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Revista Comunicar 22: Edu-comunicación en un mundo global (Vol. 11 - 2004)

Ciudadanía, educación y estudios de comunicación

Citizenship, education and communication studies

https://doi.org/10.3916/C22-2004-05

Francisco-Javier Pérez-Latre

Abstract

Contar con ciudadanos con niveles aceptables de educación interesa a las sociedades democráticas modernas. Esto sucede de manera especial cuando se detecta que las democracias no han conseguido detener la violencia, el racismo, la xenofobia y otros ataques contra los derechos humanos. Los medios influyen en la construcción de una ciudadanía responsable y juegan un papel esencial en el desarrollo de las sociedades democráticas. El riesgo que afrontan los medios está en la posibilidad de difundir una cultura de contenido superficial y convertirse así en una amenaza para el diálogo social en lugar de «facilitadores» del debate. Este trabajo procura sugerir ideas para educar profesionales responsables para los medios que puedan estar en la situación idónea para contribuir al desarrollo de sociedades más sabias y democráticas.

Contemporary democratic societies are interested in citizens with a high level of education. This fact is especially relevant since we observe that democracies have not stopped violence, racism and other human rights violations. Media have influenced in the education of a responsible citizenship and play an essential role in the development of democratic societies. But there is a risk: media can spread a culture with a low educational level and transform themselves in a threat to social dialogue instead of making it easy. This paper tries to suggest ideas to educate responsible media professionals who are prepared to contribute to the develpoment of democratic wise societies.

Keywords

Ciudadanía, educación, medios de comunicación, distanciamiento crítico

Citizenship, education, media, critical point of view

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1. Planteamiento de la cuestión

El estudio de la ciudadanía se ha ido revelando en el tiempo como un estudio de naturaleza multidisciplinar. Sin ánimo exhaustivo, se trazan aquí algunas líneas de pensamiento que han ido desarrollándose en distintos ámbitos científicos. Desde la teoría política comunitarista, Etzioni (1992) ha abordado las posibilidades de llevar a cabo un diálogo constructivo, que serían las siguientes: no «demonizar » al oponente y herir sus sentimientos profundos; hablar menos de derechos y más de necesidades, deseos e intereses; y establecer un diálogo de convicciones para evitar el encuentro en un terreno neutral, que rara vez aporta valor. Tannen (1999) comenta con preocupación la creciente incapacidad de los interlocutores sociales para el diálogo, dentro de un clima de sospecha muchas veces alentado por los medios de comunicación. La práctica de los dos bandos interfiere en la resolución de los conflictos, creando esa cultura de la polémica, que se traduce en política en una situación de campaña y oposición permanente, y que invade también el ámbito de la discusión académica en las universidades.

Desde el estudio del multiculturalismo, Kymlicka (1996) y Taylor (1992), dos autores canadienses, explican que la sociedad multicultural tiene que construirse sobre bases de respeto a las minorías, pero también asegurando que las minorías no hagan de su estatus patente de corso para imponer sus convicciones a la sociedad democrática, en ocasiones incluso con métodos violentos: «el reconocimiento de los derechos de las minorías conlleva unos riesgos obvios ». Los nazis –también defensores del terrorismo, la segregación racial o el apartheid– hicieron uso y abuso de lenguaje de los derechos de las minorías. Dicho lenguaje lo han empleado también por doquier nacionalistas y fundamentalistas beligerantes para justificar la dominación de los pueblos que no pertenecen a su grupo, así como para reprimir a los disidentes dentro del grupo propio.

De ahí que una teoría liberal deba explicar cómo coexisten los derechos de las minorías con los derechos humanos, y también cómo los derechos de las minorías están limitados por los principios de libertad individual, democracia y justicia social (Kymlicka, 1996). Se habla también de una suerte de «competencia intercultural», cada vez más crucial para una sociedad globalizada, pero no necesariamente más culta y conocedora de las características que configuran la idiosincrasia de los distintos países.

La necesidad de contar con buenos ciudadanos es una de las preocupaciones constantes de las democracias occidentales, que ven como no consiguen suprimir la violencia, la discriminación racial y diversos atentados contra la dignidad humana. En efecto, el modelo liberal-capitalista dominante está mostrando una notable incapacidad para educar ciudadanos. Cada vez más, los investigadores están convencidos de que la democracia necesita imprimir valores y virtudes en los ciudadanos, como agudamente ha explicado Ratzinger (1998): «sin convicciones morales comunes las instituciones no pueden durar ni surtir efecto (...), las decisiones mayoritarias no pierden su condición verdaderamente humana y razonable cuando presuponen un substrato básico de humanidad y lo respetan como verdadero bien común y condición esencial de todos los demás bienes; apartarse de las grandes fuerzas morales y religiosas de la propia historia es el suicidio de una cultura y de una nación. Cultivar las evidencias morales esenciales, defenderlas y protegerlas como un bien común sin imponerlas por la fuerza, constituye, a mi parecer, una condición para mantener la libertad frente a todos los nihilismos y sus consecuencias totalitarias».

En el ámbito de la comunicación toda una corriente de pensamiento, la del llamado periodismo cívico, aborda una cuestión nuclear: ¿son los medios de comunicación servidores de los ciudadanos o servidores de los poderes políticos y los intereses comerciales? Por decirlo de otro modo, son «cómplices del poder o representantes de los ciudadanos», planteó Canel (1996). La influencia de los medios en la ciudadanía y en la construcción de una sociedad verdaderamente democrática es también objeto de investigación por parte de García-Noblejas (1996), que escribió que «como ciudadanos de democracias más o menos vigorosas, como personas con una dignidad respetable y como profesionales o académicos de la comunicación, necesitamos conocer y practicar los pactos de lectura que ofrecen las argumentaciones retóricas y que –aparte de numerosas tropelías– se destinan a hacer verosímil lo que se tiene por verdadero acerca de tales acciones humanas, fines por sí mismas. De lo contrario, seremos una especie de ciudadanos- objeto (usados para pagar impuestos, votar, etc. en momentos señalados) pero no ciudadanos a tiempo completo». Finalmente, en el ámbito de la educación, Naval (1995) plantea las claves para una educación cívica de los universitarios, futuros impulsores de la ciudadanía y la sociedad democrática y explica cómo todas las concepciones de la ciudadanía se apoyan sobre un cierto sistema de educación cívica y moral.

2. Ciudadanía y medios de comunicación

El panorama actual de la práctica de la comunicación en sus distintas formas (ficción, información, entretenimiento, persuasión) queda descrito por Debord (1999) cuando caracteriza «la sociedad del espectáculo », en la que los medios tienen un papel destacado. Llano (1998) ha señalado que «no hay más realidad que la secuencia vertiginosa de las representaciones televisivas o transmitidas por Internet». En la sociedad actual parece haberse por fin cumplido «el ideal sofístico de la identidad del ser y el aparecer». Este autor continúa definiendo el panorama actual como de «anorexia cultural generalizada» que tiene como consecuencia el aligeramiento de los contenidos.

Efectivamente, junto a los grandes logros de los medios, parece justo señalar que han propagado cierta tendencia social a la falta de reflexión, la banalización de las cuestiones, la superficialidad, a la incapacidad de situar los problemas en su contexto. Todo ello parece contribuir a la construcción de una sociedad altamente tecnificada, pero notablemente inculta.

Con frecuencia, los medios no han contribuido al diálogo social. Esa realidad tiene que ver con la cultura de la sospecha sobre la que trabajan en ocasiones. En efecto, sin estudiar a fondo los problemas, es frecuente que los medios piensen que los actores sociales sólo cuentan la punta del iceberg, y que en el fondo hay cuestiones todavía más desagradables que es necesario a toda costa difundir. Y cuanto más se difunden tales cuestiones más se banalizan, de suerte que el público ya no se sorprende por nada, porque lo ha visto todo.

Los efectos sobre la ciudadanía de tales planteamientos son devastadores. La cuestión está, escribe García-Noblejas, en compatibilizar la ciudadanía política y la dignidad personal con el nuevo «aldeanismo mediático», aún demasiado apegado a peligrosas querencias tecnocráticas pero precisamente prometido como respuesta a algunas carencias de esta misma ciudadanía democrática.

La solución no parece pasar por el abandono de los medios a su suerte. Los medios de comunicación son simplemente cauce de determinados mensajes, aunque en ocasiones se trate de un cauce de notable influencia social y poder de persuasión. Sus contenidos tienen considerable valor para la mejora de la ciudadanía y la transparencia de las sociedades democráticas.

En este contexto, parece claro que la mejora de la situación tiene mucho que ver con la formación humanística profunda de los profesionales de la comunicación, que les haga más cultos y sensibles a los dilemas propios de la veracidad, el respeto a la dignidad de la persona y la responsabilidad social. También pasa por un adecuado uso del tiempo, que lleve a la reflexión, como planteaba recientemente el presidente del Consejo Audiovisual francés, Hervé Bourgue (1999), «la deontología periodística pasa hoy por un acto de resistencia frente a los condicionamientos temporales dictados por los nuevos medios, y por un esfuerzo tendente a restaurar la duración en todas sus dimensiones: reflexión necesaria sobre los hechos, conservar la memoria de los sucesos, coherencia lógica para reconstruir su encadenamiento».

3. Propuestas para mejorar la educación cívica delos profesionales de la comunicación

Las ideas anteriormente expuestas permiten el acercamiento a propuestas de solución que sirvan a las facultades de comunicación para formar ciudadanos con responsabilidad en los medios. Se trataría de lograr la educación posible a través de objetivos realistas, porque suele ser característico de la comunidad universitaria plantearse objetivos inalcanzables, como escribía hace ya algún tiempo Drucker (1986). En este sentido formularía las siguientes propuestas:

• Mejora y profundización de la formación humanística de los profesionales de la comunicación: historia, filosofía, literatura, arte. Se trata de contenidos que ya están en los planes de estudios, pero que deben empapar también el resto de las materias. Los grandes libros (Sófocles, Dante, Cervantes, Shakespeare, Dostoievski, Tolstoi, por citar algunos autores fundamentales) no sólo son clásicos, sino también obras fascinantes que trascienden los siglos y abordan las cuestiones vitales que todos los días tratan los medios de comunicación, aunque en ocasiones sin advertir su verdadera trascendencia.

• Racionalización de la carga de enseñanzas prácticas en cine, radio, televisión, comunicación multimedia y periodismo. La técnica en sí misma resulta interesante, pero su grado de obsolescencia es alto. Los alumnos de comunicación deben tener un mínimo de conocimientos técnicos, pero las tecnologías cambian. Por el contrario, las grandes habilidades culturales –leer, saber hablar, saber escribir– son las únicas que resisten el embate continuado de la innovación tecnológica. Por tanto, y aunque los universitarios todavía no se den cuenta, son garantía para la conservación de sus puestos de trabajo en el futuro.

• Valoración creciente de la antropología, la ética, la sociología y la psicología. Los estudiantes de comunicación, además de ser personas cultas, deben contar a las mujeres y los hombres de las distintas épocas históricas la realidad y, por tanto, deben conocer a fondo sus características permanentes y la dimensión moral de todos los planteamientos que llevan a cabo los comunicadores.

• Educación crítica ante los medios. Los futuros profesionales de la comunicación no deben estudiar los medios como audiencias partidarias sino con cierto distanciamiento crítico. Deben comparar los distintos enfoques que los medios dan a las mismas informaciones para llegar a sus propias conclusiones. Deben saber que los medios son también empresas con intereses comerciales e interpretar su modo de ver la realidad en esa clave. Deben preguntarse, en fin, no tanto qué pasa, sino por qué y con qué consecuencias. Y sobre todo, no deben pensar que por saber lo que dicen los medios conocen ya la realidad. Es necesario que se interroguen continuamente acerca del modo de conocer más a fondo la sociedad, de investigar más, de acudir directamente a las fuentes, de estudiar los conflictos en profundidad.

• Enseñar a trabajar en equipo y dialogar con otros, construyendo un diálogo verdaderamente profundo y enriquecedor, un diálogo de convicciones, que introduzca sana desconfianza en el propio juicio y creciente afán de investigar más a fondo las realidades.

Se trata de retos formidables y difíciles, pero no por ello menos apasionantes, que tienen que enfrentar día a día los que se dedican a la formación de profesionales de los medios, en un entorno de innovación tecnológica constante y fascinación por la imagen. Pero se trata también de asuntos que pueden prestar un servicio impagable a la ciudadanía y a la construcción de sociedades verdaderamente democráticas y tolerantes.

Referencias

BOURGUES, H. (1999): Le Monde, 25-08-99.

CANEL, M.J. (1996): «Los medios de comunicación: ¿cómplices del poder o representantes de los ciudadanos?», en VARIOS: Periodismo, poder y ciudadanía. X Jornadas Internacionales de Comunicación. Salamanca; 111-138.

DEBORD, G. (1999): Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Barcelona, Anagrama; 1-32.

DRUCKER, P. (1986): Innovation and entrepreneurship: practice and principles. New York.

ETZIONI, A. (1996): The new golden rule: community and morality in a democratic society. New York.

GARCÍA-NOBLEJAS, J.J. (1996): Comunicación y mundos posibles. Pamplona, Eunsa; 21 y 188.

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LLANO, A. (1998): «La libertad postmoderna», en Nuestro Tiempo, diciembre 1998; 112.

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