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Revista Comunicar 23: Música y comunicación (Vol. 12 - 2004)

Crea-ti-vida-d, cuerpo y comunicación

Creativity, body and communication

https://doi.org/10.3916/C23-2004-25

José-María Toro-Alé

Abstract

Seducidos por los medios actuales e inmersos en una dinámica vital presidida por la velocidad, la prisa y el estrés, pocas veces nos detenemos a observar y reflexionar acerca de qué, para qué, desde dónde y cómo hacemos lo que estamos haciendo. En este artículo su autor reflexiona sobre el sentido, papel y uso de los nuevos medios y recursos comunicativos, uniendo de manera integradora tecnología y valores humanos, para hacer de la comunicación una oportunidad para la crea-ti-vida-d, es decir, para la generación de una vida consciente y plena.

Today, the actual media charms us in a life managed by the speed, the hurry and the stress. We rarely stop to observe and reflect on what’s happening around us, what are we doing and what for we do it. In this article, the writer thinks about the aims, the roles and the uses of the new media, joining in an integral way technology and human values, to do from communication an oportunity to the creativity, it’s, for the generation of a conscious and full life.

Keywords

Creatividad, cuerpo, corporalidad, presencia, aprendizaje atmosférico, enfoque medular

Creativity, body, learning, presence, atmosferic learning, essential focus

Archivo PDF español

1. Creatividad y comunicación: el reto de qué comunicamos

El ser humano se manifiesta en su expresión y comunicación; comunicándose se conoce y conoce. Todo lo humano es expresivo y comunicativo. La comunicación es el vehículo con el que hacemos emerger a la superficie nuestra vida interior; es la presentación visible de nuestra interioridad. «Ex-presión» quiere decir que algo de mi adentro profundo presiona, «puja» hacia afuera para manifestarse y ser comunicado en la superficie.

No se trata sólo de una capacidad. Es algo mucho más profundo y radical: la persona es comunicación. La comunicación es un rasgo de identidad, un elemento esencial de su naturaleza más profunda. La persona «tiene» que comunicar(se). Como consecuencia de lo anterior toda comunicación está llamada a ser personal. Por eso el mayor riesgo o peligro de toda comunicación radica en la despersonalización: no sólo que la comunicación no sea expresión y manifestación del ser personal sino que vaya en su menoscabo, en su merma, en su deterioro e incluso anulación. En el tejido de la comunicación hemos ido bordando nuestra propia personalidad. Y seguimos bordándola. O destejiéndola, deshilachándola.

Nos hacemos humanos en la matriz comunicativa que nos envuelve; respiramos nuestra especificidad humana en la atmósfera cultural que nos rodea. Lo humano surge al surgir el lenguaje. Como sugiere Maturana, todo quehacer humano pertenece y se da en algún tipo de conversación, de comunicación: «una cultura es una red de conversaciones que definen un modo de vivir, un modo de estar orientado en el existir e involucra un modo de actuar, un modo de emocionar, y un modo de crecer en el actuar y emocionar»

Creamos y nos recreamos en, por, desde y para la comunicación. Incluso nuestro origen biológico se sitúa en la relación o comunicación de dos seres. Por eso la creatividad es algo consustancial a las relaciones y realizaciones humanas de todo tipo u orden y, especialmente, las vinculadas a la comunicación..

En una trilogía reflexiva anterior(«La cuadratura de la creatividad», «La circularidad de la creatividad» y «La cuadratura del círculo creativo») (revista Junior en Marcha, 68; 72 y 74) ya apunté la desorientación, confusión y diversidad de enfoques y consideraciones sobre este rasgo o cualidad humana. También advertía de una cierta mitificación al considerarla la panacea que soluciona todos los problemas y al rodearla de un halo de magia y de encanto. La creatividad se ha convertido en una palabra fetiche, de moda que, de realidad sustantiva («la creatividad») se ha adjetivado, no pocas veces con evidentes y groseros errores de concordancia semántica y ética («manipulación creativa», «guerras creativas», «propaganda creativa», «consumismo creativo»…).

Durante muchos años pude recoger decenas y decenas de definiciones sobre la creatividad. No pocas veces no sólo diferían sino que se contraponían y sostenían enfoques y visiones antagónicas. Dos grandes orientaciones podían servir de base conjuntiva a tanta diversidad: la consideración de la creatividad como «producción», condicionada al talento especial del sujeto (genio innato) o al ejercicio de técnicas y procedimientos de estimulación de un pensamiento divergente. Una creatividad dirigida y enfocada a la generación de productos nuevos y originales; la consideración de la creatividad como un rasgo personal, como autorrealización y expresión del fluir interior, como actitud interna.

Hasta que un día la palabra habló por sí misma y desveló la propia esencia contenida en su nombre. Entonces apareció la crea-ti-vida-d. Crear en ti vida. Tú creando vida. La vida creando a través de ti. Tu vida creando… Y todo ello, desde, hacia y a través de la «D» de lo transcendente, divino (Dios, si se quiere, en cualquiera de los nombres adjudicados por las distintas tradiciones espirituales y religiosas). Esta «D», desde una consideración inmanente y sin ningún tipo de referencias o alusiones metafísicas, haría referencia al «sí mismo», a nuestra potencialidad de humanidad aún no actualizada o desarrollada plenamente..

Desde la autodefinición que la propia palabra plantea quedaba patente que, si sólo podemos afirmar que hay creatividad si se ha generado un producto original, novedoso, productivo y útil, es la vida, nuestro existir cotidiano el primer y más valioso producto creativo posible.

La originalidad no está tanto en la espectacularidad o novedad de algo sino en su origen, en la fuente de ese algo. La diferencia entre el «creaTivo» y el «creaDivo» no es sólo de una consonante sino que explicita toda una visión diferente del ser humano. Podemos fácilmente confundir lo nuevo con lo novedoso, lo original con lo estrafalario, la creatividad con el esnobismo. La persona realmente creativa vive como algo inédito, recién estrenado, todo aquello que vive, que hace. Y no necesariamente han de ser cosas diferentes a las de ayer, a las de siempre.

Cuando generamos el binomio creatividad y comunicación nos aparece una ecuación en la que como resultado se nos plantea el reto de qué comunicamos. Una respuesta que nos lanza o devuelve una nueva pregunta (interrogar la respuesta se ha considerado una actitud o procedimiento creativo clásico): qué es lo que vivo que luego puedo comunicar. ¿Comunico ideas, conceptos, procedimientos que no me tocan ni trastocan lo más mínimo o me muestro, me entrego en cada conversación, en cada intercambio, en cada encuentro? ¿Me digo a mí mismo en lo que digo?

Puedo ser una persona muy productiva, pero no necesariamente creativa. La creatividad, en su versión más reducida y restringida que la identifica y confunde con la mera «producción de novedades», no siempre es fruto de individuos sanos y no siempre genera «productos » para la vida. La creatividad, en sí misma, tampoco es inocente.

2. Sobre el sentido y papel de los medios y recursos tecnológicos. Por qué y para qué nos comunicamos

De acuerdo con A. Stern, «no me interesa quien puede aprender y aplicar un método, una herramienta, una tecnología sin cambiar nada en su vida, en su concepto de sociedad, sin hacer en sí mismo una revolución ni intentar provocarla a su alrededor».

Hoy se habla de una sociedad de los «medios»; del tal modo que, no sería exagerado afirmar que hay un cierto tecnocentrismo: la absolutización de los medios, su idolatrización, su abuso, acaba convirtiéndolos en «fines» en sí mismos.

La finalidad de la comunicación realmente humana es siempre el encuentro (con uno mismo, con los otros, con el mundo). Cuando los medios se convierten en fines no sólo se dificulta o impide el encuentro sino que la persona puede llegar a perderse. Es cuando «el medio», en lugar de servir de vehículo, de posibilitador, de mediador, de instrumento, al ser erigido en objetivo o finalidad en sí mismo, pone fin a toda posibilidad comunicativa humana creativa. Los medios han de servir y ser congruentes con las finalidades desde las que, supuestamente, se elaboran, se eligen y se ponen en marcha.

El sentido del uso de un medio siempre procede de una instancia diferente y más elevada, de otro rango, orden y naturaleza que el medio mismo. Cualquier medio comunicativo toma todo su valor, adquiere su justo sentido cuando es alumbrado por una actitud, una manera de situarse, de ser, de estar presente, de actuar adecuada por los sujetos participantes e implicados.

Como dice un aforismo oriental. «lo importante no es la espada, sino la mano que la maneja y el corazón y la mente que la sostienen».

El despliegue impresionante de los medios tecnológicos debe ir acompañando de un replanteamiento constante de su sentido, su papel y su uso. Más cuanto más poderosos, sofisticados y seductores pueden llegar a ser. Los medios son para la comunicación, no para la incomunicación. Son para la información, no para la deformación. Son para despertar y avivar, no para la alienación.

Nos comunicamos simplemente porque somos humanos y para actualizar, desarrollar y hacer evolucionar nuestro potencial de humanidad. Pero nos encontramos ante la tremenda paradoja de la infelicidad del «homus cibernéticus». En la llamada «era de la comunicación » el hombre se siente más solo que nunca. Nos hemos dotado de una tecnología que nos ha permitido, al menos en el primer mundo, estar repletos de cosas… pero infelices; hartos de todo…pero insatisfechos; con muchos adelantos… pero deprimidos y angustiados. Después de cerrar el chat con personas de otros países e incluso continentes, la persona vuelve a un profundo vacío comunicativo con su pareja, con sus hijos, con sus amigos más cercanos. Después de haber bajado cientos y cientos de páginas sobre cualquier tema, sigue en el mismo desconocimiento de sí mismo, de las motivaciones profundas que dan origen y sostienen su actividad diaria. Sabe cada vez más cosas, pero sigue desconociendo la raíz de su estrés, de sus dependencias, de sus agobios, de sus apegos, de sus bloqueos, de sus complejos, de sus ansiedades, de sus expectativas, de sus decepciones… Tiene acceso a complejísimos programas y acaba olvidando que «progr-amar» consiste, básicamente, en progresar en el amar (La vida maestra, 55).

Las compañías telefónicas se están forrando en base a tantísima tontería y necedad como estamos vertiendo, en forma de onda, a nuestra atmósfera. Hace unas semanas un adolescente conocido, para aprovechar la oferta de «tarifa plana» que le ofrecían, envió más de 400 mensajes en un día. Ya no comunicamos desde una necesidad de nuestro corazón sino para sacar rentabilidad a una oferta. Un reciente spot publicitario de telefonía móvil muestra a un enorme conjunto de personas, en su casa, en el trabajo, en la calle, tropezando unas con otras, eso sí, pidiendo perdón muy educadamente, pero sumidas en la más absoluta de las distracciones. La comunicación está degenerando en entretenimiento, diversión, distracción… y sobre todo, negocio. Acabamos consumiéndonos en redes conversacionales que son puro consumismo. Si la comunicación ha de posibilitar el encuentro, el «traernos », los nuevos medios están favoreciendo, no pocas veces y, siempre interesadamente, el «dis-traernos», es decir, lo contrario de volver hacia nosotros mismos, lanzándonos, una y otra vez, centrípetamente hacia fuera.

¿Por qué y para qué descuelgo el teléfono, cito a un amigo, enciendo el ordenador? Todo el que entra en la red, por ejemplo, busca algo. Podemos entrar para entrar en nosotros mismos o en un espacio de comunicación personal; pero también podemos hacerlo como una forma de exiliarnos de nuestro propio espacio interior. La comunicación, en sus múltiples formas, a través de sus diversos medios, será creativa no por la sofisticación, originalidad y novedad de la maquinaria utilizada sino por hacer posible el encuentro con el tesoro que cada ser humano lleva dentro. La felicidad, la dicha humana surge, brota espontáneamente cuando nos acercamos, descubrimos, comunicamos y compartimos ese tesoro. Y no es algo que se tiene o se deja de tener sino algo que se es (algo que se vive o se deja de vivir). Sospecho que no poca de la maraña comunicativa que nos envuelve no está sino dificultando, aún más, la posibilidad de acercarnos y desentrañar nuestra esencia, nuestra verdad, nuestro misterio. La comunicación humana apunta siempre hacia la «personalización », es decir, hacia la realización más plena, armónica e integral posible de un ser humano. En ello juega un papel importantísimo la conciencia. La transformación radical (raíz) es la de la conciencia. La comunicación siempre es transformadora porque siempre nos aviva, nos despierta, nos desarrolla nuestra conciencia, nuestra capacidad de «darnos cuenta» y así poder «dar cuenta» de nuestro vivir.

3. La fascinación de la tecnología. El «poder del punto» (power point) o quién se comunica

Recientemente un amigo que iba a impartir un curso me mostraba las imágenes que iba a utilizar en la presentación del mismo. Abrió en su portátil el programa del Power Point y lo primero que apareció fue la figura de una persona hablando ante un atril. La silueta humana estaba marcada con una rotunda X que tapaba, negaba dicha silueta. Tras un rapidísimo clic de ratón aparece un texto a la derecha, en el que más o menos se aludía a que en el curso no se iba a aburrir a base de discursos.

La imagen me impactó y así se lo hice saber. ¿Cómo es posible que en un acto básicamente comunicativo, como es una ponencia o un curso, lo primero que se muestre sea la negación de la presencia humana? Sé que, obviamente, no era esa ni mucho menos su intencionalidad pero, de alguna manera, había un cierto mensaje en la ingenuidad del sencillo dibujo mostrado: la palabra aburre, no motiva. Se recurriría entonces a las excelencias que proporciona la animación de imágenes multicolores y en movimiento que se irían mostrando en la pantalla.

Entiendo que no es básicamente con el apoyo de los medios técnicos con los que hay que dar fuerza a lo que se dice o comunica sino con la fuerza del propio pensamiento que se expresa. Ningún artificio, por sofisticado que sea, podrá superar la conmoción que provoca un cuerpo que vibra en la expresión de su emocionar más hondo y sincero.

No voy a poner en cuestión las posibilidades que la tecnología y, en este caso concreto, un programa informático como el Power Point, puede ofrecernos a la hora de presentar un trabajo o hacer una exposición. Sería algo absurdo e incluso injusto. Pero traigo a colación ese hecho vivido como una invitación a reflexionar sobre los peligros que puede entrañar un uso de los medios nacido, basado y justificado en la fascinación que sus posibilidades (poder) pueden ejercer sobre nosotros. Es uno de los calificativos que más se aplican a los nuevos medios: son algo fascinante. No olvidemos que aquello que nos «fascina» en cierto modo nos «embruja» (fascinare = embrujar), ejerce un dominio irresistible. Precisamente en sus posibilidades pueden estar disimulados sus peligros. Cuando todo un mundo de posibilidades están no ya a mano, sino a golpe de tecla o a clic de ratón, como nuevos «demiurgos », como renovados «semidioses» podemos quedar alucinados, deslumbrados, encantados, hechizados, seducidos por lo que siendo mero medio o recurso termina convirtiéndose en un fin en sí mismo. Cuando esto ocurre, al poner el centro, lo nuclear en «el medio », la persona sale de su centro, se descentra y se precipita en una sutil alienación. Deja de haber «sujeto »: la consciencia quedó absorbida en un medio que se absolutiza, se idolatra y se usa de manera inadecuada, excesiva o incluso perjudicial.

Hace unos días asistía a una conferencia donde se nos abrumó con gráficos, flechas, desglosamientos, análisis… eso sí todo muy bonito, a todo color e incluso con animación de los cuadros y dibujos. Pero sólo en la despedida pudimos ver al ponente que durante toda la exposición estuvo tras el ordenador, a un lado de la sala, permitiéndonos tener despejado todo el espacio que mediaba entre nosotros y la pantalla. En un momento me surgió esta interrogante: ¿quién se está comunicando con nosotros? Por supuesto que un ordenador puede ser un recurso extraordinario (sólo un necio podría a estas alturas negarlo), pero también puede convertirse en trinchera, en barrera protectora, en muro de separación.

Fue entonces, cuando perdido en mil y una subdivisiones temáticas, en un laberinto de flechas, transparencias, apartados y epígrafes, me di cuenta del peligro del «punto»: quedar atrapados en él, seducidos por él (algo similar al superespecialista que sabe cada vez más de menos, hasta que llega a saberlo todo de nada, salvo del punto de su especialización). Esta obnubilación podría llevarnos a olvidar que cuando el punto no se queda estático, sino que se desplaza genera una línea y que una línea al moverse genera un plano que, a su vez, cuando se despliega adquiere un volumen. Y el cuerpo humano es siempre volumen, es decir, presencia.

Siento que esto puede estar pasándonos con la comunicación: cada vez más plana, cada vez más lineal, cada vez más puntual. Los medios tecnológicos están para la comunicación del hombre, sin viceversa. Hay que estar alertas y atentos para que las comunicaciones no degeneren en comunicaciones sin «sujeto », donde lo que prima es el «objeto»; hay que retomar las relaciones «con volumen», no tanto presenciales, pero sí en las que siempre haya una «presencia».

Estamos debilitados por el exceso de todo. A veces creo que no podemos ingerir ni digerir más conocimiento. No pocas veces, rodeados de tanta sofisticación de aparatajes, necesitamos un cierto «ayuno tecnológico » para alimentarnos de nosotros mismos, para saber cómo somos, «quiénes somos». Una y otra vez abrimos páginas y ventanas en busca de respuestas a nuestras preguntas, interrogantes y necesidades. Pero sólo cuando apago la pantalla puedo ver reflejada en ella mi propia silueta, mi propia figura.

Nuestra cultura y modo de vida nos está separando, distanciando, enajenando de un mundo interno (nivel de conciencia) que es, o al menos ha de ser, la fuente principal de irrigación de todo campo o terreno comunicativo. Es preciso que emisores y receptores vuelvan a unirse y vivirse vinculados y en conexión con su propio paisaje interno y, desde ahí, seguir tejiendo mallas comunicativas, redes de relación que no atrapen sino liberen no sólo el infinito potencial humano de cada uno sino las formas y estructuras de convivencia y organización. Existe un lugar dentro de cada ser humano que debemos poder movilizar para no trivializar nuestros encuentros, para no banalizar nuestras relaciones, para no «morirnos en vida». Una comunicación sin «quién», sin «sujeto», sin «conciencia», se torna superficial, se banaliza y degenera en mera transacción o intercambio.

4. Virtualidad y corporalidad en la comunicación.

La «presencia» o desde dónde comunicamos La expresión es, por definición, corpórea. No es posible la expresión fuera o al margen del cuerpo. Del cuerpo entendido como corporalidad (integración armónica de múltiples cuerpos: físico, mental, emocional, energético, espiritual…) y no mero organismo. En cualquier proceso educativo o de desarrollo, en cualquier dinámica comunicativa habrá trastornos, distorsiones, alteraciones, tan pronto se olvide que las personas implicadas tienen, son cuerpo.

El cuerpo es nuestro instrumento comunicativo unitario: en él confluyen nuestras partes más físicas u orgánicas, la voz, los gestos y el psiquismo o parte interna a través de la cual interaccionamos con nuestro medio. La comunicación humana está llamada a ser, vivirse como una experiencia global. Las palabras, gestos y movimientos se conforman como una acción única e indivisible cuanto más fieles somos a nuestra naturaleza. El cuerpo es el «vehículo» del ser en el mundo, el eje desde el que se moviliza y al que llega todo. Es una presencia, una presencia dinámica, una presencia expresiva y comunicativa.

Simplemente, mientras tengamos un cuerpo, no podemos «no comunicar». Algo se expresa cuando no se habla y se mantiene el cuerpo quieto o inmóvil. Las investigaciones han demostrado que en una presentación ante un grupo de personas, el 55% del impacto viene determinado por el lenguaje corporal (postura, gestos y contacto visual), el 38% por el tono de la voz y sólo el 7% por el contenido conceptual o informativo de la presentación. El niño o niña es, con relación a todo esto tremendamente transparente y tremendamente receptivo.

El niño hace emerger a la superficie de sus gestos, expresiones y postura sus sentimientos, emociones y estados más profundos. Los adultos no siempre disponen de la serenidad, capacidad de atención y escucha que se requiere para «entender» ese lenguaje del cuerpo o desde el cuerpo;

Por otra parte, el niño, aunque sea a niveles no conscientes, capta los mensajes corporales de los adultos, percibe los estados internos de las otras personas por las posturas que adoptan. Por el tono o vibración de la voz captan que el grito que se les envía no es una señal de poder o autoridad sino de debilidad. Por esta capacidad natural de percepción intuitiva los niños van a captar las sutiles contradicciones en que suelen caer las personas mayores que dicen una cosa con las palabras pero manifiestan cosas diferentes, si no contrarias, con el cuerpo. Por eso es tan importante la consciencia corporal en los procesos comunicativos y educativos. El educador no es un modelo sino una «presencia», un signo referencial que con su solo «estar» comunica, educa, interpela e interroga al niño. Pero es también una presencia abierta a los niños, también «presencias» que educan, interpelan e interrogan al educador.

Desde la «presencia», el educador no demuestra sino que muestra y se muestra. Y lo hace desde una presencia expresiva que se hace notar, que continuamente comunica y revela cosas, incluso desde la quietud y el silencio. Es todo el cuerpo, todos los cuerpos, los que educan, los que comunican. Por eso, es muy importante que los niños vean, capten, interioricen y vivan que hay «otra manera» de acercarse y relacionarse con los objetos, las situaciones y las personas, otro modo de escuchar, hablar y acariciar al otro. El educador tiene el reto de posibilitar la experiencia gracias a la cual un niño aprende que en todos los gestos y acciones sencillas y simples de su vida puede haber «una presencia que actúa», pasar de los meros impulsos a una «conciencia» desde la que se expresa y se actúa con una calidad distinta. No se trata tanto de «hacer cosas con el cuerpo» cuanto de vivir y tomar conciencia de nuestro cuerpo en todo aquello que vivimos, expresamos y comunicamos.

El educador está para proponer y facilitar en el niño la incorporación, la encarnación en su estructura corporal personal de los conceptos, ideas y valores transformadores y humanizadores. Está para ser testigo de que no sólo se escucha con la oreja sino con todo el cuerpo, que la postura es algo más que una simple posición, es sobre todo una actitud que revela el estado interno, estado del que uno tiene que ir haciéndose consciente y responsable. Todo este proceso, todo este trabajo no requiere de largas explicaciones. Lo que se necesita es un adulto que con su presencia tenga la virtud de abrir, de liberar en el niño sus más profundas y auténticas posibilidades expresivas y de comunicación.

Un adulto consciente y responsable de su propio cuerpo, de su presencia delante del niño puede sincronizarse mucho más fácilmente con él. La sincronización es un proceso mediante el cual el educador puede establecer un estrecho contacto entre los niveles consciente e inconsciente de su interlocutor. Las palabras (nivel consciente) no siempre son válidas ni suficientes para establecer un buen contacto, una buena relación con los niños. Así, por ejemplo, si un niño acude triste a nosotros y le escuchamos con las manos cruzadas tras la cabeza, las piernas estiradas y una leve sonrisa en los labios, lo más probable es que no se sienta acogido ni comprendido suficientemente. La sincronización consiste, precisamente, en reflejar hacia el niño su propia imagen, su propio estado, enviándoles señales no verbales que él o ella puedan identificar fácilmente y de manera inconsciente como suyas, y que por tanto son recibidas como signos de reconocimiento. El niño se siente aceptado, acogido tal y como es, tal y como está en ese preciso momento. La sincronización permite y exige escuchar de una manera mucho más atenta y sutil a los niños y conduce a una relación más de adentro a adentro. Sirve para crear un clima de confianza, necesario para recoger información y conducir una conversación.

Por otra parte, el adulto tiene que ayudar al niño a reconocer, a aceptar, a querer y a cuidar su cuerpo como elemento fundamental en la vivencia y expresión de lo que él es. Asimismo, a través del contacto, la caricia, el abrazo, el beso... la comunicación con el niño se hace más efectiva, más personal, más cercana, sincera y cálida.

Finalmente, el educador no puede perder nunca de vista que, más allá de todo lo dicho hasta aquí, el cuerpo es «templo» de nuestra Esencia o Interioridad. Es por tanto y está llamado a ser acogido, vivido y comunicado como un «espacio sagrado». Recuperar el cuerpo supone un volver a la propia patria de la que normalmente vivimos, y los niños también, exiliados. Se trata de «entrar en nosotros», no como ejercicio de sensibilización epidérmica o de introspección psicológica sino como medio de reconocer, hacer visible, expresar y comunicar «el tesoro que allí dentro anida».

El educador de hoy tiene una labor urgente y maravillosa: conocer, valorar y conducir adecuadamente los modos, maneras y ritmos de los gestos, posturas y movimientos. Es un ir viviendo una corporalidad en la que el cuerpo se lentifica, se calma, se reconstruye, se «simplifica» y se enamora. El educador del siglo XXI ha de entender que el cuerpo no sólo no es una dificultad para la experiencia de encuentro (de expresión y comunicación) de unos con otros sino la única posibilidad que tenemos para «acercarnos al otro».

Tenemos el reto de enseñar a adecentar la propia realidad corporal porque es en ella donde la cita, el encuentro comunicativo tiene «lugar». Es preciso ir del cuerpo del que se expresa al «cuerpo comunicante», un cuerpo que no es un campo de experimentación de técnicas ni un lugar de exploraciones metodológicas ni instrumentales sino un «espacio de entrega amorosa».

Lo virtual está irrumpiendo con fuerza. No por casualidad la raíz latina «vir» hace referencia a la fuerza. Pero, cuando lo virtual no sirve de complemento, de apoyo, de catalizador de lo corporal sino que lo anula y sustituye, la comunicación se desvirtúa. La cultura virtual hace posible que no sea imprescindible estar en los «lugares» para acceder a ellos. Ya he expresado que lo corporal no se reduce a lo orgánico. Los avances en física cuántica, en psicología transpersonal están expandiendo, abriendo nuestra concepción y vivencia del cuerpo. Los límites de mi cuerpo van más allá de la piel, se rozan con la piel del universo. Pero la no presencia física no excluye la presencia en lo que la propia palabra nos revela: «presentar la esencia». Lo virtual pierde toda su virtud cuando queda empobrecido o reducido a «apariencias sin presencia », a «imágenes sin conciencia ». El corazón humano puede latir en todos los formatos, en todos los lenguajes, en todos los momentos y lugares. Es el emocionar que acompaña a todo gesto humano el que lo dota de una específica y concreta «realidad », el que hace que sea comunicativo y creativo o no.

Cuando en cada gesto comunicativo yo estoy «presente» me convierto en presente, es decir, en regalo.

5. «Aprendizaje atmosférico» y enfoque medular de la comunicación: el reto de cómo comunicamos

No «heredamos» sino que «aprendemos» el modo de hablar, de movernos, de actuar, de vivir. Mi modo de comunicarme no es tanto una herencia genética cuanto una adquisición educativa. Desde hace algún tiempo vengo afirmando un «aprendizaje atmosférico» a través del cual adoptamos e incorporamos nuestras conductas más automáticas e inconscientes. Los «automatismos o reflejos» no sólo comunicativos sino vitales en general son fruto de este tipo de aprendizaje mucho más sutil y efectivo que aquél que se realiza a través de intervenciones más directas, intencionales, programadas o explícitas. Se trata de un aprendizaje en el que uno está inmerso con mucha frecuencia, que no se piensa sino que se respira, que no se elabora sino que se interioriza sin darnos cuenta. Es un aprendizaje más celular que mental y que, al ser difuso, es aprehendido por cada poro; es más emocional que conceptual y al ser más afectivo se torna, igualmente, mucho más efectivo.

Al ir más allá de lo mental consciente se va conformando como algo vital, existencial, como un modo de operar global de la persona. Su carácter «atmosférico, etéreo», lo hacen tremendamente significativo y poderoso. Yo puedo hacer un aprendizaje consciente y deliberado sobre modos, técnicas y estrategias de comunicación, pero las actitudes, los valores, el emocionar subyacente a mi manera de ser y vivirme en una situación comunicativa dada van a venir conformadas por la atmósfera en la que he ido respirando mi existencia. Esta concepción de aprendizaje atmosférico plantea una evolución de la pedagogía, de la comunicación como «transmisión» a la pedagogía y comunicación como «contagio de un estado».

Nos situamos así de lleno en la importancia no ya sólo de qué, por qué y desde dónde comunico sino de cómo se da dicha comunicación. Es una invitación a estar atento a la atmósfera que me rodea: la que yo creo o configuro con mi modo de ser, estar y relacionarme. Esta observación atenta puede devolverme algo de lucidez y comprensión sobre aquello que yo emito (la situación como «eco»).

No sólo me comunico con la palabra conceptual: la materia-energía de mi presencia, de mi voz, de mis gestos, movimientos, ritmos, acciones… pueden ir contaminando un ambiente en el que yo mismo me veo afectado por la propia asfixia. O, por el contrario, hacer de mi comunicación una posibilidad de purificar el entorno, de crear espacios de convivencia y propiciar experiencias de realización y encuentro. Nuestra comunicación va a estar directamente vinculada a nuestro modo de ser y de vivir. Desde la perspectiva del aprendizaje atmosférico, será aquello que tenemos realmente incorporado y que, por consiguiente, vivimos y movilizamos de una manera espontánea y habitual, lo que podremos compartir, comunicar y contagiar al otro. Lo que atraviese la médula de nuestros huesos, todo lo que surja de nuestro eje o centro será lo que, efectivamente, podrá llevarnos a compartir nuestra verdad o esencia con los demás.

No estamos sino empezando a darnos cuenta de todo lo que movilizamos y se moviliza en un encuentro comunicativo. Estamos empezando a reconocer la importancia de la postura como mucho más que una mera posición del cuerpo, como expresión de nuestro estado interno. Reconocemos que «cada cual se mueve como es y es como se mueve». Todo movimiento, todo gesto, nuestra mirada, las cualidades de nuestra voz son fuente de información instantánea sobre el yo que se expresa.

6. Epílogo: el binomio creativo «tecnologíahumanología»

¿Cómo es posible que tanto progreso tecnológico, tanta «inteligencia» nos esté alejando tanto de la «sabiduría » del vivir? Creo, no obstante, que sería injusto considerar que los nuevos medios son la raíz de nuestros males personales y sociales. El problema se sitúa, casi siempre, en el interior del ser humano. La dificultad, el peligro no está tanto en los medios sino en cómo se conciben y se usan. El ritmo de vértigo con el que se sucede y se vive todo nos impide tener la paciencia y la serenidad para no caer en simples aplicaciones porque sí, para ir acompañando los logros técnicos con una reflexión individual y colectiva sobre su sentido, papel y uso. La urgencia, a veces, nos aleja de lo realmente importante y esencial. La prisa nos hace presos, nos encadena a la ansiedad. Cualquier «avance » tecnológico que nos «dis-traiga», que nos distancie de nuestra esencia o verdad será siempre, a la larga, un «retroceso».

Lo «nuevo» siempre genera una cierta angustia y miedo. Ese miedo no ha de detener nuestros pasos, pero sí hacernos estar muy atentos a cada paso. Carentes de todo «temor» nos tornamos «temerarios», imprudentes. La prudencia, el sentido común, la consciencia, en definitiva, ha de sostener cualquier gesto o realización humana.

La «tecnología» nos humaniza cuando nos libera de trabajos mecánicos, groseros y embrutecedores, cuando nos abre a nuevas posibilidades creativas, cuando facilita nuestra labor liberándonos de tareas penosas y costosas y generando ese precioso tiempo que precisamos para «trabajarnos a nosotros mismos». Pero puede también deshumanizarnos cuando mecaniza, trivializa, despersonaliza las actividades y relaciones humanas. Eso sucede, por ejemplo, cuando lo virtual llega a desvirtuar la virtud humana o cuando la «red», en lugar de ser un entramado para la interconexión y el encuentro, se convierte en un espacio en el que uno queda, finalmente, «atrapado». Si la revolución tecnológica no lleva consigo una revolución ontológica, del ser, todo habrá sido en vano. La sorpresa, el sobrecogimiento siguen decorando mis pupilas ante las maravillas a las que vamos accediendo en el ámbito científico-técnico. Sin embargo, voy descubriendo que «lo que realmente me hace sentir vivo y vibrar con todo aquello en lo que acontezco y tengo lugar no es una perfecta organización cerebral o una impresionante capacidad tecnológica, tan impecable como fría, sino los latidos de un corazón, tal vez menos complejo pero más ardiente, menos poderoso pero con mayor fuerza y capacidad como para impulsarme y lanzarme a abrazar la vida y acurrucarme en su seno.

No se trata de oponer corazón y cerebro, humanidad y tecnología, sentimiento y razón, sino de «poner» cada cosa en su lugar justo y necesario. Quien explica es la mente y quien sabe es el corazón. Vivir es más un latido, una pulsación que una formulación mental. El cerebro opera, elabora, indaga, formula, pero es en el corazón donde surge ese emocionar que me hace transformar y transformarme. Las neuronas sin sangre son pura chatarra» (La vida maestra, 74). Y una tecnología sin conciencia, sin valores humanos es pura basura.

De vez en cuando apaga la pantalla de tu ordenador y mira tu rostro en ella reflejado. O desconecta tu móvil mientras estás saboreando una comida. O simplemente deja todo aquello que te tiene ocupado y sal fuera, pasea, escucha la música del viento, observa la danza de las hojas, siente el latido sutil de una vida que, permanentemente, te está convocando a la plenitud y al gozo. La más moderna y elaborada tecnología será siempre una «fotocopia reducida y de mala calidad » del tesoro divino que todo ser humano lleva dentro de sí. Es eso lo que nos convierte en el medio por excelencia que puede comunicar que la vida es algo valioso, digno, sagrado.

Referencias

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