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Revista Comunicar 26: Comunicación para la salud (Vol. 13 - 2006)

Nuevos enfoques en comunicación y salud: perspectivas de investigación

New approaches in health communication: a research exposure

https://doi.org/10.3916/C26-2006-03

Miguel de-Aguilera-Moyano

Julián Pindado-Pindado

Abstract

En este trabajo se examinan algunas de las aportaciones más significativas en relación con la comunicación y la salud en el ámbito juvenil desarrolladas al amparo de las gran¬des corrientes comunicativas, la positivista y la interpretativa. A partir de los logros obte¬nidos por ambos modelos se plantea la necesidad de un nuevo enfoque investigador que reflexione sobre el riesgo, entendido éste como síntoma de un tiempo de incerti-dumbre dominado por un sinfín de recursos simbólicos mediados y como un ingrediente esencial a la cultura juvenil y los estilos de vida que lleva aparejados.

This paper examines the most significant contributions in health communication on adolescents and young people developed inside the positivist and interpretativist com-municative currents. Analyzing the results obtained by both models, a new investigati-ve approach is required, which would focus on the risk understood as a symptom of uncertain times dominated by a multitude of symbolic mediated resources and as an essential ingredient to youth culture and their lifestyle.

Keywords

Salud, cultura juvenil, estilos de vida, cultura del riesgo, identidad, prácticas de riesgo

Health, youth culture, lifestyle, risk culture, identity, risk practices

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Desde hace décadas el sistema sanitario establecido por cada sociedad realiza serios esfuerzos por corregir ciertos problemas que aquejan a la salud pública, y que en ciertos casos han adquirido un carácter casi endémico; por ejemplo, y entre otros, los que conciernen a ciertas prácticas que mantiene parte de la población joven y que comporta a veces serios riesgos para su salud y la de otros que pudieran resultar por ellos afectados. Los profesionales del sistema sanitario preocupados por esos problemas han buscado, también desde hace tiempo, conocer asimismo las causas que pudieran provocar esos comportamientos. Y, entre ellas, pronto destacaron la influencia que ejercerían sobre la población –en particular, sobre los jóvenes– unos medios de comunicación a los que se atribuían poderes casi taumatúrgicos. Y es que la ciencia que se ha ocupado de entender las comunicaciones –y de orientar en consecuencia su práctica– ha partido tradicionalmente de la suposición de que los mensajes de los medios podían constituir una causa, necesaria y suficiente, para producir un efecto –no sólo efectos negativos, pues pronto se pensó también en los posibles usos con fines positivos de esos mensajes, en el marco de lo que se ha conocido como comunicación para el desarrollo.

Esa orientación científica –simple, descriptiva, cuantitativa y positivista– ha guiado más que ninguna otra la investigación de la comunicación, y alcanzado una gran aceptación entre el conjunto de la población, incluidos los profesionales preocupados por la sanidad pública, quienes, por su formación, se hallarían lógicamente más cerca de ella. En todo caso, sus planteamientos se han aplicado al conocimiento de razones que pudieran explicar ciertas prácticas de riesgo para la salud, sirviendo de fundamento a numerosas campañas para corregir esos comportamientos, pero con un éxito más bien limitado. Lo que en buena medida se debe a que los planteamientos basados en una relación simplista entre los jóvenes y los medios de comunicación resultan inadecuados e incorrectos.

Pero la ciencia de la comunicación ha acumulado en las últimas décadas suficientes conocimientos que resultan de gran utilidad para entender de forma más cabal y rigurosa esa relación de los jóvenes con la comunicación. Nosotros hemos efectuado un breve balance de estas investigaciones cuyo hilo conductor nos conducirá hacia un nuevo enfoque en las relaciones entre comunicación y salud.

1. Las primeras relaciones entre comunicación y salud: el modelo informacional-positivista

1.1. Los inicios: en busca de los efectos

Las primeras relaciones entre el ámbito de la comunicación y la salud se remontan a las investigaciones que el paradigma positivista realizó sobre los efectos. Este modelo, dominante en el campo de la comunicación durante décadas, permitió que los estudios alcanzaran un perfil psicologicista imbuidos del temor a su posible impacto sobre niños y adolescentes. De hecho, fue el departamento de Salud Mental americano el organismo encargado de efectuar el mayor trabajo sobre la influencia de los medios de comunicación. La historia de estas investigaciones puede seguirse en diversos trabajos (Fowles, 1992; Vilches, 1993; Wolff, 1994). En general, las investigaciones realizadas al amparo de esta corriente son, fundamentalmente, bien de naturaleza correlacional y/o bien centrados en el análisis de aquellos contenidos cuyos efectos preocupaban en distintos sectores sociales. Por consiguiente, se trataba de estudios que buscaban establecer algún tipo de relación entre los mensajes de los emisores (temas, contenidos) y su posible influencia en el comportamiento, sobre todo, de niños y adolescentes.

Buena parte de los resultados obtenidos por este tipo de trabajos han sido contradictorios en cuanto a sus posibles efectos sobre los receptores. Aunque unos fueron más concluyentes que otros. Este es el caso de la investigación efectuada por Brown y Newcomber (1991) con grupos de adolescentes, quienes consideran que el volumen de sexualidad visto en la televisión incrementa el interés personal hacia estos temas en la vida real. En términos parecidos se manifestaron Childers y Brown (1989) al concluir que los contenidos televisivos desempeñan un papel destacable en la configuración de patrones de comportamiento referidos a las relaciones de género y a las pautas de conducta sexual. En cambio, Greeson y Williams (1986), tras analizar las relaciones entre la MTV y las actitudes de los adolescentes hacia el sexo, la droga y la violencia, no encontraron correlaciones significativas.

En general, en el seno de la corriente positivista hay dos temas, entre los examinados, que destacan sobre los demás, la sexualidad y el SIDA. Un denominador común a muchos estudios de contenido sobre estos temas hace referencia tanto a la distorsión como al déficit representacional en los medios estudiados, sobre todo la televisión. Así las americanas Brown y Steele (1996), por citar algunos de los más relevantes, analizaron numerosos programas de televisión, radio, revistas y espots publicitarios, llegando a la conclusión de que los medios contienen abundante información relacionada con la sexualidad y el SIDA pero adolecen de una representación realista de la misma al estar repleta de estereotipos sobre la masculinidad.

Aunque cercanos a la perspectiva de los efectos, los estudios desarrollados en el marco de la hipótesis del cultivo abundan en aspectos importantes referidos a los mensajes y contenidos de los medios. En especial, a lo que denominan efectos a medio y largo plazo en torno al déficit representacional sobre ciertos temas y valores (Gerbner, Gross, Morgan y Signorielli, 1980 y 1994). Tras analizar diversos programas de las televisiones americanas observaron que una serie de temas importantes adolecían de escasa representación, produciéndose algo semejante a una aniquilación simbólica, cuyos efectos sobre colectivos juveniles podían 14 ser importantes. Y cuando eran objeto de tratamiento por parte de algunos programas se producían significativas distorsiones de ellos. Esto fue observado en aspectos como la sexualidad, el SIDA, el tabaquismo, las drogas o la violencia juvenil (Signorielli, 1993).

1.2. Sobre el valor informativo de los medios

Dentro de la corriente lineal-positivista, algunos trabajos se orientaron hacia el estudio de la televisión como fuente de información y aprendizaje sexual. Entre ellos cabe destacar el de Strouse y Fabes (1985), que en sus conclusiones alertan a padres y educadores sobre el valor formativo de la televisión, y el de Brown, Childers y Waszak (1990), quienes consideran preocupante la representación distorsionadora de la sexualidad adolescente en la pequeña pantalla.

Por su parte, Bryant y Rockwell (1994) llevaron a cabo uno de los pocos estudios de corte experimental, con contenidos de orientación sexual, con el objetivo de analizar el influjo de determinados programas televisivos en grupos adolescentes y cuyos resultados fueron tan desiguales como escasamente concluyentes.

En lo que respecta al SIDA, Gantz y Greenberg (1990) están de acuerdo con algunas de las aportaciones anteriores sobre el valor informativo de la televisión, pero relativizan su alcance al considerar que no es suficiente para generar una conciencia preventiva y alentar la discusión sobre este tema entre los adolescentes. Por su naturaleza, los medios pueden lograr altas dosis de emocionalidad pero más difícil resulta la modificación de actitudes y conductas.

En un interesante estudio, con factores culturales como telón de fondo (Hofstetter, 1995), examinaron el valor informativo que sobre el SIDA tienen la comunicación interpersonal y los medios de comunicación entre una muestra comparativa de adolescentes anglos e hispanos.

Sus conclusiones son que los hispanos ven más TV en general que los anglos pero tienen menos acceso a los medios escritos y mayores dificultades para tratar el SIDA en la comunicación interpersonal con amigos y familia.

Además, mientras que los anglos tienen acceso a más fuentes informativas, los hispanos se apoyan sobre todo en la televisión.

1.3. Aprovechar las posibilidades de los medios: algunos apuntes.

Las imágenes que se proyectan a través de los medios pueden estimular o, por el contrario, servir de freno a prácticas y comportamientos saludables. Ese valor positivo o negativo ha sido señalado por diversas instancias investigadores. En el documento «Entertainment- education: a communication strategy for social change», Singhal y Rogers (1999) examinaron los resultados de diversos programas de comunicación para el desarrollo en diversas zonas del mundo encaminados a la prevención en el campo de la salud. Del análisis de varias campañas realizadas se destaca la necesidad de recurrir a procedimientos metodológicos que permitan identificar la existencia de efectos en el nivel de las actitudes y los comportamientos. En su opinión, no cabe cuestionar la utilización de los medios con objetivos prosociales en una situación de utilización mayoritariamente antisocial, pues poseen un alto potencial para fines preventivos en el ámbito de la salud que deben ser aprovechados.

Algunas anotaciones extraídas del examen de trabajos diversos nos permiten sintetizar el aprovechamiento de los medios tanto en una labor preventiva de comportamientos de riesgo para la salud, presentando los componentes negativos y las consecuencias de las prácticas de riesgo, como en el fomento de conductas saludables. En el primer caso, se trataría de acentuar las consecuencias de comportamientos no saludables, los peligros de ciertas prácticas, como las que se suceden en la noche de los fines de semana en colectivos juveniles; en el segundo, los medios se utilizarían para reforzar o fomentar lo que se consideran conductas saludables.

Sin duda, realizar un breve balance del trabajo desarrollado a lo largo de décadas por numerosos investigadores que han seguido una determinada línea científica –que en el campo de la comunicación se ha calificado, entre otras maneras, como informacional y positivista–, resulta siempre una tarea arriesgada y parcial, pues exige destacar unos aspectos y obviar otros. Aun así, habría que señalar, entre sus frutos positivos, la elaboración de un discurso crítico hacia los medios que ha calado profundamente entre la población –entre otros, buena parte de los especialistas en comunicación y en salud pública– y que lleva a contemplar los medios con mayor o menor recelo, dada su vinculación con el poder –político y económico– así como su frecuente uso para el ejercicio del poder simbólico.

2. Hacia un modelo mediador: la perspectiva interpretativa

Por más que el modelo informacional-positivista haya resultado históricamente dominante en el estudio de la comunicación, recientemente esta ciencia ha conocido el desarrollo de algunos planteamientos –en paralelo al despliegue de ciertas perspectivas en el marco de las ciencias sociales y a la acumulación de cambios en el medio social y en el sistema comunicativo– que se distancian, en gran medida, de aquel modelo y propone otro de naturaleza diferente. Respecto de estos planteamientos cabe, en breve, subrayar que descansan en un hasta ahora inédito interés por conocer con rigor a los usuarios de las comunicaciones –personas concretas, siempre insertas en contextos socialmente estructurados–, las prácticas comunicativas que efectivamente mantienen y las razones que a ello les mueven. Así se ha podido reconocer a los receptores –que antes aparecían como pasivos e inermes frente a los mensajes– en un papel activo, tanto en la selección de mensajes y contenidos cuanto en su capacidad para interpretar los contenidos simbólicos y apropiarse de ellos, integrándolos en los escenarios de su vida cotidiana.

En definitiva, ha ido tomando carta de naturaleza, a través de distintas formulaciones, una perspectiva que busca comprender mejor la compleja relación que establecen medios y receptores: individuos que mantienen acciones simbólicas complejas en medios sociales determinados. Los medios de comunicación son ahora vistos con un potencial interventor en la acción humana, pero su capacidad para influir en ella aparece a más largo plazo. Esta perspectiva adopta, entre otros, fundamentos de índole interpretativa que permiten considerar los medios atendiendo a su integración en la esfera cotidiana de los receptores, en la que los mensajes llegan a aparecer como dinamizadores de sus experiencias. Se trata pues de un enfoque centrado más en la prevención que en la consecución de unos efectos inmediatos y que busca más las raíces de los problemas en los contextos en los que los actores sociales (individuales o colectivos) se desenvuelven y encuentran sentido. Si estos actores son jóvenes, uno de los elementos más importantes de esos contextos es el constituido por las culturas juveniles, entendidas a estos fines como marcos interpretativos de sus actitudes, comportamientos y valores. Culturas juveniles, por cierto, que amparan determinados estilos de vida –a través de los que al mismo tiempo se expresan esas culturas–, en los que el riesgo es un componente con frecuencia presente. El estudio de Hollands (2001), acerca del fenómeno de la salida nocturna (going out) de los jóvenes de una ciudad inglesa, constituye un buen ejemplo de la línea representada por esta nueva perspectiva, deudora de los estudios culturales (Cultural Studies) y el análisis de la recepción. Y es que ambas corrientes se distancian del modelo clásico de los efectos (informacional-positivista) al restituir al receptor en su papel de usuario activo de los productos mediáticos. Así, los jóvenes integrarían en sus vivencias cotidianas buena parte de los contenidos simbólicos de los medios que expresamente frecuentan, sirviéndose de ellos en el desarrollo de sus interacciones sociales. Entre la lista de investigaciones que basan esta nueva forma de abordar la relación de los jóvenes con la comunicación cabría subrayar los trabajos de Willis (1974; 1990), Fiske (1989), Lewis(1990), Jenkins (1992) o Livingstone (1990; 2001), entre otros.

La aplicación de esta perspectiva a la corrección de ciertos problemas de salud pública exigiría en todo caso examinar, entre otras cuestiones, los perfiles de cada cultura juvenil, expresada en buena medida mediante estilos de vida, como paso previo a la adopción de estrategias comunicativas adecuadas que incidan directamente sobre ella. Por supuesto, diferentes investigadores han apuntado que adoptar esta estrategia supone un rodeo respecto de lo que propone el modelo positivista, que busca unos resultados más inmediatos. Pero nos encontramos ante una esfera muy compleja constituida por las prácticas juveniles en nuestro actual contexto histórico que, en consecuencia, requiere un planteamiento proporcionado y que debe desechar explicaciones simples basadas con frecuencia en la correlación de escasos factores (¿acaso las complejas prácticas culturales de los jóvenes se limitan a la frecuentación de un solo medio?). Así, por ejemplo, en el modelo informacional-positivista el estilo de vida se definía en relación a los riesgos que entraña para la salud; a esto se refiere también el concepto de estilo de vida saludable. Se trataría, así, de una variable dependiente, como acertadamente apuntan Comas y sus colaboradores (2003), efecto de una causa. Sin embargo, en el modelo que podemos denominar mediador, por el contrario, se consideran los estilos de vida juveniles como la variable independiente desde la que abordar los riesgos y problemas atribuidos a los jóvenes. Lo que entre otras cuestiones significa que las culturas juveniles, y sus estilos de vida consecuentes, son causa de las conductas que suponen un riesgo para la salud y no efecto de ellas. Sin duda, la acción humana no es entelequia que se produzca en el vacío, y los jóvenes que ponen en riesgo su salud en el seno de sus escenarios vitales se basan en una concepción que ampara y legitima esos comportamientos. Abordar desde la lógica lineal propia del modelo informacionalpositivista la comprensión de los problemas de la salud pública, y apoyar en ella acciones comunicativas, lleva con frecuencia a obtener un escaso éxito. Ejemplo de ello puede ser, como nos recuerdan tanto Comas et al (2003) como Balima (en este mismo número monográfico), el apreciable fracaso de las campañas para reducir el SIDA en África hasta que no han empezado a tomarse en cuenta los valores propios de sus culturas. La ecuación que va desde los problemas a su solución parte de los valores, continúa en las acciones para llegar, finalmente, a los comportamientos de riesgo: éstos son un síntoma, una señal, del mismo modo que el humo lo es del fuego.

3. Nuevo enfoque: los riesgos como síntoma social

3.1. De la cultura juvenil y sus estilos de vida (en una época de opulencia comunicativa)...

A nuestro entender, las actuaciones que mantengan las distintas personas e instituciones en materia de salud pública no deben desatender los interesantes conocimientos acumulados hoy en el campo de la comunicación, que se apoyan en planteamientos de especial utilidad para comprender por qué y cómo se comportan de ciertas formas los actores sociales –en este caso, jóvenes– en un medio social tan complejo como el actual. La cultura y las diversas modalidades de la comunicación desempeñan un papel de singular importancia, en gran medida, gracias al desarrollo de un flamante sistema de comunicación en el que la inmensa mayoría de la población se sumerge con gran frecuencia, buscando en diversos medios determinados contenidos que satisfagan ciertos deseos y aspiraciones. Esto obedece, según coinciden en subrayar los más destacados especialistas, a que nuestra sociedad actual (la sociedad red, si utilizamos la afortunada denominación de Manuel Castells, 1997-98) obliga a cada uno de sus miembros a realizar lo que podíamos calificar como un intenso y continuo «trabajo cultural»: esto es, a mantener una gama de prácticas culturales significativas que incluyen la búsqueda y selección en diferentes fuentes –entre otros, los numerosos medios de comunicación– de determinados estímulos simbólicos, de los que después se apropian e incorporan a los escenarios de su vida cotidiana para su uso en distintas interacciones sociales. Y ello, sobre todo, para dar sentido a sus vidas y a cuanto en ellas concurra, así como para construir y expresar sus identidades. Pues, de acuerdo con esos planteamientos, uno de los rasgos más característicos de este tipo de sociedad nuestra es la crisis de sentido en la que se ve inmersa (Berger y Luckmann, 1997), provocada, entre otros elementos, por la pérdida de funcionalidad de las clásicas instituciones proveedoras de sentido (Giddens, 1995; Berger y Luckmann, 1997; Castells, 1998) así como por la actual opulencia comunicativa que proporciona estímulos que responden a claves culturales y morales muy variadas. Lo que se traduce en una pérdida de las certezas respecto del sentido de las biografías personales y sociales, así como de los avatares que en ella se produzcan; y, por consiguiente, en un aumento de la incertidumbre, y del riesgo inherente, respecto de las consecuencias de las acciones propias y ajenas.

Y es que, hasta ahora, toda cultura ha instituido y aplicado tradicionalmente ciertos mecanismos –representaciones, discursos, visiones del mundo– que amparasen, sostuvieran y dieran sentido a las formas de vivir que en su seno se desplegasen (Chaney, 2001), confiriendo un significado homogéneo y coherente a la diversidad de experiencias personales y colectivas. Pero en nuestros días esas circunstancias son diferentes, viéndose cada uno de nosotros obligado a establecer su propio proyecto del yo (Giddens, 1995), procurando escoger campos –gamas– de experiencias posibles y dándoles sentido mediante prácticas significativas. De este modo vamos configurando determinados estilos de vida, esto es, conjuntos de prácticas más o menos integradas que se adoptan para satisfacer necesidades utilitarias y para dar forma material a una crónica concreta del yo. Y uno de los escenarios donde se encuentran más recursos culturales disponibles para la configuración significativa de esos estilos de vida –para darles sentido– es el constituido por nuestro nuevo sistema de comunicación, donde se encuentra depositada una enorme cantidad de estímulos simbólicos de origen diverso. Las industrias culturales han tratado estos estímulos de forma estandarizada para el ejercicio de su actividad industrial pero se han nutrido tradicionalmente de las distintas modalidades de la cultura popular –de lo que piensa, siente y hace la gente en su vida cotidiana–. Por su parte, la gente toma de los medios esos repertorios simbólicos tratados y sistematizados y los integra en sus prácticas culturales: en el marco de sus estilos de vida.

Los estilos de vida comportan, pues, un sentido general, una crónica coherente y una serie de prácticas que incluyen con toda frecuencia una dimensión significativa, pero también el uso de ciertos bienes y servicios que diversas industrias han sabido asociar a esos estilos de vida y también a su dimensión simbólica, con la que se vinculan. Y entre las prácticas que los diversos estilos de vida llevan aparejadas, algunas comportan riesgos de una u otra índole para la población, sus bienes o su entorno.

3.2. A los riesgos como síntoma

El concepto de riesgo constituye uno de los pilares en los que basan sus trabajos algunos de los más destacados estudiosos de nuestro medio social. Hasta tal punto que el británico Anthony Giddens (1995) y el alemán Ulrich Beck (1998) han llegado a hablar de la sociedad del riesgo asociándola, entre otros elementos, a la individualización del ciudadano y al incremento de sus incertidumbres. El francés Patrick Lagadec (1981), por su parte, se ha referido a la civilización del riesgo, aludiendo al tipo de sociedad que se deriva de accidentes catastróficos como los de Seveso y Chernobil («man made disasters»), en la que resulta incierto el futuro de los humanos y de su entorno por su dependencia de sistemas expertos (Giddens) que, si proporcionan bienestar, también comportan elevadísimos riegos.

Los profesionales del sistema sanitario preocupados por los problemas de la salud pública y por esclarecer sus causas también conceden un papel destacado a ese concepto, aludiendo con frecuencia tanto a comportamientos como a factores de riesgo; aunque sea más raro que fundamenten esa idea en formulaciones teóricas de tan amplio calado como las que acabamos de mencionar. Ya que, usualmente, buena parte de los estudios generados en el seno del sistema sanitario responden a una orientación descriptiva –cuantitativa– de esos problemas, sin ahondar siempre en su más amplia comprensión e interpretación. De ahí que cuestiones tales como qué es el riesgo o por qué lo asumen los jóvenes queden muchas veces sin contestación e, incluso, sin su mera formulación.

Contestar a preguntas de esa índole –además, claro está, de considerar debidamente otra serie de elementos– puede resultar de especial importancia para comprender los comportamientos arriesgados de distintos colectivos de población, entre ellos, los jóvenes: si éstos están por lo general bien informados de los riesgos aparejados a ciertos comportamientos, ¿por qué los mantienen?, ¿es que no los perciben como riesgos? Y, si los perciben como tales, ¿por qué se comportan así? o, incluso, ¿por qué buscan con alguna frecuencia arriesgarse?

Como es evidente, la respuesta a esas interrogantes nunca puede ser sencilla, pero tomar en consideración la naturaleza del riesgo contribuye a responderlas. Y es que, aunque los riesgos resulten inherentes a la propia vida humana, sin embargo, por su misma condición, son más potenciales que reales, descansando entonces en elementos especulativos e imaginarios que nos lleven a percibirlos y evaluarlos de uno u otro modo. La percepción y la evaluación del riesgo dependen, desde luego, de la persona que lo afronte y de su posición en la estructura social, es decir, en los campos de experiencia posibles, así como del contexto concreto en que pueda ocurrir –doméstico, de ocio, laboral–; pero también varía en función de otras razones, como su fuente u origen, o que pueda afectar a los bienes, las personas o el entorno. Y, por supuesto, del imaginario con el que se relacione y que le de uno u otro sentido. Pues toda cultura –y, en su seno, las distintas subculturas– lleva implícitas representaciones y discursos, valoraciones e interpretaciones, respecto de cada tipo de riesgo, configurando específicas culturas del riesgo (Douglas, 1992); que, por cierto, recogen y tratan de cierto modo las industrias culturales, de donde a su vez la gente las toma de nuevo –en el marco de sus estilos de vida y de sus prácticas culturales– y las reintegra a los escenarios de la vida cotidiana.

Toda sociedad, pues, contempla sus propias culturas del riesgo, esto es, mecanismos para percibir, evaluar y reaccionar ante los riesgos de uno u otro modo. Aunque en su seno también acoja otros dispositivos, que cabe tipificar como culturas del peligro y de la seguridad, esto es, diversos procedimientos, con frecuencia ritualizados, que protegen a los miembros del grupo de los riesgos culturalmente significativos, sobre todo, mecanismos preventivos para que los miembros del grupo puedan precaverse ante las situaciones de riesgo. Esas distintas modalidades culturales se encuentran presentes entre los integrantes de cada sociedad, si bien se desarrollan en varias subculturas vinculadas con los diferentes estilos de vida adoptados por sus miembros. De ahí que los distintos colectivos sociales, que mantienen determinados estilos de vida, perciban, evalúen y reaccionen ante los riesgos de maneras hasta cierto punto diferentes.

Pero en la configuración de los estilos de vida, en las actitudes y comportamientos que éstos llevan con frecuencia aparejados, no intervienen sólo factores subjetivos, sino también otros de estricta índole objetiva: en breve, los elementos estructuradores de nuestro actual medio social. Que condicionan las posibilidades que cada uno de nosotros tiene para escoger y desarrollar nuestro proyecto de vida. Así, el examen de una serie de circunstancias de índole objetiva –tales como la situación laboral o doméstica, el nuevo papel desempeñado por las mujeres, la extensión y generalización de la enseñanza, etc.– y de otras de condición más subjetiva –como la pervivencia de ciertos ritos acomodados a circunstancias sociales nuevas– ayuda a comprender la centralidad que algunos escenarios vitales adquieren en ciertos estilos de vida juveniles (Hollands, 2001).

No es nuestro propósito, en todo caso, considerar detalladamente en el reducido marco de este artículo esa serie de factores sujetivos y objetivos que, en su compleja interrelación, condicionan y fundamentan los estilos de vida juveniles y los comportamientos arriesgados que en ciertos casos llevan aparejados –aunque también conlleven otros comportamientos relativos al peligro y la seguridad. Baste pues en estas líneas con nuestra intención de señalar algunos de los criterios que guían nuestra línea investigadora, que busca conocer en rigor ciertos comportamientos de los jóvenes que resultan arriesgados. Lo que exige, entre otras cuestiones, atender también a las razones subjetivas y objetivas que les muevan a ello, así como al papel legitimador e instrumental que en esos comportamientos desempeñen los medios de comunicación. Así, empleando una orientación metodológica, que combina lo cuantitativo con lo cualitativo, pretendemos observar no sólo lo que los jóvenes hacen –sus comportamientos arriesgados–, sino también lo que saben sobre ellos –grado de información de que dispongan al respecto– así como lo que piensan y dicen respecto de esos comportamientos –representaciones, discursos. Pues en ese conocimiento ha de descansar la adopción de estrategias –entre otras, de índole comunicativa– que incidan en los jóvenes para reducir sus prácticas de riesgo.

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