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Revista Comunicar 23: Música y comunicación (Vol. 12 - 2004)

La música y su interpretación como vehículo de expresión y comunicación

Music and its performance like a vehicle of expression and communication

https://doi.org/10.3916/C23-2004-10

Danuta Glowacka-Pitet

Abstract

A través de la experiencia práctica como intérprete del violín, la autora plasma en este artículo la intención comunicativa de la música y destaca los valores emocionales y expresivos que los músicos sienten y perciben a través de la música que interpretan, proyectando sus sensaciones al oyente. Con una visión muy personal, muestra cómo la función comunicadora de los intérpretes ha existido siempre a lo largo de la historia de la música, y recuerda las figuras más representativas de todos los tiempos que desempeñaron su actividad como intérpretes-comunicadores y como creadores-expresivos.

Through the practice experience as violin´s performer, in this paper the author shows the communicative intention of music and emphasizes the expressive and emotional feelings that musicians feel and perceive through the music they perform, transmitting their sensations to the audience. With a very personal vision, she shows how the communicative function of performers has always existed along the history of music, and she remembers the most representative figures of all times, as performers and as expressive creators.

Keywords

Interpretación musical, expresión musical, transmisión de emociones

Musical performance, musical expression, emotion transmission

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«Con toda su pompa y su rico aparato, la música en nuestros días no hace nada así de parecido. Este bello arte, tan divino por sus dulces maravillas, no se contenta con endulzar el oído, ni con ir hasta el corazón por sus expresiones, conmover a su antojo todas las pasiones. Va pasando más lejos por su belleza suprema, en lo mas alto del espíritu para encantar la razón misma» (Charles Perrault, «Le siècle de Louis le Grand»).

En este comienzo del siglo XXI, de la comunicación a través de Internet, en el que la mayor parte de la población mundial sobrevive apenas, mientras que la otra supuestamente civilizada tiene acceso a la información de toda clase, casi instantánea, en el que la imagen se impone cada vez más: natural, impactante o preparada para influir en la gente; la música y el contacto con los sonidos quedan como el único medio de expresión y de comunicación trascendente y personal. El hombre para existir tiene necesidad de crear, de verificar sus intuiciones. Para realizarlas conscientemente debe pasar por momentos imprevisibles, poniéndolo en riesgo. El arte, la creatividad, la música, le permiten expresarse libremente, comunicar sus emociones, guardando el contacto permanente consigo mismo, con la naturaleza, la humanidad y el universo. El mundo sonoro es una vibración que nos rodea, penetra y toca directamente todo nuestro ser con millones de teclas de suavidad, pasión, coraje, cólera y serenidad. El sonido es reconocido por nuestro cerebro como una abstracción.

En realidad, viviendo en la cuarta dimensión del espacio-tiempo, el sonido, según el gran músico y humanista Yehudi Menuhin, representa un infinito impulso viviente, regido por las leyes del universo: la gravedad, la masa y la velocidad. Con el canto y la danza, la música acompaña todas las actividades terrestres del hombre; refleja y expresa todas sus emociones, pasiones, sentimientos familiares o de expansión: la felicidad, la tristeza, el amor, el sufrimiento, la fe, la veneración, el orgullo, el miedo, la ternura, el humor, y también la cólera y el odio.

Trabajando, defendiendo los ideales, para expresar su amor, sus creencias, sus angustias o problemas existenciales, el hombre comunica sus estados de ánimo para salvaguardar su equilibrio psíquico y físico a través de la música. Tocar, cantar o bailar la música es vivir, es la acción, el movimiento en el tiempo, donde las ondas sonoras estimulan nuestro organismo, nos dan la energía y nos proporcionan el placer de escuchar. La música no será pues jamás abstracta, porque su objeto es el hombre viviendo en el tiempo. Podemos analizar la música y hablar de ella, pero mientras que no sea interpretada y escuchada, no estará del todo realizada. Para hacerla vivir, necesitamos a los intérpretes, músicos que la recreen y hagan pasar el mensaje del compositor, de su amor a la Humanidad y a un público en busca de la felicidad.

Los intérpretes se consagran física y emocionalmente a la música que tocan, entregándose en cuerpo y alma a su público que alcanza un verdadero placer con las vivencias y emociones expresadas por el músico. Es el misterio de la comunicación que se establece entre el intérprete y el oyente. Los grandes intérpretes en diferentes épocas se expresaban con una fuerza emocional extraordinaria que dejaba al público bajo la influencia de su talento. La fuerza de persuasión y de sugestión hacía vivir a los oyentes todos los estados emocionales y físicos.

En el momento del concierto, de la representación de ópera, acompañando las ceremonias religiosas o simplemente las fiestas de los pueblos, el artista-intérprete reflejaba su don, recreando la obra del compositor o transmitiendo las tradiciones musicales de su pueblo, a través de los sentimientos, de su personalidad, de la cultura, la comprensión del mundo o las necesidades del momento. Se dejaban invadir por sus fuerzas creadoras, viviendo el instante de comunión con los sonidos. El oyente sentía que temblaba de miedo, reía o lloraba de felicidad, sufría con el intérprete o encontraba su coraje y dignidad.

Según el gran violonchelista y humanista Pablo Casals, el acercamiento del intérprete es siempre el mismo: hacer que viva la música, recrearla siguiendo sus propios sentimientos y emociones, captar con felicidad el alma de la obra, dándole una concepción auténtica y personal sin concesiones, con una constante simplicidad de expresiones, riqueza de formas y de colores, modestia, delicadeza de espíritu y calor humano. Encontrar nuestro ideal de nobleza y de grandeza en nuestra vida y comunicárselo a la humanidad a través de la interpretación de la música y nuestra manera de vivir. El papel y la función del intérprete han evolucionado con el tiempo. A veces lo hemos visto como a un cronista, como un misionero, como portavoz de los ideales y concepciones de la vida en distintas sociedades, pasando otras veces por un simple ejecutante, servidor del compositor o su mecenas, hasta ser considerado como una estrella, tal y como hoy día son considerados algunos, reflejando las sociedades de globalización y producción para el beneficio de las minorías.

Sin embargo, el artista-intérprete queda siempre como aquel sin el cual la música no reviviría, sin el que no habría forma de comunicarla, dependiendo de las calidades humanas del músico, de su devoción, auto disciplina y fervor por un arte sin límites.

La música antes de ser escrita con su lenguaje, contenida en formas simples y complejas siguiendo la evolución del arte de la composición, ha sido trasmitida por la expresión espontánea de la música improvisada, venida directamente del corazón y del espíritu del ejecutor. Así nacen las músicas populares de múltiples orígenes, con las melodías y los ritmos característicos: africana-jazz, flamenca-española-árabe, asiáticas, hindúes, de Extremo Oriente, zíngara, de Europa Central, del Este y del Norte, y de América del Norte y del Sur. Las músicas tradicionales de diferentes culturas y países del mundo son constantemente una fuente inagotable de inspiración para los compositores desde hace varios siglos. Con el tiempo, generaron las corrientes y estilos musicales nacionales, transmitidos y transformados por la interpretación viva de los hombres. Es una necesidad del ser humano liberarse de las dificultades del mundo en el cual vive, encontrar su camino, su desarrollo personal, expresarse a través de la comunicación sensorial de la música.

Según Nietzsche, «la música es humana, muy humana ». Comparaba la percepción interna a una «tercera oreja» diciendo «imaginemos que un alma le habla a nuestra alma». Los grandes compositores siempre han hecho un llamamiento a nuestro corazón a través de la música. Podemos citar a Rameau que afirma que «la verdadera música es el lenguaje del corazón. Un buen músico debe darse a todos los caracteres que él quiere describir». Mozart componía para el ser humano. Su música transmite el mensaje de amor de la humanidad que el oyente tiene necesidad de recibir, cada uno encuentra su placer de escuchar, sea melómano o no. Esencia de su genio era expresar una intensidad y la variedad de emociones humanas, contenidas en formas compactas, llenas de energía, con una precisión inspirada y refinada, comprendida por todos.

Beethoven decía que «la música debe ir de corazón a corazón», de un ser viviente a otro ser viviente. Él descubría y comprendía a sus semejantes a través de sus propias emociones así como nosotros mismos nos reconocemos en él. Su discurso musical era de una inteligencia profunda y de una gran nobleza de espíritu, con una fuerza de carácter fuera de lo común y una inmensa emoción interior.

Bach nos ha legado una música de una dimensión atemporal que sitúa al hombre en el universo. Su concepción de la música se manifiesta por una extrema amplitud en sus composiciones, tan conscientes como instintivas, donde la riqueza infinita de los sentimientos humanos se traduce por la fe profunda en la Humanidad.

En todos los tiempos, los grandes compositores eran también intérpretes de su propia música o de la de otros compositores. Con la riqueza interior de sus personalidades y la fuerza de sugestión, hacían vibrar a su auditorio. Bach, Mozart, Beethoven, Brahms, Liszt, Chopin, Paganini, Berlioz... contribuyeron entre otros a comunicar su visión del mundo al cual pertenecen. Para que la música pueda sobrevivir a sus compositores, el músico-intérprete sirve de unión entre la obra del compositor y su público. El valor eterno de las grandes obras reside en su poder de fascinar y de conmover cada nueva generación gracias a interpretaciones vivas de los músicos que recrean la obra, a través de su subjetividad. Los intérpretes tocamos cada vez de manera diferente la misma obra, dependiendo de las circunstancias de la interpretación, entre otras de la comunicación que se establece entre el compromiso físico y emocional del músico y el público que siente verdadero placer en compartir la emoción con el artista. La vida, el hombre y el arte son indisociables. Tocando o escuchando la música, nos sumergimos en un mar de sentidos vivientes que pueden ayudar a evadirnos o a refugiarnos del mundo exterior en nuestro interior. Ella nos permite soñar, romper la soledad, aliviar las angustias, tener un efecto terapéutico y de distensió muscular y nervioso, y también actúa como medio eficaz de comunicación con los niños autistas. Gracias a que las ondas sonoras penetran más profundamente nuestro subconsciente de lo que pude hacer el arte puramente visual, la música tiene un efecto más intenso sobre nuestras emociones.

Podemos subrayar la fuerza comunicativa de la música asociada a la imagen y su mensaje a la ópera o al cine. La música como medio de comunicación no tiene necesidad de palabra, ella no conoce las fronteras y su contenido íntimo es la nobleza, la dignidad y el orgullo humano. Para preservar este arte y ayudar al hombre a vivir en simbiosis con la naturaleza los demás humanos, tenemos que transmitirla a las nuevas generaciones. La música es tan evidente e indispensable en el hombre como la respiración. Si educamos a nuestros hijos en un ambiente favorable a su desarrollo armonioso, podrán abrirse al mismo tiempo a la música que a la palabra. Asociar los sonidos como se asocian las letras para expresarse y comunicarse con el mundo exterior.

Nuestro compromiso con la enseñanza consiste en dar ejemplo y despertar entusiasmo, mostrar el camino; a cambio recibiremos el estado de gracia del profesor que recibe la confianza y el afecto del alumno. Los niños que aprenden música y la interpretan, también aprenden a conocerse, se concentran, respiran mejor, encuentran el equilibrio en su cuerpo y su cabeza, se comunican con los demás, tienen la alegría de la amistad en la creación de la música en grupo. Los niños que se expresan con la música, construyendo su personalidad, tienen más confianza en sí mismos y descubren el mundo con más ventajas, curiosidad y seguridad. Podemos enriquecer la educación de nuestros hijos escudriñando en las músicas y las tradiciones de diferentes culturas, alentándolos a respetar y amar la vida en su diversidad.

El papel del profesor es mostrar el ejemplo con modestia, con calor humano, con energía en la acción, con comprensión, apoyo, escuchando con atención, despertando el interés por el arte para una observación con admiración de la naturaleza, curiosidad y pasión por la belleza, deseos de conocimiento en todos los dominios de la vida con autodisciplina y honestidad. Gracias a los medios de comunicación del siglo XXI, como la radio, la televisión, las grabaciones de audio y vídeo, la música y sus interpretaciones estarán siempre presentes en nuestra vida.

Los grandes músicos-intérpretes son, a menudo, los grandes humanistas que a través de su labor nos muestran unas líneas de conducta y moral en la vida.

Las personalidades como Pablo Casals, Yehudi Menuhin, David Oistrakh, María Callas, Sviatoslav Richter, Andrés Segovia, Mstislav Rostropovitch, George Enesco, Leonard Bernstein, Arturo Toscanini... entre tantos otros, continúan influenciando la vida y las acciones de los hombres que aman la Humanidad. Es pues indispensable preservar este modo único de expresión y de comunicación viva, a través del concierto donde, por la unión perfecta del cerebro y el alma, el hombre encuentra su equilibrio y se reconcilia con la vida.

Referencias

CORREDOR, J.M. (1955): Conversation avec Pablo Casals. París, Albin Michel.

HOPPENOT, D. (1981): Le violon intérieur. Van de Velde.

MENUHIN, Y. (1980): Les variations sans thème. París, Buchet.

VERDEAU, J.; PAILLES, B. y PLOZZA, M. P. (1995): La troisième oreille et la pensée musicale. París, Fuzeau