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Revista Comunicar 40: Jóvenes interactivos (Vol. 20 - 2013)

Jóvenes interactivos: Nueva ciudadanía entre redes sociales y escenarios escolares

Interactive Youth: New Citizenship between Social Networks and School Settings

https://doi.org/10.3916/C40-2013-02-00

David Buckingham

Juan Bautista Martínez Rodríguez

Abstract

Keywords

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La relación entre los medios y la educación ha sido durante mucho tiempo foco de muchas esperanzas y temores. En los primeros años del cine, Thomas Edison afirmó con ilusión que las películas de cine «revolucionarían» el aprendizaje y a la larga harían superfluos a los profesores. A mediados del siglo XX también se hicieron afirmaciones similares respecto de la radio y la televisión. No obstante, estas afirmaciones fueron cuestionadas por aquellos que vieron en estos medios una amenaza peligrosa para el trabajo del profesorado y de las escuelas. Es más que conocida la crítica que Neil Postman hizo sobre la televisión como medio fundamentalmente perjudicial para los fines de la educación e incluso para la infancia misma.

Durante los últimos años, se han vertido opiniones igualmente polarizadas sobre los ordenadores. Igual que en el caso de la televisión, se acusa a los medios digitales de crear distracción y pensamiento superficial, y de trivializar e instrumentalizar la educación. Aún así, los medios digitales fueron presentados como instrumentos capaces de crear un aprendizaje más auténtico, eficaz y centrado en el alumno. Estas afirmaciones optimistas sobre la promesa de la tecnología las hacen los gobiernos que buscan soluciones a la crisis aparente de la enseñanza pública; al mismo tiempo, las fomentan las empresas tecnológicas, que ven en las escuelas un nuevo mercado lucrativo.

Hoy en día, el primer contacto que tienen los niños con los ordenadores ya no tiene lugar en las escuelas: los medios digitales son parte central de sus experiencias extraescolares y de sus relaciones e identidades cotidianas. Las vidas de los niños actualmente están profundamente «mediatizadas». La cuestión ya no es tanto si los educadores deben utilizar los medios digitales sino más bien cómo han de utilizarlos; y para intentar responder a esta cuestión, tenemos que mirar más allá de esa idea de que el uso de la tecnología pueda ser un motivador instantáneo o que incluso se enseñe de alguna forma por sí misma.

La llegada de los «medios sociales» –o los llamados «Medios 2.0»– representa un paso más en esta historia. Internet ya no es una mera herramienta para distribuir y recuperar información sino un instrumento para dialogar y compartir, para la comunicación interpersonal y para el entretenimiento. Aun cuando solo una minoría de jóvenes se han convertido en productores creativos de medios en cualquier sentido conocido, existe un nivel de «creatividad vernacular» (o incluso «creatividad mundana») aparente en las redes sociales, la publicación de blogs y la distribución digital, que han llegado a estar al alcance de muchas personas.

Por supuesto, debemos ser cautelosos con la hipérbole que rodea estos avances: estas herramientas, que aparentemente ofrecen tanta promesa democrática, también permiten formas de marketing y control que son mucho más invasivas e intrusivas. Sin embargo, estos avances pueden tener implicaciones específicas para el aprendizaje y para la institución de la es­cuela. Los investigadores educativos aho­ra se esfuerzan en identificar las relaciones cambiantes entre las escuelas y estos nuevos espacios digitales donde los jóvenes pasan cada vez más tiempo. Por una parte, hay quienes recurren a la no­ción de que el papel principal de la es­cuela es el de proteger a los niños de los riesgos, mientras otros proclaman su fe en la tecnología como algo que es, de al­guna ma­nera, inherentemente democrático y fo­mente la capacitación.

En este nuevo entorno surge una serie de cuestiones que no se han tenido que plantear hasta ahora. ¿Hasta qué punto es fiable la información disponible en la Red? ¿Cómo se construyen y representan las identidades en una era en la que la «auto publicidad» se ha convertido en necesidad social? ¿Dónde ponemos el límite entre lo público y lo privado? ¿O ya no tiene sentido esta distinción? ¿Cómo podemos abordar las desigualdades persistentes, tanto en términos de acceso a la tecnología como en términos de las habilidades y competencias necesarias para su uso?

En esta edición especial de «Comunicar», nos hemos centrado en un aspecto concreto de esta relación: el potencial de la tecnología para el aprendizaje cívico. Aquí también el debate muchas veces parece muy polarizado: algunos ven a los medios y la tecnología como causa primaria del declive del «capital social» y de la participación ciudadana; otros consideran que Internet sobre todo es un medio para crear nuevas formas de una «ciudadanía en red». Con frecuencia, se ve a los jóvenes a la vanguardia de una nueva forma de política que se facilita y fomenta a través del uso de estos nuevos instrumentos y servicios digitales; y hay quien considera que esto contribuirá a superar el «déficit democrático de las sociedades modernas».

De todos modos, sería necesario ir más allá de estos argumentos polarizados. Los medios no son los únicos responsables del declive aparente de la democracia; tampoco es probable que lo resuelvan. Y es aquí donde los educadores pueden desempeñar un papel esencial, aunque la regeneración de la vida cívica que muchos consideran una necesidad urgente para las sociedades modernas será un proceso difícil y a largo plazo. Abordar estas cuestiones requiere que vayamos más allá de la visión instrumental de la tecnología y de la equivocada separación entre tecnología y sociedad, que caracteriza gran parte del debate sobre la «tecnología educativa».

Los jóvenes de hoy crecen en un contexto saturado de tecnologías relacionales y comunicaciones digitales, y en estos nuevos espacios digitales, desarrollan marcos preliminares para interpretar la vida, conjuntos de opiniones y prejuicios, estereotipos y dilemas que orientan su comprensión de los significados de las acciones cotidianas. Es aquí también donde se pone en juego su experiencia de la ciudadanía. Es un contexto en el que los jóvenes representan y comparten sus biografías, sus sentimientos y sus experiencias, construyen sus identidades y aprenden las normas de conducta del grupo paritario. Sería necesario y urgente que educadores e investigadores se centrasen en estos espacios informales que ni siquiera se reconocen en la mayoría de los estudios tecnológicos, políticos y educativos.

Estos acontecimientos tienen implicaciones complejas para la forma en que abordemos la interfaz entre la escuela y los entornos digitales, entre la educación y los medios de comunicación. En líneas generales, necesitamos desarrollar una visión social y política, tanto de los escenarios escolares como los digitales. Además, tenemos que cuestionar las formas de secretismo curricular, pedagógica y digital que censuran y ocultan las relaciones de poder, crean opacidad con respecto a los responsables políticos, dirigen la implicación y participación ciudadana en sentidos concretos y determinan el marco de las cuestiones en el ámbito público digital. La investigación en este campo debe abordar las relaciones entre el significado y el poder en estas redes digitales pero también debe estudiar las posibilidades de cambiarlas.

Durante el proceso, tenemos que abordar las narrativas contradictorias que existen entre los medios de comunicación, la sociedad en red y las escuelas, narrativas que recogen y fomentan distintos estilos de aprendizaje y especialmente, de educación cívica o política. En el ámbito de los medios, tanto antiguos como nuevos, con frecuencia, la escuela se identifica como un campo de lucha entre los intereses colectivos enfrentados, y se le asignan constantemente funciones imposibles de cumplir. Entretanto, los nuevos movimientos sociales también adoptan sus propias prácticas educativas, en gran parte a través del uso de los medios sociales. En España y en otros países, hay una tensión creciente respecto de los procesos de toma de decisiones políticas y los jóvenes asumen un papel cada vez más significativo a la hora de fijar la agenda cívica y de fomentar formas más deliberativas de la política.

Los autores de los artículos publicados en esta edición especial abordan algunas de las luchas manifiestas y subyacentes sobre los significados del espacio público, la política y la participación ciudadana que surgen en la interfaz entre los espacios educativos y los virtuales. Indagan sobre cómo los jóvenes sienten, viven y experimentan la ciudadanía democrática dentro de, y entre, las escuelas y el mundo digital. Durante el proceso, cuestionan las distinciones simples entre lo digital y lo real, entre aprendizaje y ocio, y entre lo formal y lo informal; y plantean preguntas fundamentales sobre los significados de conceptos como participación, ciudadanía e identidad.

Los primeros tres artículos confirman que en España –igual que en muchos otros países– los jóvenes participan en los espacios digitales a edades cada vez más tempranas. Además de utilizar Internet como fuente de información, lo utilizan cada vez más como foro para llevar sus relaciones y construir identidades sociales. Los medios digitales se han convertido en un recurso para los jóvenes que intentan reforzar su capital social, crear comunidad y aprender sobre el mundo más amplio. Y en este proceso, tienen que aprender a gestionar los riesgos y hacer juicios complejos sobre las relaciones entre lo público y lo privado.

El artículo de Colas Bravos, Gonzales Ramírez y De Pablos Pons aporta datos estadísticos recientes sobre el uso de las redes sociales por los jóvenes andaluces, fuera de los contextos educativos formales. Aunque en términos globales se observa un crecimiento exponencial, los datos también apuntan a algunas diferencias importantes en cuanto a género (no tanto en el acceso sino en los fines del uso) y un nivel persistente de participación nula o limitada entre algunos grupos sociales. Bernal y Angulo aportan un informe adicional sobre la misma encuesta a gran escala que confirma el uso extendido de Internet para los contactos personales y para «el trabajo de identidad»; por otra parte, el artículo de Muros, Aragón y Bustos está basado en un estudio cualitativo y sostiene que en el uso de estos medios, los jóvenes están desarrollando sus propias formas de garantizar su seguridad en la Red. Estos últimos autores subrayan las diferencias de género que son mucho más aparentes en el mundo de los juegos en red que en las redes sociales. En todos estos artículos se habla del potencial de estos medios como instrumentos para desarrollar el capital social y la ciudadanía activa, aunque también describen los retos correspondientes para la educación.

Los dos artículos siguientes aportan algunas advertencias respecto del potencial democrático de los medios digitales. Marta, Martínez y Sánchez hablan del papel del marketing en los espacios digitales a través de un estudio de caso real: la utilización de la red social española Tuenti por la empresa Coca Cola. Tal y como sugieren estos autores, en este caso hay una apariencia de «participación» pero el objetivo primordial es conseguir muchas interacciones de los usuarios con la marca. Se trata de un espacio con un grado elevado de gestión en el que se elimina todo mensaje negativo y posiblemente los usuarios no sean conscientes del nivel de marketing que exista en el espacio ni de la naturaleza del mismo. El artículo de Buckingham y Hoyos incluye un estudio relacionado sobre Habbo, un «mundo virtual» comercial dirigido a jóvenes. Al incidir en las reglas que se aplican en este mundo, los autores sugieren que este sitio proporciona lecciones sobre la ciudadanía que difieren bastante de la retorica democrática, creativa y divertida de sus campañas de marketing. Conjuntamente, ambos artículos representan un cuestionamiento importante de las posibilidades del aprendizaje informal digital postuladas por algunos comentaristas en este campo.

Los dos artículos siguientes se centran más directamente en las dimensiones cívicas del uso de los medios sociales. Hernández, Robles y Martínez aportan una versión del movimiento social del 15 M, desde la perspectiva de su papel para el aprendizaje, como una «escuela sin muros». Hablan del uso de los medios digitales por este movimiento social como espacios para la deliberación y el ejercicio de la agencia política; no obstante, también describen algunos retos nuevos que surgen de este desarrollo del conocimiento político colectivo. Banaji nos habla de un caso totalmente diferente: las respuestas publicadas en línea sobre un vídeo con un arrebato racista que fue compartido en línea. Tal y como propone esta autora, la naturaleza emocional, y en ocasiones agresiva, de estas respuestas podría entenderse como un reflejo deprimente de las posibilidades comunicativas de los espacios digitales; pero la autora igualmente sostiene que, en cualquier caso, los debates de este tipo pueden servir como recurso para el aprendizaje cívico.

Todos estos artículos, cada uno de manera distinta, señalan el papel potencial para la educación formal como instrumento para desarrollar la alfabetización mediática crítica, además de las meras habilidades técnicas. También revelan que, si hemos de aprovechar las oportunidades para la participación cívica que aquí se ofrecen, tenemos que encontrar formas de enseñar «civismo» o formas más constructivas y éticas de participación en los espacios digitales. Estos nuevos espacios plantean otros retos relacionados con la confianza y la credibilidad. En lugar de dar por hecho que la propia tecnología vaya a enseñar estas cualidades por sí o que la llamada «generación digital» las vaya a desarrollar de forma espontánea, es posible que la educación formal tenga un papel nuevo que desempeñar aquí.

Los últimos tres artículos se enfrentan a estos retos de maneras diferentes, aunque todos destacan la necesidad de crear conexiones entre las experiencias escolares y extraescolares de los jóvenes. Hull y colegas (Stornaiuolo, DiZio y Hellmich) indagan sobre cómo la «comunidad» puede llegar a crearse mediante el proceso de comunicación y cómo, en su creación, los jóvenes negocian distintas identidades «públicas» y «privadas», y forman juicios sobre la verdad y la autenticidad. Asimismo, Erstad, Gilje y Arnseth estudian cómo los estudiantes se mueven entre, y participan en, distintos contextos de aprendizaje, tanto formales como informales, digitales y reales, en entornos escolares y extraescolares. Cru­cialmente, los autores argumentan que dichos contextos no son dados sino constituidos por los mismos estudiantes, en gran parte a través del uso de instrumentos y signos (digitales). Por último, Middaugh y Kahne hablan del papel de los medios digitales en el «aprendizaje servicio», desde un enfoque práctico de la educación para la ciudadanía, orientado a tareas. Los autores describen los retos que supone este enfoque cuando se enfrenta a las rutinas y relaciones institucionales y a las limitaciones ideológicas de la educación; no obstante, también aportan recomendaciones específicas con formas de utilizar los juegos y las redes sociales –e Internet en general– para apoyar un aprendizaje auténtico para la ciudadanía.

Tal y como proponen estos artículos, el uso de los medios digitales en este contexto presenta ciertos retos pedagógicos concretos. Aunque algunos comentaristas parecen estar todavía inflando la burbuja de la hipérbole tecnológica, o aportando una visión agorera respecto de los medios digitales, hay muchos investigadores y educadores que siguen avanzando en la tarea de descubrir cómo podemos aprovechar mejor las oportunidades que están surgiendo aquí. Esperamos que esta edición especial contribuya algo a esta tarea difícil pero imprescindible.

Referencias