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Revista Comunicar 30: Audiencias y pantallas en América (Vol. 15 - 2008)

Estallido de los relatos y pluralización de las lecturas

The explosion of narratives and the multiplication of readings

https://doi.org/10.3916/c30-2008-01-002

Jesús Martín-Barbero

Abstract

Reconociendo que una sociedad multicultural hoy es mucho más que una mera diversidad étnica, una heterogeneidad compuesta por la cultura letrada, las oralidades, la cultura audiovisual y la digital, en este texto se sostiene que las actuales transformaciones tecnoculturales de la comunicación, al trastocar las aún persistentes jerarquías y monopolios de la expresión y el conocimiento, están posibilitando a los individuos y a las colectividades, sobre todo latinoamericanas, insertar sus cotidianas culturas orales, sonoras y visuales en los nuevos lenguajes y las nuevas escrituras que sustancian los ecosistemas comunicacionales contemporáneos.

Multicultural society today is much more than just ethnic diversity. It is important to recognize that heterogeneity is composed by a wide array of factors such as literacy, oralities and audiovisual and digital culture. This article argues that current technocultural transformations in communication can alter the persistent monopolic hierarchies of public expression and thought. These transformations in turn are allowing individuals and communities, especially in Latin America, to introduce everyday oral, sound and visual cultures into new languages and new writings that give substance to contemporary communicational ecosystems.

Keywords

Narrativas, lecturas, cultura audiovisual, tecnoculturas, nuevos lenguajes, oralidad

Narratives, readings, audiovisual culture, technoculture, new languages, orality

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1. Modos de comunicar

Las transformaciones en los modos de comunicar, que actualmente experimentamos, tienen una de sus manifestaciones más expresivas y estratégicas en los profundos cambios que atraviesan los relatos y las lecturas. Pues estamos ante intermedialidades que emborronan los linderos entre viejos y nuevos medios, y ante una desconcertante arquitectura de lenguajes –sonoros, orales, textuales, visuales, digitales– construida sobre interfaces entre palabras e imágenes, sonidos, colores, volúmenes, figuras, y también ritmos y tonos. Y si miramos desde el otro lado, el de las culturas cotidianas de las mayorías, lo que encontramos es un panorama bastante movido también. Reducidas a analfabetismo e incultura, las culturas orales, sonoras y visuales de las mayorías siguen siendo desconocidas tanto por la escuela como por la ciudad letrada. Desvalorización y exclusión que apuntan a controlar toda alteridad que desestabilice el orden vigente de los saberes y las narraciones en nuestra sociedad. Pero la subordinación de las oralidades, sonoridades y visualidades al orden de la letra sufre actualmente una erosión creciente e imprevista que se origina, de un lado, en la des-localización y diseminación de los «tradicionalmente modernos» circuitos del saber, y de otro, en los nuevos modos de producción y circulación de los lenguajes y escrituras que emergen a través de la tecnicidad electrónica, y especialmente de Internet.

Sólo un interesado malentendido puede estarnos impidiendo reconocer que sociedad multicultural significa hoy –especialmente en América Latina– no sólo la existencia de la diversidad étnica, racial o de género, sino también aquella otra heterogeneidad que se configura entre los indígenas de la cultura letrada y los de la cultura oral, la audiovisual y la digital. Culturas en el más fuerte de los sentidos, puesto que en ellas emergen y se expresan muy diferentes modos de ver y de oír, de pensar y de sentir, de participar y subvertir. Reivindicar la existencia de la cultura oral o la videocultura no significa en modo alguno el desconocimiento de la vigencia que conserva la cultura letrada en la sociedad a través, particularmente, de las instituciones de la educación formal, sino empezar a desmontar su pretensión de ser la única cultura digna de ese nombre en nuestra híbrida contemporaneidad.

2. Revisitando a Walter Benjamin

En una conferencia dictada en París en 1934, y recogida luego en «Essais sur Bertolt Brech», bajo el título de «L’auteur comme producteur», Benjamin (1996: 111) afirma: «Nos hallamos en el corazón de un enorme proceso de refundición de las formas de literatura, en el que numerosas oposiciones desde las cuales estamos habituados a pensar pueden estar perdiendo vigencia ». Y entre los muchos obstáculos que impiden comprender y asumir esa refundición sobresale el dualismo que opone autor a lector, justamente cuando el que lee está presto a convertirse en alguien que escribe. Pues por lo que atravesaba ya la sociedad de ese tiempo era un movimiento de desplazamiento de la lectura/escritura desde el ámbito de la especialización profesional al de la literalización de las condiciones de vida, que venían a dar la palabra al trabajo mismo, esto es, a transformar el estatuto social del autor en el de productor, replanteanteando radicalmente la oposición entre autor y lector. El otro obstáculo/prejuicio señalado por Benjamin, particularmente entre los intelectuales, es la barrera entre la escritura y la imagen. A mediados de los años treinta, Benjamin incitaba ya a los escritores a hacer uso de la fotografía superando la concepción burguesa de las competencias como barreras entre esas dos fuerzas productivas, pues «el desarrollo técnico es para el autor como productor la base de su desarrollo político» (Benjamin, 1969: 120). Y ello es igualmente pertinente en lo que concierne a las tecnologías de reproducción de la música –disco, radio, cine sonoro– en su capacidad de transformar la función de la forma del concierto, esto es de suprimir la oposición entre productores y auditores.

Avizorando lo que la fotografía y la música entrañaban ya de mutación, Benjamin es aun más radical: estamos ante una masa en fusión de nuevas formas, pero cuya significación es contradictoria. Pues de un lado, ellas se prestan a su uso como mero objeto de consumo, y aun peor en el caso de la fotografía, a un uso capaz de convertir en objeto de consumo hasta la lucha contra la miseria, con lo que esas técnicas se transforman en mero dispositivo de excitación. Pero, como lo había planteando Brecht, es posible suspender el efecto de excitación para que esas técnicas se transformen en algo completamente distinto, en dispositivo de cuestionamiento y de estimulación social. La suspensión de la excitación, o el «principio de interrupción », de distanciamiento, en Brecht, es puesto en relación por Benjamin con ese otro dispositivo nuevo que organiza la escritura del film, de la radio y la fotografía: el montaje. Es en el montaje donde se anudan los cambios de los géneros y las formas literarias con las transformaciones de la técnica.

La apuesta formulada por Benjamin no podía ser más desafiante en aquellos tiempos y más certera para los nuestros: se trata de la necesidad de una lectura crítica de lo social, no sólo liberada del reduccionismo y el determinismo, sino vuelta capaz de iluminar la experiencia misma del vivir social en su más honda trama: la de la creatividad. Pues lo que el trastorno y refundición de las escrituras ponen en crisis es el acostumbrado orden, el legitimador canon de los géneros y las maniqueas oposiciones en que se sustentan las autorías y las jerarquías. De ahí que pensar la lectura como producción es arrancar al lector de la pasividad estructural a que lo condenaba su estatuto social y cultural, pues al dar la palabra al trabajo, esto es, al pensar la propia lectura como trabajo, ¿cuántos años antes de la «Grammatología» de Derrida?, ella se vuelve incitación a la escritura, se evade de la cartografía burguesa de los oficios especialistas y reencuentra el trabajo en el corazón mismo de la escritura. Y es entonces cuando adquiere toda su densidad premonitoria la visión de Benjamin sobre la técnica. En el lado opuesto desde el que Adorno y Horkheimer identificaban la técnica con la «racionalidad del dominio» (Adorno y Horkheimer, 1947: 171). Benjamin ve en la técnica la mediación de fondo entre escritura y política. Lo que se completa en su valiente crítica a la tenaz barrera que alzan los intelectuales entre escritura e imagen, con la que disfrazan su doble incapacidad, la del desciframiento de las nuevas sensibilidades y la de potenciación de lo que, en los dispositivos tecnológicos, hay de nuevos lenguajes y posibilidades de experimentación cognitiva y estética, en últimas, de creatividad social.

También la masa era ya, para Benjamin, la matriz de una nueva percepción, ya que «el crecimiento masivo del número de participantes ha modificado la índole de su participación» (Benjamin, 1982: 44). No importa si ante ese nuevo «sensorium», que se hace especialmente manifiesto el cine, los críticos disparen toda la batería (y la beatería) de sus descalificaciones, pues las críticas al cine que recoge Benjamin de los periódicos de su época son las mismas que la mayoría de los intelectuales le hace hoy a la televisión, y frente a las cuales la toma de posición de Benjamin es aun hoy tan escandalosa como lo fue en su tiempo. «Se trata de la antigua queja: las masas buscan disipación, pero el arte reclama recogimiento (…). Y sin embargo, de retrógrada frente a un Picasso, la masa se transforma en progresiva frente a un Chaplin» (Benjamin, 1982: 52). La masa, «la multitud popular», es la multitud que hoy está siendo rescatada como sujeto político por Toni Negri (Nigri y Hardt, 2005), y que ya había sido vista así tanto en «Los miserables» de V. Hugo como en «la bohemia » que Benjamin rescata como esa nueva facultad de sentir que le sacaba encanto a lo deteriorado y lo podrido, pero cuya ebriedad no despojaba a la masa de su terrible realidad social. Haberse «des-ubicado» tan radicalmente del espacio hegemónico desde el que se pensaba fue lo que le permitió a Benjamin avizorar las nuevas narrativas de la resistencia desde las que construyen su identidad los marginales y los oprimidos en el mundo de hoy.

3. El estallido de los relatos

La paradoja no puede ser más flagrante: la revolución tecnológica que hoy atravesamos despliega un proceso sin límite de expansión y diversificación de los formatos, al mismo tiempo que produce un profundo desgaste de los géneros y un creciente debilitamiento del relato. El primero en alertarnos sobre la crisis de la narración fue también Benjamin, quien la ligó a la desaparición de «una facultad que parecería sernos inalienable, la facultad de intercambiar experiencias» (Benjamin, 1973: 95), facultad inscrita en el relato oral del que viene de lejos, ya sea en el tiempo, como lo expresa el campesino, o en el espacio, como el marino o el viajero. Y añade Benjamin: «El arte de narrar se acerca a su fin porque se está extinguiendo el lado épico de la verdad, la sabiduría. Y este proceso viene de lejos (pero) nada sería más estúpido que terminar viendo en él un fenómeno de decadencia. Se trata de una manifestación concomitante de fuerzas de producción seculares e históricas, que muy poco a poco han substraído la narración del ámbito de la palabra viva, y que a la par hacen sensible una belleza nueva en lo que desaparece». De otro lado, la asfixia del relato por substracción de la palabra viva se halla ya directamente asociada por Benjamin a la aparición de ese nuevo modo de comunicar que es la información, consagrando el paso de la experiencia desde la que habla el narrador al saber experto desde el que habla el periodista. En adelante los relatos, la mayoría de ellos, sobrevivirán sólo inscritos en el ecosistema discursivo de los medios, y colonizados por la racionalidad operativa del dispositivo de saber tecnológico.

Es en ese ecosistema y esos dispositivos donde se juega –se hace y deshace– la estratégica diferencia hoy entre unos géneros, cuyo estatuto ha dejado de ser puramente literario para tornarse cultural, esto es cuestión de memoria y reconocimiento, frente a unos formatos en los que habla el sistema productivo, esto es las lógicas de una comunicabilidad crecientemente su- bordinada a las de la rentabilidad. Momentos de una negociación entre las reglas de construcción del texto y las competencias del lector, los géneros remiten a su reconocimiento en y por una comunidad cultural, pues aun adelgazados por el largo transcurso que los separa de los relatos arquetípicos, los géneros culturales conservan aún cierta densidad simbólica. Los formatos en cambio funcionan como operadores de una combinatoria sin contenido, estrategia puramente sintáctica. De ahí que la subordinación de los géneros a la lógica de los formatos remita, más allá de las condiciones en que operan las industrias culturales, al oscurecimiento de una tradición cuyos relatos –y metarrelatos– posibilitaban la inserción del presente en las memorias del pasado y en los proyectos de futuro. Roto ese engarce con las memorias y los proyectos, la crisis de la estética de la obra y del autor halla su más certera expresión en la proliferación/fragmentación de los relatos. Como si extraviada su fuente, la narración hubiera estallado en pedazos, asistimos a la multiplicación infinita de unos microrrelatos que se gestan en cualquier parte y se desplazan de unos medios a otros.

Se ubica la potencialidad analítica del paradigma del flujo, ya que es él el que conecta hoy los modos de organización del tráfico urbano con la estructura del palimpsesto televisivo, y a la del hipertexto con las nuevas figuras de los movimientos sociales: étnicos, feministas, ecológicos. Y obviamente con las gramáticas de construcción de los nuevos relatos (Piscitelli y otros, 1990: 91; Sarlo, 1991) en los que prima el ritmo sobre cualquier otro elemento, con la consiguiente pérdida de espesor de los personajes, el pastiche entre las lógicas internas de un género con las externas –estética publicitaria, del videoclip, etc.– y con la hegemonía de la experimentación formalistamente tecnológica, o mejor con el predominio de la sofisticación de efectos sobre el desarrollo mismo de la historia. El estallido del relato y la preeminencia lograda por el flujo encuentran su expresión más certera en el zapping con el que el televidente, al tiempo que multiplica la fragmentación de la narración, construye con sus pedazos un relato otro, un doble, puramente subjetivo, intransferible pues se trata, ahora como nunca antes ¡de una experiencia incomunicable!

4. Pluralización de las lecturas: un proyecto

La escritura atraviesa hoy una situación, en cierto sentido, homóloga a la que vive la nación. Ésta se halla atrapada entre la revitalización de lo local/regional como espacio de identidad y toma de decisiones, y las dinámicas trasnacionales de la economía-mundo y la interconexión universal de los circuitos comunicativos vía Internet. Tensionada entre el doble movimiento de lo local y lo global, la nación se ve exigida a redefinir su propia función y sus modos de relación con un adentro fragmentado y un «afuera» que deja de serlo, pues la atraviesa replanteando radicalmente el sentido de las fronteras. También la escritura se ve atrapada en nuestros países entre la fuerza local de una oralidad que es modo de comunicación cotidiano, organizador y expresivo de unas particulares maneras de relación con el mundo y de unas modalidades de relación social, y el poderoso movimiento de desterritorialización de las sensibilidades y los comportamientos impulsado por los medios audiovisuales y los dispositivos digitales desde el ámbito de los modelos de narración y desde el más general de los modos de producción y difusión de textos (Argullol y otros, 1991; Cueto y otros, 1986).

Quizá la actual crisis de la lectura entre los jóvenes tenga mucho menos que ver con la seducción que ejercen las nuevas tecnologías y más con la profunda reorganización que atraviesa el mundo de las escrituras y los relatos y la consiguiente transformación de los modos de leer, es decir, con el desconcierto que entre los más jóvenes produce la obstinación en seguir pensando en la lectura únicamente como modo de relación con el libro y no con la pluralidad y heterogeneidad de textos y escrituras que hoy circulan. El viejo miedo a las imágenes se carga hoy de un renovado prestigio intelectual: el que ha cobrado últimamente la denuncia de la espectacularización que ellas producen y la simulación en que nos sumen. Denuncia que aun siendo bien certera, en su totalización (Baudrillard, 1984; 1991) corre el riesgo de impedirnos asumir la envergadura «real» de los cambios. Pues si ya no se puede ver ni representar como antes, tampoco se puede escribir ni leer como antes. Y ello no es reducible ni al «hecho tecnológico» ni a la lógica industrial y comercial. Pues es «toda la axiología de los lugares y las funciones de las prácticas culturales de memoria, de saber, de imaginario y creación la que hoy conoce una seria reestructuración» (Renaud, 1990). Ya que la visualidad electrónica ha entrado a formar parte constitutiva de la visibilidad cultural, esa que es a la vez entorno tecnológico y nuevo imaginario «capaz de hablar culturalmente –y no sólo de manipular técnicamente–, de abrir nuevos espacios y tiempos para una nueva era de lo sensible» (Renaud, 1990).

Y si hay un «lugar» donde la diversidad de las escrituras estalla y se convierte en conflicto de culturas, ese lugar es la escuela. Es ahí donde más tramposamente se despliega el letrado, y rentable, mito de que «solamente se leen libros», impidiendo que el sistema educativo y aun la sociedad en su conjunto se hagan cargo de la multiplicidad y diversidad de escrituras a las que los ciudadanos se enfrentan cotidianamente hoy, desde la valla publicitaria al cómic, desde el noticiero de televisión a la película de cine, desde el videoclip al hipertexto.

Se trata de una verdadera perversión sociocultural tras la que se enmascara, en primer lugar, la defensa a ultranza de la autoridad de los letrados, disminuida por el «des-centramiento» cultural del libro que introducen las tecnologías audiovisuales y virtuales, y por el acelerado «empoderamiento» que las generaciones más jóvenes están haciendo de sus nuevos lenguajes y escrituras.

En segundo lugar, se disfraza ahí también la incapacidad del mundo escolar para asumir las mutaciones culturales que para la sociedad en su conjunto implica el nuevo entorno comunicativo e informacional. Y en tercer lugar, tras de esa perversión se esconde alborozadamente el cada día más gigantesco y concentrado poder de los grandes conglomerados económicos que hoy hacen y venden libros con los mismos criterios y las mismas lógicas mercantiles que fabrican y venden gaseosas o cremas adelgazantes. Sin olvidar la complicidad que, de hecho, muchos letrados, y aun la escuela, mantienen con los conglomerados comerciales de la edición y distribución de libros.

Lo que intentamos proponer1 es una perspectiva desde la que la lecto-escritura pueda convertirse en espacio estratégico del cruce e interacción entre los diversos lenguajes, culturas y escrituras que pueblan la calle y la casa, el mundo del trabajo y de la política, a la vez que sirva de aprendizaje de la apertura al otro y a lo otro. Pues así como no hay ciudadanía sin alguna forma de ejercicio de la palabra, en la sociedad que vivimos ese ejercicio y esa palabra desbordan hoy por todos lados al libro, proyectándose en oralidades y sonoridades, en literalidades y visualidades, desde las que, no sólo pero especialmente, los más jóvenes escriben y componen sus relatos, es decir, cuentan sus historias.

La disyuntiva es grave: o la escuela y las políticas de fomento posibilitan un aprendizaje integral de los modos de leer y escribir en la sociedad de la información o estarán siendo responsables de que la exclusión social, cultural y laboral, crezca y se profundice en nuestros países. Pues los hijos de los ricos hacen esa integración a su manera –desde la ósmosis que sobre ellos ejercen las condiciones culturales de su entorno familiar y social– pero los hijos de las mayorías, que en nuestros países son pobres, no tienen otra manera de acceso a la sociedad de la información que la que les brinden la escuela y la biblioteca pública.

El sentido de mi propuesta apunta entonces a retar al espacio educativo –desde la primaria a la universidad y desde la formalidad a las mil maneras informales de educar– para que acepte transformar su didactismo autoritario en mediación ciudadana performativa. Esto es inserta toda política de lecto-escritura en un horizonte culturalmente más interactivo, y políticamente mucho más ancho: el de proporcionar, tanto a niños y jóvenes como a los adultos, nuevos espacios de aprendizaje y ejercicio de la interacción social mediante la potenciación de lo que la lectura y la escritura tienen de expresión creativa de los sujetos y de conversación entre ciudadanos.

Los alcances de ese proceso vendrían a corresponder a tres direcciones. Una, hacer de toda lectura –incluida la escolar– una ocasión de escritura, de derecho a la palabra propia y por lo tanto exigente de escucha. Dos, transformar la lectura y la escritura en un espacio de aprendizaje culturalmente a la vez exigente, tolerante, y socialmente solidario. Y tres, poner a interactuar las culturas diversas que hoy habitamos, y que la escuela las mantiene fuera de su mundo pues la hegemonía letrada las menosprecia y condena: las orales y las sonoras, especialmente las musicales, las audiovisuales y las digitales, y ello tanto en su proyección escolar como laboral, tanto en su disfrute lúdico como de acción ciudadana y de participación política.

Todo lo anterior implica, en primer lugar, la superación de lo que en las prácticas de lectura, que aun propone la escuela y propician las instituciones de fomento de la lectura, queda aun de dispositivos enmascarados de exclusión social. Pues si las mayorías han aprendido, o están aprendiendo a leer, su lectura en nuestros países se halla reductoramente atrapada entre un ejercicio escolar –desvinculado de la vida y la cultura cotidianas– y una lectura/consumo ligada al mero entretenimiento uniformador y frivolizante. Avizorando hace cincuenta años esa esquizofrenia social, Paulo Freire insertó su «alfabetización de adultos» en una propuesta completamente distinta, aquélla en la que se aprende a leer para escribir/contar la propia historia, pues sólo entonces la vida de los excluidos entrará a contar, es decir, a ser tenida en cuenta por los otros, los que gobiernan y dominan. Implica también asumir que el aprendizaje de la lectura se halla hoy inextricablemente ligado al ejercicio ciudadano de la escritura, que es todo lo contrario del «ejercicio escolar de la lecto-escritura», pues, en una sociedad cada día más moldeada por la información y sus entornos de redes virtuales y nuevas destrezas cognitivas y comunicativas, el derecho a la palabra y la escucha públicas pasa ineludiblemente por la escritura fonética como por la hipertextual.

Mientras la cultura letrada en su larga hegemonía ha sido frecuentemente en estos países cómplice y engranaje de una radical inequidad social –como la que separa a las inmensas mayorías que apenas deletrean y saben escribir su nombre para firmar y una pequeñísima minoría que sabe escribir, disfrutando así del derecho a decir su palabra, y en no pocas ocasiones a hacer pasar su palabra por la palabra de los otros, de los que ni saben ni pueden escribir– las mutaciones tecnoculturales que experimentan nuestras sociedades están proporcionando a las mayorías un cambio, lleno de contradicciones, pero no por ello menos configurador de «aquella segunda oportunidad sobre la tierra» que invocara García Márquez como derecho de estos pueblos. Al «des-localizar» los saberes, y trastornar las viejas, pero aun prepotentes jerarquías, diseminando los espacios donde el conocimiento se produce y los circuitos por los que transita, las actuales transformaciones tecnoculturales de la comunicación, están posibilitando a los individuos y a las colectividades insertar sus cotidianas culturas orales, sonoras y visuales en los nuevos lenguajes y las nuevas escrituras. En América Latina nunca el palimpsesto de las múltiples memorias culturales de la gente del común tuvo mayores posibilidades de «empoderarse» del hipertexto en que se entrecruzan e interactúan lectura y escritura, saberes y haceres, artes y ciencias, pasión estética y acción ciudadana.

Notas

1 Me refiero al proyecto iberoamericano que actualmente coordino para el CERLALC: Lecto-escrituras y desarrollo en la sociedad de la información.

Referencias

Adorno, T y Horkheimer, M. (1971): Dialéctica del Iluminismo. Buenos Aires, Sur.

Argullol, R. y OTROS (1991): «Hacia un nuevo renacimiento», en Telos, 24.

Baudrillard, J. (1984): Las estrategias fatales. Barcelona, Anagrama.

Baudrillard, J. (1991): La transparencia del mal. Barcelona, Anagrama.

Benjamin, W. (1969): Essais sur Bertolt Brecht. París, Maspero.

Benjamin, W. (1973): «El narrador», en Revista de Occidente, 129; 95.

Benjamin, W. (1982): Discursos interrumpidos I. Madrid, Taurus.

Cueto, J. y OTROS (1986): «Cultura y nuevas tecnologías», en Procesos.

Negri, T. y Hardt, M. (2005): Multitud. Guía y democracia en la era del Imperio. Barcelona, Debate.

Piscitelli, A. y OTROS (s/a): «Cambiar la mirada», en David y Goliat, 58; 91-111.

Renaud, A. (1990): «Comprender la imagen hoy», en Videoculturas de fin de siglo. Madrid, Cátedra.

Sarlo, B. (1991): «Representaciones postpolíticas y análisis cultural», en Punto de Vista, 40; 45-56.