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Revista Comunicar 24: Educación en comunicación (Vol. 12 - 2005)

La imagen de la infancia: aspectos iconográficos

Childhood image: iconographyc aspects

https://doi.org/10.3916/C24-2005-19

María-del-Mar Ramírez-Alvarado

Abstract

Este trabajo analiza la evolución de la imagen de la infancia a lo largo de la historia, desde de la más lejana antigüedad, donde la representación realista de rasgos específicos de la infancia es prácticamente inexistente o carecía de interés en las más variadas culturas. Con el paso del tiempo, la imagen de niños y niñas, con sus características específicas dependiendo del momento histórico, comienza a ser un motivo importante de toda una iconografía religiosa y laica que les convierte en protagonistas.

This paper analyses the evolution of childhood image throughout History from the most ancient times, when realistic representation of specific infant features is practically non existent in –or irrelevant to- many cultures. Children´s image, with all its specific characteristics according to each historical period, turns into a major theme in a whole body of religious and secular iconography which grants them a leading role.

Keywords

Imagen, iconografía, iconología, representación, infancia, niñez

Image, iconography, iconology, representation, infancy, childhood

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A lo largo de la historia, el acercamiento a la infancia y la imagen de la misma han variado notablemente. En la Antigüedad, al menos en el ámbito de las representaciones, la infancia carecía de espacio propio. Hasta muy entrado el siglo XIV la representación de la niñez llama fuertemente la atención: se trata de imágenes caracterizadas por diferenciarse de la de los adultos, básicamente en su estatura. Por lo general, no se guardaban entonces las proporciones características del niño (cabeza más grande en relación con el cuerpo) sino que se mantenían para su representación las proporciones adultas. Esta diferencia de proporciones entre el niño y el adulto sería justificada por Leonardo da Vinci, en pleno «Quattrocento» italiano, de la siguiente manera: «la naturaleza forma el lugar de tamaño apropiado para habitación del entendimiento antes de formar el lugar para los elementos vitales»1.

Este vacío, en cuanto a la representación realista de rasgos específicos de la infancia, se aprecia en muchas culturas diversas en las que simplemente no se encuentran representaciones sobre el tema o, tal como hemos señalado, se representa al niño como una figura de pequeño tamaño y formas adultas. Como excepciones puede señalarse el arte griego, que dio cabida al tratamiento de motivos idílicos sobre la infancia y, quizá, algunos motivos del arte egipcio.

Es bien sabido que las representaciones artísticas en Egipto poseían un carácter esencialmente mágicoreligioso. Por ejemplo, en los conocidos «Textos de los sarcófagos» pintados sobre los ataúdes y en los «Libros de los muertos» que se enterraban junto a las momias, las ilustraciones se consideraban como portadoras de poderes del más allá. Incluso algunos jeroglíficos que representaban seres vivos eran mutilados en el dibujo para evitar los daños que pudiesen causar a los difuntos. Sin embargo, una parte importante de las manifestaciones artísticas egipcias, sobre todo en el campo de la pintura, evocan el mundo de lo cotidiano, de los oficios diarios, del trabajo, del descanso. Una pintura sobre estuco encontrada en la tumba de Anhurkhau que data del año 1150 a.C. resulta interesante al respecto. En la misma aparecen el faraón difunto y su esposa rodeados de sus nietos. En esta escena los niños –a pesar de ser en cierta medida pequeños adultos– se distinguen por su desnudez y, fundamentalmente, porque uno de los pequeños está siendo peinado, precisamente, por su abuelo Anhurkhau.

Hacemos énfasis en este último detalle de la pintura egipcia en tanto podría remitir a un sentimiento hacia la infancia considerado como moderno si pensamos que, durante muchos siglos, en Europa la representación de la infancia careció prácticamente de interés. Parece que, no sólo en el terreno de la imagen sino en el de la vida cotidiana, la niñez constituía una etapa de transición sin realidad propia, un pequeño espacio de tiempo en el camino hacia la vida adulta2.

1. Iconografía religiosa vinculada a la infancia

Hacia finales de la Alta Edad Media se producen algunas transformaciones. En primer término, se introduce la figura del ángel niño o adolescente, que se populariza enormemente a lo largo del Renacimiento. En segundo lugar aparecerá la figura del Niño Jesús que determinará en gran medida la representación de la infancia en el mundo del arte.

La figura del ángel niño o adolescente posee una interesante historia. En los textos bíblicos hebreos que luego fueron traducidos al griego, el término significaba «mensajero» (en hebreo) y «el que anuncia» (en griego). Hoy por hoy nos imaginamos al ángel (término finalmente adoptado en las lenguas modernas) como una figura alada que, en esencia, no concuerda con las descripciones bíblicas.

En el libro de «Jueces» (capítulo 23) se lee: «Fue la mujer y dijo a su marido: ‘ha venido a mi un hombre de Dios, y su aspecto era el de un ángel de Dios, muy temible». En muchos otros relatos bíblicos los personajes conversan o establecen contacto con ángeles sin diferenciarlos del resto de los humanos, lo cual indica que, evidentemente, carecían de alas al menos en la imaginación de los autores de los diversos relatos. El ángel volador, tal como actualmente se representa, es conocido en el Antiguo Oriente y retomado luego por griegos y romanos. Posteriormente desaparece a lo largo de los primeros siglos del cristianismo volviendo de nuevo en la antesala de la Edad Media con gran fuerza. Y es que la imagen poseía tal poder que logró revivir, introducirse en la iconografía cristiana y perdurar hasta nuestros días3.

En un inicio, el ángel aparece representado como una figura adulta dotada de alas. Su rejuvenecimiento comienza a producirse alrededor del siglo XIII: cara lozana y sonrojada, rasgos más suaves, dulces y joviales, etc. La figura alcanza tal difusión que incluso será retomada frecuentemente como elemento decorativo y de obligada inclusión en escenas religiosas y mitológicas.

El Niño Jesús, en un principio, comienza a ser representado de acuerdo a los esquemas de composición vigentes: se trata no precisamente de un niño sino de una figura de reducido tamaño con facciones y rasgos corporales adultos. Por lo general, en este momento el Niño Jesús aparecerá vestido pudorosamente. Un poco más tarde, el Niño Jesús se convierte en un bebé de pecho y aparecerá envuelto en mantas o cubierto con pañales.

Más adelante se generará un nuevo cambio con la introducción de la figura del Niño Jesús desnudo. Hasta ese momento, sólo solían ser representados como niños desnudos los Santos Inocentes y, en algunos casos, los niños muertos. También el alma del moribundo, arrastrada por el ángel de la muerte, se representaba en algunas oportunidades con forma de niño desnudo que salía de la boca del enfermo. En este momento, aún cuando la complexión corporal evolucione hacia una representación más realista de la infancia (es decir, se agrande la cabeza y se haga más 130 pequeño el cuerpo), con frecuencia la cara mantiene rasgos adustos.

Con la introducción en la historia de las imágenes de la figura del Niño Jesús, aparecen otros dos motivos. En primer lugar el de la Virgen Niña con sus diversos temas asociados: el nacimiento de la Virgen María, su educación, su relación con Santa Ana, etc. En segundo término nos encontramos con el tema de la Santa Infancia de Jesús (que con el tiempo se extiende a la vida de otros Santos) y que introduce una nueva ambientación, la de la vida cotidiana, su formación en Nazareth, etc.

Paulatinamente estos temas se refuerzan con las expresiones maternales de ternura hacia el hijo y viceversa: caricias, miradas, juegos, el niño toca el pecho de su madre, etc. Estas expresiones tan realistas de sentimientos tardan algún tiempo en propagarse fuera de la iconografía cristiana. Podría pensarse tal vez que ciertas ideas (sobre todo en el campo religioso) fluyen más fácilmente o sólo pueden expresarse a través de imágenes4.

2. Iconografía laica vinculada a la infancia: costumbres y vida cotidiana

De este universo iconográfico perteneciente al cristianismo se desprende entonces toda una iconografía laica. Se trata de escenas de costumbres en las que los niños, por lo general, acompañan a los adultos y constituyen personajes secundarios, de relleno o acompañamiento. A partir del siglo XVI se hacen corrientes los retratos de familias, en los que hijos e hijas aparecen junto a sus padres. En este momento se extiende la costumbre piadosa de donar a las iglesias cuadros en los que el donante se hacía representar junto a su familia.

Posteriormente, el siglo XVII se destacará en este recorrido por una novedad: aparece retratado el niño en solitario y como motivo central del cuadro, convirtiéndose así en uno de los modelos más frecuentes. Llama la atención el hecho de que fundamentalmente son representados los niños y no las niñas, elemento éste que constituye un dato importante a tener en cuenta en los estudios de género ya que se mantendrá inalterable por muchos años.

Se hace común entonces que algunos de los grandes artistas del momento representen a reyes y reinas y a sus reales descendientes. Estos retratos constituyen algunas de las excepciones en la representación de las niñas. Las familias más acaudaladas siguen el ejemplo de los monarcas y se interesan en el retrato de sus propios vástagos. Recordemos, por ejemplo, una de las composiciones más conocidas y magistrales de Diego Velázquez como es la de «Las Meninas». Elaborada en el año 1656, en ella se agrupan un grupo de personajes en primer plano conformado por la infanta Margarita, que ocupa la parte central del grupo, y a cuyos lados se encuentran Isabel Velasco y Agustina Sarmiento, las «meninas» (vocablo de origen portugués con que se designaba a los acompañantes de los niños reales en el siglo XVII).

Al parecer, el descubrimiento de la infancia como tal en Europa se realiza en el siglo XVIII, aunque en el mundo rural se retrasa hasta el siglo XIX. Debido a las altas tasas de morbilidad y mortalidad infantil, durante mucho tiempo persistió la idea de que debían concebirse muchos hijos para preservar algunos. Por ello diversos autores que se han especializado en el estudio de las relaciones familiares en los distintos momentos de la historia concluyen que, en función de las difíciles condiciones demográficas, el sentimiento de pérdida de un hijo no alcanzaba las dramáticas dimensiones que podría alcanzar en la actualidad. Era común que los hijos de familias pudientes fuesen separados con normalidad de su hogar y criados por nodrizas que no sólo les amamantaban sino que cuidaban y atendían de ellos durante su más temprana niñez. Y es que, en esencia, no se pensaba que el niño fuera un adulto en potencia.

En el siglo XVIII el tema la infancia es tratado con un mayor realismo en diversas escenas de interiores, anecdóticas, costumbristas y de la vida cotidiana. En estas obras muchas veces los niños se convierten en el centro de la composición. De igual manera se consolida la práctica del retrato de familia, de obligatorio y extendido uso en las esferas de la aristocracia y de la alta sociedad.

Poco a poco comienza a apreciarse una representación mucho más realista de los rasgos específicos de la infancia, que se manifiesta de igual forma en el tratamiento de temas populares y tradicionales. Recordemos, por ejemplo, los conocidos cartones para tapices de Francisco de Goya destinados a decorar el Palacio de El Pardo. El tema de «Niños inflando una vejiga », uno de estos hermosos cartones en la que son niños los personajes principales, es descrito por el propio Goya en una factura presentada en a la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara: «dos muchachos en pie; uno de ellos soplando una vejiga y el otro espera para atarla, detrás de ellos hay dos labradores, y dos mujeres que demuestran esperar a los muchachos»5.

De igual forma comienza a aplicarse al retrato infantil la desnudez decorativa que en un momento se asoció a la figura religiosa del Niño Jesús. Este cíclico retorno de la desnudez como motivo de representación, heredada por el Renacimiento, efectivamente remite al apego del mundo clásico por el desnudo. Son pocos los nuevos elementos que, al menos hasta la introducción de los grandes medios de difusión de masas, se incorporan a la iconografía vinculada a la infancia.

Es precisamente con el moderno retornar de este motivo del niño desnudo, denominado «tutti» –o putto– en la Italia del los siglos XV y XVI, que llegamos a los primeros años de la fotografía que recogerán de forma permanente e inalterable la imagen del niño desnudo en su más tierna infancia. De allí en adelante, e incluso todavía en la actualidad, la pose del sonriente bebé desnudo formará parte de la mayoría de álbumes de fotografías familiares.

Con esta cortísima inmersión en el mundo de las imágenes queremos aportar algunas ideas para el análisis y comprensión del tratamiento de la infancia en la actualidad por los medios de comunicación. Una conclusión principal podría desprenderse de este análisis: creemos que, tal como se demuestra a través del estudio de las representaciones, la consideración de la infancia en cierta medida ha mejorado con el paso del tiempo. A pesar de los delitos de pornografía infantil tan estrechamente vinculados a la imagen y de otras muchas atrocidades de las que niñas y niños son las víctimas principales, hoy en día se tiene una conciencia clara y precisa de la importancia de los primeros años de existencia en el desarrollo de la vida adulta.

Es notable lo que ha variado la imagen de la infancia del anonimato en que fue sumida por muchas civilizaciones y desde aquellas representaciones altomedievales del niño sin realidad propia, como un adulto en miniatura. Precisamente el cine y la televisión han contribuido en gran medida a la difusión de los espacios vinculados a la niñez (familia, escuela, etc.), al conocimiento más cercano de la vida de los propios niños y niñas y a la conversión de muchos de ellos en estrellas rutilantes y personajes para el recuerdo. Y, aunque a través del cine y de la televisión el mundo del capitalismo más salvaje haya procurado crear un mercado de consumidores de imágenes (y de productos) tipo Disney entre los propios niños y no pocos adultos, no deja de ser cierto que el acceso de la infancia al universo de las representaciones constituye uno de los grandes avances sociales y culturales de la Humanidad.

Notas

1 DA VINCI, Leonardo (1993): Cuaderno de notas. Madrid, M.E.; 52.

2 ARIES, P. (1987): El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Taurus.

3 Es interesante al respecto el artículo de Fritz Saxl «Continuidad y variación de las imágenes» en Saxl (1989).

4 Fritz Saxl señala esta idea y aporta dos ejemplos de imágenes difíciles de ser transmitidas en todo su significado a través de cualquier forma de lenguaje: la idea del Señor como Pastor (Salmo XXIII) y la imagen se Cristo como Ichtys, el Pez, ampliamente relacionada a religiones paganas del Oriente Medio. Ibid; 11-12.

5 VARIOS (1992): Goya. Catálogo de la exposición celebrada en Zaragoza en 1992. Zaragoza, Electa; 40.

Referencias

ARIES, P. (1987): El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Taurus.

ARIES, P. (1987): El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Taurus.

DA VINCI, L. (1993): Cuaderno de notas. Madrid, M.E. Editores.

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FRANCASTEL, P. (1969): La figura y el lugar. El orden visual del Quattrocento. Caracas, Monte Ávila.

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GOMBRICH, E. (1985): Norma y forma. Madrid, Alianza.

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GRABAR, A. (1988): Las vías de creación en la iconografía cristiana. Madrid, Alianza.

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PANOFSKY, E. (1983): Renacimiento y renacimientos en el arte occidental. Madrid, Alianza.

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PANOFSKY, E. (1987): El significado en las artes visuales. Madrid, Alianza.

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SAXL, F. (1989): La vida de las imágenes: estudios iconográficos sobre el arte occidental. Madrid, Alianza

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