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Revista Comunicar 53: Ciudadanía crítica y empoderamiento social en la emergente cibersociedad (Vol. 25 - 2017)

El ciberactivismo en el proceso de cambio político y social en los países árabes

Cyberactivisim in the process of political and social change in Arab Countries

https://doi.org/10.3916/C53-2017-05

Xosé Soengas-Pérez

Mohamed Assif

Abstract

Esta investigación analiza la contribución del ciberactivismo al cambio político y social en Túnez, en Egipto y en Libia, y la opinión de los jóvenes árabes sobre la situación actual. Para disponer de información relevante sobre estos hechos se ha entrevistado periódicamente durante los últimos cinco años a 30 universitarios que ya habían participado en el proceso que impulsó las revueltas de 2011 y que siguen siendo ciberactivistas desde entonces. La utilización de una metodología mixta permite realizar un estudio donde los aspectos de carácter cuantitativo se complementan con contenidos cualitativos. Los resultados demuestran que los países árabes todavía no se han desprendido de muchas de las estructuras que sostenían a los regímenes anteriores a 2011, que son las que dificultan la consolidación de un sistema moderno. En este momento en Túnez, en Egipto y en Libia todavía conviven dos realidades que provocan un choque permanente entre las tradiciones milenarias, muy arraigadas en determinados sectores de la sociedad, y los valores asociados a las revoluciones, más progresistas. En un contexto donde es necesaria la unidad de acción, el ciberactivismo juega un papel fundamental porque congrega en un espacio virtual común a la ciudadanía crítica comprometida con el proceso de cambio, permite organizarse, mantener contacto con el exterior al margen de la censura oficial, hacer visibles las protestas en escenarios internacionales y vigilar las acciones del Gobierno.

This research analyses the contribution of cyberactivism to the political and social change in Tunisia, Egypt and Libya, as well as the opinion of young Arabs on the present context. Meaningful information has been extracted from regular interviews to 30 undergraduates over a five-year period. These students had already participated in the process boosting the Arab Spring in 2011, and they keep practising cyberactivism ever since. The use of a mixed method research allows for carrying out a study where quantitative elements are complemented by qualitative ones. Findings show that Arab countries have not yet shaken off the former structures that supported the regimes preceding 2011, which are those that hamper the consolidation of a modern country. At the moment, there are still two conflicting realities between millenary traditions and values connected to revolutions and symbols of progressivism in Tunisia, Egypt and Libya. In a context where the unity of action action is needed, cyberactivism plays an essential role, as it brings together critical citizens in a common and virtual space. These groups are committed to change, they keep in touch with the outside world and beyond censorship, they make protests visible to the international arena, and monitor government actions.

Keywords

Ciberactivismo, ciudadanía crítica, empoderamiento ciudadano, países árabes, Internet, política, redes sociales, jóvenes

Cyberactivism, critical citizenship, citizen empowerment, Arab countries, Internet, politics, social networks, youth

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1. Introducción

La sociedad de Túnez, de Egipto y de Libia vivió unos acontecimientos extraordinarios durante las revueltas árabes de 2011, que provocaron la caída de regímenes autoritarios (Álvarez-Ossorio & Gutiérrez-de-Terán, 2011; Majdoubi, 2011). Los cambios generaron muchas expectativas, pero la mayoría de ellas no se han cumplido porque no se erradicaron las sólidas estructuras que sostenían a los gobiernos, integradas en la sociedad durante mucho tiempo (Álvarez-Ossorio, 2015; Morales-Lezcano, 2012). Y cuando no se erradican completamente las estructuras del poder consolidado dificultan la modernización y el progreso. Además, siempre existen condicionantes políticos, económicos y sociales que intervienen en los proyectos de cambio porque a muchos ciudadanos les cuesta desprenderse de los privilegios adquiridos, conquistados o heredados, o simplemente prefieren mantener las tradiciones porque no quieren adaptarse a un escenario nuevo (Martín-Muñoz & Moure, 2006).

El aperturismo se ha ralentizado en Túnez, en Egipto y en Libia por impedimentos derivados de diversos factores internos y externos, que han condicionado la evolución de la sociedad en un momento en que se empezaban a producir cambios radicales que generaban recelos en sectores de la población críticos con el proceso ya desde el inicio de las revueltas (Shawki, 2014), y también en países occidentales que veían peligrar sus alianzas geopolíticas y geoestratégicas (Belaali, 2011; Khader, 2015; Martínez-Fuentes, 2015; Michou, Soler-i-Lecha, & Ignacio-Torreblanca, 2013). Muchas de las reformas que se hicieron fueron pensadas para otorgar más poder al régimen y no para consolidar la democracia, privando así a los ciudadanos de unos derechos que estaban previstos y consensuados (Naïr, 2013). Las autoridades han controlado y perseguido las formaciones políticas renovadoras, por ejemplo, los Hermanos Musulmanes fueron ilegalizados en Egipto en 2013 porque sus seguidores representaban una corriente que cuestionaba normas que permanecían vigentes dos años después del triunfo de las revueltas de 2011.

El hecho de que exista oficialmente democracia en un país no garantiza un desarrollo pleno de las libertades individuales, ni colectivas, porque en varios países árabes permanecen soterrados elementos y esquemas de funcionamiento que favorecen y toleran comportamientos autoritarios (Izquierdo-Brichs, 2009). En una sociedad libre existen unas normas de convivencia y los ciudadanos tienen garantías e igualdad de oportunidades, se respeta al individuo y también al colectivo, y se acepta lo diferente. Cuando existe un control político y social excesivo se reduce la pluralidad y no se garantizan los derechos fundamentales, que son la base de la democracia, y los ciudadanos se rebelan y protestan, y buscan fórmulas para esquivar el autoritarismo y denunciar las injusticias (Naïr, 2013).

Como ya se ha dicho, el proceso aperturista de los países árabes ha chocado con diferentes obstáculos que han impedido avances integrales y rápidos. Los sectores más inconformistas de la sociedad han encontrado en Internet y en las redes sociales un instrumento ideal para ejercer el ciberactivismo, desde donde pueden canalizar las críticas contra los abusos de poder de las autoridades, programar y realizar acciones reivindicativas (Majdoubi, 2012; Ortiz-Galindo, 2015). En este contexto es donde procede situar y analizar las claves del empoderamiento ciudadano de la sociedad de Túnez, de Egipto y de Libia (Peña-López, 2009; Tufte, 2015), una actitud que forma parte del proceso renovador emprendido en 2011 con gran implicación de una parte importante de los ciudadanos, especialmente los jóvenes, que tenían referencias de otras formas de gobierno y de convivencia y, además, conocían las claves de la lucha activa gracias a los contactos que mantenían con los movimientos de ciberactivismo de Europa y de América (Betancourt, 2011; García-Galera, Del-Hoyo-Hurtado, & Fernández-Muñoz, 2014; González-Lizárraga, Becerra-Traver, & Yánez-Díaz, 2016; Menéndez, 2012; Sampedro, 2014; Szmolka, 2012).

El contacto con otras culturas es un factor determinante cuando se inicia un proceso de cambio porque permite conocer otros modos de vida (Ortiz-Galindo, 2014). En este sentido, Internet y las redes sociales posibilitaron relaciones con el exterior y contribuyeron, primero, al despertar social que desembocó en las revueltas árabes de 2011 (Dahlgren, 2011; Roces, 2011) y, después, a hacer más visibles los movimientos reivindicativos actuales, que también están integrados en el ciberactivismo (Ortiz-Galindo, 2016a; Tascón & Quintana, 2012).

Las sociedades más avanzadas a veces funcionan como espejo y como referente para otros países, pero la importación de normas no siempre es posible porque en muchos casos no se dan las condiciones necesarias para asumir comportamientos que requieren cambios radicales. Por eso la educación, la información y el conocimiento son esenciales para asimilar valores como la tolerancia, que funciona en contextos donde la democracia está consolidada, donde existe la pluralidad y la diversidad, y donde se respetan las ideas y la ideología (Camacho-Azurduy, 2005).

En Túnez, en Egipto y en Libia, como sucede en todos los países, están arraigadas costumbres que configuran la identidad de los pueblos, con conexiones transversales que abarcan aspectos antropológicos y sociológicos, que se manifiestan en los modos de vida y en los modelos de convivencia. Por eso hay que hablar de las dependencias a las que está sujeto el proceso transformador en los países árabes y de las dificultades que supone vivir en una sociedad en la que están instaladas, asimiladas y admitidas costumbres milenarias muy conservadoras. Además, continúan vigentes normas que impiden o dificultan que se tenga en público una actitud crítica con determinados temas y un comportamiento libre (Hourani, 1992). Y en este punto el ciberactivismo juega un papel importante porque permite a los ciudadanos comunicarse al margen de los escenarios oficiales (Ortiz-Galindo, 2014; García & Del Hoyo, 2013). Pero esta posibilidad no implica ni garantiza la integración porque la mayoría de las actividades transgresoras se desarrollan en espacios clandestinos y no tienen repercusión pública.

Gracias a la tecnología, ahora existen nuevas formas de acceso, de distribución y de consumo de la información. Internet y las redes sociales son, a la vez, un instrumento de comunicación y de difusión de contenidos y, junto con whatsapp, han cambiado la forma de comunicarse y de relacionarse, tanto a nivel espacial como temporal, porque las tecnologías han modificado los espacios y los tiempos (Castells, 2012; Sádaba, 2012). Una de las aportaciones del ciberactivismo es que ha suprimido muchas barreras que existían en los países árabes y ha contribuido al conocimiento (Ortiz-Galindo, 2016b).

Cuando una sociedad está sometida a procesos de renovación constantes es muy importante el compromiso que asume la ciudadanía crítica y activa como agente transformador y protagonista del cambio y del fortalecimiento de la democracia (Delgado-Salazar & Arias-Herrera, 2008; Diani, 2015). Los impulsores de las acciones reivindicativas en los países árabes son ciudadanos formados e informados que conocen sus derechos y reclaman un espacio común, compartido y sin restricciones, con libertad de acción y de movimientos, para relacionarse y acceder en igualdad de condiciones a todos los bienes materiales y culturales que les corresponden. Sus propuestas se identifican con unos valores que defienden la igualdad económica y social de todos los ciudadanos y rechazan los privilegios históricos que existen todavía en países como Túnez, Egipto y Libia, que benefician a sectores muy concretos y fomentan la desigualdad. Y estos ciudadanos han encontrado en el ciberactivismo un instrumento adecuado para canalizar sus ideas y luchar por sus objetivos (Tascón & Quintana, 2012).

2. Material y métodos

Los jóvenes árabes han tenido un protagonismo importante en la gestación y en el desarrollo de las revueltas de 2011 a través de Internet y de las redes sociales (Soengas-Pérez, 2013). Y partimos de la hipótesis de que su contribución al cambio político y social a través de las redes sociales sigue siendo determinante. Por eso ahora, pasados más de cinco años, interesa comprobar cuál es el papel del ciberactivismo en una sociedad convulsa, y cuál es la opinión de los ciberactivistas de entonces sobre la situación actual. Para comprobarlo se ha entrevistado a 30 jóvenes de Túnez, de Egipto y de Libia, 10 de cada país, con edades comprendidas entre 25 y 30 años, que participaron a través de Internet y de las redes sociales en el proceso que impulsó las revueltas de 2011 y que siguen siendo ciberactivistas desde entonces.

Los jóvenes entrevistados tienen formación universitaria y disponen de conocimientos suficientes y de capacidad para valorar y analizar con rigor los cambios, y su perfil los convierte en observadores privilegiados y cualificados porque en los últimos diez años han vivido alternativamente entre España y sus países de origen. Esta circunstancia les otorga una perspectiva idónea porque disponen de referentes que les permiten comparar dos realidades distintas.

Además de la frecuencia, interesan los aspectos cualitativos de los mensajes y de las acciones que se programan y realizan a través de Internet y de las redes sociales, es decir, las razones, el contexto, los contenidos y los objetivos del ciberactivismo en los países árabes: porqué sigue existiendo, en qué circunstancias se utilizan las redes sociales para mantener vivas las protestas y cuáles son las estrategias. Y también interesa saber qué carencias tienen los jóvenes, con qué aspectos están satisfechos y con cuáles se muestran más críticos, qué temas les preocupan, cuáles son los obstáculos a los que se enfrentan cada día y cuáles son sus objetivos, inmediatos y futuros.

Las entrevistas se han realizado online desde 2012 hasta 2016, dos veces al año, en junio y en diciembre, para disponer de información periódica de todas las cuestiones planteadas en la investigación. Así es posible valorar los cambios y observar la evolución del ciberactivismo.

Los cuestionarios constan de cincuenta preguntas relacionadas con las diferentes formas de pensar, de actuar y de sentirse realizado que se considera necesario averiguar de acuerdo con los objetivos de esta investigación.

3. Análisis y resultados

El 72% de los jóvenes entrevistados mantiene una ciberactividad constante en Internet y en las redes sociales desde el comienzo de las revueltas árabes, como mínimo tres días a la semana, con mayor intensidad cuando existen problemas puntuales que requieren una atención especial, por ejemplo, si se aprueba alguna ley restrictiva o si se practican detenciones arbitrarias. El 20% redujo su participación después de 2011 durante más de un año, pero ha vuelto a retomarla progresivamente al ver que los gobiernos no realizaban la mayoría de los cambios anunciados inicialmente. Y el 8% también mantiene la fidelidad a las redes sociales, pero colabora de forma puntual, normalmente en momentos en los que se intensifican las acciones para presionar sobre algún tema concreto.

Si separamos los datos por países, los jóvenes más activos en las redes sociales son los egipcios, a quienes corresponde el 38% de la ciberactividad registrada durante la investigación, seguidos de los tunecinos con el 35% y de los libios con el 27%. Y si diferenciamos los resultados por sexo, los varones le dedican más tiempo a las redes (65%) que las mujeres (35%).

El 81% asegura que está comprometido con el proceso de modernización de su país por responsabilidad, por convicción y por obligación, y considera que el ciberactivismo es necesario porque es eficaz, relativamente seguro, puede operar al margen de los controles políticos y de la censura del régimen, y es asequible para la mayoría de los ciudadanos. Además de un instrumento de lucha, para el 62% Internet y las redes sociales son una vía de liberación porque les permiten canalizar sus inquietudes y compartirlas con otros ciudadanos que tienen las mismas preocupaciones.

El 87% se considera privilegiado porque no todos sus compatriotas tienen los mismos recursos, ni los mismos conocimientos. Ellos están conectados, pero hay muchos ciudadanos aislados, por razones económicas o culturales, porque el aislamiento responde a muchos factores. Y el 81%, como se apuntaba antes, cree que es una obligación luchar para mejorar la sociedad, y una forma de hacerlo es convertir el ciberactivismo en portavoz de los ciudadanos más desprotegidos y utilizar los conocimientos, los recursos y la experiencia de los que están en una posición más cómoda para denunciar el autoritarismo de los gobiernos y acabar con la corrupción y con las desigualdades.

El 75% admite que ahora están mejor coordinados que durante las revueltas de 2011 porque han comprendido el valor y la capacidad que tienen Internet y las redes sociales, y han descubierto que organizándose son más eficaces y están más protegidos, aunque el 73% dice que al exponerse son conscientes de que asumen riesgos importantes, pero habitualmente son prudentes y mantienen precauciones para que el Gobierno no tenga acceso previo a sus planes y pueda impedir algún acto programado o tomar represalias. La mayoría de sus iniciativas molestan al régimen porque contemplan modificar normas vigentes que afectan a las libertades individuales y a los derechos colectivos, y el Gobierno los consideran un desafío. El 65% valora la unidad de acción, pero el 52% sostiene que una persona, para sentirse útil, primero necesita desarrollar su potencial como individuo y, luego, como miembro del entorno al que pertenece.

Las estrategias de los ciberactivistas árabes están condicionadas por los recursos de los que disponen y por el margen de actuación que tienen para no correr riesgos, tal como reconoce el 70% de los entrevistados. Por eso procuran optimizar las posibilidades que ofrece la Red. Uno de los objetivos principales del 63% es visibilizar estratégicamente sus acciones porque piensan que es más eficaz utilizar Internet y las redes sociales para poner en evidencia las carencias democráticas del país en foros internacionales. El 60% de los ciberactivistas cree que algunos gobiernos extranjeros tienen gran capacidad de presión sobre muchos países árabes para forzar la implantación de cambios, especialmente los que afectan a los derechos humanos.

Para valorar con rigor la situación actual de Túnez, de Egipto y de Libia es necesario conocer el rol de los diferentes actores. El 78% de los entrevistados reconoce que, en estos tres países, como en la mayoría, hay un choque de culturas, con intereses distintos, y las fuerzas de cada sector varían de forma circunstancial debido a la inestabilidad del sistema. Y en este contexto surgen dos escenarios muy diferentes que conviven confrontados: en primer lugar, existe un enfrentamiento permanente entre quienes representan la tradición y los que abanderan la modernidad y el progreso, porque ambas tendencias incluyen valores incompatibles; y, en segundo lugar, hay una falta de correspondencia entre lo oficial y lo real, algo que obliga a diferenciar ambas realidades en todo momento para comprender muchas acciones y posiciones, sobre todo en temas de libertades y de protocolos. Y el 74% matiza que, además de las diferencias culturales que se dan entre generaciones, existen unas formas de pensar propias de la esfera privada que no se corresponden siempre con los comportamientos públicos, y por esta razón se producen choques a nivel familiar, a nivel social y a nivel institucional. El 83% de los entrevistados reconoce que actúa de forma diferente en cada contexto. Se adaptan a las circunstancias por prudencia, por miedo o por respeto a las costumbres. Por la misma razón, el 71%, a la hora de opinar de determinados temas, se expresa con mayor libertad en círculos que no pertenecen a su entorno familiar, social o laboral porque así se sienten liberados de muchos condicionantes, mientras que otras cuestiones solo las abordan en círculos íntimos o de extrema confianza para no tener problemas. Así, para el 64%, existen una serie de condicionantes, en los que incluyen la ideología, las tradiciones y la religión, que con frecuencia se convierten en barreras, a veces invisibles para los observadores externos, que impiden el progreso social y el ejercicio pleno de las libertades individuales y colectivas.

Una de las características de muchos países árabes es que existe poca transversalidad social, tal como reconoce el 77% de los entrevistados. La mayoría de los ciudadanos viven en entornos reducidos y cerrados, sin contacto con otras realidades. A determinados lugares, tanto públicos como privados, solo acceden perfiles muy concretos, por eso una de las reivindicaciones permanentes del 91% de los ciberactivistas es que haya mayor permisividad y que exista un espacio social común para la convivencia. Pero reconocen que esto implicaría la eliminación de muchos tabúes que se sustentan en las tradiciones y en la religión, y que la política ayuda a conservar.

El ciberactivismo permite un contacto permanente con otras culturas y el 69% considera que las influencias externas algunas veces son enriquecedoras, pero un 53% cree que determinadas aportaciones foráneas chocan con los valores tradicionales y son un riesgo para la identidad cultural de los países árabes, que se basa en una forma de comportarse que, en muchos casos, es incompatible con los principios occidentales, tanto en el ámbito público como en el privado, ya que los roles no se corresponden siempre. El 45% sostiene que la mayoría de las costumbres ancestrales que permanecen vigentes en Túnez, en Egipto y en Libia no admiten normas contempladas en los parámetros básicos de cualquier democracia occidental, y atribuyen a esta circunstancia que cada vez más voces cuestionen que se pretendan implantar en algunos países árabes esquemas copiados de EEUU y de Europa como si fueran la única forma de gobierno válida y justa. Todos los entrevistados reconocen que en la mayoría de los países occidentales existen democracias consolidadas pero para el 53%, como ya se ha dicho antes, es un error pretender introducir valores propios de otros lugares, sin reconocer las particularidades que forman parte de la esencia de cada territorio. Así el 32% lamenta que como consecuencia de las revueltas de 2011 se han descuidado tradiciones propias de los países árabes, basadas en la cultura del compartir, y se han promovido modos de vida de países occidentales que invitan a los ciudadanos a competir. El 17% incluso afirma que ahora, en algunos países árabes, se ha perdido cohesión cultural y la sociedad está más desestructurada.

Para el 80% los cambios llevados a cabo en Túnez, en Egipto y en Libia no son suficientes para garantizar un país libre y moderno, ni se corresponden con las promesas que hicieron los partidos después de 2011. El 74% los define como reformas aparentes que no avanzan al ritmo deseado y necesario, sobre todo en sectores claves, que son estratégicos y esenciales. Atribuyen la ralentización a los vínculos entre la política, la economía y determinados sectores de la sociedad, que les interesa mantener privilegios y tradiciones, y se alían para conservarlos, impidiendo que la democracia se desarrolle de forma plena. Y culpan a esos sectores de maniobrar e influir para que no se activen muchos proyectos que se anunciaron y que nunca llegaron a realizarse. El 34% añade que los gobiernos con frecuencia juegan con la población y en los momentos más críticos, para evitar que proliferen los actos reivindicativos, implantan leyes que satisfacen algunas demandas de los ciberactivistas y luego las derogan al poco tiempo. Para el 55% de los jóvenes este proceder por parte de las autoridades es una forma de reconocer implícitamente la importancia, la influencia y la capacidad de movilización y de acción del ciberactivismo. Pero también sostienen que esta fórmula causa desconcierto porque se producen avances y luego retrocesos que una parte de la población no entiende.

El 80% critica la timidez de las reformas, como ya se ha dicho. Sin embargo, el 52%, aun reconociendo que es necesario impulsar proyectos renovadores y sólidos, donde quede clara la separación de poderes, dice que la población necesita tiempo y pedagogía para asimilar e incorporar determinadas novedades a su vida cotidiana. Para estos jóvenes algunos cambios fueron bruscos y repentinos, y denuncian que muchos ciudadanos árabes, sobre todo las personas mayores, tuvieron que aceptar y cumplir unas normas que les resultaban extrañas y que iban contra sus principios, porque estaban acostumbrados a vivir en regímenes totalitarios donde se confundían las tradiciones con la política y con la religión. Para el 59% una de las razones por las que no se han consolidado muchos cambios es que, al margen de los condicionantes mencionados antes, una parte de los ciudadanos se ha encontrado con una realidad nueva que no han sabido gestionar.

El 91% de los entrevistados, como se apuntaba antes, dice que en este momento falta un espacio común de convivencia y buscan transformar una sociedad en la que predominan, según ellos, las carencias, la corrupción, la falta de oportunidades, las desigualdades, la represión y el odio, y convertirla en un lugar próspero, justo y libre, donde el individuo, de forma personal, y los ciudadanos, de forma colectiva, puedan desarrollarse y sentirse realizados, independientemente de sus creencias religiosas, de sus preferencias políticas, de su estatus social y de sus posibilidades económicas. Casi el mismo porcentaje, el 90% está de acuerdo en que los ciudadanos de Egipto, de Túnez y de Libia no comparten derechos y obligaciones al mismo nivel porque las normas, teóricamente, son comunes pero no son respetadas por todos ni aplicadas siempre igual. Para el 87% es importante acceder a la formación, poder desarrollar las capacidades y disponer de los recursos necesarios y adecuados. El 59% admite que los valores de una persona no coinciden siempre con los fijados por la sociedad y en ese caso debe predominar el bien común por encima de los intereses individuales. Y añaden que la rentabilidad social no se puede medir ni valorar desde parámetros económicos y, a veces, los frutos de las acciones se obtienen a largo plazo. Por eso, aunque los resultados no siempre son los deseados, el 62% dice que hay que mantener las reivindicaciones hasta que se consigan los derechos propios de una democracia plena. Y sostienen que Internet y las redes sociales son la plataforma adecuada para programar y realizar las ciberactividades que sean necesarias hasta que se consigan los propósitos marcados. Por eso consideran necesario que exista una masa crítica que mantenga activas las protestas. De todas formas, el 32% reconoce que muchas de las reivindicaciones son simbólicas porque resultan imposibles en el actual contexto político, social y económico, donde permanecen muchas de las estructuras del régimen anterior.

Los ciberactivistas árabes que han participado en esta investigación son realistas y conscientes de sus posibilidades, por eso sus acciones tienen unos objetivos inmediatos y otros a largo plazo. Los intereses de los jóvenes varían según las circunstancias, pero el 47% coincide en las prioridades. Lo que más les preocupa es, por este orden, la inestabilidad política, que genera inestabilidad social, los derechos humanos, las libertades individuales y colectivas, la corrupción y la precariedad económica. Y luego existen otros propósitos futuros: el 35% desea una sociedad más crítica y el 42% una democracia consolidada, sin perder los valores identitarios, donde todos los ciudadanos tengan acceso a los recursos, al conocimiento y a las libertades en las mismas condiciones.

En la siguiente Tabla incluimos una selección de los datos que consideramos más representativos para visualizar los contrastes que existen en la sociedad de Túnez, de Egipto y de Libia. Los choques de sentimientos, de valores y de normas, propios de una sociedad en la que conviven tradición y modernidad, generan numerosos conflictos personales y sociales, que afectan de una forma determinante al desarrollo del proceso de cambio y a la construcción de una sociedad moderna. Y en este contexto el ciberactivismo juega un papel determinante.

4. Discusión y conclusiones

El ciberactivismo ha desempeñado un papel fundamental en las revueltas árabes de 2011 y desde entonces los jóvenes que han participado en aquel proceso mantienen una actividad constante en la Red. En Túnez, en Egipto y en Libia todavía no se han realizado todos los cambios que estaban previstos y consensuados y, mientras no se consoliden las estructuras propias de un Estado moderno que garantice a los ciudadanos libertades individuales y derechos colectivos plenos, es importante que exista una ciudadanía crítica activa.

Internet y las redes sociales constituyen una plataforma segura que permite a los ciberactivistas comunicarse, organizarse, programar y realizar las acciones necesarias para mantener viva la lucha social a nivel local, al margen de la censura oficial y de la vigilancia del Gobierno. Además, a través del ciberactivismo se pueden visibilizar las carencias del país y hacer llegar las protestas y las denuncias a foros internacionales, que es donde tienen más impacto, y así son más efectivas.

En Túnez, en Egipto y en Libia los medios de comunicación oficiales siguen estando controlados por el Gobierno, y en una sociedad en la que existe una masa crítica importante y no hay libertad de prensa, el ciberactivismo asume un rol de contrapeso frente al intenso y continuo adoctrinamiento que se ejerce desde la Administración. En la primavera árabe de 2011 ya se produjo un fenómeno importante. Por primera vez el flujo comunicativo que se generaba en Internet y en las redes sociales estaba fuera del control del Gobierno porque en la Red cada ciudadano tiene la posibilidad de ser emisor y receptor y, además, hacerlo desde cualquier lugar y en cualquier momento, y esta circunstancia convierte a las redes sociales en incontrolables. Y aquí es donde radica parte del valor del ciberactivismo porque los gobiernos no pueden luchar contra una plataforma que trasciende sus capacidades.

Ahora los jóvenes ciberactivistas árabes son conscientes de la importancia y de la necesidad de utilizar correctamente Internet y las redes sociales y de planificar bien las estrategias de comunicación para optimizar los recursos, algo que no hacían en 2011.

El alcance de la Red todavía no es universal en los países árabes. En este sentido, la tecnología es, a la vez, un elemento integrador y excluyente porque el acceso a ella y su uso están limitados. En algunas zonas de Túnez, de Egipto y de Libia existen problemas de cobertura y en otros casos los ciudadanos no tienen acceso a Internet por razones económicas. Esta brecha dificulta el contacto de los ciberactivistas con muchas localidades aisladas y con sectores marginales desconectados por falta de recursos.

Los movimientos contestatarios de Túnez, de Egipto y de Libia hay que situarlos en un contexto de inconformismo y de desencanto permanente que existe en una parte de los ciudadanos de estos países, que todavía no han visto cumplidas las expectativas creadas durante las revueltas de 2011. Muchos de los jóvenes entrevistados, que son representativos de un amplio sector de la población, no se sienten valorados ni protegidos por las autoridades de su propio país, a las que acusan de tener unos intereses incompatibles con el servicio público. Y la marginación ha generado un descontento que ha derivado en un proceso de empoderamiento ciudadano y en un movimiento propio de una sociedad crítica, que canaliza sus inquietudes a través del ciberactivismo para transformar las reivindicaciones personales en una lucha colectiva.

La mayoría de los cambios programados durante las revueltas de 2011 todavía no se han consolidado porque existen muchos obstáculos. Túnez, Egipto y Libia comparten las mismas contradicciones. En los tres países conviven de forma permanente la tradición y la modernidad, y ese contraste genera choques que dificultan o impiden la incorporación de normas nuevas que llevan asociados valores propios de unas formas de convivencia que para muchos ciudadanos árabes resultan incompatibles con sus principios y con sus creencias, tal como reconoce el 78% de los ciberactivistas. Las tradiciones y las costumbres milenarias están arraigadas en la sociedad y erradicarlas completamente de forma repentina resulta imposible porque todavía permanecen muchas estructuras de los regímenes anteriores que las amparan. Esas costumbres son las que sustentan muchos valores morales, que van más allá de la ideología porque son transversales. Por eso resulta complicado separar la política de la influencia de la religión y de las tradiciones. Además, muchos ciudadanos se resisten a perder parte de sus privilegios y en el terreno social existen dificultades para incorporar avances que supongan una mejora definitiva de las libertades individuales y de los derechos colectivos, homologados con los parámetros internacionales.

Una de las razones de los choques entre tradición y modernidad es que algunos cambios se han producido de forma repentina, sin tiempo para asimilar las novedades. Las reformas, cuando son muy drásticas, requieren procesos de adaptación a la nueva realidad para evitar episodios conflictivos. El 63% de los ciberactivistas reconoce que en muchos casos no se han respetado los intereses de los ciudadanos y se ha actuado de forma precipitada con planes diseñados e impuestos desde el extranjero por razones políticas.

Al no haber estabilidad política, no hay estabilidad social. Los gobiernos de Túnez, de Egipto y de Libia no son estables y no tienen libertad de acción porque dependen de otros gobiernos extranjeros, especialmente de EEUU, a quien acusan el 56% de los ciberactivistas de imponer valores occidentales incompatibles con muchas de las tradiciones culturales árabes. Estos mismos jóvenes califican a sus gobiernos como autoritarios ante los ciudadanos y débiles ante las presiones internacionales.

Los ideales del ciberactivismo son renovadores, pero también integradores. Los jóvenes árabes creen que es necesario luchar por un espacio de convivencia en el que tengan cabida todas las sensibilidades. Quieren una sociedad moderna, sin renunciar a la tradición, porque creen que ambas son compatibles. Los ciberactivistas defienden una participación ciudadana crítica en la que se valore el conocimiento en lugar de la posición social, y asumen la responsabilidad colectiva y el compromiso social, mantienen el sentido de pertenencia a un territorio y a una cultura, la permanencia de la identidad cultural, y defienden la libertad individual y los derechos colectivos. Su filosofía y su proyecto social consisten en buscar un equilibrio donde sea posible incorporar los cambios necesarios para mejorar el bienestar de los ciudadanos, sin perder la identidad.

De las entrevistas realizadas se desprende que los ciberactivistas árabes apuestan por iniciativas ciudadanas de carácter reivindicativo y disponen de los elementos necesarios para mantener una lucha activa que canalice los ideales de una ciudadanía crítica. Además, demuestran tener actitud, voluntad, conocimiento, disponibilidad y recursos.

Apoyos

El ciberactivismo en el proceso de cambio político y social en los países árabes forma parte de una línea de investigación que está integrada en el proyecto financiado Red XESCOM (REDES 2016 GI-1641-XESCOM), de la Consellería de Cultura, Educación e Ordenación Universitaria de la Xunta de Galicia, con referencia ED341DR2016/019.

Referencias

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