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Revista Comunicar 31: Educar la mirada. Aprender a ver TV (Vol. 16 - 2008)

La TV en la vida de la infancia: estudio de caso en Santiago de Chile

TV in the daily life of children: the case of Santiago de Chile

https://doi.org/10.3916/c31-2008-03-015

Ana Vergara-del-Solar

Enrique Vergara-Leyton

Abstract

Este artículo presenta los resultados preliminares de una investigación sobre las significaciones de la televisión en la vida cotidiana de la infancia, el cual corresponde a un estudio de casos con niños y niñas de estrato socioeconómico medio de Santiago de Chile. Se exploran los usos y sentidos diversos que los niños asignan a la televisión, además de la forma como se apropian de la programación televisiva y toman sus propias decisiones al respecto. Resulta relevante, al respecto, continuar profundizando acerca de la presencia concreta y simbólica de la televisión en la conformación de los procesos de identidad de los niños y en la mediatización que ésta ejerce en las relaciones que ellos establecen con sus amigos, sus compañeros de escuela, sus hermanos y sus padres.

This article presents the preliminary results of an investigation on the meaning of television in the daily life of children, which corresponds to a study carried out on with boys and girls of a medium socio-economic level from Santiago of Chile. The diverse uses and senses that children assign to television are explored. In addition, the way in which they use and appropriate television programming is also analyzed. Along the same lines, it is relevant to go on studying in depth the concrete and symbolic presence of television in the conformation of children’s identity processes and in the mediation that television exerts in children’s relationships with their friends, their classmates, their siblings and their parents.

Keywords

Televisión, infancia, vida cotidiana, mediación, etnografía de la audiencia

Television, childhood, daily life, mediation, ethnography of the public

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1. Descripción del estudio

Este artículo presenta los resultados preliminares del estudio «Significaciones de la televisión en la vida cotidiana de la infancia: un estudio de casos con niñas y niños de estrato socioeconómico medio», desarrollado por la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile, con el apoyo del Consejo Nacional de Televisión (CNTV)1.

La investigación se ha desarrollado como un estudio colectivo de casos aplicado a un grupo pequeño de niños, el cual permite complementar la noción de caso único con el establecimiento de una comparación entre distintas situaciones sociales. Se trata de un estudio de casos de carácter procesual (Coller, 2000), en el cual el foco está puesto en un proceso o evento complejo de la vida social y en sus expresiones dinámicas, que corresponde, para nuestros fines, a la vida cotidiana de niños particulares, desde el punto de vista de los significados que en ella adquiere la televisión.

Basada en una perspectiva etnográfica interpretativa, desde un punto de vista teórico y epistemológico, la investigación no ha sido definida como una etnografía propiamente dicha, en su sentido metodológico más habitual. Ello se debe a su carácter más restringido y al hecho de que los espacios interaccionales van apareciendo en la medida que se despliegan como relevantes para sujetos particulares y en función de su vida cotidiana.

El trabajo de campo ha sido concebido como flexible e intensivo, caracterizado por una inmersión progresiva en los mundos de vida y marcos interpretativos de los sujetos. Sobre esta base, el estudio ha investigado la trama significativa (Geertz, 1997) que se teje en torno a la vida cotidiana de determinados niños, en tanto sujetos, vista desde el prisma que nos otorga la interrogante por la presencia de la televisión en las distintas escenas, espaciales y temporales, entre las cuales el niño se desplaza.

Como técnicas de producción de información, se han llevado a cabo entrevistas abiertas, con los niños, sus pares y sus padres o cuidadores, y observaciones participantes, en situaciones sociales particulares y naturales de la vida de los niños (recreos escolares, juego con pares, vida familiar). En las fases avanzadas del trabajo de campo se han incorporado técnicas complementarias tales como la entrevista grupal y el visionado colectivo de programas televisivos, seleccionados según los indicadores tradicionales de medición (rating) y la necesidad de diversificar los géneros programáticos incluidos (teleseries, serie, dibujos animados, reportaje).

La selección de casos ha buscado combinar homogeneidad y heterogeneidad en los criterios utilizados. Los casos correspondieron a dos niñas y dos niños de entre 10 y 11 años, pertenecientes a un nivel socioeconómico medio bajo (C3) y medio alto (C1) de la ciudad de Santiago2. La elección de un estrato medio ha permitido minimizar determinadas prácticas culturales propias de los estratos socioeconómicos extremos; mientras que la opción de tomar dos sub-estratos dentro del estrato medio ha permitido una heterogeneidad suficiente y la posibilidad de establecer comparaciones relevantes. Con respecto a la edad de los niños, se trata de un período en que su autonomía relativa, la amplitud de su mundo de relaciones y su capacidad de verbalizar sus experiencias, han facilitado significativamente la investigación.

Para acceder a los niños, se escogieron dos comunas de Santiago, porcentualmente representativas de los subestratos investigados. Los niños fueron contactados a través de un colegio mixto y laico de la comuna y la estratificación socioeconómica fue confirmada con los datos aportados por el Ministerio de Educación por los mismos colegios y por los padres de los niños.

El trabajo de campo se ha llevado a cabo a través de cuatro fases: la fase de «inserción», destinada a incorporarse en el colegio y seleccionar los casos para el estudio; la fase de «apertura», orientada al conocimiento y legitimación inicial (formal y afectiva) por parte del niño y sus padres o cuidadores; la fase de «focalización», en que se buscaba integrarse en los universos de significado de los sujetos y sus modos de vida y la fase de «profundización», actualmente en realización, en que se está ampliando y sistematizando el material obtenido. El trabajo de campo se ha extendido durante cinco meses continuados, destinándose un número aproximado de cuatro horas semanales por cada niño.

2. Infancia, televisión y estudios culturales

Los cambios socioculturales propios de la modernidad tardía han permitido, entre otros aspectos, hacer más visible las subjetividades de los niños y su capacidad de influir en su vida personal y en su entorno. Sin embargo, ha habido, en general, una escasa profundización sobre los contextos específicos de construcción de la vida cotidiana de la infancia, y sobre las prácticas culturales que los adultos y los mismos niños desarrollan en torno suyo.

Los niños están haciendo evidente algo que para las ciencias sociales ha sido difícil de incorporar: ellos no sólo internalizan y reproducen la cultura, sino que tienen un rol activo en la producción de significados y en la modificación de las pautas de relación que el mundo adulto establece con ellos. En estos términos, ya no es posible sostener que la socialización es un proceso formativo ejercido desde el mundo adulto hacia los niños, sino que existe una influencia cultural recíproca, en la medida que los niños se convierten en vehículos de nuevas pautas culturales.

Entre los cambios en los modos en que los niños están enfrentados al mundo que les rodea, es importante destacar su creciente receptividad frente a un expansivo mercado de consumo cultural «infantil» (dibujos animados, música, juegos electrónicos, alimentos-juguetes, etc.). Además, debido en parte a la influencia de los medios de comunicación y a los fenómenos de globalización cultural, los niños están desarrollando nuevos valores, tales como los relativos al respeto a la naturaleza y a los derechos de las personas y una ética de carácter intersubjetivo (Garretón, 2000) que enfatiza el bienestar interpersonal sobre los principios rígidos. Asimismo, asistimos a la pérdida de una supuesta condición de inocencia de los niños, que estaba sostenida por el filtro o control que los adultos ejercían respecto a las informaciones y mensajes a los cuales los niños accedían y que no resulta sostenible en el contexto comunicacional actual (Steinberg y Kincheloe, 1997). A la vez, nos encontramos con generaciones que comienzan a construir su subjetividad sobre bases distintas, en las cuales resulta significativa la presencia de los medios de comunicación y de las imágenes.

Respecto a la televisión en particular, muchos estudios han estado focalizados en los patrones cuantitativos de uso y otros en los potenciales efectos, generalmente negativos, de la televisión sobre los niños. En ambos casos, la televisión pareciera tener propiedades esenciales de las cuales depende su uso e influencia, más allá de los contextos históricos y culturales donde se inserta. Los sujetos que se vinculan con ella parecieran ser opacos, constituyéndose en entes pasivos que desarrollan un comportamiento «clientelar» observable y medible, o que reciben los efectos de una causalidad casi física y directa.

Tampoco se toma en cuenta que la televisión se inserta como parte de una vida cotidiana compleja, en que se producen interacciones diversas entre los distintos actores participantes y que es influida por múltiples tensiones y tendencias socioculturales. En tales términos, sólo una comprensión contextual y que incorpore las mediaciones subjetivas e intersubjetivas de los «artefactos» puede permitir aproximarse a los diversos sentidos que la televisión adquiere en los modos de vida de los niños (Hutchby y Moran-Ellis, 2001).

Los nuevos estudios sociales de la infancia, de origen anglosajón pero también existente en Hispanoamérica, han destacado el hecho de que los niños no se enfrentan a las tecnologías comunicacionales como «tabula rasa», sino que son activos en la recepción de los mensajes. Los niños mediatizan y reestructuran su influencia, tanto en lo referido a su interpretación como a los efectos en su comportamiento de tales mensajes.

Ahora bien, el hecho de dar cuenta de niños «competentes» en su uso de los medios no implica una celebración acrítica de una industria comunicacional cuyas dinámicas deben ser interpretadas política y éticamente, especialmente en lo referido a su efecto sobre las formas de consumo material y simbólico que desarrollan los niños. En tales términos, la tensión entre considerar a los niños como sujeto y como objeto de una industria cultural debe tenerse siempre presente, ocurriendo lo mismo con el debate clásico entre determinismo estructural, por una parte, y autonomía y capacidad transformadora de los sujetos, por otra (Prout, 2001).

Paralelamente, un conjunto de iniciativas de perfil multidisciplinario ligado a la investigación sociológica, socioantropológica y psicosocial sobre el consumo mediático, ha focalizado su interés sobre el fenómeno de la interpretación, la significación y los usos sociales. Según J. Bianchi y H. Bourgeois (1992), la recepción mediática es una articulación compleja entre los procesos perceptivos, interpretativos e identitarios. En otros términos, en el proceso de recepción el telespectador efectúa operaciones que cambian la propuesta de sentido del medio.

Estas iniciativas interdisciplinarias tienden a cuestionar y complejizar la forma tradicional de comprender la relación entre los medios y los sujetos, cambiando el punto de vista desde la problemática de la influencia (que observa el proceso desde los medios hacia los sujetos), al fenómeno de la apropiación, uso e interpretación (que implica situar la mirada desde las prácticas sociales, cognitivas y culturales de los sujetos, respecto de los medios).

En este contexto, es interesante el trabajo realizado por Sonia Livingstone (1995) en Gran Bretaña, en el cual el concepto de «involucramiento» es entendido como la combinación de significados y prácticas que sirven para incorporar los medios dentro de la vida diaria de los niños.

Por otra parte, la perspectiva desarrollada por los estudios culturales británicos focaliza su análisis en los procesos y prácticas sociales compartidas y en un área común de significados (Wolf, 1996). Particularmente, el concepto de mediación ha abierto un amplio espacio de investigación y reflexión3, en la medida que analiza cómo los medios masivos se enfrentan con múltiples prácticas populares de uso o de socialización.

Este enfoque interpretativo del consumo televisivo se apoya en la capacidad de entender cómo los propios actores sociales definen y comprenden sus prácticas de consumo. Morley (1996) señala que la relación entre el mensaje televisivo y su audiencia requiere centrar la atención sobre la interrelación entre los mecanismos significativos del mensaje, entendidos como mecanismos que promueven ciertos sentidos y suprimen otros a través de cierres directivos codificados.

3. Resultados preliminares

En este apartado, se presentarán los resultados preliminares de la investigación, correspondientes a un niño y una niña pertenecientes al sub-estrato socioeconómico medio bajo (C3). Ambos chicos, Manuel, de diez años, y Carolina, de 11, asisten al Quinto Básico de un colegio municipal cercano a su hogar. Viven en la zona céntrica de Santiago, en un área que ha sufrido un deterioro urbano considerable y que se encuentra actualmente sometida a planes de reconstrucción y mejoras. En sus casas, un televisor único ocupa el lugar central de la sala familiar.

Los padres de ambos niños trabajan en forma remunerada como empleados del sector de servicios. Las tareas domésticas son desempeñadas, en un caso por la abuela materna y, en el otro, por la tía materna y con ellas con los niños esperan el regreso de sus madres. El padre de Manuel y el padrastro de Carolina suelen regresar bastante más tarde por motivos laborales y tienen menor presencia en las decisiones cotidianas respecto a los niños.

Durante el tiempo previo a la llegada de las madres, los chicos realizan actividades diversas. Manuel y su hermano de 11 años concurren en las tardes a una biblioteca municipal de su barrio, donde ocupan su tiempo navegando por Internet y jugando a juegos on-line. Allí llega a recogerlos su madre después de su jornada de trabajo. Lo que se intenta es mantenerlos ocupados, lo que Manuel parece tomar al pie de la letra: ni por un segundo se despega de la pantalla del computador mientras conversa, ya que «debe aprovechar el tiempo» y no malgastar los turnos de una hora que se le asignan. Al terminar uno de esos turnos, concurre rápidamente a la mesa de atención de la biblioteca a inscribirse para la siguiente ronda.

Con la concurrencia a la biblioteca se habría reducido el tiempo que los niños dedican a ver televisión, si bien Manuel se las arregla para estar perfectamente enterado de la programación y los sucesivos capítulos de su telenovela favorita. La madre espera que los niños ocupen también ese tiempo realizando sus deberes escolares, lo que no suele acontecer.

El mismo reclamo tiene la madre de Carolina, cuya expectativa es que la hija haya finalizado sus deberes escolares una vez que ella regrese. Carolina, sin embargo, comienza a realizarlos en el momento en que su madre vuelve a la casa. Para la madre, la televisión y el carácter «conversador» de Carolina son los responsables de que ella no ponga suficiente atención en clase. Cuando la madre se cansa de esperar que su hija realice espontáneamente sus deberes escolares, la restricción de la televisión y de otras actividades placenteras para Carolina, como sus clases de flamenco, se convierte en una forma de castigo y de invocación a la «responsabilidad en el cumplimiento de sus tareas».

La madre también hace esta invocación para sí misma: a ella la televisión le resulta tan absorbente que le impide realizar las tareas domésticas que busca emprender. El aparato encendido, de esta manera, se constituye en excusa, en postergación, en una tentación casi hipnótica a dejarse arrastrar por una temporalidad «improductiva».

La abstinencia, sin embargo, es difícil de mantener por mucho tiempo. Para Carolina, dejar de ver televisión implica aislarse en su dormitorio, ya que el resto de la familia continúa en torno al televisor prendido. Para los padres, la «tentación» se hace intensa, especialmente por el agobio y el cansancio del día laboral: ver televisión los relaja, «desconecta» y, a la vez, les permite sentirse en conexión con el mundo.

Según describe la familia, en este hogar la televisión es «un personaje más» y se encuentra siempre encendida. Al llegar del colegio, Carolina tiene ventajas sobre su hermano de cuatro años para apropiarse del control remoto del televisor. Ello le permite un período de cerca de tres horas de programación exclusivamente «infantil» que se termina cuando su madre llega del trabajo.

Es la televisión por cable, Discovery Kids o Nickelodeon, en este caso, la que hace posible esta especificidad «infantil» permanente. En Discovery Kids, Carolina sigue fielmente el programa «Lazy Town», cuya heroína es una chica poco mayor que ella y de cabello intensamente fucsia. En una ciudad amenazada por la desidia, el tedio, la pereza y el sedentarismo, la niña se asocia con el alcalde de la ciudad y algunos amigos para promover el deporte y el enfrentamiento sano y activo de las sucesivas dificultades que van emergiendo. El antagonista, por su parte, intenta arrastrar en su inactividad al resto de los personajes y a diferencia de Carolina, detesta el baile. Lazy Town porta una curiosa invocación a la vida al aire libre y al movimiento continuo, vista desde lejos por estos chicos que contemplan el aparato estático, entre las cuatro paredes de su hogar.

La circunstancia imaginaria de que no existiera la televisión es evocada con nostalgia, como si se tratara de un momento alguna vez existente y a la vez una posibilidad futura, como un escenario en que «habría mayor comunicación en el hogar» sin tener un aparato ruidoso interviniendo entre ellos. Los esporádicos cortes de energía eléctrica que se producen, planificada o inesperadamente en la ciudad de Santiago, les han permitido imaginarse esa situación. En ese momento, salen a la calle y caminan por el barrio. No se sabe bien si es por impotencia o por un tedio contagioso que quisiera, como en Lazy Town, instalarse en la casa, apenas la energía retorna el aparato recobra su vida autónoma.

El aparato encendido parece, entonces, comportarse de un modo ambivalente: atenta contra las rutinas establecidas respecto a la realización de los deberes escolares, impide la «comunicación en la familia», pero organiza la temporalidad y las relaciones cotidianas del hogar y la familia. El relato se articula en torno a un horario «de los niños» para ver televisión, entre 16.00 y 19.30, menos disciplinado familiarmente, una zona intermedia, entre 19.30 y 21.00 ó 21.30, aquella de la telenovela familiar regulada por la madre, y un horario posterior de adultos en que los niños ya se encuentran durmiendo. Excepcionalmente, los adultos autorizan a los chicos para acompañarlos a ver la programación nocturna, si es que el agotamiento acumulado durante el día laboral no los hace a ellos también irse a dormir.

De esta manera, una vez que las madres regresan a la casa, la televisión deja de estar en función de los niños y pasa a ser objeto de acuerdos colectivos respecto a la programación a ver en conjunto. La familia de Manuel disfruta viendo en conjunto los Simpson, mientras que la familia de Carolina, además de comer y preparar las cosas para el día siguiente, suele compartir una teleserie nacional.

Manuel y su madre tienen preferencias similares en cuanto a la programación, con excepción de una serie nacional («Casado con hijos») que relata la vida de una familia de estrato socioeconómico medio bajo. Manuel disfruta ese programa, conoce las canciones que en el se tocan e imita sus personajes; la madre, en cambio, encuentra que este programa es «grotesco». Respecto a este programa, es importante mencionar que los personajes televisivos son bastante estereotipados, presentando una caricaturización de los estratos bajos y medio-bajos bastante recurrente en la televisión chilena. Se exagera su modo de hablar y sus preferencias estéticas, en cuanto a decoración, vestimenta, maquillaje, etc., las cuales son mostradas como sobrecargadas y rutilantes. Como en el caso de Homero Simpson, los personajes de esta telenovela parecen tener motivaciones individualistas y un ansia constante por consumir nuevos productos presentados en los medios. Como en los Simpson, sin embargo, la familia se constituye en el centro de la vida personal y a pesar de sus conflictos internos, es el colectivo familiar el que termina siendo re-simbolizado como un principio de identificación personal.

En el caso de Carolina, la familia no considera problemático el que vea telenovelas o «comedias» como las denominan. La mayor dificultad, sin embargo, tiene que ver con ponerse de acuerdo, tanto entre los adultos como entre estos y los niños, respecto a cuál de las telenovelas nacionales sintonizar. Al respecto, es necesario mencionar que existe una competencia muy intensa entre los dos principales canales de televisión abierta por ganar audiencia, y las telenovelas son estrenadas en las mismas fechas, además de trasmitidas en el mismo horario, momento en el cual las personas se ven demandadas a «hacer su elección». La «guerra de las teleseries» como la ha denominado la prensa parece trasladarse también al hogar de Catalina. A veces, el conflicto se resuelve cambiando constantemente de un canal a otro, de manera que todos puedan ver un poco de su telenovela escogida. La familia se toma con humor esta situación, que, por la extensión semestral de cada novela, se repite al menos dos veces al año, hasta que la familia logra tomar una decisión más definitiva.

Los fines de semana, libres de la escuela o del trabajo afuera del hogar, los horarios tienden a relajarse. Manuel y sus hermanos son autorizados a levantarse más tarde los sábados y es su oportunidad para jugar. Por la tarde, la familia concurre a un santuario religioso católico donde los niños se están preparando para hacer su primera comunión. La televisión se hace esporádica, «sólo en el caso de que no haya otro panorama familiar» como cuenta la madre. Por su parte, la escuela de Manuel y Carolina es ordenada y limpia, altamente rutinaria. Así, por ejemplo, quinientos chicos almuerzan por turnos de diez minutos, en un comedor en que caben sólo ochenta personas a la vez. La vida de estos chicos, como la de sus padres, está marcada por la funcionalidad.

El espacio parece extenderse en el patio, en el cual los varones se despliegan en juegos de pelota o carreras. Las niñas, en cambio, parecen trascender el espacio a través de la música de los Mp3, cuyos audífonos comparten en parejas, y que las mantiene presentes pero aisladas imaginariamente del resto. Muchas dinámicas están también mediatizadas por lo que ha acontecido previamente en los «chateos», medio que prefieren al del teléfono, por ser más económico y más personal.

La televisión concurre en forma más indirecta: a través de los juegos de cartas de rol, con personajes del animé japonés, que comparten los varones, o a través de las dramatizaciones que las chicas hacen de las distintas series televisivas que están siguiendo, y en las cuales el poder adivinar de qué se trata se constituye en una manifestación de «experticia».

4. Comentarios finales

Para finalizar, es necesario recordar que la investigación se encuentra todavía en ejecución, por lo cual los resultados presentados tienen un carácter muy preliminar. Aún así, destacaremos por el momento algunas de las temáticas que emergen como más interesantes. En primer lugar, tal como han insistido diversos autores, el visionado de televisión de los niños estudiados se sitúa en un contexto medial en que participan otras tecnologías, como es el caso de Internet, utilizado para «chatear», navegar, conocer más acerca de la programación televisiva y jugar on-line, y el uso de Mp3 para llevar la música de su preferencia al colegio. Además, se observa una diversificación creciente en la programación a la cual acceden los niños: aunque la televisión de pago es de menor acceso en los estratos medio bajos que en los medio-altos en Santiago, hay un número creciente de familias que la están incorporando. Los canales de cable permiten una especialización de la audiencia infantil en forma permanente, más allá de la diferenciación por horarios que establece la televisión abierta.

Ahora bien, tal como lo muestran los estudios nacionales, los niños investigados se interesan en programas definidos como de adultos, especialmente las telenovelas. Muchas de éstas han comenzado a incorporar temáticas relativas a la vida cotidiana de las familias de distintos estratos socioeconómicos y los niños comienzan a ser representados como agentes y no sólo como objeto de las decisiones adultas.

Por otra parte, es muy claro que el visionado de los niños se da en un contexto normativo regulado por los padres, los cuáles tienen una participación importante en la definición de horarios y tipo de programas que ven sus hijos. Como suele ocurrir, los niños buscan transgredir esas restricciones, en expresiones que no están sólo en función de negar la autoridad adulta, sino de su capacidad de influir sobre su entorno y definir sus opciones personales. Hay momentos en que la fuerza normativa de los padres es muy escasa, sobre todo cuando no están presentes en la casa y «dejan instrucciones» para sus hijos, pero hay otros en que tienen una influencia mucho mayor, como ocurre cuando retornan a sus hogares y, especialmente, ya entrada la noche.

Con excepciones relativas a contenidos violentos, u otros que los padres consideran inadecuados, su mayor temor no parece tener que ver con la influencia de la programación televisiva sobre sus hijos. Más bien, se trata de la amenaza del «dejarse ir», de la improductividad y la imposibilidad de manejar el uso del tiempo, presión que experimentan en ellos mismos y que los hace también temer por el destino de sus hijos. De esta manera, el tiempo debe ser aprovechado, y mejor aprovechado que viendo televisión. El tiempo productivo parece dirigirse hacia el futuro, seguir las vías del progreso y la movilidad social aún pensada como posible, mientras que el tiempo televisivo pareciera corresponder a un presente continuo, sin dirección, o dirigido a la degradación. La disputa pareciera estar, en primera instancia, entre los deberes académicos de los niños y la televisión, lo que cobra especial sentido en familias para las cuales la educación es un ancla que les permitiría aferrarse a su situación, colocada en el límite entre la pobreza y los sectores medios, o de ser posible acceder a un escenario menos «tembloroso».

«Aprovechar el tiempo» es para los niños algo diferente: vencer la amenaza constante del aburrimiento, de la falta de motivaciones y de atractivos, es extraer de la vida diaria el máximo posible en términos de emociones y de historias susceptibles de ser contadas. Contra ese presente continuo, que no es vacío sino que está lleno de carga, de pesadez, los niños contraponen la liviandad del entretenimiento.

Esa pesadez es la generada por la sobrecarga del trabajo remunerado, doméstico y escolar, el agotamiento de los miembros de la familia, el aislamiento relativo de los niños durante la semana, su encierro en la casa, las tensiones familiares. Ante ella, el televisor parece comportarse de modos ambivalentes: amenaza las rutinas pero contribuye a organizarlas; alivia, aliviana, pero también asusta con su capacidad de succión, como un agujero negro capaz de arrastrar hacia la degradación y la pérdida de «empuje» vital. Este empuje, el «salir adelante» es un elemento central de la filosofía de vida de los sectores populares y medio bajos en Chile: tiene que ver con el no dejarse abatir por las circunstancias.

Las familias estudiadas parecen moverse en un espacio imaginario que oscila entre los héroes de Lazy Town y de Los Simpson: un mundo de emprendedores sonrientes y bien comportados, y una familia sumergida en una cotidianeidad mínima, aliviada por la ironía. No siendo del todo ni unos ni otros, doblegan el televisor y son doblegados por él. Empujan su vida diaria como un carro cargado de deberes y trazan, por momentos, sus digresiones, sus tentaciones y sus placeres. Absolviéndolos de tener que estar frente a frente, «comunicándose y conociéndose» como familia, el televisor se comporta como un personaje parlanchín que no permite hablar a nadie más. Acurrucados todos en un sillón, en medio del frío invierno de Santiago, comparten su propia vida y la vida de las familias que aparecen en las telenovelas, día a día, capítulo a capítulo.

Notas

1 En la investigación y redacción de este artículo ha participado activamente Gonzalo Reyes, psicólogo y diplomado en Estudios Avanzados por la Universidad de Barcelona.

2 La estratificación utilizada por la mayoría de las consultoras de estudios de opinión pública, divide a la población en cinco estratos socioeconómicos dependiendo de su nivel de educación, ingresos y tenencia de bienes.

3 La estructura argumentativa sobre la cual se funda la idea de mediación es coincidente con el concepto de «recepción activa» planteada por Umberto Eco (1985), en «Obra abierta», o «consumo activo», planteada por Arjun Appadurai (1995), en «La vida social de las cosas» y Néstor García Canclini (1991), en «Consumidores y ciudadanos». En todos estos conceptos lo que prima es la idea de un lecto-consumidor que participa activamente en la construcción del significado final de un producto con contenido simbólico, cualquiera que sea su clase, ya sea ésta mercancía, obra, etc.

Referencias

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