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Revista Comunicar 31: Educar la mirada. Aprender a ver TV (Vol. 16 - 2008)

¿Para qué enseñar a ver TV?

Why teaching to watch TV?

https://doi.org/10.3916/c31-2008-03-041

María-Luisa Mariana-Fernández

Abstract

La televisión es un elemento más de nuestra existencia que nos exige formar espectadores activos, críticos y selectivos. Sin duda alguna, convivir con la televisión supera el mero consumo indiscriminado. Es necesario, por ello, una coordinación entre familia y escuela, ya que ambas son educadoras de la infancia y la adolescencia, abordando en la formación del profesorado el uso y disfrute de las tecnologías como una herramienta didáctica ya que la escuela debe estar inmersa en el mundo actual.

The television is one of many elements of our existence, and it demands from us to form active, critical and selective spectators. It is strongly agreed that living with television overcomes the mere indiscriminate consumption. So, a coordination between the family and the school is necessary since both are educators of the childhood and the adolescence. Teachers’ training in the use and enjoyment of the technologies as a didactic tool must be considered since the school must be immersed in the current world.

Keywords

Televisión, formación del profesorado, coordinación familia-escuela

Television, teachers’ formation, family-school coordination

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Uno de los temas que dentro del mundo de la pedagogía se ha debatido de muy diferentes maneras es si la televisión es o no educativa, y si la familia o los profesores podemos y debemos intervenir de alguna manera en ello. Nos hemos encontrado con tendencias extremas, desde los que han considerado la televisión como algo negativo, que fomenta la agresividad infantil y que perjudica claramente el desarrollo del niño y del adolescente, a posturas muy permisivas, en las que todo vale, donde es el propio niño o joven quien decide y actúa. Amamos y odiamos la televisión. Se considera una intrusa en nuestros hogares, pero la instalamos en el dormitorio de nuestros hijos. La consideramos un diablo provocador de destrucción y agresividad, y es al mismo tiempo un ángel socializador que nos informa y entretiene. Más significativa es nuestraconducta como adultos; por un lado, criticamos muy negativamente su uso y, por otro, nos acompaña en comidas y ocio. ¿Afectará esta doble moral a los menores? Pienso que sí; y por ello debemos reflexionar antes de actuar.

Parto de considerar a la televisión no sólo como un invento ni descubrimiento, sino como un instrumento capaz de congregar a multitud de personas de diferente índole y condición, sexo y razas, edad y nivel cultural. Se ha convertido sin duda en un centro de referencia de nuestra sociedad. Si la televisión es, lo queramos o no, parte ya consustancial de nuestra existencia, parece necesario aprender a vivir con ella.

Alejar al niño de la televisión en la sociedad actual es suponer que se puede estar ajeno a lo que ocurre a su alrededor. La televisión posee la peculiaridad de presentar estímulos visuales y auditivos, los cuales son más efectivos que los visuales o auditivos por sí mismo, por ello un medio sumamente eficaz en comparación con los demás medios de comunicación social.

La televisión se impone sobre otros medios por penetrar en el hogar, en la vida diaria y llegar a formar parte del cúmulo de hábitos de cualquier hombre de nuestra época. Es bastante eficaz lograr la atención y memorización sobre el material en ella presentado. Según las cuatros categorías propuestas por Schramm, la televisión posee tres de ellas, que son:

• Espacio-tiempo: la televisión actúa de forma combinada. Posee cierta efectividad en cuanto a la percepción.

• Participación: en la escala de participación del comunicador, elaborada por Allport Cantril, la televisión ocupa el séptimo lugar; cuanto mayor sea la participación, mayores serán las influencias.

• Rapidez: la televisión y la radio son los medios más rápidos, impidiendo que el comunicador pueda dedicar el suficiente tiempo para que el mensaje sea comprendido y meditado por el receptor; los medios como la radio o la televisión, prácticamente, someten el receptor a un bombardeo de mensajes.

• La cuarta categoría es la permanencia, de la cual posee la televisión: las características de combinar estímulos visuales y auditivos, una organización en el espacio y en el tiempo que le da una gran efectividad, en comparación a la conversación cara a cara y los libros, más cercano a la conversación personal. La TV como medio es de una gran rapidez lo cual impide una buena labor de crítica y discernimiento en los mensajes. Esta característica unida a la poca permanencia, dificulta la posibilidad de recapitular y recibir nuevamente el contenido, hacen de la televisión un medio especialmente efectivo para la transmisión de mensajes dedicados a la convicción, cambio por parte del receptor.

Los niños son excelentes imitadores incluso durante los primeros meses de vida, los infantes pueden remedar las expresiones faciales de las personas que los cuidan. Los niños aprenden por modelado y por su interactuación con los demás. Somos los adultos, la familia y los profesores, entre otras personas, los modelos de su aprendizaje. Inicialmente, los niños no son especialmente selectivos en lo que imitan. Se recomienda cuidar el vocabulario delante de pequeños de tres años para que no digan una mala palabra en un momento de frustración. Aunque la imitación no es el único mecanismo de aprendizaje que tienen los niños, es el primero y sienta las bases de aprendizaje futura. Como los niños imitan permanentemente a la gente que los rodea, es lógico que también imiten a las personas y sus conductas que ven en la televisión.

A lo largo de la vida imitamos a los demás para aprender cosas nuevas y reforzar nuestra identidad con un grupo particular. Con cierta frecuencia se oyen historias acerca de niños que terminan trágicamente, al imitar algún personaje que han visto en los medios de comunicación. Es evidente que la mayor parte de los niños no imitan tan fácilmente lo que ven en la pantalla, de la gran cantidad de conductas, imágenes, actitudes y valores a los cuales están expuestos, los niños escogen solamente algunos.

En 1960, Bandura realizó en la Universidad de Stanford una de las primeras investigaciones sobre los medios de comunicación. Estudió la manera en que los niños construyen su identidad a partir de la gama de posibilidades que tienen; su trabajo inicial se centró en las circunstancias que contribuyen a que los niños se vuelvan más agresivos cuando observan conductas agresivas. Sus experimentos con muñecos son clásicos en psicología y han ayudado a identificar los mecanismos que intervienen en el aprendizaje cuando los niños observan actos de violencias en los medios de comunicación con los estudios del muñeco bobo (una criatura hinchable en forma de huevo con cierto peso en su base que hace que se tambalee cuando le pegamos). Un grupo de niños de ambos sexos observan cómo el modelo es alabado y premiado por ejecutar una conducta agresiva; otro grupo observa cómo el modelo es castigado y reprobado. Posteriormente, los niños de ambos grupos son introducidos en una habitación con muchos juguetes, entre ellos el bobo tentetieso. Se descubre que los niños que vieron cómo se premiaba al modelo realizaban conductas agresivas. Los que observaron cómo el modelo era reprobado, ni se acercaban al tentetieso. Se confirmaba una vez más el aprendizaje vicario bajo los supuestos conductistas de la gratificación contingente. A este experimento se le añade un tercer acto en el que un profesor les dice que premiará a todos los que se comporten como lo había hecho el modelo. Tras esta invitación desaparecieron todas las diferencias en agresividad entre grupos y entre sexos. La conclusión también es clara: en el aprendizaje vicario intervienen dos procesos; uno, el aprendizaje propiamente dicho, y otro, la ejecución. El refuerzo justifica la ejecución, la contigüidad da cuenta del aprendizaje.

La socialización es un proceso de influjo entre una persona y sus semejantes, un proceso que resulta de aceptar las pautas de comportamiento social y de adaptarse a ellas. Se puede describir desde dos puntos de vista: objetivamente, a partir del influjo que la sociedad ejerce en el individuo; en cuanto proceso que moldea al sujeto y lo adapta a las condiciones de una sociedad determinada; y subjetivamente, a partir de la respuesta o reacción del individuo a la sociedad. Se inculca la cultura a los miembros de la sociedad; a través de ellos, la cultura se va transmitiendo de generación en generación, los individuos aprenden conocimientos específicos, desarrollan sus potencialidades y habilidades necesarias para la participación adecuada en la vida social y se adaptan a las formas de comportamiento organizado característico de su sociedad. La televisión es un elemento de socialización en el que estamos inmersos y en el que participamos de una u otra manera.

Recuerdo que cuando mi hijo iba a cumplir cuatro años invitó a un grupo de amigos y amigas a merendar. En aquel momento estaban emitiendo unos dibujos animados que según todas las informaciones el único valor que transmitían era la importancia de la fuerza sin más razones. Vi un par de episodios y confirmé esta afirmación; por ello mi hijo en ningún momento visionó esta serie, ni recibió en casa ningún comentario a favor o en contra. ¿Cómo dejarle recibir violencia por la televisión? Mi sorpresa fue mayúscula cuando todos los invitados acudieron con diferentes productos de esta serie (mochila, muñecos desmontables, pinturas...). Cada vez que mi hijo abría un regalo, no expresaba sorpresa, sino que confirmaba que era lo deseado. Inicialmente me sentí culpable: ¿qué había hecho mal?, ¿dónde estaba el error? Me armé de valor, y observé cómo se iban desarrollando los acontecimientos; simplemente, jugaron como lo hubieran hecho con juguetes de similares características. Pasados unos días, confirmé que mi hijo, simplemente, había querido lo mismo que el resto de sus amigos del parque o de la escuela infantil, los juguetes que en ese momento social nos habían impuesto de moda. ¿Cómo pedir a un niño de cuatro años que reflexione y evalúe si debe o no ver una serie de dibujos?

Ante los profundos y rápidos cambios que se están produciendo que afectan a todos los ámbitos de la vida social, familiar, económica, científica, cultural, etc., la escuela juega un papel fundamental, y más que nunca tiene que acercarse a la realidad del entorno donde se encuentra ubicada. Porque el niño y el joven, y nosotros mismos, vivimos en un mundo con televisión. Moral Pérez (1998) afirma que la mayor parte de la información que recibimos, especialmente en la infancia, es a través de los medios de comunicación; y la escuela, lejos de aislarse de este entorno estimulante, con valor educativo y rico en contenidos, debe recopilar la información que suministran estos medios y constituirla en conocimiento. Esto conlleva plantearse objetivos educativos como conocer de forma crítica los medios de comunicación, sus recursos técnicos, los mecanismos de funcionamiento, el dominio de sus lenguajes y sus elementos de manipulación. Pero, para plantear estos objetivos los educadores necesitamos una adecuada formación, de manera que sepa aprovechar los recursos que el entorno le brinda y favorecer el aprendizaje de los alumnos no sólo en el aula, sino también fuera de ella. Y reconocer, como educadores, tanto a los profesores como a la familia. De ahí, que la formación del profesorado, siguiendo a Gutiérrez Martín (1997), debe tener en cuenta tres importantes dimensiones:

• Conocimiento y competencias sobre las posibilidades de la televisión como herramienta, recurso didáctico utilizado en las aulas y en el sistema de educación a distancia y educación no formal.

• Conocimiento del currículum oculto, de las implicaciones y consecuencias, tanto en el aprendizaje intencionado propio de la educación formal como en la educación no formal que proporcionan los medios de masas. Nos referimos a su potencial educativo.

• Conocimiento del contexto, la realidad escolar donde se desarrolla su labor y la realidad social donde funciona la institución escolar.

En la formación del profesorado de la comunidad de Madrid, quisiera señalar al Departamento de Apoyo Escolar para la Protección de la Infancia que según la Orden 2105/2001, de 30 de mayo tiene como funciones específicas:

• La información y sensibilización a los diversos profesionales implicados sobre los recursos de la comunidad de Madrid en materia de protección de la infancia y sobre el papel de la escuela en las situaciones de riesgo social de la infancia y la adolescencia.

• La impartición de formación al profesorado sobre protección y bienestar de la infancia.

• El apoyo a los profesionales de los centros educativos en tareas relacionadas con el riesgo social.

• La participación en la valoración interdisciplinar de los casos de riesgo social y en la planificación de actuaciones y seguimiento de casos detectados en los centros escolares.

• La participación en la investigación y en la detección de situaciones de riesgo social de la infancia.

La formación que recibe el profesorado parte de la colaboración con la familia, verdadera responsable del menor. Es necesario partir de considerar a la familia educadora, ya que el ámbito familiar es un espacio que el ser humano necesita para aprender, crecer, desarrollarse y crear su propia representación del mundo. Para definir la educación familiar no existe una definición, pero sí una propuesta, que parte de un conjunto de definiciones, formulada por Durning (1995) desde una doble vertiente:

• Actividad parental, que define como «la acción de criar y educar a un niño o niños, realizada por adultos en el seno de grupos familiares, padres de los niños implicados».

• Práctica social, que consiste en el «conjunto de intervenciones sociales puestas en marcha para preparar, sostener, suplir a los padres en la tarea educativa con sus hijos».

La dificultad, expresada por el autor, de poder hacer una definición, radica en que dentro de la tarea educativa están presentes estos tres elementos: una actividad, unos actores y un contexto, y la limitación del vocabulario existente para caracterizar la actividad parental. La educación familiar comprende no sólo la crianza de los hijos en el seno de la familia, sino que, además, contempla la actuación social realizada por profesionales y agentes sociales. Esta perspectiva conlleva una especial atención a la infancia, pero también a las familias. Por lo que se considera a la televisión como parte de las actividades educativas dentro del contexto en el que se establecen diferentes relaciones.

La tarea educativa se desarrolla en «espacios» entendidos como contextos de desarrollo y de relaciones sociales en los que se van construyendo «representaciones» del mundo personal (conocimiento existencial, biografía personal familiar y social) y cultural (conocimiento organizado técnico, científico, etc., depositado en la historia). En el caso de la familia, este espacio se va a contemplar desde un enfoque vital y didáctico. La familia, como espacio existencial, es un lugar de una experiencia de relación con el mundo, de un ser esencialmente situado en relación con un medio. Este sentido, asociado al significado de espacio vital, comprende la vida del ser humano en relación con el entorno, lo que da lugar a múltiples posibilidades de interaccionar y crear espacios propios, que se convierten en campos vivos de expresión y comunicación; son espacios llenos de dinamismo y sentido que acogen a la persona y le revelan sus posibilidades de creación en la relación social. La familia como espacio didáctico, ya que en ella se realiza la actividad didáctica en condiciones de eficiencia y eficacia, y conlleva el espacio físico y el social, creando un clima capaz de generar y compartir conocimientos.

Yo he crecido de la mano de la familia «Telerín», «la casa del reloj» o «los chipiritiflauticos». Nunca la rechacé ni vi su influjo negativo, y por ello tuve que buscar claves para hacer buen uso de la televisión:

• Ver los programas con los hijos e hijas: es necesario hacerles distinguir realidad de ficción. Explicando el significado de lo que ven, o ayudándoles a buscar información sobre temas de interés. Para tener espíritu crítico y establecer un diálogo sobre lo que se ha visto juntos es necesario hacerles preguntas sensatas para saber los efectos que les produce lo que han visto, animarlos a saber escoger, lo cual es muy importante para su formación humana. La televisión permite un acceso sencillo y rápido a una cantidad de información inimaginable hace unos años; estos contenidos suponen una gran oportunidad para la información, el entretenimiento y la educación, teniendo en cuenta que pueden afectar negativamente a su proceso de maduración por diversos motivos: la inadecuación a su edad, el tipo de valores que transmiten, etc.

• No tener la televisión como una «niñera electrónica»: no puede ser de ningún modo que la televisión sea la que cuide a niños y adolescentes. Nadie, y menos la televisión, puede quitar el derecho a los progenitores de educar a los suyos. Existen bloqueadores para que cuando el adulto esté ausente el menor no acceda al televisor.

• No hacer zapping: la costumbre de cambiar continuamente de canal no educa la distinción que se tiene que hacer de los diferentes programas que se han previsto ver, y permite ver imágenes que inciten a la violencia, al lenguaje vulgar, a la superficialidad. La única solución para no hacer zapping, es enterarse bien de la programación y de sus contenidos. Seleccionar previamente al encendido del aparato qué programa queremos ver.

• Control del tiempo: conocer que el exceso de consumo puede tener repercusiones físicas (obesidad causada por el sedentarismo, problemas posturales, problemas en la vista, etc.). Reduce el tiempo dedicado a otras actividades importantes para el desarrollo de los menores (tareas escolares, el juego, la comunicación familiar, la lectura, actividades al aire libre, el deporte, las relaciones sociales etc.). Delimitar el horario, impidiendo que se vea la televisión antes de ir al centro escolar o después de las 22 h.

• No al abuso de la televisión: en algunos casos, puede afectar a la capacidad de concentración de los estudiantes, quienes acostumbrados a un lenguaje y a un ritmo repleto de estímulos, son incapaces de mantener constante su atención en una explicación por parte del profesorado o en una lectura. Puede llegar a producir aislamiento social por el aumento de horas dedicadas al consumo audiovisual va en detrimento del tiempo dedicado al cultivo de las relaciones sociales.

• Establecer normas para ver la televisión: horario, selección de programas, establecer diálogo sobre lo visionado que cumplimos todos. La televisión no es premio ni castigo, ya que no es el árbitro en las relaciones humanas.

• Somos modelos: educar a través del propio modelo, recordar que la familia y los profesores debemos lograr que el modelo que transmitimos (nuestro propio estilo de utilización de la televisión) sea coherente con los objetivos que queremos lograr en nuestros niños y jóvenes. Nos posibilita la transmisión de nuestras propias opiniones y gustos, expresándolas de manera respetuosa incluso cuando no las compartamos.

Con todo ello, los educadores, tanto la familia como los profesores, deben tomar conciencia de esta nueva realidad, e incluir entre sus valores formativos la educación televisiva. Hay que educar a los niños para que aprendan a ver televisión. Pero también los educadores debemos aprender a ver la televisión y a participar en el aprendizaje con los menores. Resulta innegable que la televisión posee un inmenso potencial para la formación, la información y el conocimiento de la sociedad, sin olvidar el simple y sano entretenimiento. Pero también es cierto que debemos aprender a ser espectadores participativos, activos y críticos seleccionando dentro de la programación en que momento encender o apagar el aparato.