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Revista Comunicar 16: Educación y comunicación para la cooperación y el desarrollo (Vol. 8 - 2001)

Los medios de comunicación ayudan a la gestación de una cultura inter-étnica

https://doi.org/10.3916/C16-2001-07

Enrique Martínez-Salanova-Sánchez

Abstract

Los medios de comunicación de masas, al mismo tiempo que son vehículo de colonización y de transmisión cultural, permiten a los ciudadanos, a los grupos étnicos más reducidos o de menos poder social y cultural, acceder a la información de la misma forma que los más capaces económicamente. Al mestizaje biológico, indiscutible como elemento de crecimiento en la historia de la especie humana y de sus variedades étnicas, se une el mestizaje cultural, necesario para la supervivencia de la especie humana. El cine, la fotografía, el mundo de la imagen y de los medios de comunicación ayudan a establecer las pautas de conducta para que las sociedades se solidaricen. El resto es responsabilidad de cada sociedad, de sus familias y de su sistema educativo.

Keywords

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1. La realidad y cómo se ve

Los medios de comunicación confirman, acrecientan y esparcen por las redes de transmisión mediática una nueva filosofía global que del mundo y de su historia ha creado la Humanidad y que se ha hecho palpable en la segunda mitad del siglo XX. La visión que se tiene del mundo es la que proporcionan los medios de comunicación de masas. Por el periódico, la televisión, Internet... nos hacemos con las claves de nuestro comportamiento, ajustamos nuestras conductas a la colectividad, homogeneizamos nuestras pautas culturales y nuestras actitudes y nos ajustamos a la moda, a las formas de vida y de pensamiento de nuestros conciudadanos. Nuestra cultura es siempre heterogénea, mestiza, apropiada de otros, colonizada y colonizadora. El poder está en los poderosos de la economía, o del pensamiento que prevalece, o de los medios de comunicación, o de todos juntos. Los medios de comunicación, y tras ellos los grandes «hermanos» del poder, homogeneizan nuestra heterogeneidad, igualando el pensamiento y la ética, logrando que todos comamos la misma comida basura, que vistamos las mismas marcas y los mismos estilos, que nos sensibilicemos con las mismas ideas, que nos levantemos en armas por los mismos principios, pues proporcionan las mismas noticias y el mismo, o parecido, punto de vista, mediatizan la información, parcializan los criterios, y nos mueven a la búsqueda de una felicidad fantástica en un mundo de ensueño. La finalidad es el consumo indiscriminado que preconiza la industria por medio de la publicidad.

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, los turcos trasladaron forzosamente de lugar a millón y medio de armenios. Dos millones era el total. El viaje fue un infierno, lleno de violencia, tortura y asesinatos. Sobrevivieron pocos, menos de la cuarta parte. Los armenios no lo pueden olvidar, guardando en su corazón tan sangriento desatino. No olvidan los hechos y hacen imposible una reconciliación, más aun habiendo todavía sobrevivientes y descendientes directos. El mundo occidental no se enteró, a pesar de que en esos tiempos el periódico era de vital importancia en las comunicaciones, y los reporteros de los grandes periódicos enviaron la información a sus redacciones y éstas lo publicaron. A pesar de la importancia del acontecimiento, el mundo occidental no llegó a vivirlo. No se consideró relevante incluir el hecho en la historia de los genocidios del siglo XX. La guerra civil norteamericana, muy anterior a la masacre de armenios, se ha conservado sin embargo, en la memoria histórica de los occidentales, gracias a los medios de comunicación, la fotografía, la prensa escrita y el cine. Los que dominaban el poder mediático lo querían así. De los armenios no se acuerda nadie más que sus descendientes, y aun así se les reprocha su excesiva memoria histórica y su insolidaridad, por no aceptar su destino perdonando a los genocidas de su pueblo, de sus padres, hijos y amigos.

Cierto es que en aquellos años no contaba la Humanidad con los medios que ahora se poseen, el cine se podía considerar en sus balbuceos y la televisión era inexistente. Los dueños del poder de entonces no lo estimaron conveniente, por lo que no se dio más énfasis a la noticia. Pasó a la historia de los armenios. El relato está escrito en las enciclopedias como un dato más, irrelevante al parecer. Treinta años más tarde, el genocidio nazi era conocido por el mundo occidental con pelos y señales, filmado por los mejores cineastas de la época y llevado a todas las pantallas, periódicos, textos, creando géneros específicos de novela, cine... Hoy día un genocidio no puede pasar desapercibido aunque los dueños de la información lo quieran. Siempre hay alguien al otro lado de la línea, con un teléfono, un cable, una red telemática, un móvil, que emite la información. Incluso, gracias a la televisión, podemos disfrutar o despotricar de quienes lo emiten, mientras comemos, en vivo y en directo.

Sanjinés, director de cine boliviano, filmó reconstruidas varias matanzas de civiles ordenadas por el dictador, creo que el General Torres. Lo hizo para la película El coraje del pueblo (1972), revivió las masacres, ayudándose de los mismos pobladores protagonistas, de sus familiares y descendientes, sobrevivientes a las mismas. Cientos de civiles inocentes, también mujeres y niños, murieron cazados por las trampas del ejército; reconstruidas por el cine. Han sido legadas a la posteridad en una obra de arte, canción reflexiva dedicada a glosar las aberraciones de una política de terror con el fin de enviar a sus conciudadanos, y al mundo un mensaje de lucha. Con el fin de que, a ser posible, no se repita. A pesar de ser un cine el de Sanjinés muy interesante por su calidad y sobre todo por su importancia etnográfica, es difícil localizarlo; en televisión raramente se programa y es imposible gozarlo en salas comerciales. Habiendo medios, el poder no lo expone a la luz. Algo parecido había hecho muchos años atrás Eisenstein en la Rusia de Stalin para recordar al mundo, en su genial película Octubre, los hechos sucedidos en la revolución. Stalin censuró a Eisenstein pero sus películas fueron durante muchos años el catecismo de generaciones de soviéticos.

La televisión, día a día, nos sorprende con las noticias en las que, protagonistas a su pesar, los civiles son asesinados y los derechos humanos son quebrantados a la vista de las cámaras. Hace poco tiempo vimos cómo en Afganistán, talibanes celosos de la religión asesinaban, ajusticiaban, a una mujer para escarmiento de la población. En Estados Unidos también se intenta escarmentar a los ciudadanos mediante la pena de muerte. Es vigente y normal. En muchos estados la llevan los candidatos presidenciales en sus campañas y los medios la airean, tanto para justificarla como para rechazarla. Hemos podido ver ejecuciones filmadas también en la tierra de la libertad, pues hay libertad para verlo o para no verlo. La diferencia de la pena de muerte en Estados Unidos sobre Afganistán o la China es la limpieza y el orden con que se aplica. En los países más ricos se coloca una inyección al reo, inmediatamente antes de la ejecución, con algodón y alcohol, con el fin de que no se infecte. Lo hemos visto en el cine. ¿Será cierto? Es importante la asepsia, la técnica. Sin embargo, la información en ambos casos, se emite para escarmiento de delincuentes, de opositores, de pensadores. No para reflexión de torturadores, dictadores, verdugos o gobernantes.

En el último festival de cine de San Sebastián, una excelente película producida por Elías Querejeta, La espalda del mundo, dirigida por Javier Corcuera, que ha escrito el guión a Fernando León y el mismo Querejeta, acaparó los intereses del público y de la crítica. En ella se exponen tres historias, en diferentes lugares y situaciones, coincidentes en que sus protagonistas son la espalda del mundo. Un niño, muchos niños, en la miseria de Perú; trabajadores como picapedreros, para llevar un mínimo a sus numerosas familias; una diputada kurda condenada a catorce años de cárcel por llevar en su pelo, en sesión parlamentaria, una cinta con los colores kurdos, y enviar un mensaje, en kurdo, a los legisladores pidiendo entendimiento entre turcos y kurdos; un condenado a la pena capital, mejicano, y otro afroamericano, en Estados Unidos, a la espera en el corredor de la muerte de su cita con la justicia norteamericana; uno de ellos dice a las cámaras que irá al cielo, pues el infierno ya lo ha tenido en su larga espera. Los que hacen cine no solamente cuentan relatos de ficción. En esta película, los mismos protagonistas, sin conductores ni intérpretes, sin locutores ni voces en off, expresan sus opiniones y sentimientos, cuentan su problema. Los cineastas conducen el relato con movimientos de cámara, iluminación, fundidos, planos diferentes, logrando así un estimable film que aporta un mensaje de solidaridad, una plataforma de debate, una apreciable crítica de la sociedad inhumana que permite tales situaciones. En un anexo a este artículo acompaño la ficha técnica de la película y la posibilidad de entrar por Internet en un programa de ayuda.

El cine logra así el acercamiento al espectador. Los espectadores deben hacer uso de su propia sensibilidad. Algunos se reafirman en sus posiciones, otros las actualizan o las cambian. Como afirmaba Epicteto, «a los seres humanos no les turban las cosas en sí, sino cómo las ven».

Cuando en los comienzos del tercer milenio, las sociedades civilizadas se preguntan qué hacer con la gran cantidad de extranjeros que se les vienen a las fronteras, hay que tomar decisiones. Una es la de pensar que las personas que se mueven de un país a otro, de un continente a otro no son emigrantes. El que se traslada de su propio país a otro, generalmente con el fin de trabajar en él de manera estable o temporal, es un migrante.

El término se utiliza para explicar los desplazamientos históricos que hicieron pueblos enteros, urgidos y expulsados por las políticas, las hambres y las guerras. Las grandes migraciones se han producido desde los albores de la historia, pues los seres vivos, todos ellos, han sido por necesidad, nómadas, migrantes. La especie humana, ya en sus orígenes, se movía de un lugar a otro, se hacía con las costumbres y las culturas, se intercambiaba pautas de comportamiento, se «interculturizaba», al mismo tiempo que se unía físicamente a otros pueblos, produciendo más variedad de etnias, enriqueciendo la especie con formas de vida y de pensamiento, de técnicas y de historia. La comunicación oral, gestual, sonora, pictórica, acumuló formas de riqueza cultural, haciendo posibles mayores inventos, creando culturas más amplias y flexibles. El papiro, el libro, la radio, la televisión, las redes telemáticas, agudizan y profundizan la comunicación, favorecen la transmisión cultural, hacen posible un mayor acercamiento y entendimiento entre pueblos y personas.

Hay directores de cine, no muchos, que han escrito y filmado historias de desarraigo. Todas ellas abogan por el intercambio cultural, denunciando la falta de sensibilidad, el racismo duro de los países receptores. En castellano hay cine en este sentido. Voy a citar tres películas que tienen que ver con desarraigados de etnias diferentes a la que debiera acogerles: Cartas de Alou, de Armendáriz sobre la vida del inmigrante africano en España; Flores de otro mundo, de Iciar Bollain, mujeres fuera de su país en busca de futuro; Sí, Bwana, de Imanol Uribe, sobre la desconfianza hacia el otro, más si es de color. Las tres tienen una denominación común, la del blanco que ve invadida su seguridad, su orden y su tranquilidad por extranjeros de otra etnia y el rechazo que se da en todos los casos.

Hay fotógrafos que han plasmado en nitrato de plata, o en digital, lo importante es reflejar la realidad, el hambre y la miseria de los niños, o de traslados forzosos similares. Sebastião Salgado es uno de los grandes fotógrafos del dolor y de las migraciones, de la humillación y de la injusticia. Sus imágenes representan el hambre, el sufrimiento y la desolación a través de niños de brazos amputados, mujeres de ojos tristes con su casa a cuestas, arrastrando ancianos y niños en un éxodo forzado, miradas alucinadas de hombres en campos de concentración del mundo. Un fotógrafo dedica muchos años de su vida y una vocación inmensa a recorrer el mundo denunciando atrocidades. Son verdaderos voluntarios de la lucha por los derechos humanos.

Durante el siglo XX el cine norteamericano ha filmado, documentos de ficción, en multitud de ocasiones la vida de los indígenas. Siempre se les consideró los malos de la película, ensalzando para la posteridad figuras míticas como la del asesino de indios, genocida, General Custer.

Más tarde, como antecesores del cine etnográfico, los indios se convirtieron en protagonistas heroicos, dando al cine algunas películas memorables en las que en espléndidos paisajes vivían las tribus que eran asesinadas por los blancos. Al mismo tiempo se presentaban sus costumbres y sus ritos. Años antes, fotógrafos del ejército habían dejado a sus conciudadanos imágenes de los indígenas en sus reservas o lugares de reducción. Alguna de aquellas imágenes sirvió para que eruditos, historiadores e investigadores se presentaran a ver in situ a los indígenas e iniciaran labores de estudio, de recuperación y de ayuda que permitieron crear organismos de apoyo al pueblo indígena norteamericano.

La imagen es siempre un magnífico elemento de denuncia al mismo tiempo que posee un inestimable valor didáctico.

2. El centro del mundo

Al igual que los cheyennes, mi tío César era el centro del mundo. Así lo decía él. El nombre de muchas tribus primitivas significa eso, el lugar alrededor del cual gira todo. El ombligo del mundo. En algunas tribus del Amazonas, el fin del mundo era el fin de sus fronteras conocidas. Mi tío César lo asevera con precisión socarrona al decir que si los europeos éramos lo mejor del mundo, y de Europa los españoles, y de España los de su provincia, de la provincia los de su pueblo, de su pueblo su familia y de su familia él, él era el mejor del mundo. Alain Finkielkraut afirma que la identidad cultural tiene dos bestias negras: el individualismo y el cosmopolitismo. La colonización que hemos sufrido, nos ha confinado a un estado de indigencia cultural y social, en la que esperamos que todo se nos dé hecho. Los medios de comunicación nos facilitan la tarea de ser absorbidos por la metrópoli, que es quien dicta normas, aporta pautas de comportamiento y nos encasilla en modas, adjudicándonos la ética del momento.

Los medios de comunicación y su instrumento de espionaje más cercano, la cámara de vídeo, logran sin embargo que los ciudadanos pierdan el sentido y hablen por los codos, exponiendo sus intimidades, en la mayor parte de las ocasiones, de forma inconveniente. Las cámaras logran así confesiones que pueden avergonzar, o hacer ratificar en el futuro, a sus emisores. Es común ver en televisión a personas, que sabiéndose filmadas, se acrecientan ante la cámara, insultando, agrediendo, saliendo de las casillas, exponiendo a los miles de telespectadores sus instintos más bajos, sus gestos más obscenos, provocando iras y agresiones. Las posturas racistas y nacionalistas se desenmascaran ante una cámara de televisión. En ella vemos con mayor frecuencia de lo deseable cómo se vierten opiniones y gestos racistas en los barrios, en la calle, piquetes de personas, dignas personas, que al grito de «no somos racistas», enseñan una pancarta que dice «moros fuera». La televisión ilustra sobre estos sucesos.

Hace unos años impartía yo unas clases en un curso de Antropología en El Ejido. Uno de los ejercicios era la confección de un cuestionario sobre opiniones y actitudes de los jóvenes de la zona. La primera pregunta iba dirigida a los jóvenes, se hicieron cerca de doscientas encuestas, era: ¿qué es lo que más te molesta de El Ejido? Se esperaba que comentaran que el clima, los baches de las calles, la escasez de alumbrado... No, casi el cien por cien de los encuestados contestó que los moros. Unas cuantas líneas más abajo, cuando se preguntaba que si eran racistas, el cien por cien contestaba que no. ¿Cómo se come eso? Sin embargo, estas poblaciones que contestan a encuestas y se comportan de acuerdo a sus contestaciones no aceptan que en la realidad son racistas. «Racistas son los otros», dice Calvo Bueza. Muchos vecinos de la zona de El Ejido se molestan por lo que la televisión dice de ellos, se sienten insultados por las opiniones que se vierten sobre su entorno en los medios de comunicación. No es tanto el problema, sino el que se sepa por televisión lo que parece que molesta. Como decía la cita de Epicteto, citada ya más arriba, «a los seres humanos no les turban las cosas en sí, sino cómo las ven». Esto lo dijo el filósofo sin conocer la tele. Más tarde llega la justificación y la casi segura excusa. «Lo único que nos interesa es el orden... no somos racistas pero a una vecina mía le pasó... cuando se juntan todos (los negros), dan miedo... Están mejor en su casa, es por su bien... nocon otras intenciones. Los medios crean igualmente expectativas entre la población migrante. Una simple noticia de escasez de mano de obra o el rumor de que se están concediendo permisos de trabajo, hace que cientos de trabajadores no españoles, se muevan a otros lugares, sin dinero, sin alojamiento, llenos de una vana esperanza.

3. ¿Un mundo en colores?

Se llena la boca de hablar de raza, cuando es otro concepto el que se pone en cuestión, confundido desde hace siglos por la obsesión del coloreo: negros, blancos, amarillos, aceitunados, cobrizos. De aquella clasificación clásica, estudiada todavía en los años sesenta, quedan los caucasoides (por qué no decir blancoides), negroides... En otros escritos he tratado ampliamente el mestizaje de la cultura y los elementos biogenéticos, salvo los que predican la raza pura (incluidos el Rh positivo o negativo, etc.). Reivindico para mí, y agradezco a mis antecesores, haberme proporcionado la inestimable condición de ser «mestizo».

Ya una película del año 1915, Birth of a Nation (El nacimiento de una nación), de D.W. Griffith, nació bajo el signo de la controversia por la actitud benévola del director hacia el Ku Klux Klan. Es un mundo de blancos y negros. El cine norteamericano dividió en cientos de películas el mundo en blancos y pieles rojas, entre blancos y amarillos... Más tarde, películas interesantes nos contaron la vida de los indígenas, entrando en sus costumbres desde su punto de vista. En Little big man (Pequeño gran hombre), en 1970, Arthur Penn desmitifica tanto la bondad de los blancos como la de los cheyennes; Jeremiah Johnson (1972) de Sydney Pollack y Dances with wolves (Bailando con lobos) dirigida por Kevin Costner en 1990 son una muestra de la dureza de la vida para los territorios indígenas y del comportamiento genocida del ejército norteamericano.

Lo afirmaba Frantz Fanon, en Los condenados de la tierra: «La debilidad clásica, casi congénita de la conciencia nacional de los países subdesarrollados, no es únicamente la consecuencia de la mutilación del hombre colonizado por el régimen colonial. También es el resultado de la pereza de la burguesía nacional, de su indigencia, de la formación profundamente cosmopolita de su espíritu».

Los que evocan el sentido nacionalista de su pueblo, ¿a partir de qué hito, hecho, persona o pareja comienzan la cuenta de su pretendida pureza étnica o cultural? Debemos sentirnos orgullosos de nuestro mestizaje cultural y biológico. Los que nos han antecedido, por las mismas razones que en otros territorios, han sido individuos mezclados, no puros. Nuestros celtíberos son mestizos hasta en el nombre. Sin embargo, vivimos en la paradoja de que unos años habitando, o una sola generación, en un lugar determinado, convierte a muchas personas al etnocentrismo. Sentirnos ombligo del mundo está en nuestra propia cultura. Nos emerge el nacionalismo y nos defendemos de las agresiones de los medios cuando oímos en la televisión o leemos en el periódico que en nuestro pueblo hay racistas. Nos preocupamos de desmentirlo inmediatamente sin preocuparnos de si es cierto, o de por qué lo dicen, o de si nosotros no habremos actuado mal. Justificamos nuestra conducta, la exponemos con palabras y gestos violentos mientras denunciamos la infiltración de tanto extranjero y les conminamos a que se comporten de manera diferente a como son. En caso contrario les decimos que deben cumplir nuestras leyes sin derecho a saberlas, nuestras costumbres sin derecho a socializarse y nuestra historia sin derecho a educarse. Los llevamos entonces a una reducción, reserva o ghetto (en El Ejido se les dieron casas prefabricadas lejos de escuelas, supermercados o mezquitas, en grupos de ocho, muy separados para no crear grupos numerosos). De ahí a hacerles andar por la otra acera, o que vayan en el autobús en la parte de atrás, o de que se les coloque tras la alambrada en un estadio, hay una diferencia de grado o de procedimiento. Nos duelen las imágenes que vemos en el cine del apartheid sudafricano o lo que sucede en Estados Unidos. En nuestro país usamos los mismos argumentos para no salir a la calle a ciertas horas, no pasar por el centro de un grupo de africanos o negar el alquiler a un marroquí. Podemos aprender en el cine lo que es racismo.

4. El mundo al revés. Lo de afuera, los otros

«Todo lo que es extranjero, todo lo que se ha introducido sin razón profunda en la vida de un pueblo, se convierte para él en causa de enfermedad y debe ser extirpado si quiere seguir sano», decían ya los románticos; de la misma manera, la identidad cultural sustituye la arrogancia colonial debida al miedo a la mezcla, por la obsesión de la pureza y la manía de la contaminación.

anexo

Hace años, impartiendo una asignatura de antropología en la universidad, coloqué en el aula, antes de la entrada de los alumnos, un mapa del mundo colgado «al revés», es decir, con Europa hacia abajo. Ningún alumno dejó de advertírmelo mientras entraba. Alumnos no excesivamente locuaces en la clase, al entrar no dejaron de reconvenir al profesor por su «despiste ». Cuando comenzó la clase, todos señalaban con el dedo, nerviosos, desconcertados pues el profesor no acababa de darse cuenta. La imagen que tenemos en el consciente/subconsciente colectivo es el mapa «como Dios manda », al derecho. Haciendo una crítica del derecho y del revés, del norte o del sur, de por qué se han puesto a los países poderosos hacia arriba... Aquel día di una clase de historia del poder, de geopolítica de la colonización, de imagen del dominio de los pueblos. La verdad es que no hace falta poner el mapa al revés. Haga un mapa del SIDA, de la guerra, de las colonias, incluso de los volcanes, etc y verá, en caso de que elija el color rojo, cómo se le sacan los colores al planeta. Pinten de azul dónde está la paz, y la tranquilidad, y la riqueza... Siempre en el norte, vestido de azul, como la muñeca.

El norte ha despreciado siempre al sur, respaldado por la universalidad de su civilización. El hombre civilizado desprecia a los pueblos diferentes a su cultura, haciéndose «particular ». En las actuales civilizaciones, nos convertimos en nacionalistas cuando acusamos de corrupción exterior: el extranjero es desdeñado, rechazado, marginado porque es otro, no porque esté atrasado. Seguimos actuando con el racismo de las diferencias, el del coloreo, miramos a «los otros» por el color, desde afuera, cuando no lo aceptamos como de cultura e idiosincrasia diferente.

5. Un mundo entremezclado. Mestizaje físico, mestizaje cultural

Ningún cruce entre grupos humanos originó jamás esterilidad. Más aún, aparte de lo biológico el cruce de culturas genera cultura interétnica, riqueza de patrones y comportamientos. Cierto es que siempre una cultura domina a la otra cuando hay mezcla de culturas. Cuando los medios de comunicación invaden nuestros dominios, cuando la colonización se hace con las armas mediáticas, el problema se traslada a la familia, a la educación.

El fenómeno del mestizaje es un hecho de la mayor importancia que ha permitido los cruzamientos entre poblaciones que ha caracterizado la existencia del hombre desde sus primeros días y ha producido los tipos que, cuando pensamos en términos étnicos, calificamos como mezcla de razas. La unión entre personas encontrará su camino por muchas dificultades que se pongan, leyes que se emitan o barreras sociales que se establezcan.

«Las masas se sumen en la indiferencia extasiada, en la pornografía de la información; se sitúan a sí mismas en el corazón del sistema, en el punto inerte y ciego desde donde lo neutralizan y anulan: la masa aprovecha la información para desaparecer, la información aprovecha la masa para sepultarse en ella; maravillosa astucia de nuestra historia donde los sociólogos, políticos y masmediáticos solo ven fuego» (Baudrillard, 1988).

El intercambio cultural es todavía más veloz, cuando entramos en el siglo XXI. Las redes telemáticas, la digitalización como estructura técnica, el deseo de los grupos humanos de moverse, la facilidad para la información, la necesidad provocada por los desniveles económicos entre norte y sur, las grandes hambrunas de los países pobres, logran un movimiento migratorio en personas e ideas nunca visto hasta ahora.

El mestizaje cultural es un hecho cada vez más extendido. Hora es de tomarlo en serio en la sociedad occidental.

«Mientras discutimos cuándo hay que empezar, ya es demasiado tarde para empezar» (Quintiliano).

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