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Revista Comunicar 23: Música y comunicación (Vol. 12 - 2004)

Comunicar la música

Transmitting music

https://doi.org/10.3916/C23-2004-03

José Palomares-Moral

Abstract

La influencia de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías producen tal impacto en la sociedad actual que sus aportaciones provocan ciertas paradojas que aconsejan la revisión de conceptos como cultura, educación, información o comunicación. En un mundo de sonidos como el nuestro, estos medios prestan una atención desigual a la cultura y particularmente a la música. Desde las tareas educativas podemos expresarnos y percibir el lenguaje musical adaptando las metodologías de que disponemos a las exigencias de la globalización y multiculturalidad a través de los procedimientos de producción y comunicación que tenemos hoy a nuestro alcance.

Mass-media and new technologies influences bring some paradoxes that make advisable to change concepts of culture, education, information or communication. In a world of sounds these media pay an unfair attention to culture and music. In an educational field, we can express by ourselves and perceive musical language using methods adapted to a multicultural world starting with those-one we already know.

Keywords

Medios de comunicación, democracia, divulgación músical, procesos comunicativos

Media´s communication, democracy, music´s dissemination, music´s practices

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Nadie pone en duda la notable influencia que ejercen hoy los medios de información y comunicación social sobre la educación y la cultura. En nuestro tiempo ya nos hemos familiarizado con palabras y expresiones como Internet, correo electrónico, autopistas de la información, multimedia, etc. Muchas de las aportaciones que proporcionan estos recursos son de una indiscutible utilidad, pero también sabemos que están ocasionando nuevas relaciones que sólo hace unos años era imposible predecir; todavía puede parecer prematura la comprensión de una futura actividad completamente virtual, pero se están dando pasos muy acelerados hacia este destino. Sin embargo, la era de la comunicación, paradójicamente, también está implicando el aislamiento entre las personas, la neutralización del pensamiento, la homogeneización de la sociedad y probablemente la desaparición de la cultura. La cultura difundida con medios técnicos como los que nos están inundando provoca otra preocupación por sus repercusiones no sólo culturales en sí, sino también políticas, económicas, sociales y educativas, fundamentalmente.

Tras todo este impacto existe una industria que está directamente relacionada con intereses muy diversos que nos hacen revisar conceptos como cultura, educación, información o comunicación. Este concepto de cultura difundida con medios técnicos se conjuga con el de democracia, porque es difícil entender una democracia sin una información y una comunicación de masas: «la relación entre cultura de masas y democracia está muy lejos de estar aclarada satisfactoriamente, ya sea en el nivel teórico o en el práctico» (Granese, 1990). Por eso la cultura «de masas» ha sido sometida a críticas muy severas; baste recordar las posiciones reflejadas ya por Ortega (1960), cuando observa cómo «la masa arrolla todo lo diferente, ilustre, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo corre el riesgo de ser eliminado»; o el espíritu de Adorno (1966) en torno a la «barbarie estética» o a la «barbarie de la industria cultural» provocada por esos medios.

Por otra parte, los medios de comunicación social también tienen un papel innegable en la difusión de la cultura y su discusión puede ser gratuita; pero la dedicación prestada a las diferentes artes está muy descuidada y desequilibrada en su tratamiento. Con la prudencia necesaria, el uso educativo que de ellos puede hacerse se ha comprobado a través de diferentes estudios. Ahora bien, las preocupaciones tecnocráticas de los consejos de administración de los medios de difusión, y la búsqueda de la rentabilidad inmediata de los productos que ofrecen a la sociedad alejan sus intereses de la atención que deberían prestar, ante todo a la cultura con mayúsculas, y particularmente a la creación, la educación y la difusión de la música, que no aparecen sino como apuntes parciales en la información cultural que ofrecen a los ciudadanos; por ejemplo, la televisión, cualquiera que sea su titularidad, pública o privada, ha optado definitivamente por ofrecer con cuentagotas los aislados espacios musicales que ofrece, y cuando lo hace, se comprueba la torpeza, la incapacidad intelectual y la preocupación por la difusión de la cultura musical al decidir el inoportuno horario en que se emiten estos programas. En las emisoras de radio, salvo las programaciones habituales de las transmisiones públicas nacionales y algunas otras anécdotas aisladas, no se ofrece regularmente otra cosa que no sea la llamada música «del momento». La prensa también ofrece entre sus informaciones alguna sección cultural que presenta una gran desproporción en el tratamiento cualitativo y cuantitativo dedicado a la música. Diariamente, no existe una sección rigurosa en la prensa nacional; salvo la crítica especializada no encontramos otra manifestación escrita de manera habitual; y no digamos nada si esta observación la hacemos extensible a la prensa regional o local donde la calidad, la cantidad, la oportunidad y la mesura dejan mucho que desear. Desde los medios de comunicación se podría y se debería acercar la música al público también con una finalidad didáctica.

En los tiempos actuales, sería conveniente un cambio en los criterios y decisiones de todos los medios de comunicación para facilitar la divulgación musical, potenciándola como lenguaje cultural y como exponente fecundo de una de las necesidades reales de nuestra sociedad.

«Vivimos sumergidos en un océano de sonidos». Así comienza Stefani (1998) su libro en el que trata de dar respuestas al concepto de música y al sentido que tiene en nuestras vidas y en la sociedad, sin dejar de considerar que la música está organizada como un lenguaje que nos permite expresarnos con ella, creándola, haciéndola, experimentando, recreando, etc., y sugiere la idea de cómo puede llegar a evocar, sugerir, describir, representar, relatar, discurrir y razonar. Dice Stefani: «cantando, tocando en grupo o en público, inevitablemente se comunica». Todos estos rasgos nos permiten entender que la música funciona también como medio de comunicación.

Esta realidad se refleja en el monográfico que «Comunicar» presta a la música en el que se incluyen reflexiones, investigaciones y experiencias a través de una visión caleidoscópica de la música como lenguaje. En él han colaborado compositores, investigadores, intérpretes, docentes, productores y críticos musicales ofreciendo perspectivas de las diferentes formas de comunicación y recursos expresivos que emplea el lenguaje musical, desgranando su incalculable riqueza y prestándole atención a su papel y su valor en la sociedad actual. En la música, la comunicación tiene mucho en común con otras prácticas comunicativas porque las claves de su existencia no consisten sólo en manifestarse empleando unos recursos materiales concretos, sino en cómo son sus formas de expresión y hasta qué punto su comprensión llega al intelecto. El filósofo alemán Hamann manifestó que «la lengua más antigua es la música» (Fubini, 1988), tal vez, por los medios permanentes de que se vale: el sonido y el tiempo, que configuran cualquier hecho sonoro existente o posible. Pero por ello «la música no se mueve en lo abstracto», como manifestaba Strawinsky; es más, la música «es un arte realista que, incluso en sus formas más elevadas, más aparentemente despegadas de todo, nos muestra algo sobre el mundo, que la gramática musical es una gramática de lo real, que los cantos t r a n s f o rman la vida» (Butor, citado por Pousseur, 1984). Desde que el discurso musical surge del pensamiento del compositor hasta que llega a nuestros oídos, se suceden diversas fases que fluyen a través de un recorrido complejo, en el que se encadenan procesos comunicativos propios de este lenguaje, como el análisis de la obra, la interpretación, la producción, la percepción y la comprensión. Nos recuerda Fubini (1988) cómo el formalismo strawinskyano tiene un desenlace místico: la unidad de la obra, resultado de una construcción en la que todas las partes concurren para formar un todo: «la unidad de la obra ejerce su resonancia... Concluida la obra, ésta se propaga como algo comunicativo. La música se nos manifiesta como un elemento de comunicación para con el prójimo y para con el ser» .

Los sonidos nos aportan una imagen de las cosas, y a través de las relaciones que se establecen entre sus parámetros podemos interpretarlas como un mensaje. Este mensaje llega a constituir un vocabulario más o menos diferenciado y susceptible de elaboración (Pousseur, 1984). Mediante los sonidos percibimos el lenguaje y cada uno de nosotros, según nuestra experiencia, lo reconoce y asimila como propio cuando se acerca a su sensibilidad a través de la audición. Debemos tener en cuenta que «cada práctica musical da lugar, en forma inevitable, a procesos de significación» (Stefani, 1988). Para acceder a la música hoy, los medios nos facilitan su acercamiento y su consumo, de manera que «el oyente moderno no necesita hacer más esfuerzo que el de oprimir un botón. Pero el sentido musical no puede adquirirse ni desarrollarse sin ejercicio» (Strawinsky, 1977). Es aquí donde entran en juego las tareas educativas a través de sus protagonistas en el marco de las prácticas musicales escolares porque, siguiendo el pensamiento strawinskyano, expresar o percibir un idioma sin tener en cuenta su relación con el mundo que le escucha, puede favorecer la falta de comunicatividad (Strawinsky, 1977).

En la sociedad actual, en la que se han generalizado las artes, la expresión artística posee realmente una gran importancia en la vida de cada individuo porque contribuye a proporcionar una educación más completa; en este sentido, el papel de la educación debería ser el de luchar contra el analfabetismo estético. La educación, desde la edad más temprana, debe despertar y formar en las personas la vocación y la capacidad de aprovechar no sólo los libros, el teatro y los museos, sino también el cine, la radio y la televisión, y las reproducciones de las obras pictóricas y musicales. Para alcanzar este objetivo ideal y lograr una mayor eficacia necesitamos planificar un poco más, debemos ir concretando unos currícula bien fundamentados y con sensibilidad; en definitiva, debemos trabajar juntos, con entusiasmo y humildad sobre la educación musical. Disponemos de las teorías y las metodologías que conocemos, cada una con sus contenidos, sus procedimientos y sus sistemas de valores; la tarea es intentar recoger las ideas que parecen más poderosas y fecundas, remodelarlas y diseñar un conjunto de proyectos válidos y con imaginación para el futuro, adaptando la enseñanza musical a las exigencias de una época de globalización y multiculturalidad como la que vivimos y aprovechando el saludable caudal de música al que tenemos la oportunidad de acceder diariamente a través de los medios de comunicación social «que nos hacen llegar, a través de unas experiencias comunes, compartidas, una cultura folklórico-electrónica transmitida oralmente y recibida auditivamente, inmersa en la trama de nuestra vida cotidiana» (Swanwick, 1990).

En nuestro sistema educativo, el papel de la educación tiene el significado de facilitar a la población el acceso a la cultura musical, entre otras cosas, para acercarnos al nivel de tradición y experiencia de nuestro contexto europeo y para corregir el espíritu de desaprobación y la falta de interés que ha girado secularmente en torno a la música en la sociedad española, como lo reflejara Marco (1983) diciendo: «Para un intelectual español del siglo XX la palabra cultura suele equivaler a literatura y, en el mejor de los casos, filosofía y pensamiento, y la palabra arte designa las artes plásticas. La música no tiene lugar en este esquema que, por mucho que haya mejorado –y no ha sido tanto en los últimos tiempos– sigue siendo válido en nuestros días. Quien paga las consecuencias es, naturalmente, la propia cultura, la sociedad española y, desde luego, la música, que por ello mismo no acaba de integrarse ni con una ni con otra».

A pesar de todo, la universalidad de la música se ha defendido y justificado desde hace mucho tiempo por su capacidad para acercar las emociones y sensaciones que transmite cuando comunica por doquier la inmaterialidad de su lenguaje. Esta capacidad natural de percepción se facilita hoy día por la innumerable modalidad de procedimientos con los que cuenta la sociedad para divulgar y trasmitir la música, ya sea directamente en un auditorio, a través de los medios de comunicación o bien mediante los soportes digitales, informáticos y otros recursos tecnológicos que diariamente se incorporan y enriquecen la producción musical.

Referencias

ADORNO, T.W. (1966): Dialettica dell´ illuminismo. Turín, Einaudi.

BUTOR, M: «La musique, art réaliste», en POUSS E U R, H. (1984): Música, semántica, sociedad. Madrid, Alianza.

FUBINI, E. (1988): La estética musical desde la antigüedad hasta el siglo XX. Madrid, Alianza.

GRANESE, A. (1990): Valores ético-educativos y valores estéticos en la cultura de los media. Madrid, Cátedra.

MARCO, T. (1983): Historia de la música española. Siglo XX. Madrid, Alianza.

Ortega, J. (1960): La rebelión de las masas. Madrid, Revista de Occidente.

POUSSEUR, H. (1984): Música, semántica, sociedad. Madrid, Alianza.

STEFANI, G. (1998): Comprender la música. Barcelona, Paidós.

STRAWINSKY, I. (1977): Poética musical. Madrid, Taurus.

SWANWICK, K. (1990): Música, pensamiento y educación. Madrid, Morata.