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Revista Comunicar 22: Edu-comunicación en un mundo global (Vol. 11 - 2004)

Los indígenas olvidados

Forgotten natives

https://doi.org/10.3916/C22-2004-16

José Ros-Izquierdo

Abstract

Los indígenas guaraníes están olvidados por las políticas oficiales y tampoco la universidad toma en cuenta su existencia, a pesar de que la lengua guaraní es idioma oficial de Bolivia. Sin acceso a los medios de comunicación, no pueden incentivar el uso de su lengua ni difundir su historia y cultura. Ante esta realidad de explotación, por parte de la sociedad dominante, y la situación de postergación en la que se ha mantenido durante siglos a la población indígena, Formasol y un grupo de investigadores se propusieron investigar cuál es la raíz del «olvido» que viven los indígenas. Esta experiencia pretende capacitar a comunicadores indígenas y puede llegar a convertirse en un elemento de encuentro entre lo académico y la realidad indígena.

The «guaraní» natives are forgotten by the bolivian government and even university ignores their existence, although the «guaraní» language is official in Bolivia. As they have no access to mass media, they cannot extend their language, history and culture. To finish with this situation, Formasol and a research are studying what the reason of this oblivion is, providing them with means to protect their culture and encouraging a meeting between the native reality and the academic world.

Keywords

Medios de comunicación, identidad étnica, adelanto tecnológico, retraso comunicativo, analfabetismo, racismo

Mass media, native identity, technologic advance, communicative deficit, analfabetism, racism

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1. El entorno

Nos situamos en Bolivia, con una extensión de algo más de un millón de kilómetros cuadrados y 8.280.184 habitantes según el censo nacional de 2001. Este país tiene una población mayoritariamente indígena: aymaras, quechuas y urus (aunque en pequeña cantidad) en la región andina y 34 pueblos indígenas en las tierras bajas del oriente boliviano, muestran una realidad «pluricultural y multilingüe »1. Los 34 pueblos están agrupados en una Central Indígena (CIDOB) de alcance nacional: cada uno de ellos tienen diferentes idiomas, así como distintas formas de organización y de acercamiento a la sociedad occidental. Hay pueblos en peligro de extinción, como los pacahuaras (con menos de 30 habitantes) o los yukis (menos de 200), así como pueblos de alto nivel organizativo y de población, como los guaraníes (80.000) o chiquitanos (70.000). En total, se estima que la población indígena de la región oriental, conocida como las Tierras Bajas de Bolivia, es de alrededor de doscientas mil personas.

2. Bolivia, país de contrastes

A nivel mundial, ocupamos el puesto 104 (entre 162 países), muy por debajo del resto de los países de Sudamérica (y con niveles de bienestar ligeramente superiores sólo a Nicaragua, Honduras, Guatemala y Haití). Según el informe de IDH, elaborado por el PNUD, la esperanza de vida en el país es de apenas 62 años, el porcentaje de alfabetización alcanza al 75% y la tasa bruta de matriculación es del 70%, registros que son los más bajos de Sudamérica. Las cifras bolivianas son inferiores, incluso al promedio general de todos los países de América Latina y el Caribe. Así, por ejemplo, el promedio de esperanza de vida en Latinoamérica es de 69.6, el de alfabetización es del 87,8% y la tasa bruta de escolaridad del 74%. En Bolivia hay más de 74.000 niños huérfanos trabajando, los cuales perciben un ingreso promedio de un dólar por día. En los centros urbanos mueren, antes de cumplir los 5 años, 66 niños de cada 1.000 nacidos vivos, pero a nivel rural la situación es mucho más grave: 125 por 1.000 nacidos vivos.

2.1. El mundo indígena en este país de contrastes

Tres son las grandes regiones marcadas por una fuerte presencia indígena: la zona altiplánica, de presencia netamente aymara; la región de los valles, con preponderancia de habla quechua; y el oriente boliviano, la región más extensa del país, en la que se encuentran los restantes 34 pueblos indígenas.

Bolivia es más conocida, generalmente, por sus habitantes del altiplano y por las alturas de sus ciudades. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que más del 50% de su territorio se encuentra a una altura promedio de 400 mts. sobre el nivel del mar y que, aun cuando también ha sido más conocida la lucha sindical de su población minera, combatiente ante las dictaduras militares, sin embargo también en el oriente de Bolivia hay pueblos –como el chiriguano-guaraní– que han luchado por su emancipación. Fue un guaraní-isoseño, el Mburuvicha Bonifacio Barrientos, quien inició la organización de las diferentes capitanías y logró la agrupación de los indígenas de diferentes etnias, en 1982, con la creación de la CIDOB, organización que agrupa, en el día de hoy, a 34 pueblos indígenas de Bolivia.

3. La investigación

Ante esta realidad de explotación, por parte de la sociedad dominante, y la situación de postergación en la que se ha mantenido durante siglos a la población indígena, Formasol y un grupo de investigadores de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, de Santa Cruz de la Sierra, se propuso investigar cuál es la raíz del «olvido» que viven los indígenas, en general, y de los guaraníes que migran del campo a la ciudad, en particular; «olvido» que lleva a la incomunicación y aislamiento de los indígenas con la sociedad civil. El primer dato (obvio y lamentablemente) es que viven olvidados de las políticas tanto estatales, como departamentales y municipales. Pero no tan sólo están olvidados oficialmente, también son los olvidados de los investigadores, que centran sus estudios en las zonas de origen de los migrantes, consideradas como más «puras» o «auténticas», olvidados de los proyectos de desarrollo estatales y privados, enfocados también hacia las zonas de origen y que pretenden más bien desanimar la migración a la urbe; olvidados de las autoridades municipales (no existen políticas «indígenas » en Santa Cruz); olvidados de las demás organizaciones indígenas que desprecian a menudo y denuncian la supuesta «aculturación» de los guaraníes urbanos.

Ante todo, cuando estudiamos el fenómeno de la migración indígena, constatamos que la migración de los guaraní-chiriguanos a la urbe no es un fenómeno aislado, sino parte de una tendencia global nacional y latinoamericana generada por la extrema pobreza y la desigualdad de oportunidades que caracteriza a nuestro continente, afectando en primera línea a los pueblos indígenas. Pero la migración es también parte de la tradición histórica y cultural guaraní. La búsqueda de la «tierra sin mal» fue el motor de las migraciones históricas de numerosos grupos guaraníes hablantes, y se convirtió en uno de los pilares fundadores de la etnia hoy conocida como chiriguana.

El panorama de los guaraníes «cruceños» se diversifica en dos direcciones: los que se instalan en la ciudad y tienen que adaptarse a una realidad urbana y aquéllos que se instalan en comunidades rurales, pero muy cercanas a la ciudad, es decir los indígenas de la zona peri-urbana. Ahora bien, vivan en la ciudad o en el área integrada cercana a la ciudad, los guaraníes de Santa Cruz son todos unos migrantes, atraídos por la esperanza de una vida o una tierra sin mal. Sin embargo, en las comunidades cercanas a Santa Cruz, los guaraníes viven todavía en comunidades, con una economía más tradicional, ligada a la agricultura, y mantienen el bilingüismo. Por el contrario, para los que se instalan en la ciudad misma, el habitat comunitario y el referente territorial desaparecen por completo; la economía es netamente una economía asalariada, sumergida; el castellano es el idioma mayoritario y son menos bilingües, especialmente los jóvenes. Empero, a pesar de estas diferencias, todos, urbanos o peri-urbanos, se definen y se sienten «guaraní».

Toda esta realidad incide notablemente en la identidad étnica entre los migrantes a la urbe. La pérdida del idioma o del referente territorial son indicadores de una crisis en la definición de su identidad; al verse rodeados por una sociedad criolla, mayoritaria numérica y sociológicamente, los migrantes escogen uno de estos dos diferentes caminos:

• La asimilación pura y simple a la sociedad blanca: es el camino privilegiado por las nuevas generaciones, en la ciudad particularmente.

• O la reacción y la reivindicación: es la creación de una organización socio-política (como es el caso de la Zona Cruz, en 1992), como un espacio político al cual se afilian las organizaciones indígenas y proclaman en voz alta su «ser guaraní».

Como suele ocurrir en la gran mayoría de los movimientos étnicos, a veces los indígenas recrean en su discurso un pasado ideal, tomando como modelo a las zonas de origen que añoran, pero a la que tampoco desean retornar, porque ya se han instalado y adaptado a otro modus vivendi; en ese caso, la organización política exige el uso del idioma guaraní, y no reconoce la necesidad de refundar, con originalidad, una zona guaraní, que ha de ser nueva, con nuevas aspiraciones, nuevas formas de vida, nuevo idioma (bilingüismo).

4. La comunicación, el paso del olvido a la presencia

Ahora bien, la lucha por las libertades y el afianzamiento de la propia identidad no pasa tan sólo por la conformación de organizaciones regionales y locales, aun cuando son su base y fundamento, sino que requiere el acceso a unos medios que otorgan poder y, al mismo tiempo, coadyuvan a conservarlo: nos referimos a los medios de comunicación. Sin comunicación entre los miembros de una comunidad, entre comunidades cercanas y entre éstas y sus dirigentes regionales, toda lucha se verá siempre sometida y dominada. La comunicación sustenta nuestra vida como seres humanos, pero también afianza a los grupos y posibilita su crecimiento.

4.1. La comunicación, un derecho universal

Todos estamos de acuerdo (en el discurso) en que el ser humano, sin discriminación de raza y sexo, tiene derecho a acceder a los medios de comunicación. Desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pasando por las conclusiones del Informe McBride, hasta la declaración de principios de AMARC, todos llegan a la misma conclusión. Sin embargo, estas afirmaciones quedan muchas veces relegadas a los principios, puesto que en la práctica no se ofrecen las condiciones ni las facilidades para que todos accedan a los medios de comunicación. Y cuando no se facilitan los medios, se niega, de facto, la posibilidad de gozar de ese derecho.

«La distancia –afirmaba McBride– ha dejado de ser un obstáculo y ya es posible un sistema universal de comunicación que enlace cada punto del planeta con todos los demás a condición de que haya una voluntad colectiva en tal sentido...»; pero, con una visión profética, añadía: «sin embargo, dadas las estructuras sociales actuales, los pobres y los grupos marginales no intervendrán durante mucho tiempo en esta nueva era» (McBride, 1980: 34).

4.2. Retraso comunicativo

Ya en 1980 el Informe McBride (1980: 37) denunciaba las distancias existentes, a nivel tecnológico, entre el Norte y el Sur, una de cuyas manifestaciones eran las estructuras frágiles existentes en los países del sur: «Está aumentando el desfase entre las minorías que controlan la comunicación y el público sometido a su impacto... (y) existe el peligro de que la posesión de grandes recursos tecnológicos confiera el poder de imponer las ideas propias a los demás».

Y ahora, transcurridos algo más de veinte años de aquel informe, la situación no ha mejorado, antes bien las brechas se agrandan. Así lo afirma el periodista e investigador peruano, Juan Gargurevich, al afirmar que «luego del fracaso de la reacción por un nuevo orden informativo, se ha consolidado un viejo orden (de la comunicación) de mayor envergadura... que se caracteriza por su extrema desigualdad en beneficio de los países desarrollados del norte».

Como país, Bolivia está todavía en niveles bajos, en cuanto respecta al índice de adelanto tecnológico: en la escala de 0 a 0,2 puntos, se hallan los países tecnológicamente marginados (Nepal, Ghana...); entre 0,35 a 0,5 se habla de líderes potenciales; desde 0,5 a 1 se encuentran los líderes en tecnología (Finlandia, USA, Japón...). Bolivia al obtener un puntaje de 0,28 se encuentra en la fila de los «seguidores dinámicos». El hecho mismo de que más del 30% de la población permanezca todavía en el analfabetismo, referido a la lectura y escritura de las palabras, pero si de usar una computadora se trata, todavía más del 50% está en situación de analfabetismo, marca a nuestro país como retrasado –siempre en promedios generales– con respecto a los avances tecnológicos. También en este aspecto, los indígenas de las Tierras Bajas han vivido un proceso muy lento. Así como en el mundo aymara y quechua se desarrollaron, desde 1960, emisoras de radio que transmitían en sus idiomas, en el oriente boliviano todavía no existe ninguna radio-emisora indígena.

4.4. Racismo solapado

De ahí que la comunicación en lenguas indígenas –guaraní, zamuco, guarayo, trinitario, baures y tantos otros...– no exista y el indígena se sienta infravalorado por la población mestiza. La lengua indígena sólo se utiliza en los pequeños círculos de la familia y la comunidad. En la relación del indígena con el blanco (karay o karayana, es denominado por el primero) se establece una situación de inferioridad por parte de quien no conoce el idioma castellano; por tanto, los indígenas tratan de ocultar públicamente su propia lengua y, en ocasiones, se avergüenzan de manifestar que saben hablarla.

Es el fenómeno que estudia Foucault al afirmar la idea del desdoblamiento de una misma raza dentro del cuerpo social en una super-raza y en una subraza, es decir: hay una raza verdadera (vinculada al poder y a la norma) y una «contra-raza» que amenaza el patrimonio biológico. El salto que supone esta nueva concepción fundamenta la aparición, a comienzos del siglo XX, del racismo de estado, «de un racismo que una sociedad ejercerá contra sí misma, contra sus propios elementos, contra sus propios productos, de un racismo interno –el de la purificación permanente– que será una de las dimensiones fundamentales de la normalización social» (Foucault, 1992: 71-72). Antes, el soberano tenía el derecho de «hacer morir o de dejar vivir»; ahora, el nuevo derecho consiste en «hacer vivir o dejar morir», por medio de una nueva tecnología de poder...

Aparecen la demografía, el control de nacimientos, la preocupación por el índice de mortalidad, la higiene pública, la seguridad social..., todo lo que abarca a los seres humanos como especie es objeto de un nuevo saber, de una regulación, de un control científico destinado a hacer vivir. Y los medios de comunicación contribuyen con la difusión de mensajes y estereotipos que irán penetrando en la conciencia y quedarán introyectados en la mente de los oprimidos –dirá Paulo Freire– o de la sub-raza –según Foucault–.

4.5. Formación de comunicadores indígenas

Afianzar la cultura propia significa difundirla, expandirla, hacerla patente incluso a aquéllos que pretenden ignorarla y acallarla. Y para ello, los medios de comunicación, y muy especialmente la radio, por su capacidad de llegar a lugares alejados, donde se encuentra la población indígena, son los más indicados para fortalecer los valores propios.

Por eso, se requiere de comunicadores propios, nacidos en el mundo indígena e insertos en su problemática. Locutores de radio, reporteros, animadores de la comunidad que se capaciten (no se trata de disponer de comunicadores de segunda categoría) y puedan transmitir por radio la palabra, el sentir, la música, la historia, en fin: la vida del indígena.

No se trata de extraerlos de su entorno para enviarlos a la universidad y que se desarraiguen, olvidándose posteriormente de su pueblo; más bien, hay que buscar que la universidad llegue a ellos, a sus pahuichis, a sus casas de paja, a sus comunidades de origen. No se trata de que los indígenas aspirantes a comunicadores vayan al campus universitario, sino de que la universidad salga del campus para trasladarse al campo.

Es en la vida cotidiana donde la universidad tiene que mostrar su capacidad de adaptación a los nuevos requerimientos y devuelva a los originarios aquello que durante siglos le quitó: el derecho a un estudio que fue privilegiado sólo para los conquistadores y sus descendientes, mientras que la universidad dirimía el «profundo debate sobre si los indios tenían alma»...

Hay experiencias concretas que intentan paliar, en alguna manera, la exclusión a la que se sometió a los pueblos indígenas. Formasol, organización no gubernamental, formada por un equipo de comunicadores de la universidad pública, inició desde 1996 una doble experiencia:

• Realización de programas de radio con y para los pueblos indígenas. Se trata de una producción radiofónica llamada Un país, voces diferentes. En ella se ofrece información de las demandas de los indígenas, de las leyes que protegen su derecho a la tierra y también ellos mismos graban en castellano, unas veces, y en su propia lengua, otras, narraciones, relatos, tradiciones culturales, etc. Se logró grabar los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en tres idiomas indígenas –guaraní entre ellos– además de otros programas relacionados con la organización, los líderes, etc.

Este trabajo ha sido realizado por Formasol junto con los locutores guaraníes. Sin embargo, dada la diversidad de lenguas, si se transmiten por radio los progremas en guaraní, no los van a entender los ayoreos, los moxeños, etc. Por eso es que otros programas se difunden en lengua castellana, para que puedan servir a una audiencia más general. Ése es el caso, por ejemplo, de la serie Un hombre llamado Chaure, que reúne relatos mitológicos del pueblo moxeño (que vive en el departamento del Beni). Ha sido grabado y se difunde por radio en castellano, precisamente para que otros grupos indígenas puedan escucharlo y conocer las tradiciones y costumbres de otros grupos indígenas.

• Capacitación de jóvenes aspirantes a locutores de radio y reporteros populares. Formación Solidaria ha iniciado desde hace cinco años la capacitación de comunicadores indígenas, a los cuales se les ofrecen cursos de locución, entrevistas y otros formatos radiofónicos, que les permitan producir sus propios programas. Con un programa de formación académicamente menos estricto que el universitario, pero incorporando los elementos fundamentales de la comunicación, de la radio y de la producción de libretos, se ha preparado a más de treinta jóvenes que puedan desempeñarse como locutores, en las poblaciones rurales donde hay emisoras locales. Algunos de ellos, más arraigados en la ciudad, producen sus programas en el estudio de radio de Formasol.

Decíamos que la universidad tiene que salir del campus, abrirse al área rural (el campo verdadero), allá donde se encuentra el mundo indígena. Y hay que añadir que tiene que lograr una mayor interacción entre docentes y estudiantes urbanos, citadinos (los karai) y los jóvenes indígenas que no sólo desean aprender, sino producir.

Las prácticas de radio, televisión, prensa y de otras materias de la universidad deberían realizarse junto con las organizaciones indígenas, para que se incorpore el saber ancestral y las inquietudes y propuestas indígenas, en un pensum que a veces más se basa en universidades del exterior que en dar respuesta al aquí y ahora de nuestro país, de nuestra región y de nuestra realidad pluricultural.

Ante el olvido al que han sido sometidos los pueblos indígenas, en general, y el guaraní, en particular, la comunicación ha de servir como un resonador que recuerde a todos los ciudadanos, y muy especialmente a las autoridades, la existencia de unas minorías que, hace cinco siglos, eran mayoría absoluta en esta América morena.

La comunicación ha de ofrecer una herramienta que les permita, por una parte, afianzar su propia identidad y, por otra, insertarse con todos los derechos en un entorno que sabe reconocer y valorar sus propias riquezas.

Nuevamente recomendaremos la propuesta planteada en el Informe de Desarrollo Humano en Bolivia: «Los medios de comunicación de masas pueden hacer un aporte decisivo a la construcción de un espacio público de deliberación entre bolivianos de distintas culturas, niveles socioeconómicos, edades y género » (PNUD, 2000: 33).

Y para finalizar, deseo traer el recuerdo de unos indígenas latinoamericanos que, con su palabra y su actuar –con su plena comunicación–, han sabido despertar la conciencia de todo un continente. Son unas palabras pronunciadas por el sub-comandante Marcos, con motivo de la marcha de los zapatistas a la capital mexicana, el 11 de marzo de 2001:

«Somos el espejo para vernos y sernos. Nosotros, los que somos del color de la tierra. Aquí ya no más la vergüenza por la piel. La lengua, el vestido, la danza, el canto, la historia… Aquí el orgullo de sernos el color que somos del color de la tierra. Aquí la dignidad que es vernos sin ser vistos siendo el color que somos del color de la tierra».

Notas

«Bolivia, libre, independiente, soberana, multiétnica y pluricultural, constituida en República...» (Constitución Política del Estado, Art. 1º).

Referencias

ALBÓ, X. (1990): Los guaraní-chiriguano, 3: la comunidad hoy. La Paz, CIPCA.

FOUCAULT, M. (1992): Genealogía del racismo. De la guerra de las razas al racismo de estado. Madrid, La Piqueta.

GARGUREVICH, J. (2002): Memoria del NOMIC, herencia para los nuevos comunicadores (en www.saladeprensa.org).

MCBRIDE, S. (1980): Un solo mundo, voces múltiples. México, Fondo de Cultura Económica.

PNUD (2002): Informe de Desarrollo Humano en Bolivia. La Paz, PNUD.

ROS, J.; COMBÈS, I.; y OTROS (2003): Los indígenas olvidados. La Paz, Fundación PIEB.