólo un investigador silvestre divagará sin rumbo por este cuadrado, prefiriendo eso sí las zonas inferiores porque los saberes profesionales le dicen que cuanto más personalizado sea su relato o comentario, más «interés humano» y por tanto más lectores tendrá. Pero si es un investigador cultivado tendrá que resolver una cuestión crucial: ¿le alcanzará con recorrer una de las dos zonas, individuar o globalizar, o de las dos columnas, explicar y comprender, o tendrá que moverse necesariamente por estos cuatro componentes del cuadrado?

Según el itinerario que siga, podremos perfilar al autor en función de dos tipos antagónicos:

• El positivista, silvestre o cultivado, se concentra en la columna del explicar: pretende investigar sobre la única base de los datos empíricos, verificables, controlables. «Ver para creer» exige sin más el silvestre. Limitarse a lo empíricamente dado, evitar toda especulación, reclama el ilustrado, desechando por subjetiva y «no científica» a la columna del comprender.

• El hermeneuta –silvestre o ilustrado– destaca siempre la columna del comprender, en la que encuentra la clave interpretativa de todos los datos empíricos que acopie en la columna del explicar. Para ello, tiene que «ponerse en la piel» de los actores que investiga, imaginándose qué significados atribuye cada uno a la interacción: a sus acciones e intenciones y a las acciones e intenciones de los otros. No le alcanza lo empíricamente percibido, verificado y controlado: a partir del «ver», de la percepción y descripción de la realidad sensible, tiene que inferir, imaginar y sospechar aquello que, por ocurrir en la subjetividad de los otros, nunca conocerá directamente ni podrá por tanto verificar y controlar.

En el caso de las columnas, pues, la pregunta se radicaliza: explicar y comprender, ¿marcan una alternativa rígida, de modo que optar por una es excluir a la otra, o acaso se complementan entre sí? Puesto que la explicación causal exige una acumulación y procesamiento de datos que la comprensión por significados podría sustituir por un atractivo, incontrolable ejercicio de la imaginación y la sospecha ¿autores y lectores se inclinarán por el (aparentemente mucho más fácil) comprender a expensas del (duro, riguroso) explicar? Buena parte de columnistas y tertulianos de España inducen a pensar que esta, la más cómoda, es la postura dominante.

Contra esa posición, tenemos que reafirmar aquella necesaria y fortísima conexión existente entre la comprensión por los significados y la explicación causal de lo empíricamente observado. Max Weber le otorga tanta importancia que no vacila en incluirla en su propia definición de la Sociología como una ciencia que interpretativamente quiere comprender la acción social y causalmente quiere explicarla en su curso y en sus efectos. Otros, en cambio, pretenden contraponer comprensión y explicación, sobre todo aquellos positivistas que, defendiendo a la explicación, le niegan validez científica a la comprensión, pero este simplismo cientificista está felizmente en crisis.

El itinerario cuadricular nos recuerda asimismo que el autor no ha de limitarse a recorrer las zonas bajas de las dos columnas: comportamientos perceptibles e interacciones también han de ser explicadas y comprendidos en función de las dos zonas altas: las estructuras y el sistema de significados colectivos. Y de aquí emergen interrogantes ya clásicos de muy difícil respuesta:

• Las estructuras del sistema, ¿influyen irreversiblemente sobre los actores y sus acciones o pueden, por lo menos en parte, ser transformadas por ellos?

• El sistema de significados colectivos, ¿es necesariamente determinante de los significados individualmente asignados por cada actor? En caso de que los significados individuales entren en contradicción con los significados colectivos, ¿cómo se resuelve esta contradicción?

Todos somos hermeneutas, repito una vez más. Sin embargo, en función del texto que publica o emite, y de la manera de percibirse a sí mismo que inferimos de él, podemos perfilar al autor como positivista o como hermeneuta. Aunque no se identifique él mismo bajo una u otra denominación, nos conviene mantenerlas por la carga conceptual que tienen al entroncarlas con las respectivas corrientes de la teoría social. Según ignore o conozca esta corriente, podemos distinguir en cada tipo dos subtipos: el silvestre y el cultivado.

Cada tipo aparece entronizado como modelo –bajo otros nombres– por sistemas de saberes profesionales también diferenciados. El positivista –«profesional», «objetivo», «responsable »–, por el todavía dominante periodismo clásico norteamericano y sus seguidores; el hermeneuta «creativo», por corrientes críticas como, entre otras, el así llamado «nuevo periodismo» que tuvo su auge en los 60.

• El modelo positivista canoniza el apego a lo empírico: «los hechos son sagrados, las opiniones son libres», por tanto hay que «contar sólo lo que ve»; sus valores supremos son la «objetividad», la «precisión»; su foco recae sobre los comportamientos y las declaraciones de los actores y sobre la explicación causal a partir de «datos» empíricos verificables.

• El modelo hermeneuta invita a contar lo que se ve, pero también lo que se imagina o se sospecha; combina el rigor con la creatividad, las observaciones con las inferencias; pone el foco en las interacciones y, por lo tanto, no sólo en los comportamientos sino también en las intenciones, los objetivos, los significados que los actores se atribuyen a sí mismos y atribuyen a los otros; reclama no sólo explicar sino también comprender (al modo de Dilthey y de Max Weber), «poniéndose en la piel de los actores», haciendo comparaciones e inferencias. Sólo así puede el periodista relatar o comentar las interacciones noticiables: interpretándolas.

Alcanza con analizarnos introspectivamente, o con comparar ambos modelos y –más a fondo– las corrientes teóricas correspondientes para darnos cuenta una vez más de que, en realidad, todos los actores sociales somos hermeneutas en todas y cada una de las interacciones que vivimos o conocemos, desde las más rutinarias a las más sorprendentes. También lo son los positivistas, aunque pretendan lo contrario. Dicho de otro modo: Todo actor social –y por tanto, todo autor– es un hermeneuta, silvestre o cultivado, de sí mismo y de los otros; de lo que hacen o no hacen, lo que dicen o no dicen. Silvestres o cultivados, todos somos hermeneutas.

Ahora bien. Esta necesidad de la hermenéutica, ¿está generando acaso, en quienes la reconocen, una manera nueva de hacer periodismo? Desde hace tres décadas, el «nuevo periodismo» la reivindica como conquista suya. Rompe con la «objetividad» del modelo positivista para entronizar en su lugar a la literatura o, más precisamente, a una combinación de las técnicas del periodismo con las de la literatura. Todos los supuestos relatos objetivos de la realidad –afirma– son en gran parte subjetivos. Si se acepta este enfoque, los positivistas también son subjetivos, pero a pesar suyo, sin darse cuenta, sin saberlo y por tanto sin reconocerlo; al mismo tiempo ni ellos ni los propios «nuevos periodistas» se agotan en la pura subjetividad: el positivista acumula datos verificables, el «nuevo periodista» también pero –a diferencia del positivista– los potencia al combinar periodismo y literatura.

Pero en la perspectiva del todavía llamado «nuevo periodismo » es como si el periodismo dotase de datos objetivos a la literatura y ésta les confiriera tensión narrativa, estilo y sentido. Periodismo y literatura se controlarían mutuamente. La liberación de los cánones desembocaría entonces en la implantación de una disciplina –o, si se prefiere, transdisciplinar– nueva. Según Tom Wolfe, de lo que se trata es de dar toda la descripción objetiva añadiéndole algo que los lectores hasta ahora siempre han tenido que buscar en las novelas o los cuentos: la vida subjetiva de los personajes. Habría, gracias a esto, pero también a otros valiosos recursos movilizados por la literatura, un plus interpretativo, un plus de sentido.

Mediante la combinación de periodismo y literatura, ésta introduciría un componente de ficción en aquél; es decir, la categoría más contradictoria con el canon supremo de la «objetividad» positivista. El «nuevo periodismo » traería así, según Hunter Thompson, «un estilo de informar que se basa en la idea de William Faulkner de que la mejor ficción es mucho más verdadera que cualquier tipo de periodismo –algo que el mejor periodismo siempre ha sabido–. Lo cual no quiere decir que la ficción sea necesariamente ‘más verdadera’ que el periodismo –o viceversa– sino que ambos, ‘ficción’ y ‘periodismo’ son categorías artificiales y, que ambas formas, en su mejor nivel, son solo dos medios diferentes para llegar al mismo fin».

La ficción literaria convocó a los «nuevos periodistas» y a muchos otros antes que ellos hicieran eclosión en los sesenta; y seguirá convocando a otros profesionales de los medios porque muchos encuentran en ella, cuando está bien articulada con los datos empíricamente observables y verificables, esa imaginación hermenéutica sin la cual ninguna acción humana sería comprendida. En estos casos, no estaríamos ante «textos de ficción» o «literatura de ficción» sino ante textos periodísticos de cualquier tipo y género que incluirían zonas o dimensiones de ficción en tanto que exploraciones imaginadas, no verificables, de la subjetividad de los actores.

2. La doble hermenéutica

Pero la hermenéutica de los autores de relatos periodísticos, ¿ha de pasar necesariamente por la literatura? Si aceptamos acríticamente las proposiciones del «nuevo periodismo », la respuesta es sí, sin duda. Si recordamos la cita de Faulkner, éste sí resuena aún más fuerte. Pero si buscamos respuesta en otro campo, el de la teoría social, Anthony Giddens, Martin Hollis y tantos otros ya nos han sugerido otros caminos con sus referencias a una doble hermenéutica.

La sociología –nos dice Giddens (1976)– se ocupa de un universo que ya está constituido dentro de marcos de significado por los actores sociales mismos, y los reinterpreta, dentro de sus propios esquemas teóricos. Las relaciones sujeto-sujeto con un mundo pre-interpretado indican que los significados desarrollados por los sujetos activos entran en la producción real de ese mundo. La comprensión de la conducta humana –afirma Giddens– es un objeto compartido por la sociología y por las Artes, entre las cuales reaparece, pues, la Literatura.

La Sociología y –añado– las otras Ciencias Sociales abren, así, múltiples vías al hermeneuta cultivado. Las Artes también. La Literatura deja de ser «el» camino para convertirse en uno de los caminos posibles, entre las artes, para comprender a los actores de la interacción noticiable. Los periodistas (de manera similar a los historiadores) podrían ser objeto entonces de una segunda tipificación según orienten hacia las Ciencias Sociales o hacia la Literatura sus maneras de comprender a los actores y de realizar sus trabajos. Encontraríamos así dos tipos primordiales de autores: el periodista-científico social y el periodista-artista.

La interpretación de las interacciones noticiables, la construcción de los temas y los textos correspondientes, la configuración de los temarios serán muy diferentes según cuál de estos dos tipos predomine. La imaginación sociológica (o psicológica o económica o sociolingüística...) descubre horizontes que la imaginación artística (literaria, o plástica, o musical...) ignora. El periodista-científico social será capaz de realizar su faena en referencia constante no sólo a ciertas ideas o a una ideología sino a la teoría que las encuadra y que encauza también sus opciones metodológicas. El periodista-artista buscará «la» idea o la imagen brillante, dando la espalda a la teoría y los métodos para lanzarse a la realización de ejercicios de estilo, de audacias expresivas. El periodista- científico social hará preguntas a la realidad que el lector común nunca plantearía, y actuando así agiganta las posibilidades creativas de su profesión. El periodista-artista repite muchas veces las preguntas del lector común pero dotándolas de brillos verbales o icónicos que el lector común no puede desplegar. El periodista-científico social puede asumir perfectamente cualquier rol profesional. El periodista-artista, en cambio, tiene un espacio restringido a determinados géneros: chirriaría como redactor de noticias o de editoriales, pero brilla en reportajes, columnas y artículos.

La Educación en Medios puede extraer múltiples aplicaciones de la concepción de la doble hermenéutica. Interpretamos interacciones de actores sociales que a su vez ya han interpretado, cada uno a su manera, esas interacciones. Los interpretamos y somos interpretados por ellos mismos. Ahora bien: ¿qué hace cada hermeneuta –lector, autor– con las interpretaciones de aquellos que están interpretando?

Giddens (1976) destaca la importancia del «lenguaje común » en la constitución de la interacción como medio de la descripción (caracterización) de los actos y como medio de comunicación entre los actores. Y presenta al comprender como mucho más que un método especial para acceder al mundo social propio de los científicos sociales: como nada menos que la condición ontológica de la sociedad humana tal como ella es producida y reproducida por sus miembros. Así entendida, la necesidad de comprender no se limita a autores y lectores de textos mediáticos, implica a todos los actores sociales en toda interacción.

El autor periodista que desempeña el rol de informador no es, pues, el primer intérprete de la interacción noticiable que será relato informativo. La cadena de la noticia que empieza por esa interacción y termina en cada lector (Schulz, 1995) recorre en realidad cinco instancias interpretativas a lo largo de las cuales van cambiando los hermeneutas:

• La primera instancia interpretativa la configuran los actores participantes en la interacción noticiable. El actor Alfa asigna significados a su propio comportamiento intencional y al del actor Beta con el que está en interacción. El actor Beta hace otro tanto respecto de sí mismo y de Alfa. Cada uno interpreta las interpretaciones del otro, y a la inversa. Tratándose de una interacción de conflicto, estalla ya aquí una contradicción entre ambas interpretaciones, un conflicto entre hermeneutas.

• La segunda instancia interpretativa corresponde a las fuentes que informan sobre esa interacción. Como cada actor y cada fuente disponen de su propio repertorio de datos y de significados y cada uno puede asignar libremente los significados a su manera, se multiplican en estas dos primeras instancias las posibilidades de que las interpretaciones sean diferentes e incluso contradictorias: diferencias y contradicciones entre actores, entre fuentes, entre actores y fuentes.

• La tercera instancia interpretativa es abierta por los autores de los relatos informativos referidos a esa interacción noticiable. Para ello, cada informador tiene que conocer como mínimo las interpretaciones hechas en la segunda instancia por las fuentes; en ocasiones, conoce también interpretaciones hechas en la primera por los actores de la interacción noticiable, sea porque llega a comunicarse directamente con ellos, sea porque las interpretaciones de ellos han sido recogidas y reproducidas por las fuentes. El autor puede hacer suya a cualquiera de estas interpretaciones de las instancias previas o bien proponer una, nueva, producida por él mismo, siempre que ella sea idéntica o similar a la que proponen los otros autores de los restantes relatos informativos. Cuando se trata de «informar» mediante varios relatos –recordemos–, el medio les exige una línea interpretativa común, como señal de «equilibrio en la información ».

• La cuarta instancia interpretativa es abierta por el o los autores de los textos argumentativos que analizan y opinan sobre la interacción noticiable relatada. Cada texto argumentativo puede acoger alguna de las interpretaciones dadas en las instancias precedentes o bien dar una interpretación nueva. Cuando hay más de un autor y texto argumentativo, puede que las interpretaciones difieran o incluso se opongan. Cuando se trata de «opinar» mediante varios comentarios –recordemos una vez más–, el medio les permite e incluso les estimula la diferencia y la oposición en las interpretaciones, como señal de «pluralismo en la opinión».

• La quinta instancia interpretativa es la nuestra, la de nosotros, los lectores. Cada lector decide libremente cómo interpreta la interacción que le ha sido interpretada por las instancias precedentes, optando por una de ellas o proponiendo una nueva, la suya. Si entramos nosotros mismos en una interacción de conflicto, si confrontamos nuestras interpretaciones y lo hacemos de manera reflexiva, crítica, responsable, haremos nuevos avances en nuestra siempre abierta Educación en Medios.

Glosando a la ya evocada concepción que Max Weber propone de la sociología, afirmo que la mejor comunicación periodística posible es aquélla que interpretativamente busca comprender la interacción social y causalmente la explica en su curso y en sus efectos. Por eso, encuentro al mejor tipo de autor y de lector en aquél que es un hermeneuta cultivado en Ciencias Sociales y, también, en las Artes, es decir, capaz de ejercitar con pareja destreza la imaginación sociológica y la imaginación estética, igualmente dotado para la precisión del investigador y la expresividad del artista.

Referencias

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