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Revista Comunicar 19: Comunicación y divulgación de la ciencia (Vol. 10 - 2002)

Sherlock Holmes tenía razón

Sherlock Holmes was right

https://doi.org/10.3916/C19-2002-06

Santiago Rementol-i-Massana

Abstract

¿Se puede informar sobre ciencia de forma objetiva? Algunos sectores profesionales sostienen que la objetividad no existe y que ni siquiera es deseable. Pero esa idea aparece como absurda en el marco de la información científica. El problema de la objetividad periodística coincide con un viejo dilema muy presente en la filosofía de la ciencia: el de cómo conocer la realidad y cómo aproximarse a la verdad. El autor apuesta por una adaptación del realismo crítico de Popper frente al subjetivismo. La fórmula: observación más experimentación. El modelo: un periodismo basado en la evidencia científica.

Can we inform of science in an objective way? Some professional sectors sustain that the objectivity doesn’t exist and that it is not even desirable. But that idea appears as absurd in the mark of the scientific information. The problem of the journalistic objectivity coincides with an old very present dilemma in the philosophy of the science: how to know the reality and how to approach to the truth. The author bets for an adaptation of the critical realism of Popper in front of the subjetivismo. The formula: observation more experimentation. The model: a journalism based on the scientific evidence.

Keywords

Periodismo científico, objetividad periodística, evidencia científica, realismo crítico

Scientific journalism, journalistic objectivity, evidences scientific

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1. Estudio en escarlata

Los profesores de Periodismo Bastenier y Burguet, a mbos bastante iconoclastas, han coincidido en un argumento común, que se ha convertido en dogma de fe en los últimos tiempos: la objetividad no existe. Bastenier plantea el problema en un libro publicado recientemente1. Y Burguet desarrolla el tema en una extensa tesis doctoral2, en proceso de elaboración.

El problema de la objetividad periodística me preocupa especialmente, porque coincide con un viejo dilema muy presente en la filosofía de la ciencia: el de la verdad. Y también porque la información científica demanda simultanear la claridad, la sencillez y la divulgación con un ejercicio permanente de exactitud (máxima correspondencia con la realidad), precisión (utilización exacta de datos reales) y veracidad (describir la realidad con la mínima alteración posible). En definitiva, ¿se puede informar sobre ciencia de forma objetiva?

Entiendo aquí la objetividad periodística como el tratamiento informativo riguroso de una realidad concreta, con independencia de los sentimientos y las opiniones del informador. Esto presupone que existe esa realidad independiente de la consciencia y, además, que esta realidad es aprehensible. Pero todavía hay un concepto más arriesgado: el que equipara objetividad con realidad e incluso con verdad.

Cuando se plantea el dilema de la existencia o no de la objetividad en la información, unos muestran asombro y otros huyen despavoridos. Los profesionales de la información en activo (los periodistas) suelen pensar que su trabajo es fundamentalmente objetivo (es decir, refleja la realidad). En la Universidad, en cambio, abunda el sentimiento contrario: la objetividad no existe. Según los más radicales, ni siquiera es deseable.

En este último punto, el debate sobre la objetividad plantea una paradoja. Si la idea de que la objetividad no existe es objetiva, la afirmación es falsa. Y si no es objetiva, también. Ante esta encrucijada aparentemente insoluble, la primera tentación consiste en buscar el punto medio. Se puede ser crítico con las pretensiones de objetividad de los periodistas en activo, sin dejar de pensar que el rigor, el método y la lógica permiten un acercamiento a la realidad y a la verdad, aunque ambas nunca sean absolutas, sino relativas. Se puede discutir la sacralización de la objetividad, sin predicar su muerte definitiva. Y a esta vía equidistante la podríamos llamar veracidad, o quizá verosimilitud, o mejor rigor y honestidad. Se podría interpretar la veracidad como tendencia a la verdad. Y la verosimilitud como aquello que se parece más a la verdad. La tarea periodística podría ser concebida como una actividad en principio subjetiva, pero con mecanismos de validación que permitan un acercamiento a la realidad. En este sentido, el debate sobre el carácter objetivo o subjetivo de la actividad informativa no acaba aquí.

2. El signo de los cuatro

Hemos hablado de búsqueda de la verdad, no de posesión de la verdad. Sobre la verdad se han escrito miles de páginas a lo largo de la historia, desde la filosofía clásica hasta el pensamiento más moderno. Podríamos entender la verdad como la proposición o juicio que no puede ser negado racionalmente. No está mal. Podríamos añadir unas gotas de sano relativismo: la verdad no puede ser totalmente alcanzada y, en consecuencia, no hay verdades absolutas. Sin embargo, podríamos jugar con las cuatro categorías presentadas por Bertrand Russell3: a) sustitución de verdad por aseveración garantizada; b) sustitución de verdad por la probabilidad; c) identificación entre verdad y coherencia; y d) equiparación de verdad con adecuación a la realidad.

Me siento mucho más cerca de Karl Popper que de los subjetivistas, aunque sigo apostando por una integración enriquecedora. Popper era un realista en el sentido de oposición al idealismo, es decir, consideraba que el mundo existe independientemente de que alguien lo observe. Thomas Kuhn, por ejemplo, se aproximaba más al idealismo o, mejor, al subjetivismo: el conocimiento es subjetivo y relativo. No hay criterios objetivos lógicos. Kuhn recoge el pensamiento de Popper y lo transforma. Kuhn defendía, que la historia de la ciencia estaba llena de incidentes subjetivos: «La observación y la experiencia pueden y deben limitar drásticamente la gama de las creencias científicas admisibles o, de lo contrario, no habría ciencia. Pero, por sí solas no pueden determinar un cuerpo particular de tales creencias. Un elemento aparentemente arbitrario, compuesto de incidentes personales e históricos, es siempre uno de los ingredientes de formación de las creencias sostenidas por una comunidad científica en un momento determinado»4.

El subjetivismo sostiene, en definitiva, que la existencia de una realidad, al margen de si es o no observada, no es tan obvia como parece. La consciencia podría llegar a ser determinante. Kuhn estableció el concepto de paradigma, como un conjunto de ideas y de obras con su propia verdad y lógicas internas, y que proporciona los fundamentos de la práctica científica diaria. Las grandes revoluciones científicas, las rupturas drásticas significan un cambio de paradigma y un cambio de verdades aceptadas. En consecuencia, las verdades siempre son relativas.

El realismo sostiene, en cambio, que las cosas materiales existen al margen de la consciencia individual o colectiva. Hay un mundo real independiente de nuestra experiencia. Aquí también podemos ir más allá: el conocimiento existe en la medida que se ajusta a una realidad exterior a la consciencia. Sólo es real aquello que es exterior a la consciencia, que se limita a copiar y a asimilar aquello que existe previamente. La corriente que defiende que, para percibir la realidad, es necesario una elaboración mental, recibe el nombre de realismo crítico.

En el primer caso (el subjetivismo), la realidad es inalcanzable. Los subjetivistas llegan a afirmar que la realidad podría no existir: todo depende del color del cristal con que se mira. En el segundo (realismo crítico), existe una realidad y hay que buscarla con un método regulado y sistemático. Popper dibuja tres mundos: el mundo de los objetos físicos (realidad), el mundo de los estados mentales (conocimiento subjetivo) y el mundo del pensamiento objetivo.

Popper5 era un realista crítico: un balón entra en la portería (gol) al margen de si hay espectadores en el estadio y periodistas para contarlo. El objetivo de la ciencia consiste en capturar esa realidad. Añadamos: el del informador, también.

Se trata, pues, de apelar a las razones y a la experiencia más que a las emociones y a las pasiones. Se trata de aplicar la crítica a uno mismo y a los demás, con el convencimiento de que se puede aprender a partir de las críticas de los otros. Se trata, en definitiva, de reconocer que el otro puede tener razón.

3. El valle del error

El periodista podría ser veraz y tender a la objetividad, pero una serie de factores, relacionados con su actitud personal, su formación y la organización de su trabajo, se lo impiden. En consecuencia, tendríamos que cambiar las actitudes, las aptitudes y las rutinas. Es cierto, muchos periodistas pretenden ser objetivos sin método. Y eso conduce inevitablemente al error. Muchos informadores trabajan de memoria. Se fían de las sensaciones. Por eso entiendo que Bastenier y Burguet hablen de subjetividad en las tareas informativas.

Los neurólogos y los psicólogos conocen, desde hace tiempo, la capacidad del cerebro de rellenar los vacíos y de crear fabulaciones. La memoria no funciona como una máquina de fotografiar o como una cámara. El cerebro rellena o completa lo que el ojo no percibe; o al revés, científicos del Instituto Weizman de Israel hicieron pública, en 2001, una investigación que demostraba la peligrosa frecuencia de las ilusiones ópticas. Explicaron que, a veces, el cerebro se niega a ver aquello que el ojo capta y le transmite. En otras ocasiones, el cerebro recibe muchas interpretaciones de la realidad. Y ha de definirse por una de ellas. Cuando finalmente el cerebro opta por una visión o interpretación, próxima a la realidad o fantástica, tiende a borrar las demás.

En otros casos, mucho más frecuentes de lo que se creía, las fantasías se presentan como acontecimientos reales: visiones fuera del espacio y del tiempo. Es el llamado pensamiento mágico. Parece que la memoria también almacena información de forma inconsciente. Las imágenes y los datos no percibidos conscientemente pueden aparecer más tarde sin que nadie sepa de donde proceden.

Además, se ha comprobado que el pasado está fuertemente influido por las experiencias más o menos traumáticas de cada uno o por conductas e intereses actuales. Tal vez, no se pueda hablar de mentiras voluntarias, pero sí de verdades alteradas e incluso de falsedades. Como decía Lord Byron, «después de todo, ¿qué es la mentira sino una verdad inventada?».

Los diccionarios suelen definir la memoria como la facultad mental de retener y recordar el pasado. Pero la recuperación de los recuerdos, aunque sean inmediatos, no es una operación fácil, ni siempre se produce de forma automática. A menudo, se producen vacíos que son muy difíciles de llenar. En algunos casos, no hay forma de rescatarlos. O resucitarán en otra ocasión, de forma imprevisible. Los periodistas han experimentado este fenómeno cuando regresan de cubrir una información. También se da el caso de recuerdos recuperados que, al final, resultan falsos, o muy determinados por la actitud ante lo que ocurrió. La memoria tiene una gran capacidad de asociación y puede incluir detalles ficticios que adulteran la realidad. Como secretario general del Consell de la Informació de Catalunya, he sido testigo de la influencia de estos fenómenos en la configuración de la información6. Muchas autobiografías presentan datos muy poco fiables, que el autor cree ciertos.

4. Último saludo en el escenario: hacia un realismo crítico

Si aceptamos que la realidad es real y es objetivable, y que el cerebro puede jugar una mala pasada al intentar describirla, tendremos que proponer finalmente un método. Imaginemos, pues, un escenario repleto de ofertas de comunicación muy diversas: un alud de propuestas multimedia a la carta, centenares de canales temáticos, miles de medios impresos especializados o no, y, sobre todo, millones de páginas electrónicas en las redes. Todo el mundo será capaz de ser emisor y receptor al mismo tiempo.

En este contexto, quisiera señalar los cuatro vértices que, según pienso, configurarán el marco probable de la comunicación del futuro:

• La función estratégica de la toma de decisiones potenciará el concepto global de comunicación, en el sentido de formar parte de un mismo acto comunicativo dividido en tres formas (o disciplinas) diferentes: la comunicación propiamente informativa, la comunicación publicitaria y la comunicación de entretenimiento.

La inmensa cantidad de emisores, la diversificación de los canales y la multiplicación de las fuentes requerirán una actividad intensa en la gestión de la información, capaz de seleccionar, jerarquizar y avalar la lluvia permanente de mensajes procedentes de todos los rincones del mundo.

• La aplicación de las nuevas tecnologías permitirá conocer los deseos y las necesidades informativas de cada persona, y enviar así comunicaciones personalizadas o a la carta (informativas, persuasivas y de entretenimiento). Las nuevas tecnologías permitirán establecer un diálogo permanente (interactividad) con el receptor y, en consecuencia, romperán la estructura vertical y predeterminada de los viejos medios. Los comunicadores no decidirán los contenidos de los medios, sino que ofrecerán contenidos basados en conocimientos.

• La complejidad del trabajo de gestión informativa y la necesidad de profundizar en áreas determinadas del conocimiento, también muy complejas, derivarán en un proceso de especialización temática.

Éste es, sin duda, un escenario sustancialmente diferente del que hasta ahora se han desarrollado las actividades comunicativas, entre las que se encuentra la informativa, es decir, el periodismo.

En este sentido, quiero proyectar los cinco atributos probables del futuro comunicador/informador: la intensa preparación humanística y científica; la formación polivalente y multifuncional en el campo de la comunicación; la capacidad de gestionar la información; la formación temática especializada; y el dominio de las tecnologías.

He elaborado el concepto de periodismo basado en la evidencia a partir de la idea de la medicina basada en la evidencia. Esta idea se introdujo el año 1991 por G. H. Guyatt, y fue promovida por un grupo de internistas y epidemiólogos clínicos canadienses vinculados a la McMaster University. Estos médicos se constituyeron en l’Evidence Based Medicine Working Group (EBMWG) y publicaron en JAMA un artículo que trastocó la práctica médica aplicada hasta entonces7.

La Medicina de la evidencia se basa en el impresionante aumento del flujo de información médica en las redes. Tan sólo en el caso de la medicina, se calcula que cada año se publican centenares de miles de artículos en miles de revistas médicas, más la inmensa cantidad de documen tos que explican casos y las soluciones adoptadas.

En el campo del periodismo ocurre lo mismo, pero multiplicado por mil. Las redes electrónicas abren un horizonte casi infinito de acceso a datos y documentos que pueden servir para avalar cada uno de los productos informativos. Las fuentes fiables se multiplican y su gestión probablemente se convertirá, en un futuro inmediato, en la tarea fundamental de la actividad periodística.

Situados en este marco, nos encontraremos frente a dos modelos de periodismo: el convencional (que utiliza la experiencia, los conocimientos propios, las fuentes típicas y próximas y la capacidad intuitiva); y el que ofrece la evidencia científica, basada en este enorme caudal de información acumulada en las redes. El objetivo del periodismo basado en la evidencia debería consistir en fundamentar la práctica informativa en los conocimientos científicos sobre un tema o un problema determinados. Debería descartar el azar y la intuición, tan presente en las redacciones de hoy. El ejercicio del periodismo produce hoy grandes dosis de incertidumbre y subjetividad. La práctica de la evidencia reducirá, sin duda, estos niveles y permitirá afinar los contenidos y, en consecuencia, potenciar el rigor en la práctica informativa. El periodismo basado en la evidencia permitirá mejorar el contenido en los medios (impresos, electrónicos y audiovisuales); afinará la relación entre la realidad que se pretende comunicar y el ciudadano, a partir de un mediador (el periodista) menos sometido a los riesgos de errores; dignificará la profesión y permitirá que responda a los retos de las nuevas tecnologías; en definitiva, la evidencia científica aplicada al periodismo puede resolver parte del viejo problema sobre el acceso a la realidad: situará la práctica informativa más cerca del viejo ideal de objetividad, que yo no daría por muerto. En nuestra particular lucha por aproximarnos a la verdad, deberíamos tal vez aplicar la vieja recomendación de Sherlock Holmes al doctor Watson en El signo de cuatro8: «Cuantas veces le he dicho que, cuando se ha eliminado aquello que es imposible, lo que resta, por muy improbable que sea, ha de ser la verdad».

Notas

1 Bastenier afirma que «suponer, realmente, que es posible separar los hechos de la opinión es pura fantasía» (...) «La objetividad es sólo una palabra, una invocación, un santo y seña al que encomendaremos, porque eso que llamamos la realidad, o bien no existe o no tenemos ninguna posibilidad de aprehenderla por la vía del conocimiento» (...). «La objetividad no existe y no hace ninguna falta que exista». Véase BASTENIER, M.Á. (2001): El blanco móvil. Curso de Periodismo. Madrid, El País.

2 En un trabajo de investigación titulado [Per una] teoria del periodisme. La informació com a interpretació de la realitat. Revisió crítica dels gèneres periodístics, Burguet afirmaba lo siguiente: «Por muy impersonal que sea la información, no se puede olvidar que es un sujeto el que informa, y que su información es una versión entre otras versiones posibles y en principio compatibles. Cualquier texto, pues, es intencional: más allá del estilo hay una intención del redactor, y de hecho se puede ser tan tendencioso sectario y subjetivo con una redacción impersonal y descriptiva, como en un artículo de opinión, con la diferencia que en este segundo caso la subjetividad y la intencionalidad todo el mundo la presupone, mientras que en el caso de la información eso no se acostumbra a tener muy presente, a causa, claro, de los equívocos creados en torno a la objetividad».

3 RUSSELL (1946).

4 KUHN (1997: 25).

5 Karl Popper analiza el método científico en diversas obras. La cita procede del recopilatorio La responsabilidad de vivir Escritos sobre política, historia y conocimiento. Barcelona, Paidós, 1995; 150.

6 El Consell de la Informació de Catalunya es el organismo que vigila el cumplimiento del código deontológico de la profesión periodística en Catalunya.

7 EBMWG (Evidence Based Medicine Working Group). Evidence-based medicine. A new aproach to teaching the pactice of medicine. JAMA, 1992. nº 128; 2.420-2.425. Publicado en castellano con el título de «La medicina basada en la evidencia. Un nuevo enfoque para la docencia de la práctica de la medicina», en una edición especial de Jama, editada por Doyma, en 1997; 15-21. G.H. Guyatt publicó su trabajo titulado «Evidence-based Medicine», en ACP J Club 1991; 112 (supl 2): A-16.

8 CONAN DOYLE, A. (1987): El signo de los cuatro. Barcelona, Orbis.

Referencias

BASTENIER, M.A. (2001): El blanco móvil. Curso de Periodismo. Madrid, Ediciones El País.

KUHN, T. (1997): La estructura de las revoluciones científicas. México, Fondo de Cultura Económica.

POPPER, K. (1979): El desarrollo del conocimiento científico: conjeturas y refutaciones. Buenos Aires, Paidós.

POPPER, K. (1980): La lógica de la investigación científica. Madrid, Tecnos.

POPPER, K. (1985): El coneixement humà, el seu abast i els seus límits. Barcelona, Edicions 62. (En castellano: editorial Taurus).

POPPER, K. (1988): Conocimiento objetivo: un enfoque evolucionista. Madrid, Tecnos.

POPPER, K. (1995): La responsabilidad de vivir. Escritos sobre política, historia y conocimiento. Barcelona, Paidós.

RUSE, M. (2001): El misterio de los misterios. Barcelona, Tusquets/ Matemas.

SEBEOK T. y UMIKER-SEBEOK, J. (1987): Sherlock Holmes y Charles S. Peirce. El método de la investigación. Barcelona, Paidós.