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Revista Comunicar 22: Edu-comunicación en un mundo global (Vol. 11 - 2004)

Reflexión ética sobre la (des)igualdad en el acceso a la información

An ethical reflection on non equal access to information

https://doi.org/10.3916/C22-2004-07

María-del-Pilar Núñez-Delgado

José-Antonio Liébana-Checa

Abstract

La omnipresencia de los medios de comunicación de masas y de las tecnologías de transmisión de la información a ellos asociadas es un hecho que caracteriza a las sociedades occidentales. Estos medios constituyen, sin duda, un potente conjunto de herramientas destinadas a facilitar la relación entre las personas y a mejorar sus vidas a través de un acceso más fácil y rápido a la información pero, al mismo tiempo, su uso comporta una serie de efectos, no todos positivos, sobre los que hay que detenerse a reflexionar. Se plantean aquí algunos puntos para este análisis desde la perspectiva de las implicaciones éticas que tiene la utilización de los que en principio se presentan como medios inocuos, frutos del progreso vertiginoso de la técnica.

Media relevance is a fact all over the world. And these media go together with new technologies of information. Both of them are characteristic of the western culture. It is true that these media and the technologies associated to them are a powerful group of means suitable to make personal relationships easier and to improve people´s lives thanks to a fast and easy access to information. But they have some negative consequences. This paper makes a reflection on these harmful effects, mainly from an ethical point of view, showing that they are not as innocent as they could be seen.

Keywords

Pensamiento único, globalización, televisión, educación, medios y tecnologías de la información y comunicación

One-way of thought, globalization, television, education, media, technologies of information and communication

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Resulta ya tópica –y en cuanto tal, casi vacía de significado– la afirmación de que vivimos en la era de la comunicación, en la era tecnológica, en un universo lleno de posibilidades donde las distancias se acortan y la información fluye en cantidades ingentes al alcance de un clic de ratón. La contrapartida de este panorama fascinante radica en el peligro de que, al haberse convertido los medios de comunicación y las tecnologías de la información en elementos del paisaje cotidiano de una parte de la población mundial, maravillados de su potencialidad e impregnados de un optimismo excesivamente racionalista ante los avances de la técnica, obviemos elnecesario debate sobre lo que, más allá de sus ventajas materiales, suponen en realidad en un mundo complejo y diverso donde las desigualdades de acceso a éstos y otros bienes son enormes y, por lo mismo, tremendamente significativas a poco que profundicemos en sus análisis.

El papel actual de los medios de comunicación de masas y de las tecnologías de la información se nos presenta de este modo como trascendente en múltiples ámbitos y por varios motivos, de entre los que queremos destacar los cambios que provocan en las estructuras sociales, económicas, laborales, culturales e individuales. La presencia de la información mediada tecnológicamente en nuestras vidas constituye una herramienta tan poderosa que configura modos de ver y entender el mundo a cuyo influjo es difícil sustraerse para tomar una cierta distancia que permita analizar sus efectos y sus implicaciones, pero ésta nos parece una tarea ineludible sobre la que queremos proponer algunos puntos para la reflexión.

1. Algunos efectos de las tecnologías de la información y la comunicación

La que se está dando en llamar sociedad del conocimiento (Junta de Andalucía, 2003) presenta una serie de características, derivadas de la presencia en ella de nuevas pautas de comunicación y de flujo de la información a través de soportes tecnológicos avanzados, que conviene repasar –aunque sea brevemente– para tomar conciencia de su repercusión en los planos económico, social, cultural, político y personal.

Desde su mismo origen, las tecnologías de la información y la comunicación producen un impacto económico considerable, pues no son sólo adelantos técnicocientíficos sino instrumentos que contribuyen a disminuir los costos de producción de bienes de consumo. De este modo, el ciberespacio, además de un nuevo espacio para la libertad de comunicación, es cada vez más un nuevo espacio para la libertad de comercio, aspecto este de cuyas consecuencias habrá que estar pendientes (Galeano, 1998).

Las repercusiones sociales de las TIC nos parecen aún más significativas. Los nuevos medios rompen las barreras geográficas borrando las distancias físicas, pero no rompen las barreras sociales y económicas, más bien amplían y reproducen las desigualdades entre los pueblos y entre los sectores sociales. Por todo esto resulta necesario pararse a pensar que la mitad de los habitantes de la Tierra, o sea 3.000 millones de seres sobreviven con menos de dos dólares diarios y que, por supuesto, para ellos no hay posibilidad alguna de acceder a estos productos. Internet, que se está convirtiendo en un recurso imprescindible en todos los ámbitos, es en realidad un privilegio de los países desarrollados, donde reside el 90% de los usuarios. Esto quiere decir que en este mundo globalizado y comunicado se sigue reflejando la desigualdad, como lo demuestra el hecho de que las TIC no sean asequibles a todos por igual. El acceso a ellas está mediado por factores económicos, lo cual significa que se tienen tecnología e información si se tiene el dinero para comprarlas, y realmente son una minoría los países que pueden invertir en estos bienes. La paradoja estriba en que tales recursos son hoy imprescindibles para lograr una modernización industrial que permita el despegue económico, con lo que se crea un círculo difícil de romper.

El impacto cultural que tiene el advenimiento de las TIC para la sociedad es de tal magnitud que está modificando el concepto de alfabetización e incluso el de persona culta. Una de sus excelencias estriba en que, dada la cantidad de conocimientos acumulados, reducen el tiempo necesario para transformar el conocimiento básico en ciencia aplicada, lo cual implica una importante evolución en el terreno de la investigación científica y, especialmente, en el de la educación. Carece de sentido basar los procesos de enseñanza en la transmisión y retención de contenidos, lo que hay que desarrollar son las estrategias que permitan a las personas buscarlos, seleccionarlos, procesarlos e interpretarlos críticamente. Huelga afirmar que la cara negativa de estas ventajas consiste en que estos conocimientos no están al alcance de todos.

En este mismo ámbito, cabe señalar que la tecnología pone en circulación enormes cantidades de información, pero también de elementos culturales (tradiciones, lenguas, modos de vida, etc.) y de juicios sobre ellos que los dotan de un valor de mercado en el que los desequilibrios son igualmente notorios. El alcance de los massmedia y, sobre todo de la Red, nos da acceso, en principio, a cualquier continente, pero no a todas las culturas: muchas culturas minoritarias tienden a borrarse o se refugian en el pasado con lo que su caracterización como primitivas se intensifica y quedan fuera del mercado de intercambios para verse reducidas a objeto de estudio de las culturas mayoritarias o avanzadas. El rico flujo entre culturas que en principio suponen los medios de comunicación de masas no es en realidad una relación compensada en ambos sentidos: hay unas que estudian y otras que son estudiadas, unas que clasifican y otras que son clasificadas, unas que proponen (imponen) normas y valores y otras que los asumen como aspiraciones. Ni en la Red ni en otros medios suelen aparecer noticias que den cuenta de estas diferencias ni de sus causas; no se dice por qué ocurren las desgracias en el Tercer Mundo y así, por ejemplo, las imágenes del hambre jamás aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial, jamás se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales. En este juego es evidente que poco se informa sobre el Sur del mundo, y nunca o casi nunca desde su punto de vista; la información masiva refleja, por regla general, los prejuicios de la mirada ajena. Las demás regiones y países reciben poca o ninguna atención, salvo en caso de guerra o catástrofe; los medios de comunicación y la información suponen en este caso no sólo un poder en sí mismos sino un medio de reconstrucción de la realidad al naturalizar determinadas situaciones y marginar otras (Torres, 1991). En este sentido, como señala Guattari (1992), la información es sobre todo producción de subjetividad y hay que tener en cuenta el carácter pluralista, pluricéntrico, heterogéneo, de la subjetividad contemporánea, a pesar de la homogeneización que se produce a través de los medios de comunicación.

Esta dimensión elitista está siendo denunciada por autores como Chomsky y Dieterich (1997), quienes ponen especial interés en resaltarla frente a los intelectuales que acríticamente etiquetan la futura cultura cibernética como la cultura del acceso, como una cultura que parece implicar inevitablemente una democratización de las interacciones de la Humanidad, cuando en realidad lo que está ocurriendo es que está imponiendo unos modelos y devaluando otros. Es necesario tener en cuenta asimismo la advertencia que nos hace Romano (2001) al indicar que Internet puede ser un instrumento eficaz para la democratización del conocimiento, de la creatividad y de la diversidad cultural, aunque el país con más desarrollo tecnológico, los Estados Unidos, tiene un nivel de instrucción deplorable, según la OCDE.

Las consecuencias políticas de las TIC derivan del viejo axioma –de una validez empírica demostrada repetidamente por la historia– que sostiene que la información es poder. Los políticos tienen muy presente el poder de seducción de la televisión y por eso uno de los debates más fuertes entre dirigentes de partidos distintos es el que se centra en quién controla la televisión pública y, también, la privada. Si en los años siguientes a la II Guerra Mundial todavía encontraban amplia resonancia los medios independientes de información y de opinión, a partir de 1980 muchas empresas pequeñas y medianas fueron absorbidas por unas pocas corporaciones hasta hacer cada vez más raras la independencia y la diversidad. Los actuales gigantes de la comunicación simulan competir entre sí, y a veces hasta que se golpean y se insultan para satisfacción de los espectadores, pero, a la hora de la verdad, el espectáculo cesa y, tranquilamente, se reparten el planeta (Galeano, 1998). Los medios dominantes están en pocas manos y, por regla general, actúan al servicio de un mismo sistema, cuyo eje se sitúa en los Estados Unidos. De esta forma apreciamos que el sustantivo comunicación se ha desemantizado considerablemente con respecto a su valor etimológico y ya no hace referencia a lo común, a los vínculos compartidos en virtud de la necesidad del otro que tenemos como seres sociales, sino al trasvase de información y al poder que la posesión de ésta implica. Así lo expresa con claridad L. Sevilla (1998: 432), en unas palabras que compartimos plenamente, al afirmar que «insistamos en señalar que en la época actual las formas de emitir mensajes se multiplican de forma ejemplar. Los satélites, agencias de noticias, módems, Internet, fotocopiadoras, fax, teléfonos, ordenadores, prensa, radio, televisión..., son buena prueba de ello. En la mayoría de estos medios la información se esparce por todos los rincones casi de forma instantánea, que además nos llega por distintos canales, cada uno con características propias y siempre mediados por las empresas selectoras o enunciadoras. Estas empresas o industrias culturales nos hacen llegar la porción de realidad que les interesa para conseguir sus fines económicos, ideológicos, culturales o políticos. Nos transmiten sus mensajes de múltiples formas, creando la ilusión de lo real, en espera y a sabiendas de que el lector, oyente o espectador se acercará al mensaje y lo decodificará de la manera prevista con antelación y sin posibilidad de respuesta, o peor aún, como única respuesta dará aquélla que previamente se le ha supuesto». Nos encontramos así con otra de las paradojas que caracterizan las tecnologías de la información: las mayores posibilidades de comunicación van acompañadas de controles políticos que protegen los intereses de los países más poderosos, con lo que las TIC se convierten en instrumentos de dominación muy efectivos en todos los aspectos, incluso en los modos de pensar y de sentir de los individuos.

El impacto de las tecnologías en la dimensión individual o psicológica de las personas no es tampoco desdeñable en tanto aquéllas modifican las relaciones sociales, el estilo de vida y de trabajo, el modo de usar el lenguaje y hasta la percepción del tiempo y el espacio. Aumentan las posibilidades de comunicarse con gente de todos sitios, pero esos contactos se suelen hacer desde el aislamiento de la casa y a través de un ordenador que atenúa la carga afectiva de la lengua oral y elimina la significación aportada por lo no verbal, con lo cual la dimensión informativa de la interacción resulta potenciada frente a la dimensión emotiva y social de los intercambios cara a cara.

2. Información, globalización y pensamiento único

Las consideraciones hechas hasta aquí ponen de manifiesto que, pese a lo relativamente corto de su existencia, las tecnologías de la información han introducido cambios radicales en las sociedades occidentales, y no sólo en los soportes y los formatos de los medios de comunicación de masas, sino en la configuración misma de su discurso. Este discurso se caracteriza, ante todo, por su omnipresencia, pero también por un particular entramado –sutilmente tejido y poco perceptible a simple vista– de aspectos formales y de contenido que han convertido los mass-media en auténticas industrias de la conciencia sustentadoras de una visión de la realidad bastante homogénea compartida como sistema de valores por las democracias modernas, al margen de pequeñas diferencias que, en realidad, y a la luz de la reflexión que pretendemos realizar, resultan poco relevantes.

El eje que estructura esta visión del mundo se basa en una trampa ideológica que queremos resaltar: la teoría del discurso políticamente correcto se asienta sobre términos como desarrollo sostenible, solidaridad, igualdad en la diversidad o interculturalidad, mientras las prácticas sociales y económicas arremeten ferozmente contra estos conceptos y los convierten en utopías inviables.

Parece fuera de toda duda que son los medios de comunicación de masas y las tecnologías a ellos asociadas los responsables más directos de la extensión de este pensamiento único entendido, a la manera propuesta por Ignacio Ramonet (2000), como el único pensamiento autorizado por una invisible y omnipresente policía de opinión que lo convierte, junto con la globalización y el mercado, en el mecanismo regulador del funcionamiento del mundo desde los parámetros de los países del primer mundo.

Este tipo de pensamiento, que convierte en reales las peores pesadillas de Huxley o de Orwell, ha llevado a una mayor privatización de las existencias individuales y colectivas, lo que ha hecho que la función pública de los medios de comunicación se reduzca considerablemente o, lo que es peor, que se distorsione dando cada vez más importancia a la exposición morbosa de la intimidad o a los contenidos «rosa» (Esparza, 2001). Sin embargo, no podemos olvidar conceptos que nos están repitiendo constantemente y que son la base de este pensamiento único: mercado, competencia y competitividad, libre intercambio sin fronteras, mundialización, división internacional del trabajo, desreglamentación, privatización o liberalización.

Esta visión del pensamiento único opera con tal fuerza en todos nosotros que da lugar a una paradoja curiosa: creemos que estamos informados de todo pero en realidad, y en contra de lo que podría parecer, no nos enteramos de nada porque cada vez son menos las visiones complementarias, las posibilidades de contraste y de crítica, de construcción de una opinión libre de prejuicios. En este sentido, Romano (1998) señala que se realiza un enorme esfuerzo por mantener a la población desinformada, de manera que el objetivo de los medios de comunicación no estriba en producir una ciudadanía crítica e informada, sino en reproducir una visión de la realidad que mantenga el actual poder económico y social de la clase dominante. Chomsky y Herman (2000) se manifiestan en esta dirección cuando indican como funciones de los medios de comunicación las de divertir, entretener e informar, junto con la de inculcar a los individuos los valores, creencias y códigos de comportamiento que les harán integrarse en las estructuras institucionales de la sociedad sin ponerlas en cuestión. El papel de la publicidad es determinante en relación con esta última función, pues es el instrumento por excelencia con el cual se pretende legitimar la satisfacción de los propios deseos, por más extravagantes o derrochadores que sean (Chomsky y Dieterich, 1997).

Estas miradas sobre el mundo crean una verdadera red en torno a él, una compleja tela de araña de cuyos límites es difícil salir y que está construyendo lo que se ha dado en llamar globalización, un término rebatido porque es una práctica que a lo largo de la historia ha significado dominación e imperialismo. No obstante, hay autores que resaltan el lado positivo de la globalización; así ocurre con Forrester (citada por Gourevitch, 2002), para quien la globalización no debería ser confundida con el ultraliberalismo porque puede ser algo estupendo para todos; el problema es cómo gestionarla y conseguir que funcione para todos o no funcione para nadie. No puede ser que el objetivo de unos pocos países sea aumentar el desarrollo tecnológico y sus aplicaciones, y el de otros sea la mera supervivencia porque sobre estas discordancias tan escandalosas no se puede construir ninguna estructura global equilibrada y justa; lo que se está elaborando más bien es un aparato de imposición de una visión del mundo sobre las demás posibles.

En la aldea global del universo mediático se borran las barreras espacio-temporales y la comunicación se impregna de un prestigio aportado por la técnica que parece racionalizar y mejorar por sí misma los procesos en los que interviene (Litwin, 1995). Se olvida así la necesidad de que, como señala Vázquez Gómez (1987), se cumplan ciertos requisitos básicos, tales como contar con una adecuada fundamentación en modelos antropológicos, culturales y educativos que pongan de manifiesto algunos hechos que, desde una perspectiva estrictamente ética y humanística, no pueden ser ignorados.

3. Televisión, realidad y mundos posibles

Trabajar, dormir y mirar la televisión son las tres actividades que más tiempo ocupan en el mundo contemporáneo, por lo que resulta indiscutible que la televisión es el medio de comunicación que más influye en la construcción del modelo de sociedad tecnológica que estamos describiendo: sus imágenes y sus personajes se mezclan con nuestra vida. A esto se añade que una de las características de la televisión es que el telespectador, exceptuando acontecimientos extremadamente emocionales, no se mueve ante lo que ve (Romano, 1998b), falta el acompañamiento motor y esto induce la pasividad ante el mensaje. Los impulsos no realizados influyen en los sentimientos del telespectador y le llevan a veces incluso a la dificultad de diferenciar entre realidad y ficción. Este papel constitutivo de la sensibilidad y la percepción colectivas crea una desconfianza con la industria cultural que se basa en tres temores (Ramonet, 2000):

• Que se pueda reducir a la gente al estado de masa y obstaculizar la estructuración de individuos emancipados, capaces de discernir y de decidir libremente.

• Que se pueda reemplazar, en la mente humana, la legítima aspiración a la autonomía y a la toma de conciencia sustituyéndola por un conformismo y una pasividad altamente regresivos.

• En suma, se puede extender la idea de que los seres humanos desean vivir extraviados, fascinados y embaucados en la confusa esperanza de que alguna peculiar satisfacción hipnótica les llevará a olvidar, por un instante, el mundo absurdo en el que viven.

Son temores reales si tenemos en cuenta que las horas de televisión superan las que se dedican a casi cualquier otra actividad. No se consigue recordar una sola comida familiar sin la tele encendida; los muebles han sido ubicados en torno al televisor. Según datos de la consultora Geca, en el año 2000 los españoles empleaban un 15,3% de su tiempo en ver televisión, con una media de consumo de tres horas y media cada día. Desde la Guerra del Golfo, en 1991, todos los conflictos bélicos han sido televisados; asimismo, donde ha habido un incendio, un terremoto u otra catástrofe allí había una cámara para mostrarnos imágenes de dolor, muerte y destrucción. Todo se convierte en espectáculo en televisión; no hay ciudadano que no se haya convertido en espectador (Esparza, 2001).

Por otra parte, la televisión difunde cada vez más el estilo de vida norteamericano y en esta transmisión juega un papel destacado la violencia. Sobre este punto, Romano (1998a) presenta unos datos impactantes: a finales de los años 70 un adolescente había pasado 15.000 horas delante del televisor y había visto a través de la pantalla 18.000 muertes; a finales de los noventa, la Asociación de Telespectadores y Radioyentes realizó un estudio e indicó que los niños españoles en edad escolar ven en la televisión cada semana 670 homicidios, 15 secuestros, 848 peleas, 420 tiroteos, 15 secuestros de menores, 11 robos, o suicidios, 32 casos de captura de rehenes, 30 de torturas, 18 de drogas,13 intentos de homicidio, 20 episodios bélicos, 11 desnudos y 20 emisiones eróticas. Si se multiplican estas cifras por las 52 semanas del año tendremos 34.840 homicidios, 780 secuestros, 44.096 peleas, 21.840 tiroteos, 572 robos, 43 416 suicidios, 1.664 casos de captura de rehenes, 1.560 de torturas, 936 de drogas, 676 intentos de suicidio, 1.040 episodios bélicos, 772 desnudos, 1.040 emisiones eróticas. Y esto sin contar los actos de violencia que son emitidos en los informativos y en los videojuegos.

Las agresiones y el asesinato pueden considerarse acciones casi habituales y cotidianas, tanto que –como señalan Chomsky y Ramonet (1999)– por imitar al héroe de una película para adolescentes, The program, que se acostaba sobre el asfalto de una autopista y permanecía inmóvil en medio de la circulación, varios jóvenes fueron atropellados en las carreteras de EEUU en 1993. Esto obligó a la empresa productora, Walt Disney Company, a cortar la escena en todas las copias en circulación y llevó al Congreso a exigir medidas contra la violencia en la televisión. El debate se trasladó hacia los videojuegos, de los que un gran número está inspirado en guerras reales (Vietnam, Afganistán, Golfo, Bosnia...) en las que un héroe sigue un recorrido durante el cual no cesa de eliminar adversarios.

En la misma dirección, García Galera (2000) se refiere al impacto de los medios de comunicación en el desarrollo del ser humano e indica que en la infancia, conforme se va creciendo, se va experimentando un habituamiento a las escenas de violencia que se proyectan en televisión hasta el punto de que llegan a ejercer cierta atracción. Los efectos de la violencia en televisión sobre los niños y niñas aparecen con el tiempo, a largo plazo, y repercuten en su crecimiento social y personal. En edades infantiles las acciones violentas son consideradas normales por un porcentaje alto de la muestra objeto de estudio y esa normalidad puede traducirse en una aceptación de tales acciones en la vida real. Estos datos los corrobora la autora en el trabajo realizado junto a J.A. Ruiz, encargado por el Defensor del Menor en Madrid (pendiente de publicación, recogido de Carrión, 2003). De este último estudio también resaltaremos dos resultados: en primer lugar, que un 60% de los niños y niñas de la Comunidad de Madrid ven la televisión sin un adulto a su lado porque disponen de una en su propia habitación y, en segundo lugar, que han incorporado la violencia con tanta naturalidad que la consideran un medio para conseguir lo que quieren y arreglar sus problemas. El exceso de violencia, según lo señalado anteriormente, es innegable, pero rara vez se explica por qué se produce esa violencia, no existe discusión sobre los motivos o las condiciones sociales que la provocan; por esto recibimos una información descontextualizada. A este respecto es relevante la investigación de Sánchez Corral (1998) dedicada al estudio de la violencia como discurso en los medios de comunicación, en la cual analizó cómo leen el discurso de la violencia en los medios los niños y niñas de cuarto curso de educación primaria. Concluyó que los seres humanos en edad infantil nos situamos ante los hechos que se presentan en programas de televisión adhiriéndonos pasivamente a los enunciados de la violencia que ofrece el medio y usando mecanismos de identificación socioafectiva y de empatía entre enunciador y enunciatarios. Es decir, la interpretación está implícita en el enunciado y orienta a los destinatarios a aceptar pasivamente el mensaje recibido.

En esta construcción de la violencia simbólica, el lenguaje merece un lugar destacado –si no único, sí de los más relevantes– como instrumento que interviene en su formación. Las palabras y los conceptos se emplean para imponer significados que contradicen en muchos casos la realidad. Los ejemplos son numerosos: todo ataque israelita es justificado por prevención, todo ataque palestino es etiquetado como ataque terrorista; cuando hay despidos por parte de una gran multinacional se presentan como flexibilización del mercado laboral; el lenguaje políticamente correcto impone que ya no se diga torturas sino presiones físicas o psicológicas, llama enriquecimiento ilícito a la apropiación del dinero ajeno por parte de un político corrupto, sustituye a los negros por hombres de color y convierte las muertes en desapariciones físicas. Así utilizamos el lenguaje, con una carga ideológica tal que ha llegado al extremo de que, tras los atentados del 11 de septiembre en EEUU, los estrategas del Pentágono crearon la Oficina de Influencia Estratégica (OIE) cuyo objetivo es la desinformación e intoxicación de la opinión pública y de los gobernantes de países no amistosos, hostiles e incluso aliados (González Manrique, 2002). Si cambiamos el punto de vista, la televisión ofrece a los países del Tercer Mundo la visión de occidente como un paraíso preferible a cualquier otra forma de vida, como el mejor de los mundos posibles, pero no se les advierte del papel que por su condición de inmigrantes ocuparán aquí: el de ciudadanos de segunda, exiliados de sus culturas, de sus religiones y de sus lenguas. El debate, por tanto, sobre lo que la televisión aporta como medio de difusión cultural –se habla de una pedagogía televisiva– aparece siempre polarizado en torno a los mismos dos extremos que remiten a las posturas de apocalípticos e integrados (Eco, 1984). Es cierto que este medio pone al alcance de los espectadores paisajes, situaciones y personajes que de otra manera no podrían conocer, con lo cual desempeña una labor de nivelación cultural que hay que valorar; también parece cierto, como contrapartida, que esta nivelación se hace a la baja por criterios económicos manifiestos en las batallas de las audiencias o en el fenómeno de la contraprogramación, y que, de todas formas, esta labor informativa del medio cada vez es menor en relación con los contenidos publicitarios y de entretenimiento.

4. A modo de conclusión

Los aspectos que hemos tratado en relación con el papel de los medios de comunicación y de las tecnologías de la información en las sociedades actuales no son más que una pequeña parte de los muchos posibles y, pese al enfoque adoptado, nuestra intención no es sino la de promover la reflexión sobre los aspectos éticos implicados en él, pues somos conscientes de que los medios como tales no son ni buenos ni malos, lo que resulta cuestionable es su uso.

Quizás la conclusión más evidente que se deriva de nuestra revisión es la necesidad de proporcionar a los ciudadanos una educación que insista en estos aspectos éticos, una educación entendida en sentido amplio como educación social que, por lo tanto, no sólo debe asignarse a la escuela –a la que parece corresponder la responsabilidad exclusiva en esta tarea– sino a todos los agentes sociales. Su finalidad será crear unas sociedades solidarias, comprometidas con la igualdad de oportunidades, que habiliten mecanismos compensadores de las desigualdades o, por lo menos, que no nos conviertan en consumidores indefensos de productos materiales e ideológicos contra cuyos efectos no podemos luchar porque no somos conscientes de ellos. Las tecnologías, lejos de la impersonalización, del aislamiento y del individualismo a que parece conducirnos su uso actual, deberán servir para abrirnos a formas de aprender y de relacionarnos más cercanas y más justas: más humanas. El medio, ciertamente, es el mensaje, pero no debería ser nunca una barrera, sino la herramienta poderosa que nos acerque a la diversidad del mundo y nos enseñe a valorarla como una riqueza.

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