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Revista Comunicar 25: Televisión de calidad (Vol. 13 - 2005)

Televisión y telespectadores: un conflicto permanente

TV and viewers: a constant conflict

https://doi.org/10.3916/C25-2005-017

Manuel Fidalgo-Yebra

Abstract

La televisión se ha convertido en un fenómeno que inquieta a la mayor parte de la sociedad. Pero inquieta y enamora, ambas cosas a la vez. La belleza de las imágenes, su ritmo trepidante, las tramas, complicadas o sencillas, pero emotivas siempre, enganchan a los telespectadores, que buscan, después de una dura jornada de trabajo o como colofón a un día complicado sentarse delante del televisor y descansar. Pero pocas veces lo consiguen, pocas veces la televisión responde a nuestras expectativas. En la mayoría de las ocasiones defrauda y en muchas nos hace ver lo que no queremos ver, asistir al espectáculo al que en condiciones normales nunca asistiríamos. Y así, defraudados, descontentos con nosotros mismos, nos volvemos contra el medio criticándolo. Tenemos razón, pero hemos perdido la congruencia en alguna medida. Y es que la televisión está llena de contradicciones. A una de ellas nos referimos en este artículo; a la contradicción de estar insatisfechos, completamente insatisfechos, pero a seguir siéndole fieles, absolutamente fieles.

This paper analyzes how television often disappoints the viewer, although he or she will anyway continue watching what he or she did not mean to watch. The author asserts that there is a deep lack of knowledge of the medium, whereas television is affected by prepotency, by the tendency to abuse freedom of speech, by the lack of a more profound self-conscience of the great social responsibility it entails to be a source of role models, of cultural trends. This paper reaches the conclusion that it is necessary to open a wider space for the study of mass media in the school curricula, to create Self-regulatory Boards and Audiovisual Councils to make recommendations about contents and about the sector itself, and to insist on the social responsibility of the medium.

Keywords

Responsabilidad social, contenidos, formación, autorregulación, telespectadores

Social responsibility, contents, education on TV, self-regulatory boards, viewers

Archivo PDF español

Crecí –crecimos, al menos en algunos casos– en una época de guerra fría, de enfrentamientos, de Oriente y Occidente, de dos bloques. Dos concepciones del mundo, dos ideologías. El mundo acababa de salir de la locura del nazismo. Los coletazos de la II Guerra Mundial aparecían por todas partes, eran evidentes, estaban frescos en la memoria de todos. Hoy, aquellos tiempos parecen olvidados. Tengo la sensación de asistir a una especie de catarsis colectiva en la que sólo permanecen los recuerdos del nazismo asociados al holocausto del pueblo judío. Otros holocaustos como los del pueblo armenio a manos de los turcos o los «gulags» de la Revolución Rusa se han disuelto como por ensalmo. Da la impresión de que la historia se muestra selectiva a la hora de mantener en la memoria algunos acontecimientos.

La concepción del mundo que imperaba sobre todo en Oriente, y que nutría además el sustrato ideológico de multitud de intelectuales en el mundo occidental, alimentaba la creencia de que vivían en una revolución que cambiaria los designios de la Humanidad, la revolución marxista. Yo creía que aquello era una revolución que efectivamente cambiaría el mundo. Pero me quedé sorprendido cuando a los setenta y cinco años de su nacimiento, se derrumbó como si de un castillo de naipes se tratara, con una rapidez y facilidad que me produjo pasmo. Al final, la revolución era de papel. Con setenta y cinco años de antigüedad, con multitud de naciones sumadas a su ideología –más de la mitad del mundo se regía por regímenes de ideología marxista–, con un poderío militar inmenso, se derrumbó de un día para otro.

A partir de ahí empecé a poner en duda el concepto de revolución, a preguntarme por otra parte la cantidad de cosas con las que podemos convivir creyendo que son verdad y son mentira aunque las avalen multitud de intelectuales, a descubrir las verdaderas revoluciones, las que de verdad cambian el mundo, y a estar atento a descubrir también las mentiras que nos rodean, es decir aquellas cosas que no siendo verdad, son aceptadas como verdad, al menos por la mayoría y que por esta razón se convierten en opinión dominante.

Y he descubierto muchas cosas. Una de ellas que las revoluciones de verdad son de otro estilo; y aunque existen pocas cosas en estado puro, las revoluciones de final del siglo XX y del siglo XXI, estoy seguro que serán en gran medida dos: la revolución femenina y la revolución electrónica.

La primera está cambiando los roles por los que se ha regido la Humanidad desde siglos. Pero hoy no procede hablar de ella. La segunda ha conseguido cambiar los usos y las costumbres, las modas, la manera de comportarnos y hasta de hablar; ha metido presión a la vida, ha acelerado los mecanismos económicos, la comunicación, ha modificado las formas de relacionarnos. Ha convertido el mundo, en acertada frase de McLuhan en una «aldea global», y sobre todo ha potenciado hasta un extremo sin parangón en la historia la facultad mas alta del hombre, la inteligencia, convirtiéndose en un factor de progreso de primera magnitud, e imprimiendo a todos los órdenes de la vida una velocidad impensable hace años.

Progresamos hoy, no por el efecto multiplicador de la rueda o de la máquina de vapor, por la potencia o la variedad de usos de la energía petrolífera, o por el número de pantanos que producen energía eléctrica. Progresamos por eso, pero sobre todo progresamos, porque la Humanidad es abarcable, comprensible, porque se han abierto todos los cenáculos del saber, porque el hombre puede fijar en un ordenador su acontecer diario, encerrar en una caja mágica la complejidad de la administración de un país, fijar el tiempo de alguna manera, llevar a cabo en microsegundos multitud de operaciones complejas, además sin error y hacerlas llegar a cualquier punto del planeta en cuestión de segundos. Progresamos sobre todo por la revolución electrónica que está afectando a todas las formas de vivir. Hoy podemos acceder a todas las universidades, a todas las academias, comunicarnos en tiempo real con cualquier lugar del mundo, dar instrucciones, repartir información, atravesar fronteras. La sociedad de la información lo permite. Y en la medida en que sabemos más, progresamos más. En la Red no hay fronteras, las fronteras sirven solo para atravesarlas. La distancia ha muerto, como recogía Frances Cairncross en su libro «La muerte de la distancia». Y dentro de la revolución electrónica, ocupa un papel importante la televisión. Es el invento tecnológico que contribuye en mayor medida a configurar, a conformar el universo cultural, las modas, los modos, las costumbres. Como dicen algunos, la televisión marca la agenda de la sociedad, lo que es importante y lo que no lo es, lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer.

El mundo de la televisión es sobre todo el mundo de la imagen, y el mundo de la imagen es concluyente, determinante. El mundo de la imagen no necesita demostración, sencillamente se muestra y basta. La imagen tiene una cierta fuerza de veracidad, «lo he visto en televisión» aseveran muchos para argumentar la certeza de su afirmación. En la imagen está el mensaje, es más, la imagen es ya mensaje en sí misma, impone estilos, apunta líneas de conducta, influye en nuestra escala de valores, en nuestra apreciación sobre las cosas. Va más allá de la afirmación de McLuhan, «el mensaje es el medio» y más que esto, «el medio es el mensaje», como afirmó con posterioridad.

Pero la televisión se ha vuelto incómoda para el hombre de hoy. Hace ya algún tiempo que empezó a molestar, y a molestar, más que en temas ideológicos, que también, en temas de conducta. De estar concebida para formar, informar y entretener, en una definición ya clásica, especialmente desde el advenimiento de las privadas, se lanzó a una desenfrenada carrera para entretener al mayor número de personas posibles, dejando aparcados en la cuneta el resto de sus atributos. Tanto es así, que para analizar el fenómeno se han escrito libros de título atractivo y de gran contenido. Les apunto alguno de ellos, el libro de Joan Ferrés, «La sociedad del espectáculo» o el de José Ángel Cortés, «La estrategia de la seducción». Y es que todo el mundo tiene algo que decir sobre la televisión. Es, sin duda, el medio más denostado... y sin embargo, más visto. Todos alimentamos una de las paradojas, que describía José Boza en su artículo «Imagen y realidad»: «la imagen del mundo en un mundo de imágenes» no nos gusta, en ocasiones nos quejamos amargamente de ella, la vapuleamos, la insultamos, ‘esto es una bazofia’, decimos con la cara alterada… pero seguimos viéndola, le somos absolutamente fieles. Insatisfechos, totalmente insatisfechos, pero absolutamente fieles a ella».

Mansamente dejamos que irrumpa en nuestra esfera privada, en nuestro mundo, que ocupe el lugar más importante de nuestra casa, la adornamos con encajes, con artesanía «ad hoc», le construimos en el lugar más importante un altar al que todos los miembros de la casa rinden pleitesía. Y a partir de ahí damos al mando para que la caja mágica hable sin parar, continuamente, pontifique sobre todo, sin derecho de réplica además. Damos entrada a un invitado permanente al que le consentimos además un montón de cosas que seguramente reprobamos y en las que no participaríamos si las contemplásemos en la calle. No digamos si están los hijos… o el abuelo delante. Y es que, aunque vapuleada, denostada, la hemos convertido en el tótem de la modernidad. Para bien o para mal, contamos con ella. Contamos absolutamente con ella. Y a la vista de lo visto hasta la fecha, como no van –como no vamos– a dejar de verla, no queda otro remedio que aprender a convivir con ella. Pero está claro que en temas de televisión, me temo que llevamos demasiados años viviendo en el desconcierto. Y ya es hora de acabar. Hemos tardado demasiados años en reaccionar. Desde mi percepción hemos asistido desde los inicios del medio a varias cuestiones:

• A una batalla política por su control, batalla que continúa y continuará.

• A una denuncia continua, insistente, persistente, del mundo educativo sobre los peligros que el uso indiscriminado de la televisión presenta para el hecho educativo, sobre su incidencia en el rendimiento escolar. Me han parecido siempre una especie de «clamor en el desierto» al que pocos, muy pocos, prestaban oído.

• Y sobre todo, hemos asistido –seguimos asistiendo– a un desconocimiento soberano de los padres sobre la potencia educativa del medio y la necesidad de tenerlo en cuenta en la educación de los hijos. En gran medida han vivido –hemos vivido– de espaldas al problema. Este estado de cosas está sustentado en varias cuestiones, pero fundamentalmente en dos:

— El desconocimiento de los medios; la falta de cultura sobre los mismos, su ausencia, cuando no su presencia mínima, en los planes de estudio.

— La magnificación de un concepto que se ha entendido como libertad para todo, la libertad de expresión. Y es que venimos de una época en que se pensó que la televisión podía ser una magnífica herramienta de transmisión de conocimientos, para descubrir al final las cuatro tiranías de que nos hablaba Victoria Camps en la conferencia de clausura del Congreso Iberoamericano «Luces en el laberinto audiovisual » celebrado en el marco de esta Universidad y organizado igualmente por el Grupo Comunicar: la tiranía de la audiencia, la tiranía de la velocidad, la tiranía del espectáculo y la tiranía de la simplicidad.

Otras expectativas han resultado, en todo o en parte igualmente fallidas, como por ejemplo, las de disponer de una mejor información, las de que la televisión se convierta en un estímulo a la creatividad o en un medio de ocio.

Contra estas afirmaciones se contraponen la potencia del impacto visual del medio, que ha terminado por convertir a muchos noticiarios en crónica de sucesos, la constancia de que sólo es noticia lo que tiene imagen, la brevedad de los mensajes televisivos que no tiene otro objeto que mantener la atención del telespectador, etc.

Los estímulos a la creatividad se diluyen, cuando no desaparecen, cuando el objetivo no es conseguir un producto de calidad sino conseguir audiencia a cualquier precio. Para la televisión los ciudadanos hemos dejado de ser ciudadanos, somos solo consumidores, puntos de «share», en definitiva sólo somos audiencia. Hoy la televisión es acusada como recoge Javier Esparza en su libro «Informe sobre la televisión: el invento del maligno» de «fomentar la alienación colectiva, de inspirar irracionales actos de violencia, de romper la comunicación familiar, de manipular la realidad, de corromper a la infancia, de embrutecer al pueblo». Y todo esto se ha permitido por dos factores principalmente: el desconocimiento del medio –a los efectos de conocer sus efectos, la televisión se puede considerar un invento reciente– y, después de años de censura, la magnificación del concepto de libertad de expresión, que para muchos medios se ha convertido en patente de corso legitimadora de cualquier cosa. Cualquier crítica, cualquier atisbo de aminoración del concepto, se ha asimilado por los profesionales a la censura. Una vez situado el tema ahí, acompañado de una respuesta airada en nombre de la libertad, el tema quedaba desautorizado automáticamente.

Censura era y es una palabra maldita; y lo debe seguir siendo. Pero de eso a no poder hablar, ponernos de acuerdo, definir lo que se debe emitir y no se debe emitir va un largo trecho. Alguien tiene que pronunciarse sobre los contenidos. En cualquier caso creo que el tiempo de prueba ya ha pasado. Ya es tiempo y hora de tratar estos temas.

De un tiempo de referentes éticos, de voces autorizadas en lo moral, hemos pasado a un desierto, a mirar para otro lado en estos temas. Y lo peor es que no lo hemos sustituido por nada. Y lo peor puede ser también que los políticos pretendan invadir este campo en su afán por resolver los problemas de la sociedad. Hacen falta voces independientes, profesionales de prestigio, a los que se deje ejercer su labor con libertad para que con profesionalidad e independencia se pronuncien sobre los contenidos.

Hoy se puede constatar que desde el advenimiento de las televisiones privadas, que han supuesto una mayor libertad de elección, algo en sí mismo bueno, se ha producido un deterioro considerable del medio. Las televisiones no tienen ya como objetivos prioritarios formar o informar; buscan sólo entretener, van por libre; hacen lo que les parece. Cada día más, configuran, dan forma a una «sociedad del espectáculo». Y es que en realidad falta cultura de la televisión, se sabe poco de ella. Por otra parte, además, se ha esperado demasiado de ella, ha generado demasiadas expectativas que por sí misma no puede cumplir.

Yo asisto continuamente a un desconcierto tremendo por parte de padres y profesores sobre este tema. Desconcierto que en ocasiones genera desánimo ante la machacona constatación de que por más que se insista desde el universo educativo en las horas que es bueno dedicar a ver la televisión, en los programas que se deben ver y no se deben ver, los resultados no se ven recompensados por el esfuerzo.

A muchos se les puede aplicar el síndrome de Sísifo por llamarlo de alguna manera, o el mito de Penélope, o una combinación de ambos. Por las mañanas tejen y destejen la urdimbre educativa, suben la ladera de la montaña empujando la piedra. Por fin llegan a la meta; y allí se quedan a descansar. Al final se van. Pero a la mañana siguiente descubren que la piedra ha vuelto a caer por la ladera, que el tejido ha vuelto a destejerse, y vuelta a empezar. Así un día y otro día. En esta situación, es fácil que en algún momento venga el desánimo. Y es que para muchos educadores combatir contra los medios, fundamentalmente contra la televisión, es como combatir contra un enemigo poderoso con armas de artesanía y además desconociendo el uso de ellas. Y los educadores saben además, que la televisión es un tema ligado fundamentalmente a la conducta, y que por tanto, los usos, los hábitos, las costumbres tienen que ver más con el ámbito familiar en el que el alumno se desenvuelve que con el ámbito escolar.

Hay dos temas de gran importancia que afectan a la conducta y que inciden directamente en el rendimiento escolar de los alumnos: la sexualidad, y el uso de los medios. Ambos, es imposible tratarlos en toda su dimensión si no participan a fondo todos los que intervienen en el hecho educativo: padres, profesores y alumnos. Si los padres no se involucran en estos temas es imposible tratarlos adecuadamente. Pero además de los educadores, la sociedad en general va captando que la televisión es algo que en cierta medida nos supera, va más allá de lo que podemos controlar, que es necesario ajustar su uso, descodificar sus mensajes. Porque la televisión supera la racionalidad, se mueve en el ámbito de la emotividad, de lo sensible, de lo sensitivo, constituye el mundo virtual, paralelo al mundo real pero formado y dirigido a los mismos receptores; nos roba ese espacio educativo que antes era propiedad de cada uno y que ahora tenemos que compartir con un invitado que en ocasiones nos lleva por donde no queremos, hace lo que no nos parece bien, y nos introduce modos, maneras, costumbres que no nos son propias.

La televisión hace lo que quiere; tiene derecho de pernada. Las cadenas de televisión son hoy por hoy, sobre todo las privadas, la representación perfecta del capitalismo salvaje en estado puro, es decir, empresas cuyo único objetivo es ganar dinero, sin preocuparse en absoluto de la calidad del producto que fabrican y sin estar sujetas a ningún control de calidad.

En nuestro mundo occidental cualquier fabricante tiene que ajustarse a infinidad de pruebas antes de dar salida a un producto al mercado. En televisión, sin embargo se puede emitir cualquier cosa, sin otra restricción que el horario de protección del menor y dentro de éste, sistemáticamente incumplido en cualquier caso, nadie se preocupa de la calidad de lo que se emite.

Este proceder, esta manera de actuar, supone admitir un hecho socialmente injusto. Por eso es necesario avanzar, profundizar en la responsabilidad social del medio, un concepto sobre el que se ha trabajado poco. La responsabilidad de educar es una responsabilidad compartida entre todo el entramado social, padres, profesores, medios de comunicación, etc. Nadie puede desentenderse de esta cuestión sin dar lugar a una injusticia social. La televisión tiene que ser consecuente con su responsabilidad social y obligarse a emitir productos de calidad acordes con su responsabilidad. Hay que enfrentarse con este tema, valorar la gran importancia del medio como conformador de la opinión pública, analizar cómo influye en la manera de pensar y de comportarse los ciudadanos, cómo la televisión hace cultura.

Y es necesario avanzar igualmente en la necesidad de tratar los contenidos. «El cuarto poder», que llaman algunos a los medios de comunicación no puede ser un poder absoluto al que se le consienta todo. Mucho más teniendo en cuenta su gran responsabilidad social. Hay que centrar la libertad de expresión constituyendo mecanismos de autorregulación, sin que nadie piense que eso es una limitación a la libertad. La verdadera libertad es siempre libertad para el bien, la libertad para el mal se contrapone a la verdadera libertad. Y la libertad de expresión no se puede convertir en un dogma que lo consienta todo, de forma que no sirva a los ciudadanos, sino que se sirva de ellos, siendo fiel solamente a los intereses económicos o ideológicos de las empresas.

Después de comprobar que las expectativas no se han cumplido, después de constatar los efectos negativos del uso indiscriminado de la televisión en el universo educativo, es hora de reaccionar. Hay que sacudirse los complejos, enfrentarse al tema y poner soluciones sobre la mesa. Y en la línea de las soluciones hay que tratar sobre todo los dos temas que recogíamos al principio: formar en el uso de los medios y tratar sin complejos el tema de los contenidos. En concreto hay que incluir en los planes educativos los medios audiovisuales, sobre todo la televisión y tratar sobre los contenidos estableciendo mecanismos que se pronuncien sobre el medio con idea de conseguir una televisión de calidad, lema acertado de este congreso. Es tan sencillo como reconocer que tenemos un problema y tratarlo. En este apartado hay que definir y consensuar con la mayor amplitud posible el término «televisión de calidad», constituir mecanismos de autorregulación y consejos audiovisuales independientes que se pronuncien sobre los contenidos y que velen por la independencia y objetividad de los medios.

Las asociaciones de telespectadores venimos insistiendo desde hace años en este tema, exigiendo la constitución de los consejos audiovisuales, reclamando la inclusión en los planes de estudio del universo audiovisual y no sólo exigiendo sino planteando soluciones al tema.

Hemos definido como aportación al tema el término televisión de calidad, dándolo a conocer en los distintos foros en los que hemos estado presentes, término que se sustenta fundamentalmente en cuatro documentos: la Directiva Comunitaria sobre Televisión sin Fronteras, el Manifiesto sobre la telebasura, firmado en 1997 por UGT, CCOO, UCE y ATEA entre otros, la Carta de Derechos de los Telespectadores, documento de la Asociación de Telespectadores de Andalucía, presentado en el Congreso «Rollo 2» organizado por el Sindicato CSI-CSIF en el ámbito de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Sevilla en el año 2004 y el «Manifiesto de las asociaciones de telespectadores y radioyentes», presentado y firmado por las Asociaciones en el Congreso Iberoamericano «Luces en el Laberinto Audiovisual », organizado por el Grupo Comunicar, celebrado en Huelva en 2003.

Por otra parte en ATEA hemos constituido una Plataforma por una Televisión de Calidad de la que forman parte la Unión de Consumidores de Andalucía, el sindicato CSI-CSIF, UFAPA, Confederación Andaluza de Padres de Alumnos de Andalucía, el Grupo Comunicar y el Grupo de Investigación Ágora entre otros, y que ofrecemos a las personas e instituciones de este congreso que se quieran sumar a la misma.

Entendemos como conclusión, que es urgente acometer este tema, considerar los contenidos, manifestarse sobre ellos, generar ámbitos de discusión que permitan sacar conclusiones, definir líneas de actuación. Se ha empezado a trabajar sobre ellos. Pero queda mucho por hacer, o más bien, hay que empezar por hacer lo que está previsto hacer. Entre todos tenemos que conseguir una televisión de calidad, que premie el buen gusto, las buenas maneras, la educación en suma y que acogiéndose a la definición de la excelencia de los clásicos, busque «la verdad, la belleza y el bien» de los ciudadanos. En definitiva, que no se sirva de ellos: que les sirva en la más amplia extensión del término.