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Revista Comunicar 17: La comunicación de hoy: crisol de nuevos lenguajes (Vol. 9 - 2001)

Información, ficción y pedagogía en el fútbol televisado

https://doi.org/10.3916/C17-2001-08

Agustín García-Matilla

Abstract

El autor de este artículo nos sugiere que aprovechemos el enorme potencial motivador que tiene el fútbol entre los más jóvenes para convertirlo en un recurso más en el ámbito educativo. En su trabajo nos ejemplifica las posibilidades formadoras de este espectáculo, al tiempo que reflexiona sobre su aplicación en el aula.

This paper tries to persuade us that, since football is so stimulating among children and youngsters, it should be a perfect didactic tool. He considers football as a splendid resource in school illustrating his idea with a lot of examples.

Keywords

Espectáculo, televisión, fútbol, educación mediática, recursos de aula

Show, television, football, media education, didactic resources

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¿Pueden ser aprovechadas las imágenes de televisión sobre fútbol como recursos de enganche que contribuyan a formar individuos más conscientes y críticos con la realidad?

Las retransmisiones de partidos de fútbol son sólo la punta del iceberg de un fenómeno de comunicación mucho más «globalizado». La información, el espectáculo y una peculiar forma de didáctica, se unen en todo lo que al entorno del fútbol atañe dentro de la actual televisión española.

Los informativos diarios llegan a dedicar en la actualidad un mínimo de un tercio de su tiempo a la información deportiva -y de toda ella un 90% se relaciona con el mundo del fútbol-. Las televisiones públicas y privadas dedican espacios de larga duración a comentar las incidencias de la jornada futbolística en los días de competición o en los inmediatamente posteriores a ésta. Las competiciones europeas se siguen no sólo con la retransmisión de los partidos (en directo o en diferido) en los que participan equipos españoles, sino también con amplios resúmenes de los partidos en los que compiten equipos extranjeros y así sucesivamente.

De sobra es conocido que España es uno de los escasos países «desarrollados» –término más que discutible que se identifica con otro no menos cuestionable como «primer mundo»– que tiene una televisión totalmente de espaldas al mundo de la educación. Los canales españoles, tanto los de las cadenas generalistas como los temáticos, habían huido hasta ahora de esa especificidad educativa. Aún hoy, la única propuesta con unos objetivos próximos a los intereses educativos, en pleno año 2001, es la que ofrece el canal Beca dentro de la oferta de la plataforma digital terrestre Quiero TV. Una propuesta que representa un porcentaje de programación muy por debajo del 1% si tomamos en cuenta los más de 120 canales que en estos momentos constituyen la oferta de las cadenas generalistas de ámbito nacional y autonómico y las propuestas de las diversas plataformas digitales (y, por supuesto, todo esto sin tener en cuenta las programaciones de las televisiones locales).

Paradójicamente, los diferentes canales compiten para hacer programas que analizan la jornada futbolística desarrollando una inmensa gama de recursos técnicos que se emplean con el fin de aclarar dudas, redundar en la información más significativa o resolver aquellos aspectos menos inteligibles con una vocación didáctica para explicar, por ejemplo: aspectos de táctica y estrategia, análisis de errores arbitrales, seguimiento de las «evoluciones» de un jugador determinado sobre el terreno de juego, etc.

No cabe duda de que si la televisión utilizara la mitad de sus recursos técnicos y expresivos al servicio de contenidos educativos, el medio respondería de una forma mucho más proporcionada a las tres funciones con las que nació: informar, entretener y formar. Diferentes expertos, grupos, asociaciones y colectivos defendemos la urgente necesidad de una televisión para la educación y para la formación que sea atractiva e innovadora. Paralelamente, hemos abierto el debate sobre cómo utilizar los actuales recursos de ocio y espectáculo que motivan a grandes masas para recuperar un espíritu más crítico entre todos los sectores sociales.

A lo largo de décadas se nos ha dicho que el fútbol es una realidad social que trasciende al mero juego. Se nos vende como un fenómeno social que supera las barreras generacionales, las ideologías y los usos y costumbres culturales. El fútbol se erigió en la representación de la globalización, mucho antes de que se hablara de este fenómeno. El fútbol nos llevó al «pensamiento único» mucho antes de que Ignacio Ramonet acuñara este concepto.

Cuando en Argentina la dictadura militar hacía desaparecer a miles de ciudadanos y ciudadanas, el fútbol se erigía en la coartada capaz de encubrir una realidad repugnante y macabra. En esa época, el pibe Maradona era un genio habilidoso, con las piernas (lo reglamentario) y también con las manos (juego teóricamente ilegal). No olvidemos que el hecho de burlar al árbitro ayudándose de la mano para la consecución de un gol brindó a la selección de Argentina la posibilidad de convertirse en campeona de un mundial. La mano de Maradona fue, en esa ocasión, «la mano de Dios».

En la fase clasificatoria de la liga europea de campeones de 2001 –más conocida como Champions League– el jugador del Real Madrid Raúl metió un gol con la mano y el Comité de la UEFA adoptó, inicialmente, la decisión de sancionarle con un partido y multarle. La decisión se revisó y, posteriormente, se modificó, pues planteaba un antecedente y en opinión de la mayoría de los profesionales consultados esto significaba que se pudiera «re-arbitrar» un partido «desd e los despachos de los burócratas», cuando el árbitro en el campo no había reseñado en su acta ninguna irregularidad. Con esta decisión se institucionalizaba de alguna manera que la pillería también formaba parte del juego. Este argumento parecía contradictorio con el miedo que Jorge Valdano, director general del Real Madrid, manifestaba en esos días a que una trayectoria tan limpia como la de Raúl se manchara con esta decisión del organismo europeo. De esta forma, la pillería, la listeza de quien sabe engañar sin que le vean, es tomada como una cualidad más del buen jugador. La pregunta es: ¿hasta dónde vale todo en este juego?

El fútbol ha sido considerado un deporte monopolizado tradicionalmente por dos regiones geográficas muy definidas: Europa y América del Sur. Por este motivo, el que algunos países africanos como Camerún o Nigeria hayan destacado en algunas competiciones, sean éstas mundiales u olimpiadas, no ha acabado de resultar políticamente correcto. Por ejemplo, en los Juegos Olímpicos de Sydney, España fue derrotada por Nigeria y se tuvo que conformar con una medalla de plata. Como suele suceder habitualmente, los jugadores del país africano fueron acusados de superar la edad límite. Muy pocos comentarios se centraron en las abismales diferencias de oportunidades en cuanto a recursos, preparación, etc., que tenían los jugadores de una y otra selección. Los nigerianos ganaron con todo el mérito que se le presupone a un campeón, pero los comentarios de los patrióticos periodistas españoles no dejaron de sembrar dudas como en otras ocasiones sobre la licitud de alinear a determinados jugadores que supuestamente superaban la edad límite para formar parte del equipo nacional de Nigeria.

Los ejemplos anteriores constituyen unas breves pinceladas que permiten hacer otras preguntas. Estas preguntas no se suelen incluir en la lista de temas que aborda esa gran maquinaria de marketing que también es el fútbol. Sin embargo, continuando con nuestro análisis, también podemos intentar desmontar otros tópicos que manejan en frecuentes ocasiones los directivos del fútbol español: «los jóvenes que asisten a los estadios ocupan su tiempo en una actividad relacionada con el deporte en lugar de drogarse o andar con malas compañías». Se olvida, sin embargo, que desgraciadamente muchos equipos financian a sus hinchas más «animosos» por no hablar de los más violentos, denominados con términos como «ultras», «frentes», etc. Muchos de esos jóvenes forman parte de tribus urbanas verdaderamente agresivas y violentas.

«El fútbol es un espectáculo seguro y sin riesgos». Sin embargo, en las dos últimas décadas se han producido diversos accidentes en los estadios de todo el mundo. Más de 600 muertos y un número superior a los 3.000 heridos es el balance de víctimas de estos accidentes desde comienzos de los 80 hasta nuestros días. Estos datos dan pie para recordar el lamentable suceso que ocurrió en el antiguo campo de Sarriá del Español en Barcelona. La bengala lanzada en el estadio por un aficionado atravesó el campo y se clavó en el pecho de un niño que asistía en compañía de su padre al partido. El niño murió casi en el acto ante la mirada impotente de su padre.

El acontecimiento más reciente y más cercano a la realidad española se produjo el domingo 22 de abril de 2001 durante la celebración del derby sevillano –¡que no andaluz, como muchas veces se propaga en los medios con una nueva visión centralista!– SevillaBetis: una avalancha de aficionados del Sevilla provocó la caída de una gran valla de protección. Decenas de aficionados resultaron heridos de muy diversa consideración.

Por lo que respecta a los jugadores está demostrado que el fútbol es un deporte de choque en el que existe un número mucho mayor de lesiones que en otro tipo de competiciones deportivas. Ni siquiera el rugby o el fútbol americano generan tantas lesiones graves.

«El fútbol es un deporte en el que todos los equipos tienen las mismas oportunidades». A pesar de que existen ejemplos épicos en los que los equipos con menor presupuesto logran imponerse a los más fuertes en partidos aislados, las estadísticas de los títulos obtenidos por los diferentes equipos a nivel nacional o internacional, informan cada vez más frecuentemente y de manera más apabullante de que el presupuesto y los medios influyen decisivamente en los resultados deportivos. La excepción más reciente que confirma la regla es la brillantísima campaña del club español Deportivo Alavés, que en el momento de redactar estas líneas tiene ocasión de vencer en la Copa de la UEFA en su primera participación europea.

Si estos datos forman parte de una realidad bastante desmitificadora, la televisión nos descubre otros aspectos para la fundamentación de una crítica que revela algunas incongruencias técnicas del juego.

1. La televisión objetiva: de lo que creemos ver a lo que en realidad vemos

El placer de ver fútbol se limita al 50% de lo que creemos ver. El tiempo real de juego en los partidos de fútbol apenas supera la mitad del oficialmente marcado como el de la duración de un partido. Es decir, de los 90 minutos que en teoría dura un encuentro, la pelota corre sin interrupciones, o lo que es lo mismo, los jugadores juegan en el campo, durante una media de 46 a 50 minutos (más los 4 ó 5 minutos que el árbitro añade, como media, para compensar en alguna medida los tiempos muertos o pérdidas de tiempo). La televisión se encarga de llenar los espacios muertos con la repetición de la jugada, la inclusión de comentarios, aclaraciones o más a menudo redundancias, etc.

¡Otra cosa es la calidad del espectáculo! En ocasiones las estadísticas presentadas a través de recursos gráficos nos informan de que, por ejemplo, en todo un partido los dos equipos han tirado a portería un par de veces o a lo sumo en 3 ocasiones. Cuando esto sucede los comentaristas edulcoran esta realidad con acotaciones que suelen hablar de un partido táctico, jugado en una estrecha franja del campo, etc.

Otro factor digno de tener en cuenta es el número de veces que el árbitro se confunde en la señalización de faltas, los fuera de banda, penalties, pitados u omitidos, o en lo que representa el mayor ejemplo de «arbitrariedad»: los fuera de juego. Está demostrado el que al menos en un 40% de las ocasiones el árbitro se confunde por error u omisión en su señalización. El culpable directo de estos errores es el juez de línea. Pero en realidad, la culpa está en la presunción de que un ser humano pueda tener una mínima garantía de acertar cuando lo que se pide es humanamente imposible. Sabemos que esto es así porque desde un punto de vista perceptivo es imposible que una persona atienda a la vez a la salida de la pelota de las piernas de un jugador atacante, a los movimientos de los jugadores que defienden y atacan respectivamente en uno y otro equipo, y a trazar una línea imaginaria que le permita asegurar si el jugador que ataca está más o menos adelantado que el último jugador en defensa del equipo contrario. ¡Y todo esto sabiendo que el juez de línea a veces debe hacer sus apreciaciones mientras se desplaza para poder seguir la jugada! De esta forma podemos decir que el «linier» tiene tantas posibilidades de acertar como de equivocarse al levantar su banderín para señalizar un fuera de juego.

Es curioso, porque el reglamento marca que en caso de duda el juez de línea debe dejar seguir la jugada; sin embargo, lo habitual es que el auxiliar del árbitro decida señalar fuera de juego para «curarse en salud». Es menos habitual que la equivocación se produzca por haber dejado de señalar la posición más adelantada del delantero con respecto a la defensa contraria. No obstante, como vamos a ver inmediatamente esto también ocurre.

Es absolutamente humano lo que muchas veces sucede. Algunos jugadores perjudicados por una jugada que ha acabado en gol en su portería han visto al linier levantar el banderín. Esto ha sucedido instantes antes de que el equipo contrario marcara gol. Inmediatamente corren apresurados a convencer al linier de que le diga al árbitro lo que ha visto. Lo más probable es que si el encuentro se celebra en la casa del equipo que ha marcado el gol, el linier se lo piense dos veces y se pegue el banderín a muslo y cadera, al tiempo que niega haber visto nada irregular. En caso de duda, el árbitro principal habrá tomado la decisión última y esto no comprometerá al auxiliar. Sólo un linier que lo haya visto muy claro y que tenga una fuerte personalidad le indicará al árbitro lo que crea haber visto. ¡Absolutamente humano! Sin embargo, este hecho nos vuelve a señalar las grandes posibilidades de incurrir en una decisión injusta y arbitraria que se podría subsanar recurriendo a las tecnologías que se ponen a disposición del deporte y del juego y que por ejemplo se aplican ya desde hace muchos años en un país como Estados Unidos. La posibilidad de ver en un monitor la repetición de la jugada.

Si esto no se hace puede ser, al menos en parte, por el miedo a que la imagen nos sirva para cosas útiles, no sólo para un simple entretenimien to sino también como un instrumento de conocimiento. Quizá esta costumbre por la arbitrariedad no se vuelva en contra de un espectáculo de masas como el fútbol pero sí, desde luego, en contra de una mínima lógica y de un valor tan importante como el sentido de la equidad y la justicia.

2. ¿Qué hay de bueno en todo esto?

En conjunto, todas estas observaciones hacen que el denominado deporte rey constituya objetivamente una metáfora del marketing engañoso que se nos ofrece machaconamente para hacernos creer determinadas falsas verdades. Y esta reflexión, sin duda, podría servirnos para trabajar desde un punto educativo, sobre todo con las personas más jóvenes que ven en el fútbol un referente importante de sus tiempos de ocio.

La pregunta que debemos hacernos es por qué este deporte ha apasionado desde su creación y a lo largo de todo el pasado siglo a gentes de toda condición, edad, nivel social, cultura, ideología o religión. Por qué se ha impuesto en todos los continentes y ha sido asumido como una forma de droga sustitutoria e inocua para las masas.

Podríamos ir más allá y plantearnos el siguiente razonamiento. Si esto es así, por qué no valernos del fútbol como metáfora de la vida y explotar desde un punto de vista educativo sus valores positivos, sus contradicciones, sus puntos débiles, utilizando la televisión como espejo mediático en el que mirarnos y fomentando un debate que vaya más allá de los lugares comunes que utilizan los comentaristas deportivos habituales: sean estos periodistas, ex-entrenadores, árbitros, etc. En pocas palabras, el fútbol puede servir como una batería de espejos a través de la cual mirar la realidad.

3. El fútbol como poder

Sería bueno hacer un análisis acerca de cómo el fútbol ha pasado a convertirse en un negocio en el que se mueven intereses puramente mercantiles y en el que también se reflejan innumerables luchas de poder. Los nuevos propietarios de muchos clubes proceden del mundo de los negocios, sobre todo inmobiliarios (Ruiz de Lopera, Florentino Pérez, Gil y Gil, Ruiz Mateos, etc.) y consideran el fútbol como un negocio más, al margen del «amor a los colores» que todos los presidentes dicen defender. Aun así hay que establecer diferencias entre los clubes que tienen dueño o propietario y otros que aparentemente representan a sociedades participadas y en las que el concepto de socio tiene una razón de ser.

Las televisiones han sido las máximas responsables de encumbrar a determinados personajes elevándolos a la categoría de famosos. Estos personajes se han permitido en ocasiones la veleidad de querer emprender carreras políticas amparados por la publicidad gratuita que los medios les han venido sirviendo en bandeja durante años. En el panorama internacional el caso más preocupante es del magnate de las finanzas Silvio Berlusconi. El poder que este personaje ha acumulado al llegar a gobernar en Italia podría representar, según muchos analistas políticos, una forma de totalitarismo, comparable a formas dictatoriales ya conocidas en el siglo anterior. La diferencia más inquietante es que esa estrategia dictatorial se llevaría a la práctica desde una apariencia democrática y por un hombre con poder en los medios, en el mundo del fútbol y en el puesto máximo de poder político de la nación.

Tradicionalmente, también se ha hablado de clubes ejemplares por su organización empresarial, por la transparencia de sus finanzas y por la convicción de ser mucho más que un club. Este ha sido el caso del F.C. Barcelona, enfrentado siempre a su eterno rival, el Real Madrid. El primero ha sido presentado como el estandarte del ser catalán. El segundo, acusado en muchas épocas de ser el estandarte del Régimen y mucho más caótico en su modelo de organización. Como compensación ha contado con el honor deportivo de haber sido reconocido como el mejor club del mundo durante el siglo XX.

Para muchos aficionados este tipo de rivalidad es lo que da sabor a este deporte y sin él no podría explicarse el apasionamiento de muchos aficionados por todas aquellas cosas que se plasman también en el imaginario colectivo que acompaña a cada club, a su historia y a las gestas conseguidas. Todos estos estereotipos no ayudan mucho a crear una cultura que lleve a los jóvenes a apreciar los mejores valores del contrario y sí a reforzar tópicos de exclusión y a un reduccionismo excesivo de las cosas.

También sabemos que para otros muchos aficionados el valor del fútbol se halla simplemente en poder asistir a un buen espectáculo deportivo.

4. Los jugadores

Los jugadores representan modelos de comportamiento para muchos jóvenes y son el referente para imitar. Hay diferentes tipos de ídolos, como por ejemplo, el jugador rudo, de temperamento, luchador, capaz de perder los nervios en cualquier momento y que, al mismo tiempo, es capaz de echar a su equipo hacia adelante en los momentos más críticos y angustiosos. Jugadores «de raza», «de casta», «sanguíneos» e incluso, fuera de estos términos tópicos citados anteriormente, sumamente agresivos. Este tipo de jugador no tiene por qué verse acompañado de un físico impresionante. Por ejemplo, el ya fallecido jugador del Real Madrid, Juanito, tenía una complexión más bien endeble, era bajito y sin embargo estaba metido en lo que coloquialmente se denomina «cualquier fregado». Algo parecido sucedía con el ex-jugador del Barcelona Hristo Stoichkov, jugador capaz de meter los goles más inverosímiles o de pisotear a un árbitro ante una decisión que considerara injusta. Otro de los jugadores que entra en esta tipología es el ex-atlético Simeone, actualmente en el fútbol italiano. Jugador capaz de cambiar con su fuerza y empuje el resultado de un partido y capaz, asimismo, de arruinar un encuentro con una reacción antideportiva, por ejemplo, agrediendo a un contrario o realizando entradas que producen escalofríos. Y si no que se lo pregunten al jugador del Athletic de Bilbao, Julen Guerrero. En un partido de la Liga española, a mediados de los 90, Guerrero probó los clavos de la bota de Simeone, y no precisamente en un choque fortuito, sino en una acción alevosa y premeditada recogida por las cámaras de televisión en directo, que obligó al jugador a salir del campo con un orificio sangrante, redondo y profundo, imposible de hacer si no hubiera habido una actitud evidente de hacer daño por parte del jugador del equipo madrileño. Hay que admitir también que el jugador rojiblanco pidió disculpas. Hay que decir que en el partido de vuelta los medios de información y comunicación deportivos se encargaron de enconar el ambiente reiterando hasta la saciedad las imágenes de la agresión y entrevistando repetidamente a los protagonistas sobre el tema.

La televisión sirve de testimonio de lo mejor y de lo peor, recoge las genialidades y también las reacciones más «canallas» y «sucias» del jugador.

La televisión proyecta la figura de las estrellas indiscutibles, ésas que arrastran a los aficionados, llenan los campos y mueven pasiones. Existen estrellas absolutamente geniales y, a la vez, de una inmadurez realmente enfermiza, y lo que es peor, muy contagiosa para jóvenes y adolescentes: en España han jugado algunos de esos futbolistas que están muy por encima de la media, por ejemplo, los casos del ya citado Maradona, genio en el campo, arruinado por la droga y su complejo de superioridad; Djalminha, aficionado a la provocación y amigo de las expulsiones; Ronaldo y Rivaldo, dominadores del regate, el cambio de ritmo, el tiro potente y seco, de técnica difícil de superar, pero capaces, a su vez, de quedar anulados, si todos los factores anímicos y ambientales de alrededor no van como la estrella precisa y requiere... De alguna manera, el escaparate televisivo puede servir para ayudar al aficionado a realizar un juicio más distanciado y objetivo.

En todos los equipos han existido jugadores que responden a ese otro perfil de jugador que permite compatibilizar inteligencia, aptitud y actitud. Todos los equipos han tenido en sus plantillas jugadores que responden a este perfil: nombres como los de Gárate o Luis Aragonés (en el Atlético de Madrid), Rexach o Guardiola (en el Barcelona), Valdano o Raúl (en el Real Madrid), Mendieta o Fernando (en el Valencia), etc.

Pero también es interesante resaltar la figura de esos jugadores de equipo que realizan una función mucho menos brillante pero imprescindible para el buen funcionamiento del grupo. Y aquí sí es obligado abrir mucho más el abanico y recordar que cuando un equipo funciona con un buen plantel de jugadores, las estrellas no resultan imprescindibles. Ligas ganadas en la década de los 80 por equipos como la Real Sociedad o el Athletic de Bilbao, con jugadores de la cantera y buenos planteamientos tácticos, hicieron posible en aquellos años este milagro, hoy en día mucho más difícil de lograr.

No olvidemos dedicar algunas líneas de homenaje a esos jugadores que, al llegar a algunos de los mejores clubes, ocuparon el puesto de suplentes de lujo. El caso más paradigmático fue el de Manolín Bueno, reserva de Paco Gento en el Real Madrid, en una de las más brillantes épocas de este club.

Con las sucesivas victorias de la selección francesa, se ha traído a colación la diferencia de los éxitos que diferentes naciones han obtenido en las competiciones internacionales de clubes en contraste con los triunfos obtenidos por sus selecciones nacionales: El ejemplo de Francia ha sido paradigmático. Una trayectoria más bien gris de sus clubes en Europa y sin embargo éxito total en la Copa del Mundo y en la Copa de Europa de selecciones nacionales. Con jugadores como Barthes, Dugarry, o Zidane, se ha caracterizado como una selección que surge de la propia cantera y de una perfecta integración de los jugadores producto de una aceptación sensible e inteligente de la inmigración. De nuevo vemos cómo el deporte, la política y los valores sociales pueden unirse para establecer una reflexión inteligente y más profunda de la que suele ser habitual en este deporte. ¡No hablemos del caso de España!

5. Los árbitros

En algunos segmentos anteriores de este artículo nos hemos referido ya a algunos aspectos del arbitraje. Sin embargo, es importante dedicar, al menos unas líneas, a la figura y a la imagen proyectada en la televisión por este profesional.

Este actor, tan importante para el desarrollo del juego, ha sido tradicionalmente el personaje malo de la película. A diferencia de unos u otros equipos, que siempre han contado con un mayor o menor número de aficionados, el árbitro nunca tiene sus propios hinchas, por sistema siempre es el más denostado y sobre todo el más criticado en sus errores.

Sin embargo, la figura del árbitro es excepcionalmente importante para poder conocer los estilos de comunicación personal que puede manejar un ser humano. La televisión nos ha mostrado cómo se puede mantener la autoridad en el terreno de juego sin que haya necesidad de mostrar el más mínimo autoritarismo, o por el contrario, cómo el autoritarismo mostrado por un colegiado puede provocar la trifulca en el terreno de juego.

Uno de los factores sobre los que se manejan estadísticas a la hora de valorar a un árbitro es el porcentaje de tarjetas que muestra. Los hay más tarjeteros y menos tarjeteros, siempre será mejor un árbitro que con el menor número de tarjetas es capaz de mantener la fluidez del juego y un comportamiento deportivo. Pero la cualidad imprescindible que siempre debería mantener un árbitro es la coherencia en sus decisiones. Aunque parezca una paradoja, el árbitro debe ser lo menos arbitrario posible.

En este sentido, en los últimos tiempos es curioso que en las retransmisiones de fútbol en televisión se han incorporado antiguos colegiados. Estos profesionales muestran un nivel de crítica muy elevado hacia sus colegas y se convierten en jueces de las decisiones de árbitros en activo. Es interesante comprobar cómo a pesar de los medios de observación privilegiada de los que disponen también se equivocan en la apreciación en vivo de la jugada y cómo en muchas ocasiones dejan de observar aspectos del juego que el espectador ya ha visto claramente. Este hecho nos debería hacer reflexionar también sobre lo difícil que es obtener una visión ponderada de la realidad y cómo en el juego como en la vida debemos quitarnos muchos prejuicios y pre-conceptos. Cosa que por cierto deberían hacer muchos de esos ex-árbitros y ahora jueces de sus colegas.

6. A modo de primera conclusión

En esta primera aproximación al fútbol como fenómeno mediático he intentado mostrar algunas ideas para su aprovechamiento educativo.

• El fútbol es un fenómeno social y un espectáculo que afecta tanto a aficionados como a detractores.

• Los padres y profesores no siempre cuentan con contenidos que puedan interesar a priori a los más jóvenes y por lo tanto estamos ante un centro de interés que puede igualar en experiencia a los más jóvenes y fomentar el razonamiento sobre conocimientos previos más o menos asentados.

• En este sentido, no es descabellado concluir la necesidad de iniciar experiencias que tomen al fútbol como centro de debate. Su objetivo principal será fomentar el análisis crítico de la realidad que el fútbol representa como fenómeno mediado. Los puntos de reflexión que se proponen en este artículo son sólo una pequeña parte de las múltiples implicaciones que un fenómeno de estas características posee.