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Revista Comunicar 20: Orientación y medios de comunicación (Vol. 10 - 2003)

El silencio: núcleo ético de la comunicación

Silence as the ethic basis of communication

https://doi.org/10.3916/C20-2003-25

Manuel-Javier Callejo-Gallego

Abstract

Este artículo es una reflexión sobre la pérdida del silencio experimentada en nuestras sociedades. Aceptamos acríticamente el continuo flujo de mensajes, sonidos, palabras e imágenes que producen las máquinas de comunicar. Escasamente pensamos sobre las implicaciones sociales, culturales y políticas de la exclusión del silencio. Recientemente, las obras de David Le Breton y Paul Virilio se han ocupado de tal labor. Se analizan ambas contribuciones.

This paper is a reflection on the loss of silence suffered by our societies. We accept without critical distance the permanent flow of messages, sounds, words and images which is produced by the communication machines. We rarely think about the social, cultural and political implications of silence exclusion. Recently this reflection has been the aim of the works by David Le Breton and Paul Virilio. Both contributions are analysed.

Keywords

Modernidad, máquinas de comunicar, pensamiento crítico, relaciones sociales, lógica cultural del fin de la historia

Modernity, communication machines, critical thought, social relations, cultural logic of the end of history

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Es grande la desigualdad entre la acumulación de literatura narrativa y poesía que tiene al silencio como protagonista y la producida para reflexionar directamente sobre tal asunto; menos aún para abordarlo como objeto de una disciplina dentro de las Ciencias Sociales. Es como si el silencio fuera de materia refractaria a la reflexión y, sin embargo, más dado a la expresión directa. Tal vez, hablar del slencio nos parece una tarea contradictoria en sus propios términos, quizás inabarcable por la enorme apertura interpretativa que convoca. Nos enseñan y enseñamos a conducirnos con palabras, a interpretar palabras. Ante el silencio, experimentamos una angustia que ha dado una hermosa lírica, puede ser que la poesía más profunda, nacida de la íntima manifestación mística, pero apenas alcanzamos a convivir con el silencio, nos abate. Las sociedades desarrolladas y, en especial, bajo su consideración como sociedades de la información, dudan en ubicar el silencio entre la información o el ruido.

Puede considerarse el silencio un elemento prácticamente excluido de nuestra sociedad, es apenas aguantado en las comunicaciones cara a cara. Entonces, se convierte en un síntoma o en una sospecha. Pocos han sido los autores que dominan su gestión en la comunicación mediada, en la radio, en la televisión, en el cine. Es más, en algunos de estos medios, principalmente en el primero, el silencio surge como un enemigo. Sólo se admite el silencio como condena o instrumento de protesta, frente a la muerte. Nada más que situaciones excepcionales recuperan instrumentalmente el carácter instrumental del silencio.

El rechazo del silencio se convierte así en el síntoma de una sociedad. Pero, también, nos impide su gestión, la convivencia con él. ¿Para qué convivir con el silencio?, ¿cuál es el lugar posible del silencio en las sociedades desarrolladas y su presencia en algunos campos?, ¿por qué el silencio, habitualmente confundido con el callar, se impone a quienes ocupan las posiciones subordinadas en la sociedad: los «infans» (etimológicamente los que no hablan)? ¿No estaremos confundiendo este silencio impuesto, pasivo, con otro silencio, activo, que es el ejercicio de un derecho, el derecho a expresar silencio?

Como puede verse, el silencio convoca numerosas preguntas, demasiadas para quedar en un lugar marginal de las reflexiones. Sin embargo, dos obras recientes, se han ocupado del silencio brillantemente: El silencio , de David Le Breton (2001) y El procedimiento silencio, de Paul Virilio (2001). Merece la pena reflejar sus reflexiones, siendo esta la labor a la que fundamentalmente se dedicará este trabajo. Resulta poco menos que sorprendente que, en tiempos de saturación informativa y comunicativa, se publiquen dos obras que tengan el silencio en su centro.

El silencio no sólo como otro elemento de la comunicación sino como centro de la misma, es la particular comunidad de estas dos obras. Algo más que sintomática en una escasa bibliografía de las Ciencias Sociales y de la Comunicación sobre el tema.

1. Otras reflexiones sobre el silencio

La producción reflexiva y empírica sobre el lugar del silencio en las sociedades desarrolladas ha sido escasa. Su eliminación del ámbito de la teoría y la investigación tal vez hunda sus raíces en los orígenes de la modernidad; pero es seguramente la Lingüística Moderna, matriz de la mayor parte del quehacer de las ciencias sociales durante el siglo XX, la que parece certificar su ausencia del pensamiento. Cuando los alumnos de Saussure (1987) publican su Curso de Lingüística General, en el segundo decenio del siglo, se define el signo como la articulación entre una imagen psíquica y un material sonoro o gráfico. El silencio desaparece como material sígnico.

La desaparición de la reflexión disciplinar apenas corresponde con su presencia en los comportamientos cotidianos. Puede ser que esta época sea poco silenciosa; pero el silencio se sigue mostrando en las relaciones sociales, es lo que se encarga de recoger Goffman (1987). Para el sociólogo norteamericano, el silencio es un elemento a controlar, un dispositivo de la circunspección dramática y, por lo tanto, en la gestión de la relación pública con los otros.

A pesar de parecer un elemento excluido, conceptos con tanta difusión como el de las mayorías silenciosas han de tomarse como signo del paradójicamente centro ocupado por el silencio en la sociedad. Para que los medios sigan transmitiendo y las democracias funcionando, hace falta recluir a la mayoría en el silencio. Al menos, que la mayoría calle en los espacios públicos, pues, como después se verá a la luz de las dos obras ya referidas, dista de ser lo mismo callar que producir silencio.

¿Por qué la gente calla, incluso cuando es preguntada? En La espiral del silencio, Elisabeth Noelle-Neuman (1995) planteaba la situación para explicar las tácticas de ocultación de la propia opinión (y del propio voto en sociedades democráticas) cuando se percibía como subordinado. Así, las mayorías silenciosas lo eran desde su autopercepción como minorías subordinadas, que optaban por el silencio. Lo que para la autora sirve para explicar las dificultades que tienen algunos instrumentos, como la encuesta demoscópica, para conocer la opinión real de la población, cabe asumirlo como una disfunción de la democracia. La democracia, al entrar en funcionamiento el juego democrático, deja de funcionar como democracia, pues los que se consideran pocos se inclinarán por la adscripción a las opiniones de los mayoritarios o, sencillamente, al silencio, a ocultar su opinión. Se iluminaba así una socialización y, por lo tanto, una educación que impedía expresar el disenso. Los individuos parecían impedidos para la diferencia, para hablar desde su diferencia. Por supuesto, menos aún para la crítica. La democracia aparece enferma de silencio, más que dar la palabra, paradójicamente genera silencio.

En El silencio de la escritura , Emilio Lledó (1998) realiza una bella reflexión sobre la unión entre la escritura, a la que era reacia Platón como canal para transmitir el conocimiento, y el silencio. Si en un principio la lectura es oral, será el silencio lo que progresivamente aunará las situaciones de escritura y lectura. La escritura es un silencio que habla, pero precisamente porque habla desde y con el silencio, permite la reflexión.

En otros textos, el silencio ha sido la razón de interesantes compilaciones, como las de Delclaux (1987), ceñida al arte y la literatura y Castilla del Pino (1992), más plural en sus campos de concreción. Pero es desde la perspectiva sociopragmática del lenguaje, donde el silencio se revaloriza en textos como el de Jaworski (1993). Pues bien, destaca que en este mínimo repaso de lo que subjetivamente se consideran notables aproximaciones al tema del silencio, aun cuando sea desde focos bien distintos, su relativa ausencia en campos como, por ejemplo, la comunicación radiofónica, los discursos políticos o la comunicación educativa. Hay más que dignas tesis doctorales sobre el silencio en éstos u otros campos; pero se echan en falta textos de referencia.

2. Entre dos mundos

La fascinación por el silencio del antropólogo David Le Breton deriva de su lógica contraria a la de una modernidad. Observar las distintas situaciones sociales en las que aparece el silencio se convierte en un laboratorio privilegiado del orden social. Por ello, afirma el autor, el silencio tiene una proyección transgresora. El primer capítulo enfoca el silencio en las relaciones sociales cotidianas. Al lugar del silencio en la economía política de cada día. El silencio obligatorio es un producto del totalitarismo, pero el silencio voluntario adquiere otro carácter, manifestación de contrariedad a los otros o a las instituciones. El silencio voluntario es toda una expresión de voluntad social. El silencio, como la palabra, por sí mismo carece de significación. La interminable interpretación del silencio requiere del contexto. Es, si cabe, la metáfora, el reflejo del contexto. Es el contexto el que diferencia palabras de palabras, silencios de silencios.

Para Le Breton, lo que denomina la ideología de la comunicación ha condenado el silencio al vacío, como si fuera un abismo en el discurso. Sin embargo, el autor propone situaciones en las que, al contrario, la palabra es la laguna del silencio, siguiendo sus propias y ricas metáforas. Así concebido, el silencio no es sólo el elemento, como una especie de matemático conjunto vacío, sobre el que las palabras adquieren relevancia. El silencio no sólo se establece entre dos palabras sino que puede llegar a hacerlo entre dos mundos: cuando alguien calla y mira fijamente a los ojos se anuncia otro mundo.

Le Breton repasa el lugar del silencio en algunos enfoques teóricos, especialmente resalta, como tal vez no podría ser de otra manera, el lugar del silencio en el psicoanálisis. La disciplina aplicada que pasa por ser la disciplina de la palabra, es mostrada como la disciplina que opera a través del silencio, con el silencio. Es la disciplina de la interpretación de los silencios.

En los siguientes capítulos, se realiza un fenomenológico repaso por las manifestaciones del silencio. Si el recorrido había empezado en la inmanencia de la conversación cotidiana, termina en la trascendencia religiosa y la muerte, pasando, poco antes, por el silencio ascético.

Desde la oposición entre ideología de la comunicación e ideología del silencio, apenas se aborda en mínimos apuntes tal vez lanzados como anzuelo, el lugar del silencio en los medios de comunicación, en la comunicación colectiva mediada. Creo que hubiera sido de sumo interés una mayor aproximación a esta cuestión, aun cuando fuera para explicar la práctica exclusión del silencio de los medios de comunicación y, por ende, de la sociedad. Algo en lo que profundiza Virilio.

3. La despiadada negación del silencio

Las coordenadas básicas en las que se mueve el texto de Paul Virilio pueden considerarse similares a las de Le Breton, aun cuando transite por campos relativamente distintos.

Tras la ilustrativa, entretenida y, en todo caso, recomendable introducción a la vida y obra de Virilio realizada por Andrea Giunta, el libro se compone de dos ensayos: «Un arte despiado» y el propiamente denominado «El procedimiento silencio». Dos ensayos con evidentes hilos de continuidad: el valor ético del silencio.

En el primero de los ensayos, Virilio toma como central la pregunta de Adorno: ¿es posible seguir haciendo arte después de Auschwitz? El autor señala como el arte ha seguido hablando, llegando a jugar estéticamente con los valores que Auschwitz condenaba. Es como si el aparentemente derrotado totalitarismo manifestase su real victoria, su ubicación en nuestra vida cotidiana. Los genocidios se han prodigado (Hiroshima, Chernobil, jemeres rojos, etc.); pero el arte se niega al silencio. Es más, se muestran ejemplos de su complicidad con la vulgarización del terror: exposiciones de cadáveres humanos disecados («Los mundos del cuerpo», de Von Hagens) o museos de las fotografías de los condenados a desaparecer. El arte, por no callar, espanta, es rebajado por Virilio al lado del terrorismo. Hasta dónde vamos a llegar, se pregunta angustioso el autor, permitiendo que el terror se nos haga cotidiano por el juego artístico.

La renuncia al silencio por parte del arte conduce esta práctica a una espiral del terror. Ahora bien, cuando el acto terrorista produce silencio sólo cabe interpretar éste como un suplemento al clima de terror. Como recoge Virilio de la experiencia camboyana, los asesinos pueden emplear el silencio en lugar de armas de fuego, condición sumamente ambigua en la que es situado el silencio: entre la complicidad y la oposición. En medio, el silencio de los corderos, lo que le sirve al autor para enlazar con el segundo de los ensayos.

En El procedimiento silencio, Virilio se ubica en el mismo campo que en obras anteriores como, por ejemplo, La estética de la desaparición. Es el campo de máquinas de comunicar que, en realidad, son máquinas de guerra, y el de máquinas de guerra, que se convierten en máquinas de comunicar. Unas máquinas que abaten el silencio. Se describe una lógica maquínica tendente a tal eliminación del silencio, situándose el paso al cine sonoro (1927, The Jazz Singer) como fundamental en tal lógica. Entronca este segundo ensayo con el primero en la consideración totalitaria de tal abolición del silencio. Se arrebata el silencio a la sociedad con efectos sonoros continuos que la condenan al silencio: «quien nada dice consiente en ceder su 'derecho al silencio', su libertad de escucha, a un método de efectos sonoros, que simula la expresión oral o la conversación» (pág. 99). Frondosa fuente de reflexión la que relaciona el silencio con la libertad y, sobre todo, la escucha; mientras que lo separa del «no decir».

El silencio, coincidiendo con Le Breton, no es «no decir», no es callar. La renuncia activa a la palabra (silencio) no es lo mismo que el abandono de la palabra (callar o el silencio de los corderos). Callar puede, incluso, convertirse en un acto que condena el derecho al silencio, como es el derecho al silencio de los muertos, que las nuevas máquinas violan reproduciendo la voz de los fallecidos.

En la pluma de Virilio, el silencio muestra sus contradictorias caras. Después de considerar al arte como una práctica despiadada por no guardar silencio, en el segundo ensayo hace valer el silencio, la necesidad de equilibrar el derecho de silencio con el derecho de expresión, tan defendido. Aparentes vaivenes que empujan la reflexión del lector.

4. Conclusión catastrofista

En una primera lectura, podría afirmarse la distancia entre los textos de Le Breton y Virilio. De hecho, les separa el estilo. Ahora bien, hay posiciones comunes más allá del asunto tratado. Tal vez, por haberse fijado en el mismo elemento de nuestra realidad social y comunicativa. Hay que celebrar que esta ruptura del silencio sobre el silencio en nuestras sociedades contemporáneas se haya realizado desde la agudeza y el vigor intelectual de ambos autores. Pero, también, sus reflexiones oscurecen el futuro, si, en lugar de clarividentes aldabonazos se toman desde el fatalismo.

La recuperación de lo que, con permiso de los autores referidos, podría denominarse un humano silencio de Dios que nos enfrenta a nuestros horrores, podría verse alguna luz frente al sombrío futuro que se dibuja, especialmente Virilio, desde cierta determinación tecnológica. Desde esta perspectiva de recuperación, en ambos textos se extienden impagables cargas éticas. El silencio se sitúa así en línea directa con los valores, haciéndose urgente el aprendizaje de su gestión.

Las advertencias ya habían sido dadas antes. Cabe destacar la realizada por Dorfles hace unos años: »la creciente desaparición de los espacios vacíos, del silencio, de la quietud... éstas y otras mil experiencias demuestran que es tal la multitud de percepciones, de estímulos, de apremios a que el hombre se encuentra sometido, que no tardaremos en llegar a un período de aniquilación de la sensibilidad e, incluso, de la facultad imaginífica del individuo» (Dorfles, 1984: 224). Ahora bien, todavía Gillo Dorfles creía en la capacidad del arte para cambiar esta línea de evolución. Siguiendo a Virilio y, en menor grado, Le Breton, difícilmente el arte puede contribuir a cambiar la evolución cuando es su cómplice. La línea catastrofista es más profunda, pues la pérdida del silencio no es una pérdida, es la pérdida. Tal vez quede aún tiempo para reapropiarse del silencio.

Referencias

CASTILLA DEL PINO, C. (1992): El silencio. Madrid, Alianza.

DELCLAUX, F. (Rec.) (1987): El silencio creador. Madrid, Rialp.

DORFLES, G. (1984): El intervalo perdido. Barcelona, Lumen.

GOFFMAN, E. (1987): La presentación de la persona en la vida cotidiana. Madrid, Amorrortu-Murguía.

JAWORSKI, A. (1993): The power of silence: social and pragmatic perspectives. Londres, Sage.

LE BRETON, D. (2001): El silencio. Madrid, Sequitur.

LLEDÓ, E. (1998): El silencio de la escritura. Madrid, Espasa-Calpe.

NOELLE-NEUMAN, E. (1995): La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Barcelona, Paidós.

SAUSSURE, F. (1987): Curso de Lingüística General. Madrid, Alianza.

VIRILIO, P. (2001): El procedimiento silencio. Buenos Aires, Paidós.